La voluntad de Dios

Si aprendiéramos a centrar nuestra vida espiritual en el único deseo de hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra, habría más santos en la Iglesia. El mayor y único deseo de Cristo, el centro de su vida, su mayor aspiración, el sentido de todo, fue siempre cumplir la voluntad de su Padre. Una forma sencilla y asequible  de hacer la voluntad de Dios, sin salir de tu día a día, es el cumplimiento de los deberes propios de tu estado, de tu profesión, de tu vida cristiana y de tu relación con Dios. Lo que Dios quiere de ti te lo hace ver y te lo pide en el lugar y circunstancias en las que te ha puesto, con esas personas concretas y no otras, en esas responsabilidades que debes desempeñar por trabajo, vocación o estado de vida. También es cierta y segura la voluntad de Dios en lo que te sobreviene sin esperarlo ni imaginarlo: un fracaso, una enfermedad, un inoportuno atasco, un esguince de tobillo o el premio de una lotería. Son esos “pequeños milagros” que a veces nos sorprenden como guiños de Dios, esas carambolas de la providencia de las que alcanzamos a conocer sólo la superficie, sin atisbar toda la misteriosa profundidad de bienes y de gracia que conllevan.

Dios te habla con voz firme y segura cuando las circunstancias te sobrepasan y no está en tu mano gobernarlas ni entenderlas. Por eso, lo absurdo, lo inútil, lo que no entiendes, es de una extraordinaria fecundidad espiritual, si sabes vivirlo abandonado en la aceptación oscura y difícil de una voluntad, la de Dios, que no coincide con la tuya. Tu oración diaria, la dirección espiritual, la Palabra de Dios, los sacramentos, son también medios para ir atisbando esa voluntad de Dios sobre tu vida. Aprende a simplificar tu vida espiritual apuntando, sin rodeos, a la voluntad de Dios, entregándole una y otra vez la tuya.

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Las piedras de Getsemaní

Cuántas veces recortas el tiempo de tu oración diaria, o la dejas de hacer, porque te desanima no sentir nada, o crees que pierdes el tiempo, cuando tienes tantas cosas pendientes de hacer. Mira aquellos apóstoles a los que el Señor se llevó consigo al huerto de los Olivos. ¿Puede haber una compañía en apariencia más inútil que la de aquellos tres apóstoles dormidos y abatidos por el cansancio, precisamente en las horas más duras y dolorosas del Señor? Y, sin embargo, allí permanecieron.

En aquella agonía previa a la pasión el Señor quiso acompañarse, una vez más, de la debilidad de sus criaturas, la misma que él estaba sintiendo ante la proximidad de la Cruz y ante el cumplimiento de la voluntad del Padre. Aquella noche quizá sólo las piedras sobre las que oraba, postrado y derrumbado, supieron acompañarle, aun sin darse cuenta de que eran bañadas por gotas de sangre redentora. Piedras y oscuridad, mucha oscuridad, y mucha debilidad humana, hasta que un ángel vino a consolarle. ¿Cómo es posible que renunciemos a la compañía que el Señor espera cada día en nuestra oración con mayor dureza que la de aquellas piedras de Getsemaní? ¿Ni siquiera eres capaz de ofrecerle al Señor la oración de tu desgana, de tu debilidad, de tu sueño, de tus ocupaciones, puestas allí junto a El? Ora, aunque sea como las piedras, pero ora. También la debilidad fue la oración del Señor. Porque siempre hay un Getsemaní que acompañar, en tantos hermanos nuestros que sufren y en tantos pecados que hay que clavar en la Cruz.  

