Espíritu Santo, por quien conocemos a Dios

Intus legere, leer dentro. La capacidad que tiene el hombre para conocer es lo que le permite adquirir inteligencia sobre las cosas, aunque ese conocimiento siempre será parcial, pues es un ser limitado. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a trascender esa materialidad, «leyendo» en nuestro interior, para captar realidades que nuestra naturaleza es incapaz de percibir por sí misma.

“Instrúyeme, ¡oh Yahvé!, en el camino de tus mandatos, para que del todo los cumpla. Dame entendimiento para que guarde tu Ley y la cumpla con todo el corazón” (Sal 119). Nada puede ser amado si antes no es conocido; por ello, el don de inteligencia aparece como el primero, en orden a capacitarnos para reconocer aquello que verdaderamente queremos, y así los demás dones vayan situándose en el juego de la gracia que nos proporciona el Espíritu Santo. El don de inteligencia nos posibilita descubrir y penetrar en lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo nuestro ser. Y sin despreciar lo que nos rodea, vamos de lo exterior a lo interior, y de lo visible a lo invisible. La fe queda iluminada por este don, para poder comprender con la luz del entendimiento divino, las verdades que se refieren a Dios.

Sólo el Espíritu Santo conoce la intimidad de Dios y sólo Él nos la puede dar a través de sus dones. Por eso, lo oculto que hay en Dios se manifiesta en el interior del alma, en esa búsqueda y conocimiento de la verdad asistida por la luz del Espíritu. El tiempo que hayamos perdido entretenidos en lo que se nos escapa, en lo que es fugaz y aparente, sólo es posible recuperarlo en el interior del alma, allí donde la luz del Espíritu Santo nos hace ver la claridad misma de Dios.

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Espíritu Santo, que nos haces mansos con la mansedumbre de Cristo

Cuántos lamentos resuenan en el corazón de tantos hombres que sufren impotentes la barbarie de la injusticia. “¿Dónde está Dios?”, preguntan; “¿Dónde se esconde su justicia y bondad?”. La respuesta, que aún resulta escándalo para algunos, y necedad para otros, se encuentra junto al corazón llagado de Cristo. El Señor, desde la Cruz, abrazado a cada uno de esos hermanos suyos en el sufrimiento y en la muerte, los sigue atrayendo a los mismos clavos que lo cosen a Él. Ese rostro de Cristo, que muchos conocieron por tierras de Galilea, permaneció manso y humilde también en la Cruz. ¡Esa es la paradoja! El Cristo Inocente muestra la cara más oculta de Dios, ese rostro infinito de mansedumbre, en el que se adivina un corazón herido de amor hasta la muerte.

La mansedumbre modera nuestros arrebatos de ira y cólera. Nos ayuda a vencer el mal que se nos presenta, a alejar a los enemigos, no con combate y esfuerzo sino con la dulzura y la paciencia. Es la pacificación del orden creado con Dios, incapaz de utilizar la venganza como instrumento de la justicia. El manso vive en la docilidad obediente al plan de Dios, sin fiarse de la limitada lógica humana, sabedor de que el tiempo divino, el instante de lo eterno, introduce la verdad de Dios en los corazones de piedra. ¡Qué maravillosa la acción del Espíritu Santo! Aquellos que saborean su presencia no desprecian la Ley de Dios. Un solo destello de su gracia divina es capaz de transfigurar cualquier sufrimiento humano. ¿Probaremos, aunque sólo sea en un momento de nuestro atareado quehacer diario, el néctar de esa mansedumbre que mana del corazón abierto de Cristo, y que espera unos labios ardientes, sedientos, como pueden ser los tuyos o los míos? No quieras vencer el mal con más mal, sino con el silencio y la paz de la Cruz.

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Espíritu Santo, que nos inundas con el gozo de Dios

La gracia produce gozo; es la alegría y la paz del alma, en la que inhabitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es la morada desde donde la contemplación se torna continua visión de Dios, haciendo presa de la criatura. El gozo que produce ser de Dios es fruto del amor, es decir, del ánimo que inspira el Espíritu Santo, en aquel que tiene a Dios como norte de su existencia. Muchas composiciones poéticas nos hablan de los gozos de Nuestra Señora, dándonos a entender que no es incompatible el sufrimiento humano con el gozo de saberse querido por Dios.

