Del orgullo de no perdonar siempre y todo, líbrame Jesús

Jugamos al falso perdón, cuando decimos que perdonamos pero no olvidamos. No perdonó así el Señor a tantos que se le acercaron pidiéndole un milagro. Tampoco así te perdona el Señor a ti, cada vez que tú reconoces ante Él tus caídas y pecados. Si no sabes olvidar las ofensas de los demás, es que no has conocido todavía el perdón y la misericordia que Dios te tiene a ti. El rencor y el recuerdo de los agravios ajenos termina endureciendo el alma, hasta llenarla de un descontento e insatisfacción que aleja de Dios y de los demás.

El orgullo nos hace creer que, si no perdonamos el daño que nos hacen, dejamos que el error o el mal que hacen los demás campen a sus anchas. Pero, no pienses que ese mal podrás vencerlo a fuerza de rencor o de venganza. El Señor pudo utilizar la fuerza de su omnipotencia divina para vencer el pecado y la injusticia de los hombres y, sin embargo, quiso vencer el mal sólo con la mansedumbre y la humildad de la Cruz. No quieras ir tú por otro camino, ni inventar otros modos de redención más acordes con los torpes esquemas humanos y con los razonamientos de tu soberbia. El mal se vence con el bien, y el orgullo se destrona sólo a base de mucha humildad. El verdadero perdón cristiano nada sabe de la avaricia de uno mismo. No excluye la astucia y la sagacidad de las serpientes, pero tampoco la sencillez de las palomas. Otros podrán aprovecharse y hasta abusar de tu perdón, pero ante tu Padre, que ve en lo escondido, quedará patente esa grandeza de alma que tanto te asemeja a Cristo. Has de contemplar mucho la Cruz, si quieres que el perdón nazca en ti del poder de Dios, y no del poder de tu voluntarismo. Perdona siempre, todo, porque es la medida que utiliza siempre contigo el corazón de Dios.

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Del deseo de sentirme amado, líbrame Jesús

En las almas que quieren adentrarse por caminos de más íntima oración y entrega a Dios, la soledad suele ser una fuente inagotable de afectos desordenados. No llenes tus soledades de activismo, de cosas, de compensaciones o de alabanzas, sino de Dios, sólo de Dios, pues las otras cosas, tarde o temprano, se agotan y desvanecen, dejando el alma en una soledad aún más angosta y triste. Cuántos fracasos en la propia vocación se han gestado lentamente al calor de una soledad humanamente inmadura, llena de uno mismo y muy vacía de Dios.

Todos necesitamos amar y sentirnos amados, pues el amor es fuente de equilibrio interior y de madurez afectiva. Pero, el alma no está hecha para amar cualquier cosa; ni siquiera se contenta con el amor que puede recibir de las criaturas, aunque sea grande, puro y noble. Sólo cuando el alma vive centrada en el amor infinito e inagotable de Dios, se hace capaz de amarlo todo, de darse a todos, sin que las briznas de afecto que le dan las criaturas embelesen su mirada y desvíen su camino. No dependas del cariño desordenado a las cosas o personas que Dios va poniendo en tu camino. No caigas en el espejismo de medir tu santidad o los frutos de tu eficacia apostólica por el afecto y cariño que cosechas entre los demás. No cabe el amor de Dios allí donde otros afectos desordenados llenan tantos recovecos del alma. Piensa que el más leve apego, el más insignificante desorden afectivo, puede convertirse en pesada ancla, que amarra fuertemente el alma al puerto de la mediocridad y la inutiliza para avanzar a velas desplegadas por las profundas aguas de la intimidad con Dios. El Señor, que se hizo hombre para conocer nuestras soledades, las llenó para siempre de su dulce compañía y afecto.

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Del temor a que otros hablen mal de mí, líbrame Jesús

Cuando la crítica no nace de una sincera caridad suele ser dañina, para quien la hace y para quien la recibe. Incluso se convierte en arma de doble filo, pues lo que tú rumoreas de otro termina, tarde o temprano, volviéndose contra ti mismo. Dependemos mucho de la opinión y estimación de los demás, aun sabiendo que nadie puede tener todos los elementos de juicio necesarios para hacer una valoración justa. Y solemos creer que, cuando todos nos apoyan y alaban, las cosas funcionan bien, haciendo de la opinión ajena la medida de la realidad.