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Reza por tu Pastor

En el s. IV los papas Silvestre y Siricio dedicaron las imponentes basílicas de san Pedro y san Pablo a dos imponentes santos. Cada uno con un estilo propio de santidad y con vocaciones diferentes, cada uno con sus defectos de carácter, sus dotes y cualidades, pero los dos fueron capaces de corresponder sin desánimo a la gracia recibida. Hoy, tu y yo los veneramos como dos grandes apóstoles y pilares de la fe de la Iglesia. Así has de ver también a tu Pastor. Al Papa, que no sólo es pilar sino cabeza de este cuerpo que es la Iglesia, un cuerpo que ha de mantenerse siempre vivo por la comunión de la fe. Al Obispo de tu diócesis, que es también pilar y cabeza de esa iglesia concreta en la que tú has sido engendrado a la fe y que, aun con arrugas y defectos, no cesa de acompañarte de la mano con dedicación de madre. Reza también por tus pastores más cercanos: los que te guían a través de la dirección espiritual, aquellos que te sirven dándote a Dios en los sacramentos, aquellos que se acercan a ti a través de la amistad, necesitados quizá de un poco de descanso, aquellos que te hayan podido confundir o desanimar por sus defectos y miserias.

Todos son, a la vez, un poco de Pedro y un poco de Pablo; a su manera, con sus dificultades, con sus aciertos y sus errores, pero siempre con la gracia y la luz indefectible del Espíritu Santo que habla y actúa a través de su ministerio. Has de ser su báculo en el camino, ya que ellos te llevan a ti sobre sus hombros. Has de rezar con ellos y por ellos, ya que ellos te han desposado a ti, como miembro de esta Iglesia a la que ellos entregan su vida. Búscate un momento de cada día para sostener con tu oración a estos pilares en los que se apoya tu vida cristiana y tu fe.

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Nuestros estados de ánimo

 ¿Ves cómo van las abejas de flor en flor? Así son también nuestros estados de ánimo, fluctuando con la misma facilidad con que el aire se mueve de acá para allá. Conseguir esa ecuanimidad, tan propia de una cierta madurez humana y espiritual, tiene mucho de conocimiento de sí mismo, de esfuerzo de la voluntad, de aceptación de las propias limitaciones sin pactar con ellas; pero es también el poso que va dejando una vida de oración y de intimidad con Cristo cada vez más sólida y sincera. Los altibajos de nuestros estados de ánimo hablan mucho de la fragilidad de nuestra condición, tan quebradiza que en un instante somos capaces de opinar, ver o sentir justo todo lo contrario de lo vivido en el instante anterior. Olvidamos afectos, torcemos intereses, cambia nuestra opinión sobre alguien o interpretamos con ligereza acontecimientos dependiendo de la gana o desgana que tengamos. Y de la fluctuación de nuestros estados de ánimo pasamos fácilmente a la inconstancia e informalidad en nuestros compromisos y deberes.

No puedes hacer depender tu santidad, ni siquiera tu apostolado y tu entrega a los demás, de la arbitrariedad de tu estado de ánimo. ¿Crees que Nuestro Señor en Getsemaní tenía ganas de abrazarse y cargar con la cruz? Sé fiel a tu oración diaria, a la Eucaristía, a la dirección espiritual, a tu examen de cada noche, al rezo del rosario, a la confesión, aunque no sientas nada ni te apetezca. La fidelidad del amor no es cuestión de sentimientos ni de ganas. Puedes vivir como los submarinos, a tientas y por debajo de las corrientes de tus sentimientos, o navegar a velocidad de crucero por encima de ellas, imbatible ante los golpes y el vaivén de las olas.

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Ama siempre a la Virgen

Hay aspectos de la ternura y misericordia de Dios que sólo podíamos conocer a través del corazón virginal y materno de María. Sin Ella el misterio de Cristo es inexplicable. El mayor deseo humano jamás hubiera podido sospechar ni imaginar nada de cuanto Dios nos ha regalado en María. Su dulce presencia, inefable para el corazón que sólo sabe hablar con el amor, se hace entrañable, materna, cercana, cuando presentas ante Ella tu corazón herido de hijo.

Cuántos sinsabores, cuántas penas y dolores, cuánta amargura y soledad, cuánto dolor desengañado, cuántas lágrimas, no habrá enjugado esta Madre desde que el corazón de los Tres quedó enamorado de esta bellísima alma. Así es tu Madre. La que llena de amor a Cristo todos los huecos y vacíos que el pecado deja en tu corazón. La que no se cansa de velar aun en esas noches largas y oscuras por las que a veces camina perdida tu alma. Aquella que embelesa y anonada el corazón de Dios. Así es tu Madre. Nunca dejes de amarla e invocarla. No te olvides nunca de ese regazo materno, tan divino; aquel en el que un día reposó el rostro de Cristo y en el que siempre podrás sentirte abrazado.

