Corazón paciente de Jesús, ruega por nosotros

La paciencia es la confianza y la espera de los fuertes. Corazón paciente es el que sabe sufrir en paz. Sin protestar, sin pedir explicaciones, sin querer entender, sin desear que la prueba pase, sin aceptar ni amar nada que no sea la voluntad de Dios en ese momento. La verdadera paciencia –esa que no es mera resignación humana– nace de la fuerza de Dios, que habita en nosotros.  No es voluntarismo. Ni siquiera es condescendencia, o altruismo. Es fruto de esa caridad, que se alimenta de la contemplación de la paciencia de Cristo. Cuántas veces has experimentado en tu vida esa paciencia divina, que no se cansa de perdonarte siempre las mismas faltas, que sale en cada instante a tu encuentro, cada vez que vuelves cansado y desengañado del hambre de tantas algarrobas falaces y pasajeras.

Sólo el amor que mide sin medida es capaz de atisbar, en las pruebas y dificultades, la misteriosa caricia de la mano providente de Dios Padre. Y cuando parece que esa mano se cierra, o desaparece oculta detrás del denso misterio del dolor y de la prueba, nos queda aún esa otra mano invisible y oscura de la fe, con la que podemos asirnos más fuertemente, si cabe, al amor del Padre. ¿Quieres saber cómo debería ser la medida de tu amor paciente? Mira a la Cruz. Allí tu dolor quedará empequeñecido y tu amor se hará fuerte y magnánimo. Contempla también el corazón paciente de la Virgen Madre, en quien el Verbo encarnado aprendió las formas de su paciencia.

El Señor siempre espera. Aprende tú también a tener paciencia, contigo mismo y con los demás, según las formas de Dios. La impaciencia se inquieta por lo que nos molesta, o por lo que no acaba de llegar. La paciencia, en cambio, nos hace estar y permanecer, como María, al pie de la Cruz.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

 

Corazón callado de Jesús, ruega por nosotros

Jesús, acusado ante el Sanedrín, sólo respondió con el silencio. Presentado ante Herodes, burlado y despreciado por su guardia, Jesús volvió a callar. Antes, había entrado triunfante en Jerusalén, y ante la aclamación exaltada de la muchedumbre también el Señor calló. Aquel que era la Palabra del Padre y que descansaba entre la gente contándoles las parábolas del Reino, también sabía hablar con el silencio.

El silencio es una delicada expresión de acogida interior. Si el lenguaje auténtico es el que nace del amor, también el amor se mide con el silencio. Amor de silencio es el lenguaje de Cristo en tantos sagrarios solitarios. Amor de silencio es el Espíritu Santo actuando ocultamente en las almas. Amor de silencio y de acogida fue María en la Encarnación del Verbo. Amor de silencio habló el Verbo oculto en el seno virginal de María. Amor de silencio fue el de Cristo sepultado, esperando oculto en el seno de la tierra. Amor de silencio es también el que se esconde detrás de tanto pecado de los hombres.

¡Cuántos silencios hablan de sosiego y delicadeza en el amor! ¡Cuántas palabras ociosas y vacías, que no dicen nada, por las que se nos desparrama ese poco de vida interior que nos quedaba! ¡Cuánto ruido interior hace a veces ese «yo» que reclama a gritos sus pretendidos derechos y su ilegítimo señorío! Has de aprender a callar, si quieres aprender a ser otro Cristo. Has de hacer silencio en el alma, si quieres que resuene en ti el Espíritu, la voz del Padre.

Sólo en el silencio de tu alma aprenderás a oír esos silencios de Cristo, en los que tanto nos habla su Corazón enamorado. Jesús, Dios callado y silencioso, que buscas el silencio de mi alma para hablarme allí toda tu intimidad. Enseñame esas hablas divinas, que tanto gustan a quien las llega a alcanzar.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

 

Corazón sacerdotal de Cristo, ruega por nosotros

Durante aquellos años de Nazaret, en el día a día de la vida de familia, María fue educando el corazón sacerdotal de su Hijo. De María Madre aprendió Cristo a entregar su cuerpo y su sangre para comunicar la vida de Dios al mundo. Y, al calor de aquella familia, en la sencillez de lo cotidiano, aprendió Cristo a partir el pan y darlo a los suyos. Cuántas veces, después de las duras horas de trabajo, al sentarse en la mesa para comer y partir el pan, Jesús soñaría con aquella cena en la que, sentado junto a sus apóstoles, podría, por fin, partir su propio pan, Él mismo, y darse como alimento de vida eterna.

