Del deseo de ambicionar puestos y cargos mayores, líbrame Jesús

La competencia profesional, los cargos y puestos de responsabilidad en el ámbito civil o eclesial, pueden ser un arma de doble filo. Puestos al servicio del Evangelio y de Dios, dan mayor eficacia al apostolado y ayudan a producir buenos frutos en el campo de las almas. Sin embargo, puestos al servicio del propio interés, se convierten en agua sucia que estropea y esteriliza la vida de los mejores campos. Nadie está libre de la tentación de poder. Nos agarramos a los cargos, puestos u oficios, aunque sean pequeños, con la avaricia y la ambición de quien se agarra a sus vestidos para cubrir la propia desnudez. Y, cuando esa ambición se adorna y se camufla con el servicio en nombre de Dios, cuando la tentación de poder lleva a subir y trepar hacia lo más alto de la escala de las dignidades humanas, ese mismo servicio a Dios se convierte en una profunda fuente de insatisfacción y frustración personal, que no hace feliz a nadie y apenas deja huella de Dios en las almas.

Hace falta mucho desprendimiento de uno mismo para ocuparse con libertad de las cosas de Dios, sin hacer de ellas un instrumento al servicio del propio «yo». Hace falta mucha contemplación de la Cruz, para sacudirse ese polvo de honra humana que constantemente se nos pega en los zapatos. No pienses que la lógica del poder y los parámetros de la eficacia humana explican la encarnación del Verbo o el misterio de la Cruz. El poder de Dios está, precisamente, en la fuerza de la debilidad, en lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, no experimentarás en ti esa fuerza de Dios mientras sigas dejándote deslumbrar por los avalorios y espejismos que te ofrece el poder del mundo y la honra de los hombres. No hay mayor poder en este mundo que el de la Cruz. Y, mientras no te lo creas, seguirás esclavo de la falsa eficacia humana.

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Nuestra Señora del Monte Carmelo

El Monte Carmelo era conocido en Israel por la fecundidad de sus tierras, muy apropiadas para los buenos viñedos. Quizá por eso el nombre del Carmelo se ha asociado fácilmente a la figura de María, esa tierra virgen, fecundada por la acción del Espíritu, de la que había de nacer el vino de la nueva y definitiva Alianza. Cuántas semejanzas entre el edén del Principio y el corazón de esta Madre, que es delicia y paraíso de Dios. Aquel jardín del Génesis, coronado en su centro por el árbol de la vida, anunciaba ya este otro paraíso virginal y materno, en cuyo seno había de nacer el verdadero árbol y fruto de inmortalidad. Jardín que recrea el corazón de Dios, es la advocación mariana del Carmen.

Pídele a la Virgen Madre del Carmen que en la tierra de tu alma anide la buena semilla de la virtud y de la continua conversión. Que el Espíritu Santo, como buen hortelano de tu alma, cuide esos brotes de vida divina y de santidad, que apuntan, quizá, entre las rocas y espinas de tu mediocridad y pecado. Deja que Cristo, como buen grano de trigo, se entierre en lo profundo de tu alma y pueda producir en ti frutos de una mayor y más sincera entrega a Dios. No dejes que tu mediocridad, tus excusas, tus comodidades, tus egoísmos, tus autosuficiencias, tus miedos y dudas, conviertan tu vida cristiana en un páramo árido, estéril e infértil. La rutina en las caídas, el descuido de los detalles aparentemente insignificantes, las pequeñas infidelidades de cada día, la desgana y apatía para las cosas de Dios, esas ocultas vanidades consentidas y, quizá, buscadas, pueden ahogar y secar los árboles más frondosos y los frutos más granados. Si tú quieres, la Virgen del Carmen cuidará siempre ese jardín de tu alma, en donde Dios quiere darte a gustar los frutos de una más sabrosa intimidad.

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Del temor a ser considerado raro y exagerado, líbrame Jesús

La lógica acomodaticia del mundo nos acostumbra a entender y vivir un cristianismo enlatado en las formas de un mero protocolo social, que tiene más de mediocridad que de prudencia humana. Convertimos nuestra fe en un medicamento genérico, que sólo tomamos cuando nos pasa algo, o cuando tenemos que aliviar los síntomas de algún mal, aunque la enfermedad crónica y grave del pecado siga anidando en las células de nuestra alma. El miedo al ridículo y a la mala fama, el temor a ser pasto de los chismorreos y corrillos de los propios cristianos tibios y mediocres, la crítica y la incomprensión de aquellos a los que molesta la coherencia de vida y la radicalidad en la entrega a Dios, pueden esclavizarnos hasta el punto de hacernos creer que, en el fondo, se vive mejor sin Dios y creyendo en un Evangelio a medias, o que es suficiente para salvarse una fe sin esfuerzo.

