Vencer a Goliat

El joven David derrotó al gigante Goliat con una piedra y una honda; pero, su verdadera arma fue la astucia y la maña. No pretendió convetirse él en gigante, para luchar de igual a igual, sino que fue precisamente su pequeñez la que tumbó y derrotó aquella fuerza tremenda de Goliat.

Cuántas veces nos encontramos ante situaciones de injusticia, de pecado, de mal, de inmoralidad, que nos sobrepasan; cuántas veces nos parece insuperable esa manía o defecto de carácter que parece que nunca lograremos dominar; cuántas necesidades, cuántas urgencias, cuántas miserias humanas nos abruman y acongojan interiormente, sobre todo cuando está en juego la bondad e inocencia de quienes sufren injustamente. En las cosas de Dios, a veces pretendemos hacernos tan gigantes y poderosos como el Goliat al que tenemos que derrotar. Y, en lugar de apoyarnos en la propia pequeñez, nos desanimamos porque quisiéramos tener la fuerza de un gigante. Despreciamos las armas de Dios, porque humanamente parecen desproporcionadas e inútiles y calibramos su eficacia según nuestros esquemas demasiado humano. Nos asusta vernos ante ese Goliat al que, a veces, tenemos que derrotar con nuestras manos vacías.

Has de vencer el mal, el pecado, el error, con esa piedra y esa honda que tienes en tu mano, sin desaprovechar ocasión, sin escatimar esfuerzos o palabras, sin huir por la senda de la omisión y la defección. Pero, es tal la desproporción entre tu piedra y tu Goliat, que no lograrás vencer al gigante si no es con la fuerza y la astucia de la oración. No pretendas vencerle con las armas de los puños y del voluntarismo, queriendo ser gigante, demostrándote a ti mismo que eres capaz de todo, porque saldrás siempre derrotado y masticarás, una y otra vez, el polvo de tus fracasos y debilidades. Háblale al Señor de ese Goliat que quieres vencer, de ese gigante que te agobia, te aplasta y te sobrepasa. Pon en las manos de Dios tu piedra y tu honda, las armas de tu propia impotencia y hasta de tus manos vacías, y deja que Él luche y derrote a Goliat en tu propia pequeñez. Esa oración, silenciosa y escondida, aparentemente tan inútil, multiplica al infinito la eficacia de tu pequeña honda y la débil fuerza de tu piedra.

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La señal de la Cruz

La señal de la cruz debería ser un signo habitual en la vida de todo cristiano. Hacer la señal de la cruz al iniciar y acabar el día, al empezar nuestra oración diaria, cuando nos disponemos a trabajar o estudiar, al salir de casa, al bendecir la mesa o al terminar de comer, ayuda a ir poniendo a Dios en los momentos y circunstancias más destacadas de nuestra jornada. En cada señal de la Cruz adora agradecido las manos traspasadas de Cristo, sus pies heridos, su cabeza cubierta de espinas, su costado abierto, su Corazón traspasado. Besa con el alma cada uno de esos sufrimientos del cuerpo y del alma de Cristo, pidiendo que esa salvación de la Cruz sea realmente eficaz en tu vida y en la de tus hermanos, los hombres. Marca con ese gesto de la cruz tu vida y tu persona, para que el misterio de Cristo crucificado vaya empapando cada uno de tus sentimientos y actitudes.

Si nos doliera el pecado de los hombres y la mediocridad que adormece a tantos cristianos, no nos importaría el rastro de todas esas heridas y sinsabores, que va dejando en el alma nuestra entrega apostólica. Cuánto sufrimiento se pierde en vano, sin llegar a tener alcance oblativo y redentor, porque lo vaciamos de Dios y no lo asociamos a la Cruz de Cristo. Pero, nos repele la Cruz y huimos de ella, porque nos asusta e incomoda esa parte de nuestra fe cristiana que nos habla de una salvación a base de Calvario y Getsemaní. Diluimos el Evangelio en el agua de nuestras comodidades y tibiezas, reduciendo nuestra fe cristiana a una mera ideología del bienestar espiritual. Acostúmbrate a hacer a menudo la señal de la Cruz, para que no olvides nunca que fuiste y eres salvado en Cristo. Abrázate a ella, como se abrazó la Virgen Madre a ese bendito madero, mientras descolgaban de él a su Hijo ya muerto. Que ese signo de la Cruz sea, de verdad, el distintivo de tu vida.

