Tres medidas de harina

De niño, cuando vivía con sus padres en Nazaret, el Señor disfrutaría mucho viendo a su madre preparar el pan. A veces, incluso, metería las manos en aquel montón de harina, intentando ayudar a su madre en la costosa tarea de preparar la masa. El secreto estaba en aquella minúscula y diminuta levadura que se escondía en el interior y que hacía que, al día siguiente, la mezcla fuera mayor. Así era también ese Reino de Dios que el Señor intentaba explicar a las gentes, con la misma fuerza misteriosa y oculta de esa levadura que la mujer esconde en tres medidas de harina.

Tú y yo, a veces, nos sentimos más minúsculos y diminutos que esa levadura, incapaces de tener la misma fuerza que ella. Nos sobrepasan situaciones, problemas, preocupaciones, ambientes de pecado, ideologías torcidas y contrarias a Dios, y crece en nosotros, como enorme montón de harina, el desánimo, la desesperanza, el agobio, el miedo al qué dirán, la apatía. A veces esas tres medidas de harina están en tu ambiente de trabajo, en tu familia, allí donde te topas con situaciones de obstinada incredulidad y de pertinaz alejamiento de Dios. Sin embargo, con ser grande, la fuerza de la levadura siempre será insignificante para explicar cómo es ese poder que esconde en sí el Reino de Dios.

No quieras fermentar por ti mismo toda esa masa de harina que te rodea. No quieras ser tú de esa falsa levadura que pretende cambiar las cosas y las personas sólo por el encanto personal de sus cualidades, habilidades, simpatía, inteligencia, argumentos. ¿Cómo pretendes tú despertar en otros el interrogante de Dios si andas por dentro como ese montón de harina que espera todavía a ser fermentado por la gracia y el poder de Dios? No pretendas dar lo que no tienes y deja que la oración, el trato con Dios, la gracia de los sacramentos, vaya fermentando en ti para hacerte sabroso pan que sacie a tu alrededor tanta hambre de Dios. 

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Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Perdonar es difícil, pero nunca imposible. El verdadero perdón nunca va separado del olvido. Perdonar es no recordar la ofensa, haciendo como si nunca hubiera existido. Así perdona Dios, devolviendo a la nada todo el mal que ponemos en sus manos. De la misma manera que su Palabra creadora y amorosa da el ser a las cosas, sacándolas de la nada y del poder del maligno, así también su Palabra sanadora y misericordiosa hace volver a esa nada, al reino de donde salieron, el mal y el pecado de sus hijos.

Tu capacidad de perdón dice mucho de la calidad de tu vida cristiana. Si poco perdonas, poco amas. Si has recibido mucho perdón, eres muy amado. Si quieres ser perdonado, tu también has de querer perdonar. El perdón cristiano no sabe nada de rencores, de gratificaciones y compensaciones, de exigencias ni de derechos. No es solidaridad ni debe ser un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.

Perdona, aunque tengas tú la razón, aunque tu perdón no sea conocido por el otro, aunque nadie te lo agradezca, aunque te lo malinterpreten, aunque te suponga la incomprensión, la crítica o la persecución, aunque te cueste lo indecible. Tu perdón es fuente de alegría y de libertad interior. Piensa que, antes que tu perdonases, fuiste también perdonado. Piensa que el mayor perdón lo recibiste tu, sin merecerlo ni pedirlo, en la Cruz, allí donde también recibes el mayor acto de amor. Así ha de ser también tu perdón: capaz de llegar siempre hasta el extremo de la cruz y del amor. 

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Aceptarnos como se aceptaron los santos

Cuando contemplamos la vida de los santos, una primera impresión que nos puede sobrevenir es la del desánimo ante figuras que han vivido con ejemplaridad una entrega y una renuncia que se nos hace imposible imitar. Incluso se nos antoja que son personajes raros, o que, quizás, nacieron con una serie de cualidades extraordinarias para poder llevar con heroísmo semejante vida. Nada más lejos de la realidad. Si hay algo extraordinario en esos hombres y mujeres es, precisamente, su apabullante normalidad. Tal vez hemos sido influidos por biografías que, siempre con buena intención, han magnificado extraordinariamente sus vidas ordinarias, pero que, al común de los mortales, nos han apartado de una realidad que todos llevamos inscrita en lo más profundo del alma: Dios quiere que todos seamos santos y con una santidad que se asemeje al corazón de Dios. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, decía Nuestro Señor. Y, contemplando la vida del Hijo de Dios en el mundo, descubrimos que esa perfección está alejada de cualquier tipo de voluntarismo que nos haga creer que, con nuestros puños y a base de esfuerzos, los méritos adquiridos son nuestros. Sin embargo, si en algo insistió Jesús fue, precisamente, en la necesidad de adquirir sencillez para alcanzar la verdadera sabiduría ante los ojos de Dios. Sencillez, humildad… disposición para abrazar la voluntad divina en todo y para todo.