Así funciona, quizá, la lógica del mundo, pero no la de Dios. El Evangelio está cuajado de críticas e incomprensiones hacia el Señor, incluso de parte de los más íntimos, aquellos Apóstoles a los que Él eligió y llamó de forma tan personal. Motivos humanos siempre habrá para abrir un resquicio a la queja. Pero, solemos despacharnos a gusto con la mota de polvo de los demás, con tal de no mover un palmo de conversión en esa viga que tenemos en nuestro ojo. Has de medir la debilidad y el pecado de los demás con la medida de la caridad de Cristo. No calles la verdad, por miedo a quedar mal; tampoco la utilices, si con ello miras más a tu propia fama y complacencia que a la caridad y buena fama del otro. Alégrate cuando las críticas e incomprensiones te vengan caídas de la boca engreída y farisea de los que se creen más buenos y mejores que tú, porque te dan la ocasión de poner tu asidero y complacencia sólo en el corazón de Dios. El bien que hagas será tanto más incomprendido cuanto más se ajuste a los criterios del Evangelio. Piensa que, si Cristo hubiera hecho depender tu salvación de la opinión de sus contemporáneos, hoy estaríamos todos a merced de nuestra propia condenación.

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Del temor a ser utilizado y olvidado, líbrame Jesús

Inconscientemente tendemos a buscar el reconocimiento de los demás, pues creemos que, en justicia, nos corresponde. Sin embargo, cuántas veces nos entregamos de lleno a un trabajo, a un encargo recibido de parte de un amigo, de un jefe, o de un superior, y nos sentimos utilizados, siempre con buena intención, para unos fines que desconocíamos y que, en el fondo, benefician a otros más que a mí. Incluso puede que, una vez cumplida la misión encomendada, nos olviden porque ya no resultamos útiles. Este recelo nos atenaza constantemente y nos puede llenar de rencor y amargura interior, pues nos pone frente a nuestra debilidad personal como si fuera una losa pesada, que no sabemos superar. Cuántas veces tenemos la sensación de ser un papel que sirve para escribir y tirar, o nos consideramos títeres en manos de no se sabe qué oscuras intenciones. Pero, si bien todo esto puede tener algún fundamento en la realidad, en muchas ocasiones está alimentado por nuestra inseguridad y agrandado por nuestra imaginación.

Cuánta libertad interior ganaríamos si, en lugar de buscar las compensaciones que puede ofrecernos este mundo, viviéramos más confiados en la providencia divina, sin dependencias de los juicios humanos ni de las opiniones de los más influyentes. Qué importante vivir esa rectitud de intención en nuestros actos, que nos permita ir asemejándonos a las actitudes y sentimientos de Cristo. Qué importante no vivir pendientes de los «fantasmas» del poder, para lograr situarnos en lo más alto de la escala de la opinión del mundo. Nos cuesta aceptar en todo momento ese «ser» y «estar» en el lugar que nos corresponde, por muy humilde y sencillo que sea a los ojos de los demás. Así lo vivió Cristo, encaramado en el trono de la Cruz y pendiente sólo de la gloria del Padre.

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Del temor a ser acusado injustamente, líbrame Jesús

En las Bienaventuranzas, Jesús enuncia las condiciones y el espíritu de todo aquel que quiera seguirle. Entre ellas, aparece el de ser perseguidos. Ser acusado injustamente, por un acoso de celos, envidias o falsas suspicacias, puede producir temor, y con razón. Sin embargo, el Señor quiere que también en esas situaciones nos unamos a Él. Jesús fue sometido a todo tipo de juicios y críticas, en público y a escondidas. Fue acusado de tropelías que jamás había llegado a cometer. Incluso el Sumo Pontífice de Israel llegó a declarar que era necesario que Él muriese para la salvación del pueblo. Ante estos sumarísimos, nuestro Señor seguía realizando milagros, curando enfermos, mostrando compasión y misericordia. No eran las acusaciones lo que le preocupaba. Buscaba las almas y hablaba de las ovejas que andaban sin pastor, procurando hacerse el encontradizo con todos, para mostrar su corazón manso y humilde. Y así seguiría hasta alcanzar el trono de la Cruz.

Sí, sabemos en qué consiste la radicalidad de ese seguimiento a Jesús, y, en ocasiones, nos viene el temor y la angustia. Ante un mundo que esconde su rostro al dolor y la donación de sí mismo, lo nuestro ha de ser lo de Dios, buscar en todo momento la oportunidad de mostrar ese rostro amable de Cristo, que sólo sabe hacer el bien, incluso ante aquellos que le acusan o persiguen. Nuestro trono también está en la cruz, sí, en esa que nos sale al paso cada día. Ese es el orgullo de ser cristiano, ya que descubrimos en cada una de esas contrariedades, pequeñas o grandes, la gran paradoja del Reino de los Cielos: lo que es despreciable para el mundo, resulta ser la gloria de Dios. Unirnos a esos sentimientos es recuperar lo esencial en lo más cotidiano de nuestra vida. He ahí la gran carga de la redención a la que Dios nos invita.

