Una lupa en tu vida

Los pulgones no se aprecian a simple vista y, sin embargo, sus plagas tienen una gran capacidad destructora. Son capaces de secar y agostar cosechas enteras, si no se previenen y atajan a tiempo sus efectos devastadores. Piensa que, también en tu vida cristiana, corres el peligro de sufrir plagas mayores y de consecuencias más profundas, si no pones remedio a tiempo. Es importante, por ello, habituarse a examinar la propia vida, observar con el aumento y el detalle de una lupa todos los rincones de la conciencia. En ella suelen anidar, sin que tú te des cuenta, muchas larvas de defectos y pecados, que pueden convertirse en una plaga espiritual y agostar esa vida de Dios que quiere crecer entre tus abrojos y espinas.

No acabes tus jornadas sin hacer un breve examen de conciencia. Párate a considerar, durante un tiempo concreto, cuáles son las intenciones más secretas de tus actos, los intereses ocultos que te han movido a actuar de esa manera, los hábitos no corregidos y en los que llevas tanto tiempo instalado, por qué tienes esas reacciones tan primarias ante circunstancias molestas, inoportunas o imprevistas, por qué tantos días acaban llenos de la más desordenada esterilidad, dominados por la plaga del activismo. Pero, pondera también los dones recibidos de Dios, las insinuaciones que hoy el Espíritu Santo ha dejado caer en tu alma, ese gozo apostólico que has cosechado en tu entrega a los demás, tantos detalles de generosidad, de olvido de ti, que has podido regalar a otros, esos pequeños vencimientos que sólo tú y el Señor habéis conocido, tantos ofrecimientos y súplicas por los que se han encomendado a tus oraciones.

Piensa que las cosas más bellas, a veces están tan escondidas, que sólo llegas a descubrirlas y apreciarlas cuando las ves a través de una lupa. Si te acostumbras a hacer cada día el examen de tu vida y de tu jornada descubrirás la riqueza tan oculta que mora en lo escondido de tu alma, allí donde sólo Dios y tú os habláis cara a cara.

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La fe de las mariposas

Las mariposas son apreciadas por la vistosidad y colorido de sus alas. Se mueven sin rumbo de acá para allá y se posan continuamente sobre todo lo que van encontrando en su vuelo, sin hacer nido en nada. No tienen mayores aspiraciones que buscar su alimento diario y prestar al brillo del sol los colores de sus alas. Son especialistas en el arte de engañar pues, detrás de sus espectaculares colores y formas, esconden grandes armas de supervivencia y otros talentos que, a primera vista, pocos saben apreciar y descubrir.

Muchos católicos viven su fe al estilo de las mariposas. Su devoción resulta, a los ojos de muchos, tan vistosa como los colores de esos insectos, pero, en el fondo, tan frágil y volátil como sus alas. Se mueven de acá para allá, posándose en la flor que acaban de descubrir, pero, detrás de ese revoloteo casi constante, se esconde la incapacidad para comprometerse con nada, ni con nadie. No hacen nido en Dios, sino en la propia inconstancia de su voluntad y en la fugacidad de sus sentimientos pasajeros, a merced de los cuales revolotean sin rumbo para justificar, así, su nombre de cristianos. Detrás de su aparente entrega, siempre superficial y de ocasión, se adivina el egoísmo de una inconstancia que evita la entrega total y sincera de sí. En lugar de cambiar de vida, cambian de circunstancias, manteniendo el continuo engaño de una fe aparente, incapaz de encararse con su propio egoísmo y comodidad. Son incapaces de clavar el clavo y dar martillazos hasta que se hunda en la pared, porque prefieren vivir con el clavo en la mano, dando martillazos acá y allá, sin clavar nunca nada.

