El amor a las criaturas

Si no amas el mundo apasionadamente no amas la obra de Dios y todas sus mediaciones. Pero, que no te engañe el corazón, porque, con ser frágil, voluble y quebradizo, está hecho para albergar en sí el amor infinito de Dios y no saciarse con nada que no sea Él. Las criaturas materiales y, sobre todo, las personas merecen todo nuestro aprecio y no puedes no amar el mundo que Dios ha creado para ti. Pero, bien porque son limitadas y defectuosas, bien porque mueren, porque son inconstantes, porque se mueven por interés, tarde o temprano, esas criaturas te vienen a fallar.

¿Hay algo, o alguien, capaz de asegurarte ese afecto y ese cariño pleno, total, eterno, que tu corazón menesteroso anda mendigando? Es duro, pero cierto, que hasta el amor de una madre te puede fallar. Mira dónde pones el corazón, no sea que aquellos afectos y cariños que parecían llenarte de felicidad hasta rebosar se quiebren y te traicionen, dejándote hundido en el desengaño y la desilusión. Llena tu amor de Dios y verás cómo todos tus afectos se centran y equilibran, y hasta se hacen más sinceros, firmes y tiernos. El verdadero amor, porque nace de Dios, siempre es camino hacia Él. Ama con el amor más grande que puedes dar, no el tuyo sino el de Dios, y serás capaz de amarlo todo, todos, con la libertad de los hijos de Dios.

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La santa indiferencia

Hay una indiferencia que es expresión y síntoma de nuestro egoísmo. Es esa actitud individualista que me hace vivir al margen de los problemas y necesidades de los demás y que suelo disfrazar de buena educación, diciendo que es mejor no meterse en donde no me llaman. Hay, en cambio, otra indiferencia más humana, incluso santa, que nace de Dios y lleva a Él. Es esa actitud de fe serena, que atisba a Dios detrás de todos los acontecimientos y situaciones, aun las más insignificantes y anodinas, y que lleva a un abandono confiado en la voluntad del Padre. Es una indiferencia que se vive no tanto desde los sentimientos cuanto desde la razón y la fe oscura.

Desde esa confianza ciega en la providencia y en el actuar de Dios, ya no apeteces más una cosa que otra, ya no te rebelas ante imprevistos, fracasos o desconciertos, ya no buscas entender las circunstancias humanamente absurdas, porque en todo está Dios y todo conduce a Él. Porque “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28). Esta santa indiferencia es un don de Dios, que fructifica allí donde encuentra un corazón muy roturado por la sencillez. Bien asentado en esta santa indiferencia, que no tiene nada que ver con un alma insensible y fría, podrás ser roca firme en la que muchos apoyen su cruz y encuentren en ti el consuelo que Cristo crucificado encontró en María, firme al pie de la Cruz. 

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Orar sin regateos

No seas tacaño y medidor con el Señor. Tu tiempo no es tuyo sino de Dios, pues Él te lo da. El que necesitas para tu santificación, ni más ni menos. Dáselo tu a Él sin regateos, pues es su verdadero Dueño. No recortes minutos a tu oración diaria; no tengas prisa en la acción de gracias de la Eucaristía; no reces el rosario apresuradamente, como quien quiere acabar cuanto antes un deber pesado y aburrido; tómate el tiempo necesario para hacer bien tu examen de conciencia diario; saborea pausadamente todas tus oraciones y devociones personales; no quieras que la Eucaristía dure menos o que la confesión sea más rápida y breve. Porque todos los minutos del tiempo de tu vida que Dios te dé sólo podrás vivirlos una vez.

¿No te sentirías molesto si alguien te atendiera de cualquier manera, o te hablara sin interés y sin prestar atención a lo que tú dices? ¿Crees que el Señor tuvo prisa, siquiera un minuto, para que pasara cuanto antes aquellos largos años de vida oculta en Nazaret, aquel viernes santo y aquella cruz? Es de justicia que des al Señor el tiempo que le has prometido, todo el que sea preciso, sin prisas, sin ahorrar detalles, con esa elegante generosidad de quien ya ha experimentado que el verdadero amor sólo sabe de darse.

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Nuestras faltas de omisión

Pocas veces nos detenemos a considerar cuántas ocasiones y oportunidades hemos dejado pasar, a lo largo del día, en las que podíamos haber hecho el bien a alguien, podíamos haber hablado de Dios, deberíamos haber rectificado la intención de nuestros actos, podíamos haber crecido en tal virtud… El bien que podíamos haber hecho y no hicimos, quizá ya se quede sin hacer; te lo pedía Dios a ti, no a otro, y en ese momento, no en otro. Cuántas mociones interiores de la gracia, cuántas sugerencias de Dios al alma, quedan sin producir fruto porque caen en nuestra tierra árida, superficial, excesivamente prudente y correcta, comodona y perezosa.

