Espíritu Santo, que nos haces mansos con la mansedumbre de Cristo

Cuántos lamentos resuenan en el corazón de tantos hombres que sufren impotentes la barbarie de la injusticia. “¿Dónde está Dios?”, preguntan; “¿Dónde se esconde su justicia y bondad?”. La respuesta, que aún resulta escándalo para algunos, y necedad para otros, se encuentra junto al corazón llagado de Cristo. El Señor, desde la Cruz, abrazado a cada uno de esos hermanos suyos en el sufrimiento y en la muerte, los sigue atrayendo a los mismos clavos que lo cosen a Él. Ese rostro de Cristo, que muchos conocieron por tierras de Galilea, permaneció manso y humilde también en la Cruz. ¡Esa es la paradoja! El Cristo Inocente muestra la cara más oculta de Dios, ese rostro infinito de mansedumbre, en el que se adivina un corazón herido de amor hasta la muerte.

La mansedumbre modera nuestros arrebatos de ira y cólera. Nos ayuda a vencer el mal que se nos presenta, a alejar a los enemigos, no con combate y esfuerzo sino con la dulzura y la paciencia. Es la pacificación del orden creado con Dios, incapaz de utilizar la venganza como instrumento de la justicia. El manso vive en la docilidad obediente al plan de Dios, sin fiarse de la limitada lógica humana, sabedor de que el tiempo divino, el instante de lo eterno, introduce la verdad de Dios en los corazones de piedra. ¡Qué maravillosa la acción del Espíritu Santo! Aquellos que saborean su presencia no desprecian la Ley de Dios. Un solo destello de su gracia divina es capaz de transfigurar cualquier sufrimiento humano. ¿Probaremos, aunque sólo sea en un momento de nuestro atareado quehacer diario, el néctar de esa mansedumbre que mana del corazón abierto de Cristo, y que espera unos labios ardientes, sedientos, como pueden ser los tuyos o los míos? No quieras vencer el mal con más mal, sino con el silencio y la paz de la Cruz.

NOVEDAD EDITORIAL: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es


“No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)

Morir al pecado no es tarea fácil. Es algo que puede suponernos un esfuerzo y unas “ganas” por las cosas de Dios, de las que no tenemos tiempo ahora. ¡Sí!, así nos planteamos muchas veces todo lo que hace referencia al espíritu. Que bastante hay con salir al paso en nuestras actividades habituales, como para “perder tiempo” en las cosas de Dios… ya habrá lugar para ello.

Nos hemos hecho una idea equivocada de la santidad. La hemos relegado a aquellos personajes raros y extravagantes, que la Iglesia denomina santos, que se someten a todo tipo de privaciones y ejercicios ascéticos, y que no tienen nada que ver con la gente normal. Sin embargo, la santidad sólo está “hecha” para los normales, como tú y yo, que buscamos hacer la voluntad de Dios, pero que tropezamos, una y otra vez, con la limitación de nuestros pecados.

Morir al pecado es vivir con Cristo… aún más, que Cristo viva en mi, como dice el Apóstol. Y eso se realiza en personas normales, personas que aceptan su condición de finitud, pero que, en esa debilidad, confían, día tras día, en la fuerza de Dios, no en las suyas. Esa es la santidad: Cristo abraza mis pecados en la Cruz… tú y yo descansamos en la infinita misericordia de Dios, que nos redime, en cada instante, a pesar de nuestra falta de esfuerzo o nuestras pocas ganas por Él… ¡Sólo has de confiar!

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

La versión oficial de los hechos

Más de un soldado romano protestó cuando les llegó la orden del procurador, que mandaba pasar la noche de aquel sábado custodiando el sepulcro del hombre que acababan de crucificar. La orden podía responder al capricho de un jefecillo romano, temeroso de que los seguidores de aquel ajusticiado promovieran nuevas revueltas contra el invasor romano. Pero podía ser también que el procurador hubiera llegado a un acuerdo con los sumos sacerdotes, capaces de pagar mucho dinero si con ello podían evitar que los seguidores del llamado Cristo iniciaran nuevas revueltas contra el sanedrín y su enorme poder religioso. Todos tenían miedo a perder su poder y, sobre todo, a que aquel hombre resucitara de verdad, tal como había anunciado al pueblo más de una vez.

