Dios no me obliga

Si el hombre hubiera sido creado sin libertad no habría podido pecar. Hubiéramos vivido una salvación automática y necesaria, en la que todo habría estado obligatoriamente dirigido y predeterminado al bien y a Dios. Y, sin embargo, Dios mismo se pilló las manos, aquellas que junto con la carne, dieron al hombre el don de la libertad, pues, con la libertad, el hombre que podía pecar, de hecho, pecó.

Sin embargo, Dios no puede arrepentirse de nuestra libertad. No podemos olvidar que Cristo no quiso imponer a nadie la salvación que nos alcanzó en su encarnación. Esa salvación nunca será obligatoria de parte de Dios, por más que el hombre siga disponiendo de esa libertad para volverse contra Él. En la Cruz nos alcanzó el Señor la redención, pero no nos la impuso obligatoriamente, pues tenía que redimir aquella libertad primera del hombre del Edén, que se apartó voluntariamente de Dios. San Agustín lo expresó bellamente: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Has de querer tu salvación, pues nunca la tendrás segura hasta que no la hayas recibido. Has de querer poner todos los medios que te ayuden a vivir esa libertad liberada y redimida que Cristo te alcanzó en la Cruz. Pero, sólo la gracia te libera, no tus propios esfuerzos, puños y voluntarismos. Acércate, pues, al trono de la gracia que es la Virgen, Madre de misericordia, y pídele a Ella que te ayude a no flaquear, a no desanimarte, a no renunciar a la subida en tu escalada hacia Dios.

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¿Dónde estaba el apóstol Tomás?

Había vuelto a lo suyo, a sus cosas y ocupaciones. Convivir con el Maestro, escucharle, estar con Él, sí. Pero los discípulos… Uno preocupado de la bolsa de dinero, otros preocupados de si los fariseos decían o no decían de ellos, otros buscando la ocasión de conseguir del Maestro el puesto a su izquierda o a su derecha. Judas acabó quitándose la vida después de haber estado tanto tiempo con ellos. Pedro era vencido a menudo por su genio y fuerte carácter. Juan, con ese fresco entusiasmo e ingenuidad juvenil, parecía estar fuera, muy fuera, de la realidad. ¿Cómo seguir con los Doce, tan toscos, rudos y cabezotas? Sin el Maestro ya no era lo mismo. El apóstol Tomás decidió que aquello no era para él y se encasquilló tozudamente en su cabezonería de querer tocar las llagas del Maestro. Si aquello que decían resultaba que era verdad, volvería a complicarse la vida. Tampoco los Doce se acordaban mucho de lo que el Maestro les había enseñado estos años de atrás, porque llevaban ya varios días chismorreando sobre Tomás.

El Señor esperó a que Tomás estuviera de nuevo con los Doce para aparecerse a todos. Si Tomás hubiera estado en su sitio, con los Doce, en el lugar en que el Maestro le quería, no habría perdido tanto tiempo defendiendo sus lógicos y humanos razonamientos. A Tomás le presentó el Señor sus llagas, para que las tocara y, viendo el gesto, los demás aprendieron del Maestro cuánta condescendencia y paciente misericordia habían de tenerse unos con otros. Más allá de lo que juzgamos en los demás como errores imperdonables, de las limitaciones personales, de los pecados y miserias que señalamos en otros, Jesús llama bienaventurados a los que creen sin ver. Que nuestra fe no sea una plancha de corcho que se mueve a merced de las miserias y virtudes ajenas.

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Ser buenos y hacer el bien

La expresión «todo el mundo es bueno» es cierta si pensamos que somos hijos de Dios. Y lo increíble de esa filiación divina es el respeto escrupuloso de Dios hacia nuestra libertad, que es lo que propiamente nos asemeja a Él. Pero, ¿por qué nos desviamos tan fácilmente de nuestra propia responsabilidad, dejando de participar así de esa bondad que Dios nos ha dado?

En el ejercicio de nuestra libertad radica el misterio del comportamiento humano. La educación, el ambiente familiar o el entorno social nos influyen mucho. Pero, no nos eximen de la responsabilidad de poner en acto la bondad de Dios, que reside en nosotros como hijos suyos. Lo contrario, no reconocer esa filiación, nos impide participar de la bondad divina y nos mueve a elecciones que no nos ayudan a conseguir el verdadero fin de nuestra vida.

Así pues, no es tanto un estado (la bondad), sino un actuar (hacer cosas buenas), lo que nos define como hombres y mujeres que buscan a Dios sinceramente. San Pablo decía que “una fe sin obras, es una fe muerta”. Adecuar nuestros deseos con la voluntad de Dios nos exige, ciertamente, esfuerzo y renuncia. Descubrir el plan de la Providencia en mi vida siempre nos supondrá un examen permanente de lo que nos dicen nuestros razonamientos y de cómo ponemos por obra aquello que es objeto de nuestra conciencia. He ahí la verdadera madurez humana.