Este fruto del Espíritu Santo es algo más que un mero afecto humano. Nace de la posesión de Dios, y consiste en el contento y serena alegría que da, precisamente, ese bien poseído.  Por tanto, no es propio de quien posee este gozo sobrenatural dejarse vencer por los condicionamientos del mundo; todo lo contrario, es el mundo el que quedará impregnado, cristificado, por la acción instrumental de la criatura, cuando vive en gracia y llena de Espíritu Santo. Quienes viven este gozo se ven animados, revitalizados, por la acción de una lumbre que arde sin destruir, de un fuego que arrastra a otras almas a vivir, en sereno sosiego, un deleite y bienaventuranza que no puede dar el mundo. Si el gozo nace de contemplar el bien de Dios, no cabe en el corazón del cristiano la melancolía o la tristeza, que ahogan todo entusiasmo en la entrega.

No puedes contagiar tu fe a otros, si la acompañas de agobio, de pena, pesadumbre, desánimo o desconsuelo. Nada de todo eso habla de Dios, sino de ti mismo, que giras como una peonza alrededor de tus estados de ánimo. El Espíritu Santo, que es el gozo del Padre y del Hijo, no abandona nunca al alma enamorada de Dios. ¿nos imaginamos un gozo mayor?

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Espíritu Santo, por quien recibimos el don de Consejo

“El necio tiene por recto su camino, pero el sabio escucha los consejos” (Pr 12,15). Saber y querer escuchar es una de las carencias más considerables de nuestra sociedad. Cuántas veces reducimos la convivencia y el trato con los demás a ocasiones en las que vamos buscando nuestra «tajada». Nos cuesta escuchar, porque vivimos volcados en nuestras cosas, y, cuando nos hablan, ya estamos adelantando la respuesta que más nos pueden convenir.

El don de Consejo ayuda al alma a centrar la propia vida en Dios, en primer lugar y como lo único esencial. Se refiere a la virtud de la prudencia y es una luz del Espíritu Santo que nos ayuda a considerar y elegir los medios adecuados para conseguir el fin de nuestra vida, nos orienta para saber lo que tengo que hacer en las circunstancias concretas y en los actos particulares. El don de Consejo me ayuda a aplicar de forma concreta lo que la fe, la sabiduría y la ciencia me enseñan de forma más general. He de discernir, bajo la ayuda del Espíritu, si una cosa es buena o no lo es, si lo es en esas circunstancias concretas y no en otras, si es mejor para mí que otras en orden a conseguir el fin de mi vida.

Muchos consejos no pasan de ser útiles recetas para «salir del paso», pero pueden no conducirme por caminos de salvación. Aconsejar no es dar recetas. Un buen consejo siempre es algo positivo y saludable, tanto si se da como si se recibe. El que lo da realiza una acción efectiva: ponerse en el lugar del otro, sin manipular, sin buscar el interés propio, sino que le guía la sola prudencia. El que lo recibe, lo acepta porque añade a su conocimiento un saber que le era ajeno, y le ayuda a crecer interiormente. Hace falta mucha humildad para saber aconsejar y para aceptar el consejo de otro, sobre todo si sirve al fin de nuestra vida, que es Dios.

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Espíritu Santo, que alientas la adversidad del alma con tu longanimidad

Hablar de longanimidad es hablar de serenidad, temple, valor, ecuanimidad, constancia y entereza en la espera del bien. Todas estas virtudes, muy distintas de la escala de valores que el mundo pregona hoy día, han de llenarnos de razones humanas y sobrenaturales, para no apartarnos de la única verdad de nuestra vida: Jesucristo. La longanimidad nos ayuda a perseverar en nuestros propósitos, en la lucha contra nuestros defectos, en la aceptación del mal que nos aflige, en la fidelidad pequeña o grande de cada día. Nos alivia esa pena que proviene, precisamente, del deseo de un bien que se espera y que tarda en alcanzarse. Es paciencia extraordinaria y requiere mucho dominio de sí. “El Espíritu es incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa” (Sb 7, 23). La serenidad nos sitúa correctamente en la acción adecuada. Sin apresuramientos ni improvisaciones, el ejercicio de cualquier actividad ha de estar ordenada hacia el fin debido. Es posible, entonces, calibrar  el alcance de nuestros actos que, por muy insignificantes que parezcan, tienen un valor que trasciende lo meramente accidental.

“Confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, para  toda constancia en el sufrimiento y paciencia; dando con alegría gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz” (Col 1,11-12). Cuando algo nos desanima, la acción del Espíritu Santo nos recuerda que hemos de tener constancia y tenacidad en la labor iniciada. La oración asidua, la frecuencia de los sacramentos, todos los medios humanos y espirituales a nuestro alcance, nos hacen crecer en perseverancia. Se adquiere, entonces, la firmeza de no caer en la tentación de creer que hemos perdido el rumbo, porque nos guía el Espíritu.

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Espíritu Santo, que nos haces participar de la benignidad de Dios

“¡Dad gracias a Dios, porque es bueno!” (1 Cr 16,34). La bondad es un atributo que corresponde, en primer lugar, a Dios. Se identifica con su amor y, por tanto, con lo más íntimo de su esencia. Sólo Él se da enteramente, sin reservas ni límites de tiempo. Sin embargo, desde nuestra corta perspectiva humana, solemos identificar lo bueno con los instantes de felicidad. Como no nos podemos asegurar una felicidad para siempre, la buscamos en las cosas, ambientes o personas, sin darnos cuenta de que sólo en Dios podemos prolongar hasta lo eterno esos instantes de felicidad.

La benignidad mira al bien del prójimo. Es la inclinación a ocuparse del bien de los demás, bajo la moción del Espíritu Santo. Por tanto, no podemos entender el bien desde los parámetros humanos de la mera filantropía. Lo difícil es hacer el bien con verdadera rectitud de intención, sin buscar compensaciones ni intereses propios. Comenzando en nuestro ambiente más cercano, con los amigos que saben de nuestros defectos, compañeros con los que compartimos las monotonías diarias, con aquellos que nos juzgan o que no son afines a nuestros criterios. Así de radical es el Evangelio: “Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6,35).

El mal no tiene consistencia propia; es sólo la ausencia del bien. Existe el mal allí donde no hay bien. No está en nuestras manos alcanzar, en este mundo, un bienestar material y afectivo absolutos, sino que nuestra esperanza está en Dios. Y, si todo lo creado es bueno, ¿por qué, entonces, existe el mal en el mundo? Porque aún falta lo bueno que tú has de hacer.

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Espíritu Santo, que nos sostienes con el don de Fortaleza

“No estéis tristes: la alegría de Yahvéh es vuestra fortaleza” (Ne 8,10). La fortaleza está muy vinculada a la alegría; pero no a la nuestra, sino a la que nace de Dios. ¿Cómo sonreirá Dios? El Todopoderoso, el Siempre fuerte, el Omnipotente… ¡sonríe! Resulta fascinante descubrir que los poderes fácticos del mundo suelen mostrar el lado oscuro de la amenaza, la opresión y la tiranía, mientras que Dios, auténtico Señor de la Historia, muestra el rostro de su misericordia infinita, verdadera imagen de la alegría. ¡He ahí la fuerza de la Dios!

El don de la Fortaleza nos asegura contra el temor que pueden producirnos las dificultades, los peligros, los trabajos que se nos presentan en la vida y en la entrega a Dios. Es una disposición habitual del Espíritu, que nos empuja de forma constantea realizar cosas extraordinarias, acometer empresas difíciles, soportar los trabajos más duros, sufrir lo que sea necesario, con tal de buscar sólo la gloria y el amor de Dios. El alma que no se fía de sí misma acude a esa Fortaleza de Dios, que es el Espíritu Santo, cuando se ve asaltada por tentaciones, trabajos y desolaciones que superan su ánimo.

Creemos ser más fuertes cuando tenemos más seguridades del mundo, pero, es entonces cuando más esclavos somos, no de las circunstancias, sino de nuestros caprichos. ¿Dónde radicó la fuerza de Cristo en la Cruz? En aquella petición honda y sincera al Padre: “Perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Es el Espíritu Santo el que nos adentra en la dinámica del actuar divino y, de esa manera, pase lo que pase, nada ni nadie podrá arrebatarnos la fuerza de Dios que impulsará cada una de nuestras acciones. 

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Espíritu Santo, que nos purificas con el fruto de la castidad

“Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza” (Sb 8,2). La belleza es una de las maneras más perfectas de manifestarse la divinidad en el mundo. Por eso, exige un respeto profundo. La moral ha de ser la fiel defensora de este hermoso arte divino, que es la belleza de la persona, como necesario bien para el alma. Nuestra «carnalidad» -no hay que olvidarlo- es don de Dios. Si perdemos de vista que somos templo del Espíritu, intentaremos poner a prueba el alma en lo que hay de sensible en el amor. Perdemos, entonces, el sentido de lo trascendente (lo invisible y eterno que hay en el amor), y hacemos del cuerpo la única necesidad para alcanzar, inútilmente, la belleza. La perversión de lo bello, que es la fealdad, se identifica, por tanto, con la ausencia del verdadero bien en el hombre, es decir, con el pecado y la muerte.