No mariposees en tu vida espiritual. No cambies de rumbo cada vez que fracases o te desanimes. Examina con sinceridad las alas de tu vida interior, no sea que tu fe brille mucho al sol, como los maravillosos colores de las mariposas, pero sea tan engañosa y aparente como ellas. No cambies continuamente de plan de vida, de director espiritual, de grupo apostólico, de parroquia, de intenciones y propósitos. Con la excusa de estar siempre empezando, o de buscar algo mejor, nunca acabarás ni completarás lo más importante, y dispersarás en nada las fuerzas que necesitas para clavarte en la tarea de tu propia santidad.

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Aceptar la Cruz, no entenderla

Nos gustaría un cristianismo sin esfuerzo, un Cristo sin Cruz, un Evangelio sin sufrimiento y sin renuncia, un Dios menos exigente, que no lo pida todo. Seguimos mirando el misterio de la Cruz desde los esquemas y medidas del sufrimiento humano, y no terminamos de creernos que sólo ahí, en la Cruz, encontramos el verdadero gozo del seguimiento de Cristo. Hasta que no llegues a penetrar en los sentimientos de ese corazón de Cristo doliente y crucificado no entenderás nada, o muy poco, del Evangelio.

Nunca podremos agotar, aquí en esta vida, la contemplación del misterio de la Cruz. Ni las palabras, ni siquiera los sentimientos y argumentaciones, son capaces de atisbar algo de ese Corazón crucificado de Cristo, penetrado por las tinieblas de la fe oscura y del abandono confiado en el amor de su Padre. Ponte a los pies de Cristo crucificado, junto a María Madre, y deja que Ella te ayude a entrar en la contemplación de este inefable misterio de la Cruz. Acepta y ofrece esa cruz tuya de cada día, en la que Cristo mismo prolonga y completa su oblación al Padre por todos los hombres. No te quejes, no te rebeles, no protestes a Dios, cuando te lleguen esos momentos de cruz que no entiendes. Sólo acéptala, sin pretender entenderla, pues no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo del absurdo. Piensa que tú ves esa Cruz desde abajo, desde el lado más humano, y que Dios la ve en su completa perspectiva, desde arriba, desde el lado de la gloria. No te canses de adorar y besar a este divino crucificado, que espera enamorado la correspondencia de tu pobre corazón y la fidelidad de tu pequeña vida.

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Católicos de brocha gorda

Los detalles que ha de cuidar un pintor de brocha gorda y rodillo, cuando pretende pintar una enorme pared, no son, ni mucho menos, los detalles que cuida y mima un pintor de pincel fino, cuando está terminando su obra de arte. Y, sin embargo, aunque los dos son pintores y los dos se sirven de la pintura para realizar su trabajo, sólo el cuadro, y no la pared, logra atraer la admiración de todos y despierta en los demás el deseo de copiar e imitar su belleza. Nos acostumbramos fácilmente a pintar en nuestra alma con la brocha gorda de los mínimos y el rodillo de la mediocridad. Nos contentamos con ese cristianismo de pared, al que basta dar varias capas de vez en cuando, para que no se descascarille mucho y no parezca algo ruinoso. Nos resulta más fácil la fe de brocha gorda, esa que no precisa de mucho esfuerzo, que no necesita reparar en los detalles, que se contenta con un cumplimiento más o menos puritano. Vivimos nuestra relación con Dios a base de brochazos con los que vamos manteniendo nuestra apariencia de católicos más o menos cumplidores, pero sin ánimo de afinar cada vez más en los detalles de una vida interior más profunda y de una conversión más sincera.

Has de cuidar con esmero y finura las cosas que se refieren a Dios. Tu alma es un lienzo precioso en el que Dios quiere dibujar al detalle su propia obra de arte. A veces utiliza la brocha gorda, otras veces el rodillo, otras necesita poner algún parche de yeso para tapar agujeros, pero su mano de artista conoce con maestría el arte de trabajar el detalle y la pequeña pincelada. No importa cómo sea el lienzo, si está roto, si es de tejido tosco, si la trama tiene defectos. Nada de todo eso puede servirte de cómoda excusa, si no quieres limitarte a vivir tu cristianismo a base de un cumplimiento a brochazos. Importa, y mucho, eso que el pintor quiere hacer en ti, si tú le dejas y quieres.  

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“El nombre de la Virgen era María” (Lc 1,27)

En el nombre se dice la persona. En el nombre de María, además, se dice todo el misterio de Dios. María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El evangelista Lucas la llama «María»; el ángel, en cambio, la llama «Llena de gracia». San Juan gusta de llamarla a menudo «Madre», mientras que el evangelista Mateo la llama «Esposa de José». Su prima Isabel se dirige a ella llamándola «Madre de mi Señor» y «La que ha creído». Y en el cántico del Magníficat, María se llama a sí misma «Esclava del Señor», al tiempo que profetiza que todas las generaciones la llamarán «Bienaventurada». Todos los nombres y títulos de María resultan insuficientes para compendiar la grandiosa maternidad virginal que en Ella se cumple.

Pronunciar despacio el nombre de María, dejando que el corazón se pare en la contemplación de esta Madre tan querida, es una forma sencilla y profunda de orar. Cómo se embelesa el alma al ponderar ese nombre santo, que enamoró el corazón de Dios, en los albores de la encarnación de Cristo. Cómo descansa el corazón en este dulce nombre, que tanto alivia nuestros sufrimientos y descansa nuestros afanes. Cuando emprendas tareas especialmente delicadas y difíciles, cuando te topes con problemas que te superan, con personas difíciles, con situaciones de dolorosa lejanía de Dios, en tus labores más cotidianas, al salir de casa, al levantarte y acostarte, dí ¡…María…! María, siempre y en todo. Acostúmbrate a repetir suplicante ese nombre delicioso, en cualquier circunstancia y momento, y verás que tus días se colman de esa dulce presencia que también llenaba la casa sagrada de Nazareth. María ha de ser la Madre de esa casa de tu alma, en la que Dios quiere habitar y descansar. No hay nombre que más llene y embellezca el alma que el nombre santo de María, cuando se pronuncia y saborea en el silencio de la contemplación. 

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La tentación del número

El Evangelio detalla que, cuando el Señor preguntó el nombre a aquellos demonios que poseían al endemoniado de Gerasa, ellos contestaron que su nombre era “Legión, porque eran muchos” (Mc 5,9). La lógica de Satanás se alía fácilmente con el espejismo sutil de lo cuantioso y numeroso, haciendo creer que el fracaso de lo cristiano está en proporción a la cantidad de cizaña que intenga ahogar al trigo, o que el poder de Dios depende de la poca o mucha cantidad de trigo que crece en nuestros campos. Cuanto más hostil al Evangelio es el ambiente que nos rodea, con más fuerza nos acecha la tentación del número. Nos deslumbran las cifras hasta hacer de ellas el termómetro con el que medir la fecundidad de nuestras empresas apostólicas. Nos puede el complejo de ser una minoría y fácilmente caemos en el engaño momentáneo y pasajero de sustituir la calidad de la fe por la cantidad de creyentes. Y, sin embargo, son las minorías las que logran mover los más pesados engranajes del mundo, oxidados por tanta herrumbre del pecado. ¿Te imaginas al Señor contando cuántos le habían seguido aquel día, gozándose en las multitudes que acudían a ver sus milagros o preocupado de que sus apóstoles eran sólo doce?

El trigo y la cizaña han de crecer juntos. No te desanimes cuando tengas que vivir tu fe entre la broza y la maleza de la incomprensión y la crítica. Tampoco cifres su alegría en el éxito aparente de tus abundantes frutos, ni midas tu eficacia apostólica por esas pequeñas multitudes que se agolpan alrededor de tu entrega a Dios. La soledad con que a veces habrás de vivir tu fe, aun entre los que dicen trabajar contigo en la misma viña del Señor, es esa buena tierra en la que crecerá tu vida interior y madurará tu seguimiento de Cristo. Acostúmbrate a vivir tu fe en condición de minoría, al modo de la levadura. Para que Dios sea en ti tu infinito, has de ser tú para él su número cero. 

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La mano izquierda y la mano derecha (Mt 6,3)

Cuánto nos cuesta que no valoren y reconozcan nuestra generosidad. Nos acostumbramos fácilmente a medir nuestra entrega con el metro de la cortesía y la corrección social, más que con la medida del Evangelio. Somos quizá generosos con nuestro tiempo, cualidades o bienes, y decimos que todo eso lo hacemos sin esperar nada a cambio; pero cuando, efectivamente, no hay nada a cambio, vamos acumulando pequeños rencores que entibian nuestra entrega y van empequeñeciendo nuestro corazón. En el fondo, nos gusta dar con la mano derecha mientras hacemos todo lo posible para que nuestra mano izquierda sepa quién ha dado, lo que hemos dado y qué ejemplar ha sido nuestra acción. Cuando damos para quedar bien, para que no digan, por si luego necesito pedir favores, por mera apariencia de Evangelio, estamos disfrazando nuestra fe con esa careta de la hipocresía que, tarde o temprano, decepciona a los demás y los aparta del Evangelio.

El Señor no hizo depender su predicación, sus curaciones, su entrega al Padre en la Cruz, del reconocimiento humano, de la buena opinión de los hombres o de la recompensa que podía esperar a cambio. Cuántas intenciones egoístas y vanidosas, disfrazadas de apariencia de bien, se ocultan agazapadas en tantos actos que realizamos en nombre de Dios y de la virtud cristiana. Cuánto afán de crecer a los ojos de los demás, cuánta ambición de poder y de reconocimiento, cuánto egocentrismo sutil y engañoso, escondemos en la mano izquierda, mientras con la derecha mostramos abiertamente nuestra dádiva más generosa. Contempla a Cristo en la Cruz y dejarás de buscar compensaciones y reconocimientos humanos que agostan tu alma y la van encerrando en la caracola de tu soberbia. Basta que Dios conozca tus manos, si tú quieres conocer también las suyas. 

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“Pero él no respondió nada” (Lc 23,9)

Herodes preparó, con las prisas de la ambición, aquel inesperado encuentro con el Maestro Jesús. Convocó a toda su guardia, a los sumos sacerdotes, a los escribas, a todos sus cortesanos y amigos de palacio, seguro de que se ganaría la complicidad de aquel hombrezuelo con pretensiones de realeza. Si conseguía rendir a su capricho el poder extraordinario de aquel judío llamado Jesús, su fama y renombre correría de boca en boca por el Imperio y llegaría a ganarse la simpatía y el favor de la corte romana. Cuando Jesús entró ante él, se convirtió en el centro de un griterío burlesco y acusador, que le exigía grotescamente una demostración de su extraordinario poder. Herodes increpó a Jesús, primero persuasivamente, luego con violenta impaciencia, para que realizara allí, a la vista de todos, alguno de esos extraordinarios prodigios de los que tanto había oído hablar.

Jesús calló. Ni una palabra de queja, ni una explicación, ni un reproche o justificación, nada con lo que pudiera defenderse ante aquella turba que vociferaba con sorna, cegada por el afán del propio poder. Jesús no realizó el milagro que Herodes reclamaba y le dio, en cambio, ese otro signo mucho más prodigioso y extraordinario de su silencio. En tu oración diaria, no dejes de contemplar y empapar tu alma de este silencio de Cristo. Sustituye tus quejas, tus críticas, tus revanchas, tus justificaciones, tus enfados y tus excusas por ese mismo silencio de Cristo, lleno de mansedumbre y de perdón, cuando te pesen las humillaciones, las burlas y los menosprecios de tus acusadores. Aprende a estar en la Cruz, junto a ese Cristo que es humillado en ti, con el silencio mudo y callado de quien está asociado a su misma redención.  