Nada de eso encontrarás en el Evangelio. Entre aquellas multitudes que escuchaban al Maestro, o que vieron realizar sus milagros, habría, sin duda, muchos mediocres y tibios, que, acostumbrados a las medias tintas, no quisieron complicarse la vida ni pasar por raros o exagerados. Por ellos, y por tantos cristianos acomodados e instalados, que no conocen a Dios, quiso el Señor pasar por loco y exagerado, llevando la lógica del absurdo divino hasta el extremo de la Cruz. No quieras tú andar trapicheando con el mundo y con Dios, porque quien pretende contentar a la vez a estos dos señores, termina por contentarse a sí mismo y hacer de su mediocridad comodona e instalada la dueña y señora de su vida. Cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más grande será el contraste con la mentalidad y la opinión del mundo. Piensa que tu mediocridad aleja de Dios a muchos que dudan y vacilan en su fe.

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Del orgullo de no perdonar siempre y todo, líbrame Jesús

Jugamos al falso perdón, cuando decimos que perdonamos pero no olvidamos. No perdonó así el Señor a tantos que se le acercaron pidiéndole un milagro. Tampoco así te perdona el Señor a ti, cada vez que tú reconoces ante Él tus caídas y pecados. Si no sabes olvidar las ofensas de los demás, es que no has conocido todavía el perdón y la misericordia que Dios te tiene a ti. El rencor y el recuerdo de los agravios ajenos termina endureciendo el alma, hasta llenarla de un descontento e insatisfacción que aleja de Dios y de los demás.

El orgullo nos hace creer que, si no perdonamos el daño que nos hacen, dejamos que el error o el mal que hacen los demás campen a sus anchas. Pero, no pienses que ese mal podrás vencerlo a fuerza de rencor o de venganza. El Señor pudo utilizar la fuerza de su omnipotencia divina para vencer el pecado y la injusticia de los hombres y, sin embargo, quiso vencer el mal sólo con la mansedumbre y la humildad de la Cruz. No quieras ir tú por otro camino, ni inventar otros modos de redención más acordes con los torpes esquemas humanos y con los razonamientos de tu soberbia. El mal se vence con el bien, y el orgullo se destrona sólo a base de mucha humildad. El verdadero perdón cristiano nada sabe de la avaricia de uno mismo. No excluye la astucia y la sagacidad de las serpientes, pero tampoco la sencillez de las palomas. Otros podrán aprovecharse y hasta abusar de tu perdón, pero ante tu Padre, que ve en lo escondido, quedará patente esa grandeza de alma que tanto te asemeja a Cristo. Has de contemplar mucho la Cruz, si quieres que el perdón nazca en ti del poder de Dios, y no del poder de tu voluntarismo. Perdona siempre, todo, porque es la medida que utiliza siempre contigo el corazón de Dios.

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Del deseo de sentirme amado, líbrame Jesús

En las almas que quieren adentrarse por caminos de más íntima oración y entrega a Dios, la soledad suele ser una fuente inagotable de afectos desordenados. No llenes tus soledades de activismo, de cosas, de compensaciones o de alabanzas, sino de Dios, sólo de Dios, pues las otras cosas, tarde o temprano, se agotan y desvanecen, dejando el alma en una soledad aún más angosta y triste. Cuántos fracasos en la propia vocación se han gestado lentamente al calor de una soledad humanamente inmadura, llena de uno mismo y muy vacía de Dios.

Todos necesitamos amar y sentirnos amados, pues el amor es fuente de equilibrio interior y de madurez afectiva. Pero, el alma no está hecha para amar cualquier cosa; ni siquiera se contenta con el amor que puede recibir de las criaturas, aunque sea grande, puro y noble. Sólo cuando el alma vive centrada en el amor infinito e inagotable de Dios, se hace capaz de amarlo todo, de darse a todos, sin que las briznas de afecto que le dan las criaturas embelesen su mirada y desvíen su camino. No dependas del cariño desordenado a las cosas o personas que Dios va poniendo en tu camino. No caigas en el espejismo de medir tu santidad o los frutos de tu eficacia apostólica por el afecto y cariño que cosechas entre los demás. No cabe el amor de Dios allí donde otros afectos desordenados llenan tantos recovecos del alma. Piensa que el más leve apego, el más insignificante desorden afectivo, puede convertirse en pesada ancla, que amarra fuertemente el alma al puerto de la mediocridad y la inutiliza para avanzar a velas desplegadas por las profundas aguas de la intimidad con Dios. El Señor, que se hizo hombre para conocer nuestras soledades, las llenó para siempre de su dulce compañía y afecto.

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Del temor a que otros hablen mal de mí, líbrame Jesús

Cuando la crítica no nace de una sincera caridad suele ser dañina, para quien la hace y para quien la recibe. Incluso se convierte en arma de doble filo, pues lo que tú rumoreas de otro termina, tarde o temprano, volviéndose contra ti mismo. Dependemos mucho de la opinión y estimación de los demás, aun sabiendo que nadie puede tener todos los elementos de juicio necesarios para hacer una valoración justa. Y solemos creer que, cuando todos nos apoyan y alaban, las cosas funcionan bien, haciendo de la opinión ajena la medida de la realidad.

Así funciona, quizá, la lógica del mundo, pero no la de Dios. El Evangelio está cuajado de críticas e incomprensiones hacia el Señor, incluso de parte de los más íntimos, aquellos Apóstoles a los que Él eligió y llamó de forma tan personal. Motivos humanos siempre habrá para abrir un resquicio a la queja. Pero, solemos despacharnos a gusto con la mota de polvo de los demás, con tal de no mover un palmo de conversión en esa viga que tenemos en nuestro ojo. Has de medir la debilidad y el pecado de los demás con la medida de la caridad de Cristo. No calles la verdad, por miedo a quedar mal; tampoco la utilices, si con ello miras más a tu propia fama y complacencia que a la caridad y buena fama del otro. Alégrate cuando las críticas e incomprensiones te vengan caídas de la boca engreída y farisea de los que se creen más buenos y mejores que tú, porque te dan la ocasión de poner tu asidero y complacencia sólo en el corazón de Dios. El bien que hagas será tanto más incomprendido cuanto más se ajuste a los criterios del Evangelio. Piensa que, si Cristo hubiera hecho depender tu salvación de la opinión de sus contemporáneos, hoy estaríamos todos a merced de nuestra propia condenación.

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Del temor a ser utilizado y olvidado, líbrame Jesús

Inconscientemente tendemos a buscar el reconocimiento de los demás, pues creemos que, en justicia, nos corresponde. Sin embargo, cuántas veces nos entregamos de lleno a un trabajo, a un encargo recibido de parte de un amigo, de un jefe, o de un superior, y nos sentimos utilizados, siempre con buena intención, para unos fines que desconocíamos y que, en el fondo, benefician a otros más que a mí. Incluso puede que, una vez cumplida la misión encomendada, nos olviden porque ya no resultamos útiles. Este recelo nos atenaza constantemente y nos puede llenar de rencor y amargura interior, pues nos pone frente a nuestra debilidad personal como si fuera una losa pesada, que no sabemos superar. Cuántas veces tenemos la sensación de ser un papel que sirve para escribir y tirar, o nos consideramos títeres en manos de no se sabe qué oscuras intenciones. Pero, si bien todo esto puede tener algún fundamento en la realidad, en muchas ocasiones está alimentado por nuestra inseguridad y agrandado por nuestra imaginación.

Cuánta libertad interior ganaríamos si, en lugar de buscar las compensaciones que puede ofrecernos este mundo, viviéramos más confiados en la providencia divina, sin dependencias de los juicios humanos ni de las opiniones de los más influyentes. Qué importante vivir esa rectitud de intención en nuestros actos, que nos permita ir asemejándonos a las actitudes y sentimientos de Cristo. Qué importante no vivir pendientes de los «fantasmas» del poder, para lograr situarnos en lo más alto de la escala de la opinión del mundo. Nos cuesta aceptar en todo momento ese «ser» y «estar» en el lugar que nos corresponde, por muy humilde y sencillo que sea a los ojos de los demás. Así lo vivió Cristo, encaramado en el trono de la Cruz y pendiente sólo de la gloria del Padre.

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Del temor a ser acusado injustamente, líbrame Jesús

En las Bienaventuranzas, Jesús enuncia las condiciones y el espíritu de todo aquel que quiera seguirle. Entre ellas, aparece el de ser perseguidos. Ser acusado injustamente, por un acoso de celos, envidias o falsas suspicacias, puede producir temor, y con razón. Sin embargo, el Señor quiere que también en esas situaciones nos unamos a Él. Jesús fue sometido a todo tipo de juicios y críticas, en público y a escondidas. Fue acusado de tropelías que jamás había llegado a cometer. Incluso el Sumo Pontífice de Israel llegó a declarar que era necesario que Él muriese para la salvación del pueblo. Ante estos sumarísimos, nuestro Señor seguía realizando milagros, curando enfermos, mostrando compasión y misericordia. No eran las acusaciones lo que le preocupaba. Buscaba las almas y hablaba de las ovejas que andaban sin pastor, procurando hacerse el encontradizo con todos, para mostrar su corazón manso y humilde. Y así seguiría hasta alcanzar el trono de la Cruz.