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Seis tinajas de piedra

En aquella boda judía, que se celebraba en Caná de Galilea, se preparó, según la costumbre, gran cantidad de agua, para que los judíos pudieran cumplir con el ritual de sus purificaciones. Eran muchos los invitados que tenían que lavarse antes de comer, muchas las bandejas, jarros y copas que había que purificar. Aquellas enormes tinajas de piedra, llenas de agua, debieron resultar insuficientes para tantos comensales, que no podían participar en el banquete si no cumplían con los lavatorios rituales. Preocupados, quizá, de sus purificaciones, no se dieron cuenta de que Jesús, el verdadero Esposo, estaba entre ellos y se sentaba también en la misma mesa del banquete. Sin embargo, el Esposo no estaba en el agua de aquellas tinajas de Caná, que contenían el agua incolora de una religiosidad deteriorada por el legalismo y las apariencias.

Nuestra relación con Dios puede ser también una enorme tinaja llena de agua. Somos, quizá, de esos comensales que cumplen a la perfección con las normas religiosas, y hasta entran en el banquete, pero no conocen ni tratan al Esposo. Complicamos nuestra vida espiritual con multitud de obligaciones, rituales y cumplimientos que, en realidad, son para el alma tan insípidos e incoloros como el agua. Nos quedamos, quizá, con lo secundario y accesorio, con las formas, pero no llegamos a entrar en el banquete, ni nos sentamos a comer y gustar del Esposo. ¿De qué te sirve cumplir con tus deberes religiosos, ser fiel a ese patrón de cristianismo que tú mismo te has cortado a tu medida, si tu alma está, como aquellas tinajas de Caná, llena de un agua inservible? ¿No será que tu relación con Dios, tus prácticas sacramentales, tus oraciones, el cumplimiento de tus propósitos y deberes, escurren por tu alma como el agua por el cristal, sin llegar a empaparla de vida divina? Dios puede convertir en vino bueno esa vida cristiana lánguida y superficial, que cree gustar en el agua todo el sabor de su Dios. Tu alma puede llenarse de un vino nupcial nuevo, en el que gustes la intimidad sabrosa del Esposo, si dejas que la gracia vaya transformando el agua de tus mediocres tinajas.

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Cultivar el detalle

Las cosas pequeñas pueden encerrar significados grandes, incluso infinitos. El bien nunca es pequeño, aunque lo hagamos revestido de circunstancias y gestos humanamente insignificantes. Y es ahí, en esos detalles, aparentemente intrascendentes, donde se nos presentan a diario tantas ocasiones de hacer el bien a los demás. Una sonrisa a tiempo, una palabra oportuna, un favor desinteresado, un gesto de acogida, un buen consejo, una llamada de teléfono. Cualquier detalle de trato o de convivencia es bueno para humanizar las relaciones y crear comunión con los demás. No te conformes con aprovechar las ocasiones extraordinarias y puntuales de hacer el bien. Tu santidad se labra con el cincel de cada día, y ha de ir cuajada de esos pequeños detalles, que hacen extraordinariamente divina la monotonía casi rutinaria de nuestra vida. No olvides que el lenguaje de Dios siempre es el de la pequeñez y sencillez, porque es el que todos entienden.