Cuánto nos cuesta vivir ese precepto del amor de Dios, que nos pide amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. Se trata de realizar el bien, no según mis criterios, mis gustos o intereses, sino rectificando la intención para renunciar a nuestros egoísmos. Esto es unir la fe y la vida en las obras concretas, para hacer realidad, en las obras buenas, la bondad de los hijos de Dios.

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¡Oh Dios, Tú eres mi Dios, por Ti madrugo! (Sal 62,2)

La Liturgia de las Horas, comentando este salmo, nos dice: “Madruga por Dios todo el que rechaza las obras de las tinieblas”. Ofrecer al Señor nuestro día a día puede resultarnos un esfuerzo cansino. Tendemos a convertir nuestras jornadas en algo rutinario y monótono, llevados por la inercia de lo cotidiano, olvidando que detrás de cada una de esas tareas y actividades personales se esconde la fuerza de Dios, que sale a nuestro encuentro. Se trata de despertar, cada mañana, con el convencimiento de que no hacemos las cosas en solitario. Ese es el sentido de ofrecer a Dios nuestras obras y nuestro día. La noche es el momento de nuestro descanso; pero, es también el ámbito en que la oscuridad puede atenazar nuestros pensamientos. Es en la noche cuando las dudas y el balance de lo que hemos hecho durante el día, puede mostrar su rostro más confuso y tentador. Rechazamos las “obras de las tinieblas” cuando al abrir los ojos, en ese nuevo despertar, depositamos nuestra esperanza, no en nuestro solo esfuerzo sino en el poder de Dios, que nos acompañará en todo momento.

Madrugar por Dios es adelantarnos en el amor. Es vencer nuestra mediocridad ante la apatía o desidia, dando sentido divino a lo que hay en cada jornada. Es abandonarnos, con sentido filial, en los brazos de nuestro Padre Dios, sabiendo que en cada contradicción, en cada dificultad o contratiempo, Él nos ayuda a darle sentido redentor. Nunca estás solo. Aunque te encuentres con el desprecio o la incomprensión, cada alma es la figura entrañable del rostro de Dios, que nos acompaña para vivir, ¡siempre!, junto al cuerpo llagado de Cristo. María, nuestra Madre, siempre estará al pie de su Cruz, de tu cruz. ¡Qué hermoso despertar cada mañana con semejante compañía!

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“Extiende tu mano” (Mt 12,13)

Entrando un día en la Sinagoga se topó el Señor con un hombre que tenía una mano seca y paralizada. Los fariseos aprovecharon la ocasión para sacarle el tema del descanso sabático y poder acusarle de faltar a la Ley de Moisés. Debió de impresionarle al Señor aquella mano, viendo cómo un solo miembro muerto inutilizaba la actividad de todo el cuerpo y restaba vida a aquel pobre hombre. Así era también la Ley en la que se apoyaban aquellos fariseos: seca, sin vida, enferma de parálisis, incapaz de sanar y tocar lo más profundo del corazón humano. Precisamente la Ley y los Profetas estaban plagados de referencias y alusiones a la mano y al dedo de Dios, que tantas veces intervino portentosamente en la historia de Israel. Él mismo, al inicio de los tiempos, había sido, junto con el Espíritu Santo, mano creadora del Padre. En aquellos inicios, el Padre había creado también al hombre como mano suya, como co-creador y dueño de una creación recibida como don y tarea. En aquel primer sábado de la creación, en el que Yahvé descansó contemplando su obra, sólo había sobre la tierra vida y belleza.

Se agolparon en el corazón del Señor demasiadas emociones como para no curar la mano seca de aquel hombre y devolver así la vida a todo el cuerpo. No podía permitir el Señor, precisamente en sábado, que aquel miembro siguiera sin vida. Tampoco quería que un día hubiera en el cuerpo de su Iglesia miembros muertos o paralizados. No quieras ser tú uno de ellos. Extiende ante el Señor tus manos paralizadas por tanta omisión, autosuficiencia y comodidad. Deja que Él sane todos esos rincones del alma que aún no has dejado tocar por la mano y el dedo de Dios. Verás que también en ti, como en aquel primer sábado del Principio, Dios descansará contemplando la vida y la belleza de tu alma en gracia.

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¿Es posible la alegría donde hay mal?