El evangelista Mateo, que conocía muy bien el mundo del poder político, lleno de sobornos y corrupciones, nos cuenta al detalle cómo el colegio del Sanedrín sobornó con una buena suma de dinero a aquellos guardias romanos para que no contaran la verdad. Los soldados presenciaron los primeros aquel terremoto y cómo el ángel del Señor hizo rodar la gran piedra que sellaba la entrada al sepulcro. Y, sin embargo, nunca dieron testimonio de la resurrección de Cristo. Tan grande era su miedo a las autoridades que aceptaron la suma de dinero para difundir como versión oficial que el cuerpo había sido robado antes que aceptar la verdad de los hechos.

Y, desde entonces, esa sigue siendo la gran tentación de muchos: vender la verdad y contentarse con una fe políticamente correcta, mediocre y cumplidora, del montón, atemperada con compensaciones de poder, revestida de una aparente moderación y prudencia, sólo por miedo al qué dirán, a quedar mal o a perder el propio poder. Cuántas veces en tu vida, a lo largo del día, ves la acción de Dios haciendo rodar la piedra de tantos sepulcros y, sin embargo, prefieres seguir viviendo en la tibieza y mediocridad de quien no quiere creer para no complicarse la vida.

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Espíritu Santo, por quien conocemos a Dios

Intus legere, leer dentro. La capacidad que tiene el hombre para conocer es lo que le permite adquirir inteligencia sobre las cosas, aunque ese conocimiento siempre será parcial, pues es un ser limitado. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a trascender esa materialidad, «leyendo» en nuestro interior, para captar realidades que nuestra naturaleza es incapaz de percibir por sí misma.

“Instrúyeme, ¡oh Yahvé!, en el camino de tus mandatos, para que del todo los cumpla. Dame entendimiento para que guarde tu Ley y la cumpla con todo el corazón” (Sal 119). Nada puede ser amado si antes no es conocido; por ello, el don de inteligencia aparece como el primero, en orden a capacitarnos para reconocer aquello que verdaderamente queremos, y así los demás dones vayan situándose en el juego de la gracia que nos proporciona el Espíritu Santo. El don de inteligencia nos posibilita descubrir y penetrar en lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo nuestro ser. Y sin despreciar lo que nos rodea, vamos de lo exterior a lo interior, y de lo visible a lo invisible. La fe queda iluminada por este don, para poder comprender con la luz del entendimiento divino, las verdades que se refieren a Dios.

Sólo el Espíritu Santo conoce la intimidad de Dios y sólo Él nos la puede dar a través de sus dones. Por eso, lo oculto que hay en Dios se manifiesta en el interior del alma, en esa búsqueda y conocimiento de la verdad asistida por la luz del Espíritu. El tiempo que hayamos perdido entretenidos en lo que se nos escapa, en lo que es fugaz y aparente, sólo es posible recuperarlo en el interior del alma, allí donde la luz del Espíritu Santo nos hace ver la claridad misma de Dios.

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Espíritu Santo, que nos inundas con el gozo de Dios

La gracia produce gozo; es la alegría y la paz del alma, en la que inhabitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es la morada desde donde la contemplación se torna continua visión de Dios, haciendo presa de la criatura. El gozo que produce ser de Dios es fruto del amor, es decir, del ánimo que inspira el Espíritu Santo, en aquel que tiene a Dios como norte de su existencia. Muchas composiciones poéticas nos hablan de los gozos de Nuestra Señora, dándonos a entender que no es incompatible el sufrimiento humano con el gozo de saberse querido por Dios.

Este fruto del Espíritu Santo es algo más que un mero afecto humano. Nace de la posesión de Dios, y consiste en el contento y serena alegría que da, precisamente, ese bien poseído.  Por tanto, no es propio de quien posee este gozo sobrenatural dejarse vencer por los condicionamientos del mundo; todo lo contrario, es el mundo el que quedará impregnado, cristificado, por la acción instrumental de la criatura, cuando vive en gracia y llena de Espíritu Santo. Quienes viven este gozo se ven animados, revitalizados, por la acción de una lumbre que arde sin destruir, de un fuego que arrastra a otras almas a vivir, en sereno sosiego, un deleite y bienaventuranza que no puede dar el mundo. Si el gozo nace de contemplar el bien de Dios, no cabe en el corazón del cristiano la melancolía o la tristeza, que ahogan todo entusiasmo en la entrega.