Has de cultivar esos pequeños detalles, con Dios y con los demás, en lo pequeño y ordinario de tu vida. Dicen mucho de tu delicadeza y finura de alma. Pero, han de nacer de esa magnanimidad de corazón, en la que no caben distinciones de trato, antipatías o simpatías. La entrega de Cristo en la Cruz estuvo preparada y anticipada por muchas de esas pequeñas entregas, que sazonaron el día a día del Señor. Cuántos detalles de renuncia, de generosidad, de trabajo, de servicio, de alegría, de cariño, llenaron aquellos largos años del Señor, en la vida familiar de Nazaret. Cuántos detalles de paciencia, de espera, de perdón, recibieron aquellos apóstoles, que conocieron tan de cerca el día a día apostólico de su Maestro. Cuántos detalles de Dios en el día a día de tu vida que pasan, quizá, inadvertidos a nuestra mirada superficial y atolondrada. En todas esas pequeñas ocasiones de entrega, en cada uno de los recovecos de tu vida, te espera siempre el Dios fiel.

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El amor necesita orar

No creas que la oración consiste sólo en repetir avemarías o en recitar padrenuestros. La oración es una necesidad del amor pues, cuando comienzas a gustar la intimidad de Dios, buscas estar con Él y deseas amarle. Poco sabe de verdadero amor quien no sabe de oración. Y poco conoce a Dios quien no le trata a solas, en la intimidad del silencio interior. Porque, si no tratas a diario con Dios, terminas haciendo de Él una idea, cada vez más lejana y ajena a tu vida.

Entre los quehaceres diarios, has de reservar un tiempo para estar a solas con Dios y orar con Él. Es bueno fijar, para cada día de la semana, la hora y el lugar de tu oración. Y has de ser fiel a esa cita diaria, aunque no tengas ganas y no te apetezca, aunque tengas otras muchas cosas urgentes que hacer, aunque estés cansado, aunque te aburras y te distraigas. De ese poco de agua que bebas cada día en la fuente de tu oración depende la fecundidad o esterilidad de esa tierra de tu alma, que cada día siembras de tanto activismo y dispersión. Pero, que tu oración no sea un cumplimiento voluntarista o interesado, una ocasión para alimentar tu vanidad y soberbia espiritual. Una oración que nos hace creer que ya somos buenos, porque rezamos, que no nos mueve a cambiar de vida, o que no fructifica en obras concretas de santidad y de mucha renuncia a uno mismo, termina siendo un engaño espiritual y una puerta al más sutil puritanismo. El amor necesita orar. No una vez; tampoco de vez en cuando. El amor necesita orar siempre, en todo, porque no puede dejar de amar siempre y en todo.

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Dios se hace solitario

Hay muchos sagrarios recónditos y solitarios en los que la oración de Cristo al Padre se alza entretejida de silencios y soledades. En la oración de Cristo está siempre la oración de la Iglesia, pero tantas veces esa súplica al unísono resuena sólo en el silencio perdido de algún tabernáculo ignorado de los hombres. Cuántas veces, mientras vuelves del trabajo, mientras esperas el autobús, cuando vas a hacer la compra, pasas por delante de la puerta de alguna Iglesia, o junto a un sagrario, sin que se te ocurra siquiera hacer una breve visita al Señor. ¿No quedas con tus amigos, tus compañeros, tus familiares, cuando tienes que contarles algo, o simplemente para pasar un rato agradable en su compañía? ¿Cómo, entonces, no buscamos a diario esos pocos momentos y ese sagrario más cercano para acompañar, con una breve visita, la soledad eucarística de Cristo?

Son muchos los rincones, quizá para ti desconocidos, en los que ora y se ofrece al Padre ese Corazón divino tan enamorado de la soledad y del ocultamiento. Has de aprender a acompañar esa soledad de Cristo, si quieres saber acompañar la soledad de tantos hombres que viven en la negación de Dios o en el desánimo ante la vida. No acabes tus jornadas sin hacer una pequeña visita al Santísimo, acompañando por unos minutos ese corazón eucarístico de Cristo, que siempre te espera. Esa pequeña visita no acompaña la soledad de Dios, sino la tuya, pues no hay soledad y abandono más mísero y doloroso para el hombre que vivir esta vida sin Dios. En Dios no hay soledad; Él nunca está solo, porque es misterio de comunión. Pero, se hace por ti un Dios solitario, para ser huésped y compañía de nuestras soledades.