Es verdad que hay muchos motivos para quejarnos, pero tenemos la tendencia a amplificar el mal, sobre todo, cuando se trata del sufrimiento propio. Es consecuencia del pecado original. Lo decía san Pablo, cuando nos recordaba que, a pesar de haber alcanzado la gracia de la salvación por los méritos de Cristo en la Cruz, aún queda esa “huella del pecado”, que nos hace volvernos a nosotros mismos, pretendiendo la falsa autonomía de nuestro «yo».

Por otra parte, en ocasiones necesitamos llamar la atención para que los demás sepan de nuestro sufrimiento y, de esta manera, recibir de ellos compasión y reconocimiento. Cierto que nuestro dolor podrá estar justificado, pero olvidamos que la Cruz, el lugar de encuentro con la misericordia de Dios, es fuente de alegría para los que se unen al misterio redentor de Cristo. Se trata de un misterio, es verdad, pero el Señor nos ha enseñado que cada una de las Bienaventuranzas, que son signo de contradicción para el mundo, son para nosotros, hijos de Dios, un encuentro permanente con la ternura divina, que nos llena de paz y perseverancia, signos de la auténtica alegría cristiana.

Sabemos, en definitiva, que una felicidad en la que espíritu y carne vayan de la mano es imposible, en sentido absoluto, en este mundo. El mismo Jesús nos dice, hablando de las Bienaventuranzas, que la verdadera dicha sólo la alcanzaremos en el Cielo. Por tanto, la alegría no contradice el mal que podamos soportar, siempre que la esperanza, verdadera virtud cristiana, empape cada dolor y sufrimiento con la convicción de que, en esa unión con la Pasión de Cristo, cumplimos la voluntad de Dios para la salvación de las almas. ¿Cabe mayor alegría?

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Ser lañas

Hasta no hace mucho tiempo, existía el oficio de los lañadores, dedicados a unir con lañas, o grapas, objetos de barro y loza, rotos y agrietados por el uso diario. Por fuera, las vasijas lañadas muestran la fragilidad de un barro quebradizo, que necesita de la rudeza de las lañas, para seguir siendo útil. Por dentro, las grietas y fisuras de la loza aparecen perfectamente ensambladas y unidas, sin que apenas parezca que ese barro estuvo antes roto. Somos también nosotros frágiles vasijas de barro, que nos rompemos a menudo con el roce de las cosas, del activismo, de las prisas y agobios del día a día. Vivimos, a veces, con el alma tan rota por el pecado y el desorden, que se nos vierte en nada ese poco de Dios, que apenas cabe dentro. Se nos desparrama esa vida interior por muchas grietas, sólo porque no dejamos que este Lañador divino nos recomponga con las lañas de su gracia.

Tu alma lañada, tantas veces rota por el pecado y tantas veces reparada por la gracia, te enseña a valorar la ruda belleza de las lañas. No importa si la vasija está rota, si las lañas son toscas y duras. Importa que esas lañas te enseñan tu vocación. Has de ser laña y lañador para muchos hermanos tuyos, que buscan a Dios entre los trozos y la broza de un alma vacía de felicidad. Somos barro, y en ese barro aprendemos a vivir lo que somos. Pero, tu alma lañada por la gracia resplandece de una belleza infinita, que transforma tu pobre barro en un reflejo de la gloria divina. Serás buen lañador para otros, si aprendes a ponerte en las manos de este Alfarero divino, que te modela a su imagen en el torno de tu día a día. La belleza de las lañas resplandece sólo allí done el alma se rompe. Tus grietas, tus fisuras, tus caídas, tus pecados son ocasión para que las lañas de la misericordia divina embellezcan más tu alma.

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De la ambición de disponer de mi propio tiempo, líbrame Jesús

La ambición de acaparar nuestro tiempo, de ir ganando minutos a nuestro día, va erosionando nuestra capacidad de contemplación y de entrar dentro de uno mismo. Nos cuesta escuchar con calma, sin dar sensación de prisa o desinterés, asumiendo como mía la preocupación del otro, porque siempre tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo. La ambición de aprovechar el tiempo, para dedicarlo a nuestras cosas, nos hace vivir en la telaraña del activismo, supeditando lo urgente a lo esencial e importante, las personas a las cosas. Detrás de esa ambición por tener tiempo se esconde el círculo vicioso de la propia soberbia, que necesita afianzar el propio «yo», haciéndolo dueño y gestor del propio espacio. Pero, ese tiempo, ambicionado con desorden y avaricia, se convierte precisamente en nuestra mayor esclavitud.