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Sobrios en el tener

El ambiente nos invita continuamente a tener cosas –aunque sean innecesarias–, a crearnos falsas necesidades, a medir lo que somos según el baremo de lo que poseemos. Todo ello es síntoma de una carencia radical, de una menesterosidad que define nuestra condición humana y que solemos compensar falsamente con el espejismo del tener. Es tal nuestra limitación como criaturas, nuestra inseguridad, nuestra fragilidad, que nos agarramos a las cosas materiales y a las seguridades humanas, para autoconvencernos de que tenemos la vida en nuestras manos y somos alguien. Pero nos engañamos. ¿De qué sirve tenerlo todo si no tenemos a Dios? No se trata de vivir en la miseria o renunciar a tener dinero, sino de vivir desprendidos de todo eso que los criterios del mundo ambicionan y acaparan, para poner el corazón sólo en Dios.

Hay ricos que sufren una miseria humana y espiritual más insoportable que la carencia de dinero, porque viven mendigando afecto, compañía, reconocimiento o aprecio. Y hay ricos que saben vivir en esa otra sobreabundancia de la generosidad con Dios y con los demás. Hay que valorar y cuidar lo que tenemos, contagiando a nuestro alrededor un cierto estilo de austeridad, sin derrochar ni alardear. No es tacañería, pero sí sobriedad en los gastos, evitando caprichos, cosas que no necesitamos, lujos superfluos. Piensa que, aunque puedas, quizá no debas. Que tu austeridad no resulte chocante, ridícula o extravagante. Basta que sea sencilla, sin rebuscamientos, de esa que tu mano derecha no conoce y sólo es vista por tu Padre en lo escondido. ¿Crees que muchos en Nazaret supieron de las necesidades y renuncias de aquella bendita familia? Y, sin embargo, ni Salomón con todo su fasto atrajo sobre sí, con el mismo embeleso, la mirada enamorada del Padre providente. 

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Necesitas la dirección espiritual

No creas que solo llegarás muy lejos en los caminos de tu vida interior. Todos necesitamos contrastar y objetivar con alguien más experimentado los pasos que vamos dando en nuestra escalada interior. Aunque Dios podría hablarte directamente, la ley de la encarnación le hace servirse de las mediaciones humanas para hacerte ver qué quiere de ti.

Busca una persona de experimentada madurez humana, de profunda y veraz vida de oración, entrenada en virtudes y muy desprendida de sí misma, de sólida formación doctrinal, con fuerte sentido de la comunión eclesial, capaz de escuchar con misericordia y de discernir con fineza los movimientos de tu alma. No importa que sea clérigo o laico. Sí importa que sea uno de esos “amigos fuertes de Dios”, capaz de aunar con naturalidad y normalidad lo más divino y lo más humano. Por tu parte, sé siempre muy sincero abriendo tu alma y confiando todo aquello que puede venir de Dios, del demonio o de ti mismo. No te importe reconocer tus debilidades, limitaciones, defectos y caídas, si así ayudas al médico a sanar tu alma. Busca el consejo ponderado de quien ya ha pasado por tus mismas oscuridades y deja que desde su atalaya divise ese paisaje de tu alma en el que Dios continuamente te habla. No te importe lo empinado y tortuoso del camino cuando vas de la mano segura de un buen lazarillo. 

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Sé agradecido

Con todo y con todos. También con los que te hacen daño o algún mal, porque si sabes aprovechar eso que tú llamas ofensas ganarás un bien espiritual para tu alma mucho mayor que el daño que quizá te hayan podido hacer. Hay que agradecer lo grande y lo pequeño, lo bueno y lo malo, porque en todo está Dios. Comienza tu jornada agradeciendo al buen Dios todo lo que te viene de Él. A lo largo del día no te olvides de renovar ese agradecimiento y reconducirlo todo a Él. Por la noche, que el momento final de tu examen de conciencia sea también de profunda gratitud. La gratitud nace bien enraizada en esa humildad que sabe atisbar en todo a Dios. Agradecer es reconocer el bien que hace Dios en otros y en uno mismo; es devolver a Dios esa creación que salió de sus manos.