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Del deseo de estar informado para alimentar mi curiosidad, líbrame Jesús

Uno de los grandes éxitos de esta era de las comunicaciones es la inmediatez en la información, que nos puede llegar en tiempo real. Lo curioso, sin embargo, es que con ello no hemos conseguido el esperado avance en la calidad humana. Todo lo contrario, en muchas ocasiones esos medios de comunicación son excusa para difamar el honor de otros, o para filtrar sus propias ideologías. Pero más allá de la crítica a las nuevas tecnologías, una de las secuelas del pecado original es el afán por fisgonear en todo. Se dice que aquel que está más informado tiene más posibilidades de ejercer el poder. Sin embargo, cuando no existe verdadera rectitud de intención, entonces, ese control sobre todo lo que se sabe, puede estar orientado, no precisamente para hacer el bien, sino ser aprovechado en beneficio propio sin obrar con justicia.

Atajar ese deseo de información por simple curioseo, por el afán de rumorear sobre otros, no significa vivir en la inopia, sino educar nuestras ambiciones de cara al bien común. La curiosidad, ese meternos en cosas que no nos incumben, se puede convertir en una excusa fácil para arremeter contra la fama y el honor de otros y, de esta manera, justificar nuestros defectos. Muchas cosas podía haber preguntado la Virgen ante la presencia de Gabriel, y quizás se encontraba en su perfecto derecho; pero, ante semejante misterio, lo más importante era descubrir que Dios esperaba de ella un consentimiento que trasformaría la historia de la humanidad. Eso sólo puede ser ponderado cuando somos almas de oración. Allí, en ese trato íntimo con Dios, Él siempre nos dará la «información» necesaria para nuestra santificación.

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De toda tristeza y desánimo por no ver realizados mis deseos, líbrame Jesús

La tristeza es la aliada del enemigo, y santa Teresa de Jesús decía: “Un santo triste, es un triste santo”. La tendencia al desánimo es síntoma de no tener en orden nuestras prioridades. Cuando sucumbimos a la desmoralización, por no haber logrado nuestros propósitos, entonces es hora de preguntarnos cuál es nuestra jerarquía de valores. Y una de las prioridades fundamentales es nuestro amor a la Cruz. No es suficiente, para un cristiano, acomodarse a los fracasos con resignación. Olvidamos que el signo que nos hace vivir nuestra vocación de hijos de Dios es la Cruz. Quizás, a los ojos del mundo, se trató de un fracaso clamoroso. Aquel que «presumía» de hacer la voluntad del Padre, ahora, en ese instante dramático, se encontraba crucificado junto a dos desalmados… ¿Ese era el Padre que le cuidaba y escuchaba, al que incluso se atrevía llamar “Abba!”, “papá”?

Dejarse llevar por la tristeza es sucumbir, no al fracaso de la Cruz, que siempre es victoria, sino a la tentación diabólica que nos susurra: “¿Cómo puedes consentir semejante desagravio?”, “Tú estás hecho para cosas más grandes”, “No permitas que te humillen de esa manera”… Toda una serie de «razones» que, al final, nos dejan anclados en un supuesto pasado que siempre fue mejor. Lo que nos debe animar no son los éxitos en el mundo, porque de ellos nunca dependerá nuestra esperanza cristiana, que tiene su meta en la vida eterna. Lo que nos ha de alegrar, es que hemos sido elegidos para amar la cruz, esa que nos toca «soportar» día tras día, es decir, la que abrazamos con cariño y pasión de enamorados. En el silencio alegre de ese abrazo, escondido a los ojos del mundo, es como se produce la redención y la salvación de muchas almas… Nunca lo olvides.

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Del deseo de afectos desordenados e impuros, líbrame Jesús

No vivimos encadenados a un cuerpo que sólo pide desaforos contra la voluntad de Dios. En la medida en que somos hijos de Dios, así es nuestra libertad. El problema está en cómo ejerzo mi libertad, dónde pongo el corazón y el entendimiento para ser aún más libre. Perdemos de vista que es uno mismo el que elige, el que toma decisiones constantemente, el que, ante una situación concreta, hace un juicio u otro. Esto ocurre todos los días, y a todas horas. Los demás, las circunstancias, el ambiente, no son excusas que nos impiden realizar actos buenos o responsables. El ambiente influye, y mucho. Pero, en último término, soy yo el que, en mi conciencia y en mi actuación, doy el paso definitivo.