Desde la óptica de Dios, no hay milagros grandes ni pequeños. Pero si desde nuestras medidas, tan raquíticas y tan humanas, tuviéramos que señalar algún milagro grande y portentoso en extremo, junto al de la Eucaristía, tendríamos que poner sin duda el del sacerdocio. Pero, así como el prodigio de la Eucaristía se reviste de la pobreza del pan y del vino, así también en el sacerdocio vemos muchas veces la debilidad y la limitación del corazón humano.

Mucho de Eucaristía tuvo la vida y la persona de María. Por eso, mucho de María tiene también el sacerdocio y la Eucaristía. El Verbo de Dios hubo de hacerse hombre para hacerse sacerdote, gracias a ese seno virginal de María, en el que Cristo aprendió a ofrecerse al Padre. Corazón sacerdotal de Cristo, que tanto aprendió a gustar como hijo los misterios del Padre, custodiados y guardados en el corazón de José. Cultiva tu alma sacerdotal, en cualquier estado, circunstancia y condición, pues tu vida ha de ser una Eucaristía constante. Fuiste clavado para siempre en el corazón de aquel Sacerdote eterno, que se ofrecía al Padre en la Cruz.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

 

Corazón crucificado de Cristo, ruega por nosotros

Sólo en la Cruz contemplamos el amor verdadero en extremo. Allí se unen, en un solo corazón, el mayor amor y el mayor dolor. ¡Cómo sostuvo María aquel corazón de Cristo en la Cruz! En aquel regazo de Madre encontraba el Señor su descanso y consuelo. Ella sostuvo, al pie de la Cruz, la redención del hombre, con la misma entereza de Madre con que sostuvo en sus manos la carne infante del Hijo crucificado. Y el Espíritu Santo, misteriosamente oculto para el Hijo sufriente, sostenía aquellos brazos clavados como sostuvo a los inicios la obra creadora del Padre.

Mientras me empeñe en huir de una redención crucificada, y busque continuamente una entrega tibia y acomodada, no gustaré de esa paz y gozo inefables, que sólo llega a saborear quien se deja conducir por caminos de mucha cruz. La Cruz nos repele y, sin embargo, es donde más intimamente tocamos a Dios. No quieras atemperar tu cristianismo con la comodidad mediocre e instalada de quien busca otros caminos de salvación sin cruz, sin renuncia y sin dolor. No pases indiferente ante la cruz de tantos hermanos tuyos, que llevan a cuestas el fardo pesado de un sufrimiento sin sentido. El mundo nunca dejará de escandalizarse ante este Dios clavado y destrozado por tanto amor y tanto pecado. Pero yo no soy del mundo.

Corazón crucificado de Cristo, clavado y destrozado por haberte enamorado de la carne pecadora del hombre. Que no tenga miedo de subirme a la cruz con Él. Que no tenga reparo en besar cada una de sus heridas. Que no me canse de contemplar esa Cruz que tanta salvación me trajo. Esa sangre y ese cuerpo, ese Corazón traspadado, esas lágrimas de Madre, han de ser, para mí, mi vida, mi amor, mi descanso y todo mi consuelo.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Corazón misericordioso de Cristo, ruega por nosotros

Quien no se ha sentido perdonado una y otra vez no ha empezado aún a gustar las delicias del amor misericordioso de Dios. Quien desespera de sí mismo ante la propia debilidad y miseria, quien cae derrotado ante el peso del propio pecado, quien da paso a la desconfianza y al desánimo cuando amenazan el cansancio espiritual o la desgana… aún no ha llegado a comprender que el amor hace ‘uno’ a los amantes. ¿Por qué encerrarse en la autocompasión del propio dolor y de las propias lágrimas, en vez de mirar cara a cara ese rostro divino, que ansía enamorado nuestra debilidad y nuestra nada? ¿Cómo no confiar hasta lo heroico en ese corazón misericordioso, que se dejó clavar así en la Cruz, sólo porque me amaba hasta el extremo?

Nos cuesta confiar hasta el abandono total en esa misericordia infinita de Dios porque nos empeñamos en encerrarla en la lata de los esquemas demasiado humanos de la justicia, del perdón o del rencor. Tampoco creas que esa confianza ilimitada en el amor misericordioso de Dios te exime de colaborar con la gracia y de sudar con esfuerzo el trabajo de tu propia conversión. Pero, lo que hace a Dios ser Dios es, sobre todo, esa inaudita e infatigable misericordia, capaz de amar en ti todo lo que eres. No dejes que tus pecados, tus defectos, tus dudas, tus desesperanzas, logren alejarte de ese amor misericordioso de Cristo. Tampoco pactes con tus limitaciones y pecados, pues impedirías que la misericordia divina se manifestara abiertamente en tu miseria.