¿Dónde está, entonces, el problema? En nuestra falta de aceptación. El reconocimiento de nuestros límites es la primera condición para aspirar a la santidad. Nuestro cansancio, nuestra imaginación, nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestros proyectos, nuestras seguridades humanas, nuestros afectos… Estos son los verdaderos condicionamientos que pueden apartarnos de la verdad. No se trata de que nunca nos cansemos, o de que no hagamos planes, o de que no nos sirvamos de la imaginación, o de que no recibamos cariño… El drama está en que en cada una de esas situaciones no contamos con Dios sino con nuestro voluntarismo y, por lo tanto, nos quedamos solos. Y se trata de la soledad más terrible que nadie podría experimentar, porque se vive en la mentira de que soy yo (sólo yo) quien lleva a cabo la única “proeza” de vivir el “día a día” de mi santidad con coherencia y sentido común.

Mira de nuevo a los santos. Son hombres y mujeres como tú y como yo. Personas con defectos y cualidades, con virtudes y pecados, con proyectos y planes. Pero supieron amar a Dios porque se aceptaron tal y como eran, tal y como Dios los quería. Nuestra Madre la Virgen mira con enorme sufrimiento a ese Hijo queridísimo clavado en la Cruz pero su aceptación llega hasta el punto de abrazar la voluntad del Padre por amor… En eso consiste experimentar en la propia historia personal (la tuya y la mía) la ternura y la infinita misericordia de Dios.

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¿Huir, soportar o aceptar?

Ante el misterio del mal y del pecado, en ti mismo y en los demás, tienes pocas opciones: huir y evadirte de esa realidad dura y hasta insoportable buscando escapes momentáneos que sólo te dejarán un mayor y más insatisfecho dolor en el alma; soportar con resignación, a veces muy correcta pero muy poco cristiana, esos males, desgracias, dolores y limitaciones que no puedes ni evitar ni explicar; aceptar –incluso elegir– todo eso hasta el punto de vivirlo como ocasión preciosa y única de asemejarte más a ese Cristo doliente de la Cruz que llevas tan escondido e impreso en el alma.

Tu dolor y sufrimiento sólo tienen sentido desde Cristo crucificado. Allí, en el Gólgota, se consumó una vez para siempre la donación plena y perfecta del Hijo al Padre por la salvación tuya y mía. Y allí, al pie de la cruz, estuvo María, en tu nombre y en el mío, acogiendo como Madre aquella redención universal que el Hijo nos merecía con su muerte. Pero lo que entonces ni tu ni yo pudimos hacer en aquel momento –ponernos junto a esa Madre doliente para acoger en nosotros la redención del Hijo–, hemos de hacerlo ahora, en el aquí y ahora de nuestra vida.

Hemos de completar en nosotros eso que falta a la pasión de Cristo: nuestra respuesta personal, nuestra libre correspondencia, para que el don redentor de Cristo sea realmente eficaz en nuestra vida concreta. Tus dolores y sufrimientos, tus tristezas y agobios, tus desánimos y cansancios, tus noches, tus renuncias y limitaciones, todo eso es lo que falta a esa pasión de Cristo que tanta salvación nos ha traído. No te empeñes en vivir un cristianismo sin cruz porque, tarde o temprano, esa cruz te llegará. Y tampoco te empeñes en vivir una cruz sin Dios porque esa cruz te aplastaría. Mejor que huir o resignarse es aceptar la cruz y hasta elegirla, porque sólo así podrás llegar a gustar ese gozo íntimo y sobrenatural que Dios reserva para aquellos que, como María, no huyen de permanecer junto a su Hijo crucificado. 

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El tiempo ordinario es extraordinario

Lo ordinario es lo más común, lo regular, lo que sucede habitualmente. Así es y así discurre la mayor parte del tiempo de nuestra vida, en ese rutinario y monótono día a día, que a veces hasta se nos hace mecánico y del que tantas veces sentimos la tentación de huir y escapar. En cambio, así de habitual, regular y común es también la acción de Dios en nuestra vida. Piensa que tu día a día es también el día a día de Dios, que tu vida ordinaria es también la vida ordinaria de Dios. Porque es ahí donde Dios se te da y es de esa manera, tan común y tan simple en sus formas, como Dios te va dando a conocer su voluntad.