Por tanto, ¿qué medios pongo, en mi día a día, para que lo que me afecte esté dirigido a la gloria de Dios? ¿Hago oración todos los días? ¿Rectifico la intención cuando algo no sale conforme a lo previsto? ¿Acudo con frecuencia al sacramento de la confesión? ¿Hago todas las noches un breve examen, ante la presencia de Dios, de cómo ha sido ese día? ¿Procuro adquirir un pequeño propósito para el día siguiente, aunque sólo se trate de un detalle de convivencia? He de vivir en esta vela interior, para no dejarme atar por afectos desordenados, o por la impureza interior de los pensamientos, porque el corazón siempre necesitará un asidero en el que depositar sus querencias, aunque no sean las de Dios.

Poner nuestro corazón en sintonía con Dios, nos evitará desperdiciar el tiempo y la cabeza en apegos de los que, tiempo después, nos arrepentiremos. Así vivió la Virgen, y así llevó hasta las últimas consecuencias aquel «sí» con el que entregó su corazón enteramente a Dios. Pídele cada día su protección materna, para que guarde la pureza de tu corazón y de tus intenciones.

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De la vanidad de hablar de mí mismo y de mis cosas, líbrame Jesús

La vanidad, fruto de la soberbia, hace del hombre vivir en una autosuficiencia engañosa. Hay muchas maneras de manifestarse, pero existe una que incide en nuestro comportamiento hacia los demás. Se trata de ponernos como centro de atención, buscando el halago o la compasión.

Uno de los grandes males de nuestra época es precisamente el no saber escuchar. Vivimos de manera precipitada los acontecimientos de cada día. Nos surgen urgencias e imprevistos que calibramos como necesarios, y eso hace mella en el orden y en la serenidad de nuestro actuar. Nos gastamos en asuntos accidentales, dejando para la última hora lo que sí es importante, y, por tanto, el desequilibrio afectivo, por no saber poner el corazón en aquello que le pertenece, busca compensaciones constantemente.

Ante esta ola de actuaciones precipitadas, la jactancia se impone como excusa en ese desorden interior. Hablamos de nosotros, proyectando el malestar por el carácter o juicio de otros, cuando en realidad el problema está en no poner atención a las necesidades o sufrimientos de los que criticamos, por ejemplo. Buscar la conmiseración del interlocutor hacia uno mismo, o justificar nuestras carencias, materiales o emocionales, nos sitúa en una permanente falta de la presencia de Dios, pidiendo al ambiente el aplauso a nuestras debilidades que, en definitiva, nos hace caer en un ridículo aplastante.

Contra la vanidad lo mejor es aceptar nuestra condición de que somos limitados, acudiendo al que sí conoce mi alma, un sacerdote o un confidente espiritual, ya que nos pondrá en el lugar que nos corresponde, es decir, en línea con la voluntad de Dios. Pidamos, por tanto, el auxilio de Aquel que se presentó manso y humilde ante la humanidad, Jesucristo. Sólo así, rescataremos almas para la gloria de Dios.

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Tendemos a la pereza

A todos nos ha venido en algún momento la desgana por hacer las cosas. Los motivos puede ser diversos: un malestar físico, excesivo cansancio, el calor, etc. Pero hay otra desgana que puede provenir de un estado anímico más profundo… o  a causa del pecado.

San Pablo, experto en humanidad, nos dice que hay en cada uno de nosotros esa huella del pecado que hace que nuestros buenos deseos no se identifiquen con nuestras obras: “Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta” (Rm 7,21). La respuesta que da el Apóstol es la de vivir en Cristo, que ha vencido a la muerte y al pecado.

Una de las consecuencias de la pereza es la denominada desidia, que es el desinterés por las cuestiones del espíritu. Así pues, cuando nos apartamos de la gracia: nuestra vida de oración, acudir a los sacramentos, etc., se da esa tendencia natural del “no hacer nada”, haciendo presa en nuestro ánimo. Pensamos que Dios nos ha dejado de su mano… ¡Gran mentira!

¿Estado anímico que te lleva a la depresión?… Entonces, ve al médico. ¿Falta de ganas por rezar?… Entonces, reza más. Así lo vivió Jesús en el huerto de Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

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