Adoremos hoy esa misericordia infinita, inmutable, de Dios, capaz de revestir de gracia y de gloria todos, absolutamente todos, los pecados de mi vida. Saboréala cada vez que te levantes del polvo de tus caídas, sin miedo a que ese Corazón divino se canse de perdonarte.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

Corazón filial de Jesús, ruega por nosotros

¡Cuántas noches pasaba Jesús orando con su Padre! Cuánto amor, cuánta confianza, cuánto abandono vivió aquel corazón de hombre y de Dios cada vez que oraba, en la intimidad del Espíritu Santo, al Padre. Y en la Cruz, ante el aparente silencio del Padre ausente, ¡vivió hasta el extremo el amor de abandono! “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21). Tengo que aprender a vivir con corazón de hijo, a tratar con delicada intimidad a este Dios, que en cada instante de mi existencia espera siempre la vuelta del hijo pródigo. Y en mi cruz de cada día, en mis oscuridades, confiar, confiar siempre en la mano providente de Dios, que acaricia en mí a su Hijo predilecto.

Todos tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor. Quizá es nuestra fe mediocre y cumplidora, nuestro cristianismo hipócrita y ramplón, lo que hace que muchos hermanos nuestros abandonen como pródigos la casa del Padre. Cuánto tiempo pasamos en las cosas de Dios, viviendo en la misma casa con Él y no conocemos, quizá, nada de ese corazón de Padre en el que todos somos hijos. También los sirvientes vivían en aquella misma casa y, sin embargo, no servían a un Padre sino a un amo. Tú no has sido llamado a vivir en el temor sino a crecer, como hijo, en el amor. No está hecho tu corazón para vivir fuera de este hogar en el que naciste, que es el seno y la casa del Padre. Vive como hijo, reza como hijo, y podrás reconocer ese mismo aire de familia en tus hermanos, los hombres. En aquel Corazón filial de Cristo, que sostuvo su entrega al Padre en la Cruz, has de aprender a amar a Dios como hijo en cada una de tus cruces y entregas.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Corazón hermoso de Jesús, ruega por nosotros

El Evangelio nos describe cómo las muchedumbres seguían a Jesús donde quiera que fuese, atraídas por el atractivo irresistible de su palabra y de su persona. Su trato afable y acogedor, su porte sencillo pero majestuoso, su semblante entrañable y bondadoso, su mirada penetrante, sus silencios elocuentes… Toda la vida de Cristo fue hermosa. Todo en Él expresaba una belleza irresistible, desconocida hasta entonces por los hombres, que manaba de la fuente escondida de su divinidad. Aquella eterna y escondida belleza del Padre se hacía carne en Él para embellecer, con la plenitud de su gracia, la fealdad de nuestra carne de pecado.

La santidad personal nos va configurando con la belleza de Dios. Una vida cristiana que se va dejando transformar por la acción de la gracia es hermosa, y suscita inevitablemente en otros una admiración y un atractivo irresistibles, que hablan por sí solos de Dios. El atractivo de tu virtud y la belleza interior de tu alma dependen, y mucho, de la sinceridad y radicalidad con que vas pareciéndote al Cristo del Evangelio. La hermosura y belleza de tu vida no está tanto en el esplendor de tus obras cuanto en la gracia de Dios, que opera en tu alma y reviste de grandeza los más pequeños detalles de tu pequeña vida diaria.

Cuánta belleza arroparon aquellas pajas de Belén. Qué vida tan hermosa la del Verbo encarnado, escondido en aquella pobre casa de Nazaret. Cuánta belleza en aquella Madre y en aquel seno virginal que concibió a Dios. Cuánta hermosura, sobre todo, en aquel cuerpo de Cristo destrozado de dolor y en aquel rostro cubierto de sangre redentora. Tu vida será hermosa a los ojos de Dios, si dejas que la gracia vaya borrando la fealdad de tu pecado y vas descubriendo la belleza de la Cruz y del dolor.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Corazón de Jesús, descanso del alma, ruega por nosotros

Al caer la tarde, después de una dura jornada de trabajo, José y María descansaban en familia junto a Jesús. En su corazón encontraban la paz y el sosiego interior, que inunda a aquellos que saben contemplar y adorar el rostro de Cristo. En mis trabajos, dudas, agobios, debilidades, caídas y pecados, ¿por qué no acudir al corazón de Cristo y descansar en Él esa cruz que, a veces, tanto me pesa y hasta me aplasta? “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29). En mi oración, también yo soy para Dios su alivio y descanso, si dejo que apoye sobre mí esa cruz de todos los hombres que él lleva a veces muy solo.