Una llamada inesperada, un imprevisto, una conversación, el madrugón para ir al trabajo, el atasco correspondiente o el autobús que se me escapa, ese que se cuela en la cola del cajero cuando más prisa tengo, son ocasiones preciosas para un ofrecimiento o un momento de oración, un acto de amor o de acción de gracias, un acto de fe en Dios, una pequeña renuncia o mortificación. Tendemos naturalmente a buscar esa irresistible fascinación de lo espectacular y aparatoso, de lo extraordinario y fuera de lo común, haciendo del milagro o de la lotería casi un ideal. Nada más ajeno al estilo del Evangelio. Piensa que la encarnación es un Dios que se hace carne de niño, que la redención se realiza en el aparente y estrepitoso fracaso de una cruz o que el gran prodigio de la Eucaristía gravita sobre un poco de pan y un poco de vino.

Tu santidad será más real cuanto más crezca hundida y escondida, como grano fecundo, en la tierra árida y dura de tu vida cotidiana. Ahí estás llamado a impregnar todas las cosas, personas y circunstancias de una profunda visión de fe, capaz de atisbar en todo y en todos ese susurro de cielo que es Dios presente en tu vida. Descubre y renueva el valor de ese pequeño día a día de tu vida que resultará tanto más extraordinario cuanto más sepas llenarlo de Dios. 

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Cierra el paraguas

Cuando llueve, llueve para todos, pero sólo se moja el que no abre su paraguas. Así es también la acción de la gracia: disponible para todos, pero eficaz en aquel que sabe y quiere poner los medios. Dios no niega a nadie sus dones; somos nosotros quienes ponemos obstáculos a la acción de Dios. Y, para anestesiar cualquier remordimiento de conciencia, disfrazamos esos obstáculos de buenas excusas y piadosos motivos, muy razonables y justos, que, además, intentamos explicar buenamente a los demás.

No te engañes: Dios no te hará santo si tú no quieres; no te cambiará el corazón si tú no le dejas; nunca forzará tu libertad si tú no se la entregas. Tampoco un padre obliga a su hijo a amarle. Has de querer cambiar tus defectos de carácter, tu pereza para las cosas de Dios, tu inconstancia para el compromiso, tu falta de voluntad para cumplir tus propósitos, tu indolencia para acabar con tus faltas de omisión, tu negligencia y desgana para orar. Cierra todos esos paraguas con los que ahogas la vida divina en tu alma, porque, si quieres, puedes.

Piensa que muchos contemporáneos oyeron hablar de Jesús, le vieron pasar a su lado, le escucharon en alguna de aquellas predicaciones e incluso vieron algunos de sus milagros. Y, sin embargo, sabemos por los evangelios que sólo unos pocos dejaron todo para seguirle y sólo fueron curados aquellos que se lo pidieron.

Empéñate a fondo en vivir con coherencia y seriedad tu vida cristiana si no quieres reducir tu cristianismo a un manual de buenas costumbres o a un formal protocolo social. Déjate empapar, a través de los sacramentos, de la abundancia y la plenitud de ese Dios que tanto desea entrar en tu alma. Verás con que suavidad y eficacia se va realizando en tu vida esa obra grandiosa de tu conversión interior.

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¿Generosos o gratuitos?

El amor se da sin medidas, sin excusas, sin interés, sin exigencias ni condiciones. Si tu fe cristiana no te lleva a darte cada vez más a Dios y a los demás, si no fructifica en obras concretas de conversión interior y de cambio de vida, algo está fallando en tu cristianismo. No puedes conformarte con ser parcialmente generoso. Ni siquiera puedes conformarte con una generosidad movida sólo por motivos humanitarios o altruistas que, tarde o temprano, acaba cansándose y reclamando su paga. Tampoco debes engañarte con esa generosidad que, a menudo, se mezcla con esa pizca de egoísmo y autocomplacencia que se da buscando a cambio un poco de reconocimiento, de agradecimiento, de consideración de parte de aquel a quien damos.

Es fácil ser generosos cuanto tenemos la certeza, aunque sea pequeña, de que nos será devuelto o recompensado ese favor o de que será apuntado a nuestra cuenta de méritos. La gratuidad, en cambio, es más propia de esa caridad cristiana que, además de dar, se entrega. ¿Quieres saber hasta dónde ha de llegar tu entrega? Mira a la cruz y contempla esa conmovedora gratuidad del amor de Cristo, entregado hasta el extremo por todos y desconocido por tantos. Así ha de ser tu entrega: sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Y tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará.