No puedes contagiar tu fe a otros, si la acompañas de agobio, de pena, pesadumbre, desánimo o desconsuelo. Nada de todo eso habla de Dios, sino de ti mismo, que giras como una peonza alrededor de tus estados de ánimo. El Espíritu Santo, que es el gozo del Padre y del Hijo, no abandona nunca al alma enamorada de Dios. ¿nos imaginamos un gozo mayor?

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¡Era la señal!

Sin mediar palabra alguna, sin perder un minuto, los discípulos de Emaús cogieron el trozo de pan partido y se volvieron corriendo a Jerusalén, al sitio donde sabían que estaban reunidos los Once y los demás compañeros. Nada impide pensar que, junto a ellos, estuvieran también María y las demás mujeres que habían seguido al Señor hasta la cruz. Al entrar los dos discípulos, mostrarían a todos ese trozo de pan partido y bendecido que Cristo había dejado sobre la mesa, en su casa de Emaús. ¡Era la señal! ¡En ese pan ellos dos habían reconocido al Señor! Como pudieron, explicaron a todos lo sucedido, con tono apresurado y aún sobrecogido de emoción, confesando que ese pan partido era el signo de la presencia de Cristo, la prueba de que Cristo estaba vivo.

El evangelio de Marcos (16,13) nos confirma que, a pesar de que los dos de Emaús fueron a anunciarles a todos que habían visto y reconocido al Señor, ellos no les creyeron. Podemos suponer que María sí creyó. Ella podía reconocer fácilmente aquel signo del pan partido que veía en las manos de aquellos discípulos. ¡Tantas veces había visto a su Hijo en casa partir el pan y pronunciar la bendición que asociaba naturalmente ese gesto a la presencia del Señor! ¡Y cuántas veces también había partido ella misma el pan sobre la mesa de casa para dárselo, así partido, a su Hijo! Ese gesto, tan cotidiano, fue educando el corazón eucarístico de la Madre al calor de la presencia del Hijo.

Cuántas veces, en aquel pan partido sobre la mesa que Cristo daría a su madre, viviría ya anticipadamente en el corazón, con el deseo y el amor, el pan de la última cena en el que Él mismo se daría a la Iglesia. En la vida diaria, el pan partido sobre la mesa alimentaba continuamente el amor de María hacia la presencia real, tan dulce, de su Hijo. En alguna de aquellas comidas quizá le explicara su Hijo que, un día, aquel pan habría de ser Él mismo.

Ahora, viendo aquel pan partido en las manos de los discípulos de Emaús, María creería en la dulce presencia de Aquél que se hizo desconocido caminante hasta la aldea de Emaús y sólo se dejó reconocer al bendecir y partir el pan. Y, es que toda la grandeza de Dios se nos hace presente ahí, en la ínfima normalidad de lo cotidiano.

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El pan de Emaús

En el relato de Emaús sorprende la cercanía de Cristo. Su humanidad, aunque gloriosa, no ha dejado de ser humana. Mientras aquellos dos discípulos huían de Jerusalén temerosos, desconfiados y desilusionados por el aparente fracaso de la cruz, Jesús se les hace el encontradizo. Y mientras les iba explicando todo lo que en las Escrituras se refería a Él, fue abriéndoles el corazón para que, desde el amor, pudieran entender la palabra suprema que iba a ser el gesto sencillo de partir el pan. Sólo en ese momento le reconocieron, pero Cristo desapareció, dejando tras de sí la huella de su presencia: el fuego de amor en el corazón y el pan partido sobre la mesa.

Qué bello suspender el relato en este momento en que cesa la presencia física y gloriosa de Cristo y queda sólo ante los ojos del corazón asombrado aquel pan partido sobre la mesa. Era el signo de una certeza: que Cristo había caminado con ellos, que les había explicado las Escrituras, que habían oído en las palabras de la bendición del pan aquella voz del Maestro que les resultaba tan familiar, e incluso que lo habían reconocido allí, junto a ellos, tan real y cercano como siempre lo habían sentido antes de morir en la cruz. Cuánto tiempo estarían los discípulos contemplando el pan partido en la mesa y adorando, desde el amor encendido, esa dulce presencia, tan humana, del Cristo caminante, que acababan de gustar.