La gratitud es, sobre todo, una actitud ante la vida, las personas y los acontecimientos que va dejando en el alma un poso de alegría y de fe sencilla en la providencia de Dios. Crece en tu conciencia de hijo de Dios y sentirás cada vez con más fuerza la necesidad de agradecer a este buen Padre todos sus desvelos. Acuérdate de aquel leproso, el único de los diez curados, que volvió glorificando a Dios a grandes voces y que, cayendo a los pies de Cristo, con el rostro en tierra, le dio las gracias (cf. Lc 17,15-16). No seas tú de aquellos otros leprosos que, curados, no volvieron agradecidos, y que arrancaron del corazón de Cristo aquella dolorosa queja: “¿No han sido diez los curados? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” (Lc 17,17). 

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Vivir la santa pureza

Una errónea exaltación de lo espontáneo y natural, de la libertad libre, del subjetivismo y de la autonomía moral del yo, aliado todo ello con la pérdida del sentido del pecado y del valor de la persona humana, nos ha llevado a crear una cultura que considera antihumana y ya caduca la valoración de la castidad y de la pureza. Y, sin embargo, al hacerse carne, el Verbo se hace carne virgen. Aquella concepción virginal, en el seno de una Madre también virginal, es y será siempre piedra de escándalo para nuestra naturaleza sensual y caprichosa.

Has de valorar la castidad y la pureza no sólo por lo que tiene de afinidad y cercanía con la virginidad del Verbo encarnado, sino también por lo que tiene de custodia y salvaguarda de un tesoro tan precioso como es la persona, tu persona. El cuerpo es sagrado no sólo por ser templo del Espíritu sino por ser también tu propio templo. No adulteres su sagrada dignidad entregándolo sin criterio a todo aquello que te pida y respétalo a través de la pureza en la mirada, en el pensamiento, en la palabra, en el trato. No te canses de contemplar con qué delicada veneración abrazó el Verbo divino aquella carne virginal que había de desposar para siempre en la Cruz. Sólo allí, en la Cruz, encontrarás la gracia y la fuerza para vivir tu pureza, si dejas que esa carne crucificada de Cristo se crucifique también en la tuya. María Madre no huyó de la cruz. No hubiera podido. Ella creía firmemente en la divinidad que se escondía detrás de aquella carne desnuda de Cristo, precisamente porque tenía la prueba de su virginidad.

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Orar por la Iglesia

En el seno virginal y materno de María se gestó, desde los inicios de la encarnación, todo el misterio de la Iglesia. Nadie como Ella supo prodigar al Cuerpo místico de Cristo, nacido del costado abierto en la Cruz y del don del Espíritu Santo en Pentecostés, el mismo cuidado materno con que rodeó y amamantó aquella carne virginal de Cristo nacida de sus entrañas. Por su maternidad espiritual y universal, Ella acompaña hoy y siempre a la Iglesia como Madre suplicante y eficaz intercesora ante el trono de Dios. Su incesante oración por la Iglesia se une perfectamente a la oración de Cristo en favor de su Esposa, la Iglesia. Ella es ahora la Madre que lleva en su seno a este nuevo Cristo que es la Iglesia en cada uno de sus miembros, en ti y en mi.

No te canses de orar y pedir por la Iglesia, especialmente por sus miembros más necesitados. Ella necesita de tu oración como el árbol necesita de la savia para florecer y verdear. En cada uno de sus escándalos, pecados, limitaciones humanas, partidismos, críticas, desobediencias y divisiones, besa las llagas doloridas de esta Madre, que gime con dolores de parto por la santidad de cada uno de sus hijos. Ora en especial por tu iglesia diocesana, la que te ha visto nacer y crecer, y en la que cada día debes hundir esa semilla de tu vida, llamada a dar tanto fruto. Esa es la Iglesia que hay que amar: la que te ha tocado vivir. Y esa es la Iglesia que desposó para siempre aquel Crucificado, tan enamorado de nuestra debilidad y pecado.

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