¿Qué clase de caridad es aquella que se da a aquellos que pueden recompensarnos y rehúsa acercarse a los que nunca conocerán o valorarán nuestro don? Sólo unos pocos supieron ver, más allá del aparente fracaso de la cruz, el mayor amor y el corazón más hermosamente entregado. Y pocos son los que, a contracorriente, viven su entrega y su fe con ese ánimo desprendido de reconocimientos humanos, de buena opinión ajena, del agradecimiento de los demás. Si tu generosidad no está dispuesta a entregarse así, hasta el olvido de la cruz, poco o nada saborearás de ese verdadero amor que sólo Dios sabe regalar al alma pobre y desprendida.

Dios Padre no dudó en entregar a su Hijo Amado aun sabiendo que, en muchas almas, esa entrega nunca sería aceptada, conocida ni correspondida. Atesora en tu alma esa riqueza única, exquisita, de quien sabe entregarse como ese Hijo Amado, aun sabiendo que tu caridad pueda caer entre las piedras y las zarzas del olvido, de la crítica, de la incomprensión o de la burla.  

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Recuerda con agradecimiento tu Bautismo

Nos acostumbramos con tanta facilidad a los dones de Dios que podemos llegar a olvidar que vivimos en ellos y de ellos. Nos llegan de forma tan habitual, tan sencilla, tan imperceptible, que nuestra mirada superficial nos hace creer que, en realidad, no son tan reales como decimos. Continuamente estamos respirando sin que nos paremos a considerar la importancia que tiene para nuestra vida un acto tan mecánico y sencillo como es inspirar el aire exterior en nuestros pulmones. Algo así pasa con nuestro bautismo, sin el que el alma ni siquiera podría respirar la vida divina de Dios.

Piensa que, por tu bautismo, fuiste arrancado del reino y del poder del maligno y consagrado para siempre a Dios, fuiste hecho hijo en el Hijo, fuiste consagrado como templo del Espíritu Santo, fuiste hecho sacerdote y liturgo para ofrecer a Dios el culto de tu propia vida, fuiste unido como miembro a la cabeza en un cuerpo místico que es la Iglesia Madre, fuiste sentado a la mesa de los hijos para participar en el banquete de esta vida divina que corre por las venas de tu alma. Piensa que el mayor de todos los males o el mayor cúmulo de desgracias, tragedias y condenaciones que pudieran acaecerte en tu vida es muy poco, o incluso nada, en comparación con el mal infinitamente más grave del que te salva el bautismo.

Aviva, con delicada gratitud y veneración, la gracia de ese insondable misterio de Dios que te comunicó tu bautismo y cuya huella indeleble nada ni nadie te pueden quitar. Aviva esa presencia activa y viva del Espíritu Santo que recibiste en el bautismo y cuyos dinamismos van imprimiendo en ti, de forma cada vez más nítida y transparente, la imagen, el rostro, la forma de ese Cristo en quien fuiste sepultado y crucificado una vez para siempre.

Tu bautismo es un don, pero también una tarea. Vive ese don con la responsabilidad grave de quien guarda en sus manos un talento único y precioso. Vive tu bautismo con coherencia y unidad de vida, para que en ella irradies la belleza y el atractivo de esa gracia bautismal que tanto te asemeja a tu Dios. 

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¿Qué es perder el tiempo?

El tiempo tiene mucho que ver con el alma y con nuestros estados de ánimo. Es una realidad tan fugaz y engañosa que existe sólo mientras se va pasando. Se desvanece, inaferrable, con la misma facilidad con que se deshace la espuma cuando la cogemos entre los dedos de la mano. El tiempo es ese talento único e irrepetible que Dios nos ha dado para invertir con él en el gran negocio que debería ocupar toda nuestra vida: nuestra salvación. Perdemos el tiempo cuando no lo ocupamos en amar a Dios. No se trata de llenarlo de cosas, de actividades, de preocupaciones y afanes, aunque tampoco se trata de renunciar al quehacer fatigoso de nuestro día a día.

El secreto de un buen empleo del tiempo está en saber impregnar todas esas cosas de amor a Dios, tan hacendoso como Marta y tan contemplativo como María. Aprovechar el tiempo no significa hacer grandes cosas sino amar mucho a Dios en las cosas porque, cuando se trata de amar, no existen medidas humanas. Ganamos el tiempo cuando se lo dedicamos a El, allí donde El nos ha puesto, para amarle de la forma que El quiere y en las cosas y actividades que El quiere.