Cómo se desgasta el alma cuando se prodiga y desparrama desordenadamente en las numerosas ocupaciones del día a día. Cuántas jornadas que acaban llenas de cosas y de prisas, pero vacías de Dios. Y eso, quizá, en nombre del Evangelio, de la virtud o del apostolado. Nuestros cansancios proceden, muchas veces, de no saber disfrutar de las cosas y personas, en las que no atisbamos a descubrir la acción sutil e invisible de Dios. Aprender a descansar en la Providencia es vivir en paz, con sosiego espiritual, aun en medio de los fracasos y problemas más acuciantes.

No busques tu descanso fuera de Dios, pues en nada ni en nadie encontrarás mejor alivio y refrigerio que en ese Corazón de Cristo, que tanto conoció los agobios y fatigas de los hombres. Sólo en el regazo de tu Creador, en su mano providente y amorosa, podrás descansar el peso y las cargas de esta vida, en la que el sufrir y el penar nos hablan con añoranza del descanso eterno del Cielo.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

Corazón humano y divino de Jesús, ruega por nosotros

En el corazón de Cristo cabe todo. Plenitud total de un Corazón en el que lo humano y lo divino se hacen uno. ¿Cómo no asombrarme de experimentar en mi vida esa mezcla de barro y de cielo, de pecado y de gracia, de miseria y de grandeza, tan inseparable de mi condición humana? Cuánta desesperanza y angustia si sólo advirtiera mi pecado, y cuánta soberbia si sólo experimentara la gracia. ¿No es quizá un milagro, y hasta un don, poder vivir mi día a día en tensión amorosa entre ese continuo caer y ese continuo levantarse que tanto agrada al Señor? ¿No vivió así Cristo su día a día en la tierra, uniendo constantemente todo lo humano de los hombres, de mi vida, y todo lo divino del corazón del Padre?

Corazón de Cristo, enamorado de la pecadora condición humana, capaz de encerrar lo infinito y lo eterno en la caducidad de lo humano. Cómo te prodigas en delicadezas de misericordia ante tanta miseria y pecado personal, cómo te enamora esta humanidad, hecha para albergar tanta gracia y tanta gloria de Dios. En tu Corazón de hombre encerró el Padre todo su amor, guardado y contenido durante tantas eternidades. Sabedor de todas las miserias y grandezas de mi alma, gustas de esos pequeños amores, que acierto a darte entre tantos trajines y tareas de mi vida.  Corazón tan divino y tan humano de Cristo, que me esperas y me encuentras en cada recodo de mi vida. Que yo aprenda de Ti a amar lo más humano y lo más divino de los hombres, pues todo lo abrazas con la tierna predilección de un Dios que no deja de hacerse carne, por el solo deseo de gustar y abrazar lo humano. No dejes que las cosas de Dios me aparten nunca de los hombres, ni que las cosas de los hombres me impidan amar las cosas de Dios.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Digna de toda alabanza, ruega por nosotros

Solemos dejarnos engañar por el espejismo de las alabanzas, lisonjas y honores. Nos creemos mejores, y hasta juzgamos que las cosas van más o menos bien, en la medida en que recibimos el reconocimiento o la descalificación de los demás. Cuántas veces actuamos buscando quedar bien y agradar a los demás, consintiendo el error, la injusticia o la mentira, si eso nos permite crecer y subir en el escalafón de la gloria humana. Nos importa tanto la opinión y la valoración ajena que somos capaces de pasar por encima de nuestra propia conciencia y de claudicar ante las exigencias del Evangelio, con tal de ganar ese poco de prestigio humano, que nos coloque en el montón de los afortunados. En cambio, los parámetros de Dios son desconcertantes, pues en el aparente fracaso humano, en la humillación ajena, en la incomprensión o en la infravaloración de los demás puede esconderse una ocasión de conversión, de santidad o de salvación, que pase inadvertida a los ojos engreídos de tantos hombres.

La maternidad divina de María, escondida en la simplicidad de una joven mujer de aldea, pasó inadvertida a los grandes de su época. Ella, que proclamó a su prima Isabel que todas las generaciones habían de llamarla Bienaventurada, sólo buscó la complacencia de esa mirada de Dios, que juzga y conoce lo íntimo y escondido. Ignorada de la gloria humana, mereció la alabanza del Padre, que se inclinó enamorado ante la belleza escondida de su alma de Madre y la proclamó “Llena de gracia”. Guarda para Ella tus más tiernas alabanzas, pues nadie como Ella merece todo tu reconocimiento y admiración. Aprende de Ella a valorar lo humano según la medida de Dios y no caigas en la tentación de hacer de la engañosa alabanza ajena el eje de tu vida.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo