Orar por la Iglesia

En el seno virginal y materno de María se gestó, desde los inicios de la encarnación, todo el misterio de la Iglesia. Nadie como Ella supo prodigar al Cuerpo místico de Cristo, nacido del costado abierto en la Cruz y del don del Espíritu Santo en Pentecostés, el mismo cuidado materno con que rodeó y amamantó aquella carne virginal de Cristo nacida de sus entrañas. Por su maternidad espiritual y universal, Ella acompaña hoy y siempre a la Iglesia como Madre suplicante y eficaz intercesora ante el trono de Dios. Su incesante oración por la Iglesia se une perfectamente a la oración de Cristo en favor de su Esposa, la Iglesia. Ella es ahora la Madre que lleva en su seno a este nuevo Cristo que es la Iglesia en cada uno de sus miembros, en ti y en mi.

No te canses de orar y pedir por la Iglesia, especialmente por sus miembros más necesitados. Ella necesita de tu oración como el árbol necesita de la savia para florecer y verdear. En cada uno de sus escándalos, pecados, limitaciones humanas, partidismos, críticas, desobediencias y divisiones, besa las llagas doloridas de esta Madre, que gime con dolores de parto por la santidad de cada uno de sus hijos. Ora en especial por tu iglesia diocesana, la que te ha visto nacer y crecer, y en la que cada día debes hundir esa semilla de tu vida, llamada a dar tanto fruto. Esa es la Iglesia que hay que amar: la que te ha tocado vivir. Y esa es la Iglesia que desposó para siempre aquel Crucificado, tan enamorado de nuestra debilidad y pecado.

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Servir a todos

Servir exige la necesaria humildad de ponerse por debajo de otros. Has de servir como Cristo sirvió. Contémplale lavando los pies al que había de negarle, al que recostó la cabeza sobre su pecho, al que eligió para ser roca de la Iglesia, a los que se disputaron el primer puesto, al que le vendió por treinta monedas. Contémplale curando a los más necesitados, consolando a la madre viuda, devolviendo la vista a los ciegos, saciando el hambre de multitudes, predicando a todos el Reino. Pero, ninguno de estos servicios iguala en algo al mayor y supremo servicio de la Cruz. No te importe dedicarte a tareas aparentemente inútiles o a ocupaciones que no te dan relumbrón ante los demás. No te importe hacer tú aquello que nadie quiere hacer. ¿Que terminan todos aprovechándose –incluso abusando– de tu disponibilidad? ¿Que van buscándote por interés o conveniencia y hasta se sirven de ti y luego te olvidan? Muchos de aquellos leprosos, ciegos o enfermos, que pidieron al Señor una curación, también se acercaron al Maestro por interés y luego se olvidaron de Él; algunos, incluso, estuvieron mezclados entre aquella turba que gritó crucifixión para el Señor el día de Viernes Santo.

Si tu mayor o menor disponibilidad está, como una veleta, a merced de antipatías y simpatías, de políticas humanas, de la buena o mala opinión que tengan de ti, del beneficio que puedas obtener, entonces tu actitud de servicio no irá nunca más allá de los límites de una miope filantropía que se va haciendo cada vez más egoísta. La verdadera caridad no se cansa de amar, en Dios y desde Dios. Y no teme servir hasta la humillación de la Cruz, si con eso imita en algo el amor de aquel Dios inclinado a lavar los pies de sus criaturas. 

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Has de ser una pequeña Betania

Arranca de una tradición antigua la fiesta dedicada a honrar la basílica de san Juan de Letrán, llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”. El templo, construido por Constantino, tiene el valor de expresar el amor y la unidad que toda la Iglesia ha de tener con la cátedra de Pedro. Ignacio de Antioquía decía de la iglesia de Roma que “preside a todos los congregados en la caridad”. Honrar a esta Basílica madre nos tiene que llevar a honrar, sobre todo, a nuestra Iglesia Madre. Ahí está el verdadero templo en que habita Dios, y tú debes ayudar a su construcción siendo piedra viva, no muerta, por la comunión de la fe y por tus obras. Pero, mira: contemplando este bellísimo y materno Templo que es la Iglesia, se te va rápido el pensamiento a la Virgen Madre. Su seno fue la verdadera y definitiva tienda del encuentro, el verdadero Templo y Santuario de los divinos misterios. Madre, casa, hogar de Dios, en la que el Verbo puso su morada.

Has de venerar con delicado y amoroso cariño de hijo esas entrañas tan bellas y tan puras que te enseñan a ser tú templo y hogar de Dios. Has de ser tú esa pequeña Betania en la que el Señor entre a menudo a descansar con el amigo. Has de hacer de tu alma un pequeño Nazaret, que cobije y dé posada a tanta presencia de Dios que recibiste en la gracia de tu bautismo. Pídele hoy a la Virgen Madre por la Asociación Mater Dei, en el primer aniversario de su aprobación, para que su maternidad virginal y divina sea, de verdad, nuestro ideal de vida.

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“Siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza” (1 P 3,15)

Tienes que cultivar tu fe, si no quieres que la semilla de tu vida cristiana quede infecunda entre las piedras de tu ignorancia. La falta de formación hace que muchos cristianos, carentes de criterio y faltos de solidez doctrinal, floten como corchos a merced de las opiniones, modas, bulos, sentimentalismos, tendencias devocionales, dimes y diretes que van y vienen por el ambiente o los medios de comunicación.

Es importante la formación para saber dar razón de tu fe a otros y para crecer en tu propia vida interior, que se verá más cimentada y enriquecida a medida que vaya ahondando más en los sustratos de esa rica tierra doctrinal en la que debe estar enraizada. Has de conocer a fondo la Palabra de Dios, seguir de cerca el magisterio y la palabra del Papa, estar al día de la enseñanza de tu obispo, ahondar en el conocimiento sistemático y científico de las verdades de tu fe, tener criterio cristiano sobre temas de actualidad. Has de ahondar en el conocimiento de tu fe, si no quieres fluctuar entre los extremos de las ideologías que te manipulan con verdades a medias, o contadas por segundos o terceros.

¿Ves con qué dedicación y paciencia enseñaba el Maestro a las gentes? ¿Te has preguntado por qué ese atractivo irresistible que despertaba su enseñanza entre los más sencillos de aquellas tierras? No era sólo su doctrina, era sobre todo su vida lo que más daba razón de El. Ahí tienes el trípode en el que debes sustentarte: el testimonio de tu vida, la formación doctrinal sólida y una intensa y profunda vida interior.

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Necesitas la Eucaristía

El profeta Elías, cansado de las persecuciones de la reina Jezabel y de huir por los duros caminos del desierto, cayó al pie de una retama, derrotado y vencido por el cansancio y el desánimo. Ni siquiera el pan cocido y el jarro de agua que tomó le devolvieron las fuerzas necesarias para continuar entregado con fidelidad a su oficio de profeta. Sólo aquel otro misterioso alimento que le entregó el ángel dio a Elías la fuerza necesaria para seguir recorriendo un camino que era superior a sus fuerzas (cf. 1 R 19,4-8).

Nada sustituye a la Eucaristía. La necesitas a diario, si quieres seguir recorriendo sin desánimo y sostenido por la fuerza de Dios el empinado camino de tu santidad. Te podrá el cansancio y el desánimo si te empeñas en recorrer el camino con tus solas fuerzas, a base de puños y de voluntad. Haz de la Eucaristía el centro de tu vida espiritual, de tu jornada, de tu trabajo, de tu día a día. No dejes que la rutina, el cansancio, la desgana, la comodidad, tus muchas tareas, te impidan alimentar el alma con aquello que más te hace falta. En ese pan de ángeles se te entrega todo Dios. Que no se te pase un solo día sin que ese Dios eucarístico entre en tu alma y te enamore, te posea, te transfigure y te una a Él.

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La persecución de los buenos

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, sin que quizá ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarte a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que te persiguen, con la palabra, la murmuración, la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse en ti, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo.

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Alegrarse del bien ajeno

El bien nace de Dios y lleva a Dios. Deberíamos alegrarnos de todo bien: del bien que Dios hace a otros a través nuestro, del bien que nos llega a través de los demás, del bien con que Dios mismo nos rodea constantemente. Alégrate cuando veas realizado en otros algún bien humano que hubieras querido para ti, o cuando te veas privado de ese bien –quizá demasiado humano– que, en justicia, dices merecer.

Cuando otros se acostumbren a tus servicios y dejen de agradecértelos, o incluso te los interpreten mal, cuando refieran a otros eso bueno que se te ocurrió a ti y que ellos hicieron gracias a ti, cuando otros se apropien de tus buenas obras y a ti te olviden, cuando todos reconozcan públicamente el trabajo de otros y a ti te toque permanecer en segundo plano y sin relumbrón, entonces, alégrate aún más, porque sólo “tu Padre que ve en lo escondido te lo premiará” (cf. Mt 6,1). Hay un sello de autenticidad en las obras de Dios y es el escondimiento, el desaparecer. La perla expuesta a la admiración de todos ya ha recibido su propia recompensa. Despréndete incluso de los frutos buenos que puedan pasar por tus manos y procura que toda tu gloria se la lleve sólo Dios.

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Valorar la confesión

Qué sacramento tan desconocido, porque desconocido es el perdón y la misericordia de Dios. ¿Por qué no aprovechamos más este arrollador canal de gracia? ¿Sólo porque nos cuesta examinar la conciencia y acusarnos de nuestros pecados? Además de ayudarnos en la práctica de la humildad, conocer nuestros pecados y hacer firme propósito de no volver a consentir una mínima caída en ellos nos hace dar pasos de gigante en nuestro camino de santidad. ¿Te cuesta, quizá, acusarte de tus pecados ante un sacerdote? Aviva tu fe en la acción de Dios a través de sus medios humanos y, sobre todo, a través del poder de la Iglesia. ¿Crees que hay algún otro poder que, siendo meramente humano, sea capaz de proporcionarte, con real eficacia, siquiera una brizna de consuelo y de perdón, o de embellecer tu alma como lo hace la gracia en la confesión?

No esperes a tener pecados mortales para acercarte al corazón misericordioso de Cristo. Tampoco vayas retrasando tu confesión porque sólo tienes faltas y pecados leves. Acércate con frecuencia a recibir, además del perdón, la gracia de este sacramento sin la que no podemos caminar en nuestra vida espiritual. Porque, en el sacramento de la reconciliación es más lo que se te da –la gracia–, que lo que se te perdona –tus pecados–. Valora la práctica de la confesión frecuente no sólo porque tu alma necesita ser perdonada sino, sobre todo, porque necesita ser fortalecida y alimentada. Acércate a Cristo, como aquella mujer que buscaba tocar siquiera la orla de su manto para ser curada de su larga y humillante enfermedad, y te encontrarás, como ella, con esos piadosos ojos de Cristo que miran enternecidos la belleza de tu alma en gracia.

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Saber escuchar

Cuántas veces sólo necesitamos eso: que nos escuchen. Escuchar es acoger al otro dentro de ti como si fuera algo íntimamente tuyo, es dejar que el otro descanse en tu alma, como el Señor dejó que aquel discípulo amado descansara en su corazón. Es una forma sencilla y muy asequible de vivir la maternidad espiritual. Aprender a escuchar es también aprender a vivir el silencio, dominando la palabra superficial e inútil. Escuchar sin prisas, con interés, sin mostrar disgusto o contrariedad porque los demás te roban tu tiempo o te cambian tus planes, poniendo lo que recibes en la presencia de Dios, orando internamente por la persona que así se te entrega.

En cada alma que te habla deberían resonar aquellas palabras del Padre en la transfiguración: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle” (cf. Mt 17,5). Escucha y acoge a Cristo en las almas. Con la misma paciencia, delicadeza, disponibilidad, con la que El te escucha y te acoge a ti. El trato con Dios en tu oración personal ha de ser tu mejor escuela y entrenamiento para saber escuchar a las almas. Piensa cómo escucharía María cada una de las palabras de su Hijo, cómo escucharía el Hijo cada una de las palabras de José, de sus discípulos, de los enfermos que se le acercaban. Pero, sobre todo, piensa cómo escucharía Nuestro Señor cada una de las palabras del Padre. Así también eres tú escuchado, siempre, en lo más íntimo del corazón de Cristo.

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La hermana muerte

Vista desde nuestros cortos esquemas y criterios, la muerte es el mayor y más absurdo fracaso del hombre. Vista desde la fuerza de la Cruz, es la mayor victoria de Dios y nuestro mayor triunfo. Quizá aprendemos demasiado tarde a vivir de la mejor manera que se puede vivir, que es cara a Dios. Nuestro Señor, en Getsemaní, sufrió en su humanidad la agonía indescriptible de ver cercana su muerte y sólo el amor oscuro al Padre y a tu salvación pudo sostenerle en la Cruz. No te extrañes, pues, de que te cueste mirar cara a cara a tu hermana muerte.

Pídele con fuerza a tu Madre eso que tantas veces le has dicho en tus oraciones: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Encomiéndale a san José los últimos trabajos del alma y del cuerpo en esta vida, a él que tuvo la dicha de morir acompañado de María y de Jesús. Y no dejes pasar uno solo de tus días sin ofrecer tu oración por nuestros hermanos difuntos, que tanto necesitan de la oración de toda la Iglesia. Contempla en ellos cómo, tarde o temprano, llega el fin de todas las cosas. ¿Qué te llevarás, entonces, de esta vida, si sólo tú y tu amor podrás mostrar a Dios en tus manos vacías?

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