Sí, sabemos en qué consiste la radicalidad de ese seguimiento a Jesús, y, en ocasiones, nos viene el temor y la angustia. Ante un mundo que esconde su rostro al dolor y la donación de sí mismo, lo nuestro ha de ser lo de Dios, buscar en todo momento la oportunidad de mostrar ese rostro amable de Cristo, que sólo sabe hacer el bien, incluso ante aquellos que le acusan o persiguen. Nuestro trono también está en la cruz, sí, en esa que nos sale al paso cada día. Ese es el orgullo de ser cristiano, ya que descubrimos en cada una de esas contrariedades, pequeñas o grandes, la gran paradoja del Reino de los Cielos: lo que es despreciable para el mundo, resulta ser la gloria de Dios. Unirnos a esos sentimientos es recuperar lo esencial en lo más cotidiano de nuestra vida. He ahí la gran carga de la redención a la que Dios nos invita.

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Del deseo de estar informado para alimentar mi curiosidad, líbrame Jesús

Uno de los grandes éxitos de esta era de las comunicaciones es la inmediatez en la información, que nos puede llegar en tiempo real. Lo curioso, sin embargo, es que con ello no hemos conseguido el esperado avance en la calidad humana. Todo lo contrario, en muchas ocasiones esos medios de comunicación son excusa para difamar el honor de otros, o para filtrar sus propias ideologías. Pero más allá de la crítica a las nuevas tecnologías, una de las secuelas del pecado original es el afán por fisgonear en todo. Se dice que aquel que está más informado tiene más posibilidades de ejercer el poder. Sin embargo, cuando no existe verdadera rectitud de intención, entonces, ese control sobre todo lo que se sabe, puede estar orientado, no precisamente para hacer el bien, sino ser aprovechado en beneficio propio sin obrar con justicia.

Atajar ese deseo de información por simple curioseo, por el afán de rumorear sobre otros, no significa vivir en la inopia, sino educar nuestras ambiciones de cara al bien común. La curiosidad, ese meternos en cosas que no nos incumben, se puede convertir en una excusa fácil para arremeter contra la fama y el honor de otros y, de esta manera, justificar nuestros defectos. Muchas cosas podía haber preguntado la Virgen ante la presencia de Gabriel, y quizás se encontraba en su perfecto derecho; pero, ante semejante misterio, lo más importante era descubrir que Dios esperaba de ella un consentimiento que trasformaría la historia de la humanidad. Eso sólo puede ser ponderado cuando somos almas de oración. Allí, en ese trato íntimo con Dios, Él siempre nos dará la «información» necesaria para nuestra santificación.

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De toda tristeza y desánimo por no ver realizados mis deseos, líbrame Jesús

La tristeza es la aliada del enemigo, y santa Teresa de Jesús decía: “Un santo triste, es un triste santo”. La tendencia al desánimo es síntoma de no tener en orden nuestras prioridades. Cuando sucumbimos a la desmoralización, por no haber logrado nuestros propósitos, entonces es hora de preguntarnos cuál es nuestra jerarquía de valores. Y una de las prioridades fundamentales es nuestro amor a la Cruz. No es suficiente, para un cristiano, acomodarse a los fracasos con resignación. Olvidamos que el signo que nos hace vivir nuestra vocación de hijos de Dios es la Cruz. Quizás, a los ojos del mundo, se trató de un fracaso clamoroso. Aquel que «presumía» de hacer la voluntad del Padre, ahora, en ese instante dramático, se encontraba crucificado junto a dos desalmados… ¿Ese era el Padre que le cuidaba y escuchaba, al que incluso se atrevía llamar “Abba!”, “papá”?

Dejarse llevar por la tristeza es sucumbir, no al fracaso de la Cruz, que siempre es victoria, sino a la tentación diabólica que nos susurra: “¿Cómo puedes consentir semejante desagravio?”, “Tú estás hecho para cosas más grandes”, “No permitas que te humillen de esa manera”… Toda una serie de «razones» que, al final, nos dejan anclados en un supuesto pasado que siempre fue mejor. Lo que nos debe animar no son los éxitos en el mundo, porque de ellos nunca dependerá nuestra esperanza cristiana, que tiene su meta en la vida eterna. Lo que nos ha de alegrar, es que hemos sido elegidos para amar la cruz, esa que nos toca «soportar» día tras día, es decir, la que abrazamos con cariño y pasión de enamorados. En el silencio alegre de ese abrazo, escondido a los ojos del mundo, es como se produce la redención y la salvación de muchas almas… Nunca lo olvides.

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