El tiempo de Dios nada sabe de nuestras prisas y carreras. Mucha salvación puede encerrarse en un minuto de tu vida, en el que todo se te pone, de repente, patas arriba. ¿Crees que el Señor no tenía prisa e impaciencia por cumplir esa redención del hombre, que el Padre le había encomendado? Y, sin embargo, dejó que la historia humana corriera, y que transcurrieran los años de los hombres, cuando pasó la mayor parte de su vida escondido en una casa de Nazareth, dedicándose a hacer, aparentemente, nada. Así es el modo y el transcurrir de Dios, no el tuyo, que anda estragado entre los mil pasatiempos de esta vida. Aprovecha tu tiempo para lo verdaderamente esencial: tu salvación y tu santidad. Es la tarea fundamental de tu vida. Este tiempo, que ahora ambicionas, se te irá de las manos para siempre, con la misma rapidez con que ahora lo ves deslizarse entre tus dedos. No ambiciones lo que no es tuyo, pues sólo Dios es el dueño y señor de tu historia.

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San Joaquín y santa Ana, santidad conyugal y familiar

Nada dicen los evangelios sobre los padres de la Virgen María. No sabemos, siquiera, si vivían cuando nació Jesús. Joaquín y Ana son reconocidos por la tradición como padres de la Madre de Dios, y, además, considerados santos. La santidad no queda reducida a gentes que realizaron grandes prodigios ante los ojos atónitos de multitudes, sino que Dios se sigue deleitando en la sencillez de corazones generosos, que gastaron su vida con dedicación y entrega. La discreción es una nota distintiva de las cosas de Dios, una manera de significar que lo esencial sigue siendo invisible a tanta torpeza humana, sin volúmenes de análisis, dialécticas o razonamientos grandilocuentes. María, la hija de Joaquín y de Ana, había de ser la llena de gracia. Sólo en la lógica de Dios podemos entender esa predisposición que depositaría Él en los corazones de sus padres. En el silencio de sus días, ellos gastaron su tiempo y sus esfuerzos en educar, formar y amar a la que sería Madre de Dios. No sabemos si tuvieron revelaciones privadas, o anticipos de aquello que Dios quería para su hija María. En lo cotidiano, en lo más ordinario de sus vidas, Joaquín y Ana fueron descubriendo esa sombra de la divinidad, que iba apoderándose del corazón de la Virgen.

No veamos, ante cada llamada de Dios, un capricho o una amenaza a nuestra libertad. Sólo Dios sabe lo que más necesitamos, y lo que puede hacernos más felices. Si con Él alcanzamos la plenitud de la dicha, ¿por qué resistirnos a su gracia? En la santidad de Joaquín y de Ana, abuelos de Jesús, hemos de ver la conformidad con los planes de Dios, adelantándonos, como ellos lo hicieron, en el amor. Tal vez, san Joaquín y santa Ana, enseñaron a su hija, entresacándolo de algún salmo de la Escritura, aquello que dijo la Virgen en Nazaret: “Hágase en mí según tu Palabra”.

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Santiago el Mayor, el apóstol que bebió el cáliz del Señor

Desanimado debió encontrarse el Apóstol Santiago en la ribera del Ebro cuando empezó su evangelización. Según la tradición, llegado de tierras tarraconenses, anunció a Jesucristo a un grupo de lugareños, rudos y de difícil trato, en la zona de Cesaraugusta, la actual Zaragoza. Dejándose llevar del desánimo, quiso abandonar ese lugar y fue entonces cuando la Virgen se le apareció en carne mortal para animarle a seguir anunciando el Evangelio.

Es consolador y tremendamente eficaz el papel de la Virgen junto a los apóstoles de su Hijo. Con su oración, su mediación y su ánimo, empapó de gracias a aquellos que, en nombre de Jesucristo, dieron la vida por ser testigos de la Verdad. Santiago el Mayor, hermano de Juan, llamados «hijos del Trueno», llevaron hasta su fiel cumplimiento esa promesa que hicieron a Jesús: “Seremos capaces de beber el cáliz que tú has de beber”. De hecho, al volver de Hispania, Santiago fue inmediatamente ajusticiado en Jerusalén.

Santiago el Mayor llevó la fe de Cristo hasta lo que entonces era el fin del mundo, Finisterre, la actual Galicia. Y esa misma tradición nos dice que, una vez decapitado en Jerusalén, sus discípulos devolvieron su cuerpo a ese último lugar de la tierra que evangelizó, Compostela (“Campo de Estrellas”), donde reposan ahora sus restos. Es el premio de los que aman el deseo de anunciar a Dios, tal y como pidió Cristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Pedimos al Apóstol, patrono de España, que vivamos también con generosidad, sin miedos y sin respetos humanos, nuestro apostolado, allí donde nos toca estar: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos… Dios siempre bendice al “siervo bueno y fiel”, y nos conducirá a su gloria para siempre.

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