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Natividad de María. Hay que nacer de nuevo

Celebrar nuestro cumpleaños significa celebrar con alegría y agradecimiento ese amor de Dios que está en el origen de nuestra existencia. Existes, pero podrías no existir. Y, si existes, existes sólo para Dios, hacia el que caminan inexorablemente todos tus días y todos tus afanes. Por eso, celebrar nuestro nacimiento es también celebrar ese otro nacimiento, que el mundo llama ‘muerte y fracaso’, y que Dios llama ‘encuentro definitivo cara a cara con Él’. Tu nacimiento a esta vida es sólo un signo y anticipo de ese otro nacimiento definitivo e irreversible con el que iniciaremos la eternidad sin fin en Dios. Y esta vida es sólo una gestación en la gracia, sostenida y alimentada en el seno materno de nuestra Iglesia Madre, hasta que nos dé a luz en la vida divina de la gloria. Pero, hay que nacer cada día a esa vida de Dios. Has de alimentar continuamente en tu alma esa semilla de gloria que recibiste en tu bautismo, si no quieres presentarte un día ante Dios con el rostro avergonzado de una vida entregada al pecado y a la mediocridad.

Dios quiere crecer en tu alma, pero contigo. Tu eternidad en Dios depende también de ti. Cada minuto de tu jornada es una ocasión para nacer un poco más a esa vida de lo alto, que se te entrega a raudales en lo ínfimo y pequeño de los instantes y momentos. En tu vida cristiana, siempre habrás de estar empezando, siempre habrás de nacer de nuevo, si no quieres instalarte en esa tibieza acomodada de quien no quiere crecer por no cambiar de vida. Has de vivir tu vida cristiana con corazón de niño, sí, pero con la madurez y responsabilidad de un padre, que vela continuamente por la vida de ese Dios, que late oculto en el centro de tu alma. 

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“Toma tu camilla” (Mt 9,6)

El Evangelio no nos transmite ningún dato de aquel paralítico de Cafarnaún, que llevaba años, quizá toda su vida, postrado en una camilla. Tampoco nos dicen los relatos que Jesús intercambiara ninguna palabra con él. Ni siquiera pudo pedirle el Señor un poco de fe, antes de hacer el milagro, pues nada podía moverse en el alma tan paralizada de aquel hombre. Sólo sabemos que Jesús le curó sin condiciones, y le ordenó tomar su camilla y volver a casa. Aquella camilla había sido hasta entonces compañera de muchas postraciones, físicas y espirituales, de muchos desánimos y desesperanzas. Cuánta parálisis, sobre todo del alma, había soportado aquel lecho, al que se agarraba el paralítico como a su más grande posesión. Incapaz de aspirar y alcanzar mayores alturas, aquel hombre había aprendido a vivir casi a ras de suelo y a merced de los que le ayudaban a moverse, haciendo de aquellas parihuelas su único centro y aspiración. El drama de su parálisis interior había llevado a aquel hombre a vivir muy lejos de su propia casa.

            Cuánta parálisis y cuántas camillas entre los cristianos, quizá en tu propia vida. Enredados en las ambiciones del mundo, en la opinión ajena, en nuestras excusas y justificaciones, en nuestros pecados y defectos pactados, nos vamos acostumbramos fácilmente a vivir con el alma entumecida y aletargada, a merced del criterio ajeno, muy a ras de suelo, agarrados a la camilla de nuestra tibieza. Cuánta parálisis produce en el alma esa fe acomodada y rutinaria, vivida quizá con desidia y por incercia, instalada aunque sea en el incómodo solio de un tabladillo. El Señor curó, sobre todo, la parálisis espiritual de aquel hombre, para que pudiera volver a casa, a Dios. Cuida tu fe, tu vida interior, tu alma en gracia, no sea que todo eso se haya convertido para ti en una camilla donde reclinar tu propia mediocridad. 

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