Ante el pan partido, brotaría espontánea una silenciosa confesión de fe y de amor: “¡Es el Señor!”, la misma que brotó del corazón sorprendido de Juan en la orilla del lago de Tiberíades. La misma que debe brotar en ti y en mí cada vez que te acerques a comer de ese Cristo partido que, cada día, se te hace pan sobre la mesa del altar.

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“Se han llevado a mi Señor” (Jn 20,13)

Nada impide leer en clave eucarística la experiencia de María Magdalena a la puerta del sepulcro, en la mañana de resurrección. Tanto los ángeles como el propio Jesús, a su vista, exclaman: “¡Mujer!…”. Una exclamación que recuerda aquel primer asombro de Adán cuando, a la vista de la mujer Eva, exclamó: “¡Carne de mi carne, hueso de mis huesos!”. Pero, María ni siquiera se percató de aquel saludo. Estaba cegada por el emotivismo propio de un amor que era todavía demasiado humano para poder entender y contemplar con serenidad la ausencia del Maestro. Su deseo de Cristo era tan grande, tan humano, tan apasionado, que le impedía verle allí mismo, ante sus ojos.

Impresiona contemplar a esta gran mujer, profundamente eucarística, estremecida toda ella por el profundo deseo de abrazar y tener entre sus brazos el cuerpo muerto de Cristo. Buscaba algo que el amor había hecho íntimamente suyo mientras aquella ausencia se hundía dolorosamente en el alma. Una situación interior que puede comprenderse en profundidad sólo desde la rica filigrana de sensibilidad, afectividad y capacidad de acogida con que Dios adornó el corazón de la mujer. Pero, María Magdalena se aferraba tanto a la presencia –o más bien ausencia– del cuerpo que no vio allí a los ángeles ni percibió la presencia divina del Señor resucitado. ¡Cuánto tiempo hubiera estado esta mujer allí, llorando junto al sepulcro, si Cristo no se hubiera hecho presente! Y, sin embargo, en aquella mujer ve Cristo la respuesta de un amor tan entregado que el Señor se le hace presente para colmar aquel profundo deseo con la dulzura de su presencia. Y la acoge así como es, con esa feminidad desbordada por el corazón y el afecto, que convertía el deseo de Cristo en la entrega del permanecer allí, esperando, junto al sepulcro. Y, al final, el Resucitado se deja abrazar, haciéndose así su amor divino tan humano como el de María, amoldándose a su modo de ser y de amar. Y en ese amor, María queda confirmada en la fe y en la misión: “Anda, ve a mis hermanos y díles…”. 

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“Antes que el gallo cante” (Mt 26,34). Martes de la Semana Santa

Poco le duraron a Pedro los entusiasmos, propósitos y decisiones que había ido fraguando en su corazón fogoso durante aquella última Pascua que el Maestro acababa de celebrar. Toda la cena pascual fue tan desconcertante, tan sobrecogedora y nueva, en un clima de tanta intimidad con el Maestro, que los once apóstoles hicieron eco a Pedro confesándole ardientemente a su Señor que jamás le negarían y que estaban dispuestos a morir aquella noche con Él. Aquella última cena terminó bien entrada la noche y, a las pocas horas, en cuanto asomaron por el horizonte los primeros atisbos de juicio, flagelación y crucifixión, el miedo paralizó aquellos corazones débiles y asustadizos. Pedro negó al Maestro antes de que los gallos llegasen a cantar anunciando el alba y saboreó, entonces, la vergüenza y el dolor de haberse confiado en la fuerza autosuficiente de su propia soberbia.

Hay mucho de este Pedro en nosotros cuando nos entusiasmamos con el bien de las almas, el seguimiento de Cristo, la entrega apostólica o el atractivo por la oración pero, pasados los primeros fervorines, comenzamos a perder el gusto, la ilusión y el entusiasmo por las cosas de Dios. Y, sin embargo, en esa negación dolorosa y arrepentida de Pedro, el apóstol ofreció a su Maestro un amor mucho más grande, más realista, más maduro, más precioso, que aquel que, horas antes, había demostrado en el Cenáculo.

El Señor no cambia. Somos nosotros los que cambiamos al vaivén de nuestros estados de ánimo, problemas, dificultades, sentimentalismos o conveniencias. Tu amor a Dios ha de pasar del sentimiento a las obras y de las ideas a la vida, si no quieres estancarte en un amor infantil e inmaduro que no es capaz de llegar a la Cruz.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es