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Nuestros vasos de agua fresca

Nos aseguró el Señor en el Evangelio que no quedaría sin recompensa ni uno solo de los vasos de agua fresca que diéramos, en su Nombre, al sediento (cf. Mt 10,42). En realidad, Cristo mismo se nos da como recompensa cada vez que damos algo en su Nombre y, ante semejante paga, no importa tanto lo que das sino cómo lo das y en nombre de quién lo das. Dar en nombre de Cristo no es lo mismo que dar por propia satisfacción, por compromiso, por obligación, o por simple altruismo. Piensa que, en las generosidades de muchos cristianos, no siempre está presente Cristo, porque damos cosas, tiempo, dinero, cualidades, habilidades, pero, en todo eso, no damos a Dios. Tu caridad tiene que tener la forma de Cristo, si no quieres que se reduzca a una mera acción social o humanitaria, en la que el nombre de Dios no llega a resonar en el corazón de esos sedientos que has saciado. Sirve para muy poco un vaso de agua fresca que calma la sed, si no completas tu don con el agua viva de Cristo, capaz de saciar en plenitud el corazón necesitado y sediento de aquellos a los que socorres.

Examina con detalle tu generosidad y detecta cuáles son las carencias de tu caridad. Mira si te contentas con dar alguna que otra vez, si das sólo cuando no te supone esfuerzo, si das sólo obligado por el compromiso o por el qué dirán, si das sólo aquello que te sobra. Tus vasos de agua fresca no pueden limitarse a actos puntuales y simbólicos, con los que pretendes tranquilizar tu conciencia y justificar tu cristianismo de mínimos. Mira, sobre todo, si das a Cristo a los demás, si te das como se dio Cristo, que llegó al extremo del amor sólo por calmar la sed profunda que causa el pecado en el alma de tantos hombres. Has de ser generoso, sí, pero tu generosidad será más preciosa cuánto más vaya cargada de Dios. Que nadie beba tus vasos de agua fresca sin paladear en ellos ese gusto de cielo y de amor de Dios que sacia realmente la sed más profunda del alma.

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¿Cuánto tiempo dedico a Dios?

Sería bueno acabar cada jornada preguntándonos, en nuestro examen del día, cuánto tiempo hemos dedicado a Dios. Compara cuánto tiempo dedicas cada día al trabajo, al descanso, a los amigos, a la familia, a tus asuntos, y cuánto tiempo dedicas, también cada día, a Dios, al apostolado, a los demás. Solemos dar la prioridad a las cosas urgentes, que pocas veces son las cosas de Dios, porque vivimos en un permanente estado de egocentrismo. Nos esforzamos, a veces, por hacer un hueco a nuestra oración diaria, o a la Eucaristía, pero tan apretado y ajustado que más parece que lo hacemos por obligación que por amor. Y, por la noche, estamos tan cansados y es tan tarde, que ni siquiera nos acordamos de ofrecer al Señor ni los últimos momentos del día ni el descanso de la noche. Cuántas jornadas dejamos pasar, llenas de cosas y actividades en las que no ha estado Dios presente. Las adornamos, sí, con unas cuantas oraciones rezadas quizá rutinariamente, pero se acaban, una y otra vez, vacías de lo más esencial: Dios. Y, sin darnos cuenta, se va ensanchando la distancia entre nuestra vida y nuestra fe, entre nuestro día a día, embarrado en el tráfago del activismo, y ese Dios que no se cansa de esperarte a la puerta de cada jornada.

Dios no se merece sólo unos minutos. A Él hay que dárselo todo. Todo el día debería ser para Él, porque “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Un corazón cumplidor y medidor se contenta con medir el amor por minutos. El corazón de Dios, en cambio, no mide, se entrega. Has de ir educando el sentido sobrenatural de las cosas y personas, para ir sazonando con el sabor de lo divino ese día a día sin Dios, en el que vives enredado y desperdigado. Tu fe se vuelve insípida y estéril, si no empapas con ella cada instante de tus jornadas, y tus jornadas serán semillas vanas, si no están fuertemente arraigadas en la tierra del amor y de la presencia de Dios. El tiempo no es tuyo, es de Dios; no lo malgastes en infidelidades y mediocridades, pues es un talento precioso llamado a fructificar en obras y en vida interior.