La castidad es la admiración por el «tú», la consideración de la persona amada como un infinito, que ha de ser depositado en el alma con esmero y gratitud. Ese «tú» puede ser una craitura, pero es también Dios. Porque la promesa de un amor eterno, la de dos enamorados, no puede quebrarse en el instinto de la necesidad, es preciso preservarla del tiempo y el espacio para que nunca muera. Y es el misterio de la belleza, que encierra en sí la castidad, lo que hace que esa promesa de amor nunca muera, porque es Dios mismo quien se compromete en esa alianza indestructible.

Y sin ser el principal de los frutos del Espíritu Santo, ni la mayor de las virtudes, la castidad se apoya en la contemplación de lo más grande que hay en el ser humano: ese altar del cuerpo mortal, que lleva impreso el rostro de Dios en el rostro humano de la carne.

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El Espíritu Santo, alma de todo apostolado

¿Cómo pretendes ver frutos en tu dedicación apostólica si prescindes del Espíritu Santo? Si quieres resucitar tu fe y tu vida mortecinas, el Espíritu Santo es alma que da vida a tus obras muertas. Si quieres curar tus cegueras, sanar las costras de tus pecados, aliviar las dolencias de tus miserias y debilidades, invoca al Espíritu Santo y verás cómo te inunda el bálsamo de su presencia. El Espíritu Santo fecunda el seno de las vírgenes. Por obra del Espíritu Santo María fue Madre de Dios. Por su maternidad virginal, María fue cauce, en su Hijo, del don universal del Espíritu. Lo materno es obra del Espíritu, adorado como Señor y dador de vida. Si quieres dar vida a otros has de invocar mucho a este Señor y Dador de vida. 

No te canses de invocar el don del Espíritu Santo a diario, en toda circunstancia, en cualquier necesidad, sobre las personas que quieres, sobre los que tienen necesidad, sobre aquellos que han caído en pecado, sobre aquellos vencidos por el desánimo, sobre los que dudan de su vocación… ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo! Y a cada invocación una gota de vida divina caerá sobre la tierra reseca y marchita de muchos corazones, también del tuyo. Tu mejor compañero de apostolado ha de ser este Espíritu consolador y dador de vida. Verás cómo, al calor de su presencia, las situaciones más difíciles y las almas más pertinaces se ablandan como la cera encendida.

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Espíritu Santo, que nos iluminas con el don de Ciencia

“Y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,9). El Génesis coloca el bien y el mal bajo la órbita de la ciencia. El don de Ciencia es una participación en la ciencia de Dios. Es una luz constante del Espíritu, que ilumina el alma, para conocer y juzgar las cosas humanas desde la óptica de Dios y de la fe. Con el don de Ciencia ayudamos al don de inteligencia a descubrir las verdades de la fe y al don de la sabiduría a poseerlas. La Ciencia del Espíritu Santo nos ayuda contra el equívoco de la seducción de las criaturas, en las que fácilmente solemos poner el corazón, atraído por el encanto fugaz del que están revestidas.

No podemos olvidar, por otra parte, que la Ciencia, aun siendo un don del Espíritu, ha de someterse al amor. Esta es, en definitiva, la única razón de la que podemos gloriarnos. Podremos adornarnos con las virtudes más excelsas y con las cualidades más extraordinarias, incluso algunos nos aplaudirán y muchos podrán alabarnos por nuestras dotes; pero, si el amor queda desplazado por nuestra vanidad o soberbia, ¿qué habremos ganado? Habremos urdido la mayor mentira jamás contada: “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy” (1 Co 13, 2).

La ignorancia y la falta de conocimiento sobre nuestro comportamiento y el de los demás nos impide vivir esa vida de caridad a la que se refiere el apóstol. Con la Ciencia del Espíritu atisbamos a Dios con esa intuición sobrenatural que adivina su sello en todo y en todos. Conocer las cosas como las conoce Dios es pedir al Espíritu la gracia de participar en su visión divina, antes de llegar a verle cara a cara en el Cielo.

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