Cuántos tiempos vacíos de Dios que han quedado perdidos, como talentos enterrados en la tierra de nuestros agobios y afanes, y que no hemos sabido convertir en eternidad. Cuánto tiempo perdido sólo por el afán desmedido de aprovecharlo para nuestros egoísmos, comodidades, omisiones, intereses particulares y conveniencias. Cuánto tiempo lleno de estériles activismos y prisas, sólo por la ambición de querer dominar con autosuficiencia cada uno de los momentos de nuestra existencia.

¿Crees, acaso, que Cristo perdió el tiempo durante aquellos ocultos años de Nazareth que ocuparon la mayor parte de su vida en la tierra y en los que aparentemente se dedicó a “no hacer nada”? Y, sin embargo, la obra de la redención que El cumplió en la cruz no se entiende sin esos largos años de vida oculta y de aparente ineficacia, dedicándose a tareas humanamente insignificantes y hasta absurdas. Disfrutarás de tu tiempo y de las cosas con las que llenas tu tiempo si sabes disfrutar de Dios y llenar de El ese pequeño día a día en el que te juegas tu salvación.

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“Abrieron sus cofres” (Mt 2,11)

Cuánto enseña la sencillez de aquellos magos de oriente. Procedían, quizá, de Persia, o de Babilonia, o del sur de Arabia, y durante muchos años habían estudiado pacientemente las profecías que anunciaban el nacimiento de un llamado Mesías. Ahora, hacia el año 5 ó 4 antes de la era cristiana, parecía que la trayectoria misteriosa de varios astros anunciaba, por fin, el cumplimiento de aquellas profecías, y todo parecía apuntar a la insignificante y desconocida aldea de Belén, en la región de Judea. Hacia allá se pusieron en camino los magos, cargados con riquezas y perfumes de sus tierras, con los que habrían de agasajar y adorar a aquel grande y distinguido personaje que acababa de nacer. Después de un largo y duro camino, lleno de incertidumbres, dudas y cansancios llegan, por fin, a Belén, guiados por la luz de aquel astro misterioso y desconocido, que nunca hasta entonces habían visto en los cielos. La estrella se paró anunciando el sitio: un establo ruinoso y casi solitario, a las afueras del bullicio de la aldea, sumido en la austeridad de un paraje animado sólo por la compañía de unos pocos animales. Allí llegaron los magos y encontraron “al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2,11).

Si los magos hubieran seguido la lógica humana, al ver aquel sitio y al encontrarse, después de todo un largo y trabajoso viaje, con un niño dormitando en un pesebre, hubieran tenido que protestar, criticar, comentar y corregir el nefasto modo en que estaban sucediendo aquellas cosas. Además, ellos eran personajes distinguidos y su visita hubiera requerido, al menos, un recibimiento digno y adecuado a su fasto y condición. El evangelista cuenta, sin embargo, que los magos, al ver al Niño y a su madre, abrieron sus cofres y le adoraron ofreciéndole todo lo que tenían. Era el gesto de tributo y de adoración que en su tierra se reservaba sólo a los más grandes reyes y emperadores.

Los magos no dudaron, no comentaron, no se quejaron, no indagaron con impertinencia detalles y curiosidades sobre aquella familia y aquel sitio. Quizá no entendían lo que estaban viendo y hasta les desconcertaba aquel extraño modo en que se estaban cumpliendo las profecías mesiánicas, pero abrieron sus cofres y adoraron al niño. Abrieron con sencillez el alma a los planes desconcertantes de Dios y a su modo de hacer las cosas, a las circunstancias absurdas e incomprensibles en las que muchas veces se esconde la misteriosa acción de Dios y que tanto trastocan y despistan nuestra lógica humana.

Adora tú también a este Niño que pide sólo de ti la llave de tu cofre. Ofrécele el oro de tu amor, la mirra de tus sufrimientos, el incienso de tu oración y de toda tu vida, y ábrete a la acción de la gracia como el cofre de aquellos sencillos magos de oriente. Importa mucho que te pongas en camino, que salgas de tu tierra y de tus cosas, de tus comodidades y medianías; importa sobre todo que con tu cofre, vacío quizá de riquezas, o lleno incluso de muchos pecados, adores y te ofrezcas a este Niño que sólo entienden los sencillos. 

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