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Tus promesas superan todo deseo

Las promesas de los hombres suelen ser pasajeras, vanas y hasta falaces. Nos comprometemos a dar al otro lo que sea, con tal de conseguir de él nuestros intereses, aun sabiendo que no tenemos lo que prometemos. Y, cuando trasladamos a la relación con Dios nuestra manera humana de prometer, lo hacemos por interés, aunque sea pequeño, porque creemos que podemos mercadear con Dios a la manera como lo hacemos con los hombres. Cuántas secretas infidelidades, propósitos incumplidos, arranques de generosidad con el Señor, que se quedaron en palabras huecas y genéricas. Nos acostumbramos a fallar, a la deslealtad, a desmentir con la vida tantas palabras que prometieron grandes cosas al Señor. Nuestro “sí” muchas veces es un «no», o se queda en un «después», un «quizá», un «todavía no», un «espera…».

El Señor sí que es incondicional, porque auna en su palabra la eternidad y la eficacia de su omnipotencia misericordiosa. Capaz de colmar todo aquello que más desea tu corazón, en una medida y modo insospechados, no interrumpe jamás su entrega callada y vigilante hacia el hombre. Conocedor de la pequeñez humana hasta sus más extremos límites, puede y quiere darte en plenitud aun aquello que tú no puedes ni sabes imaginar. Sus promesas, absolutamente veraces, no tienen el límite y la fragilidad de las promesas humanas. Quizá, por eso, porque superan toda medida humana, nos cuesta tanto creerlas. Pero puestos a imaginar, a soñar, a desear lo que es Dios, lo que tiene y quiere para el alma, siempre será nada. ¿Por qué, entonces, vivir con esa bajeza de miras, que corta el corazón de Dios con el patrón de la tacañería humana? Vive tu fe en Dios con el corazón confiado de quien sabe que su Padre ni falla, ni falta a sus promesas, ni se deja ganar en generosidad.

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Una lupa en tu vida

Los pulgones no se aprecian a simple vista y, sin embargo, sus plagas tienen una gran capacidad destructora. Son capaces de secar y agostar cosechas enteras, si no se previenen y atajan a tiempo sus efectos devastadores. Piensa que, también en tu vida cristiana, corres el peligro de sufrir plagas mayores y de consecuencias más profundas, si no pones remedio a tiempo. Es importante, por ello, habituarse a examinar la propia vida, observar con el aumento y el detalle de una lupa todos los rincones de la conciencia. En ella suelen anidar, sin que tú te des cuenta, muchas larvas de defectos y pecados, que pueden convertirse en una plaga espiritual y agostar esa vida de Dios que quiere crecer entre tus abrojos y espinas.

No acabes tus jornadas sin hacer un breve examen de conciencia. Párate a considerar, durante un tiempo concreto, cuáles son las intenciones más secretas de tus actos, los intereses ocultos que te han movido a actuar de esa manera, los hábitos no corregidos y en los que llevas tanto tiempo instalado, por qué tienes esas reacciones tan primarias ante circunstancias molestas, inoportunas o imprevistas, por qué tantos días acaban llenos de la más desordenada esterilidad, dominados por la plaga del activismo. Pero, pondera también los dones recibidos de Dios, las insinuaciones que hoy el Espíritu Santo ha dejado caer en tu alma, ese gozo apostólico que has cosechado en tu entrega a los demás, tantos detalles de generosidad, de olvido de ti, que has podido regalar a otros, esos pequeños vencimientos que sólo tú y el Señor habéis conocido, tantos ofrecimientos y súplicas por los que se han encomendado a tus oraciones.

Piensa que las cosas más bellas, a veces están tan escondidas, que sólo llegas a descubrirlas y apreciarlas cuando las ves a través de una lupa. Si te acostumbras a hacer cada día el examen de tu vida y de tu jornada descubrirás la riqueza tan oculta que mora en lo escondido de tu alma, allí donde sólo Dios y tú os habláis cara a cara.

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