Nuestras faltas de omisión obstaculizan la acción de Dios que, si bien es omnipotente, por la creación y la encarnación quiso que quedara unida a nuestra libertad. El mal y el pecado ganan terreno allí donde tu y yo no ponemos a Dios. Piensa, además, que ese bien que te has guardado podía haber embellecido aún más la santidad de la Iglesia por la comunión de los santos. No dejes de reparar con tu oración esos vacíos de bien que llenan tu vida. Deposítalos una y otra vez sobre el altar, en tu Eucaristía diaria, para que el Señor los haga fructificar de otra manera y por otros medios. ¿No sacó de la nada una bellísima y grandiosa creación? ¿No fecundó con el Espíritu Santo la nada virginal del seno de María? Pídele, una vez más, que transforme la nada de tu omisión en abundantes frutos de vida eterna para todos aquellos que esperaron tu  y no la recibieron.

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Reconducir la imaginación

Santa Teresa decía que era la loca de la casa. Puesta al servicio del apostolado, del bien de las almas, de la caridad, del amor a Dios, puede convertirse en un talento que fructifique al mil por cien. Dejada a merced del sentimentalismo, de la comodidad, de la mediocridad espiritual, de la pereza, de la desgana apostólica, puede convertirse en plaza fuerte del pecado. La imaginación incontrolada te hace vivir fuera de la realidad, bien porque te hace retornar a un pasado que ya no existe, bien porque te precipita antes de tiempo en un futuro que tampoco existe todavía. Con la imaginación agrandas y deformas los problemas, haces real el mundo de lo ilusorio, puedes crear a tu alrededor dudas y sospechas, llegas a convertir la realidad en una caricatura fantasmagórica, inventas tus propios sueños en los que te vas refugiando para huir de la monótona y cruda realidad, anticipas inútilmente sufrimientos que quizá después nunca vienen.

Pon diques al caudal de tu imaginación: vive el ahora, el momento presente, con toda la carga de eternidad que cada instante posee; rectifica la intención de tus actos, dejándolo todo en las manos providentes de Dios; domina tus pensamientos y juicios precipitados, ponderando serenamente las circunstancias; mantente siempre ocupado, sin perder el tiempo en imaginar. Frena en seco, sin miramientos, esa imaginación desbocada que te llena de tanto ruido interior y desordena tu vida, tus afectos, tus relaciones con los demás y con Dios. Sobra la imaginación fantasiosa cuando tu cabeza busca serena la verdad de ti mismo, tu corazón ama apasionadamente a Cristo y tu voluntad quiere y desea sólo la gloria de Dios. 

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Orar con insistencia

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y   desabrido. Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. “Conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1). Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oró en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María. De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo.

¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria? Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior. No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un Sagrario y haz de él el centro de tu jornada. Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.

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Gracias extraordinarias en circunstancias ordinarias

De Santa Teresa solemos recordar sus frecuentes gracias místicas, arrobamientos, éxtasis, diálogos y visiones de Cristo. Y, sin embargo, nos fijamos poco en las circunstancias en las que la Santa supo vivir esa elevada experiencia mística. Creemos que las gracias extraordinarias nos vienen sólo en circunstancias extraordinarias, olvidando que entre los pucheros y ollas también habla el Señor. Si crees que esas gracias son sólo para una élite de cristianos, unos pocos escogidos, que están hechos de otra pasta diferente a la tuya, cometes la injusticia de dividir los cristianos en primera y segunda categoría.

Esas gracias quisiera el Señor concederlas a todos, también a ti, sin que para ello tengas que abandonar las circunstancias concretas que te exigen tu vocación y tu propio estado de vida. Si tu vida interior, tu oración, no llegan a producir frutos y flores de aroma místico pregúntate por qué y qué obstáculos sigues poniendo a la acción de la gracia. Dios nunca se da a medias; somos tu y yo los que le ofrecemos sólo una correspondencia y una disponibilidad a medias. Mira que entre tus ollas y pucheros de cada día también esté el Señor, y ahí te mostrará su rostro más enamorado. ¿Sabes cuál fue el secreto de la Santa? Que hizo de aquel Cristo llagado, ante el que se convirtió, el centro de gravedad de su vida y de sus amores. De ahí nacieron todas sus andanzas y fundaciones. No quieras ir tu por otro camino de santidad sino por el de la santísima humanidad de Cristo que a la Santa tanto ayudó y enamoró.

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Ejercitar la voluntad

Hay dos tentaciones fáciles que acechan continuamente tu vida cristiana: el intelectualismo, o el afán de convertir tu religión en un sistema de ideas o creencias, y el sentimentalismo, o el empeño por reducir tu religión a mero sentimiento. El primero te lleva a creer sólo lo que entiendes; el segundo, te lleva a creer sólo lo que sientes. Ni uno ni otro transforman la vida sino que llevan a un cristianismo acomodaticio y abúlico, que no está dispuesto a entregar la vida a Dios y a los demás. Tienes que saber dar el paso de las ideas y de los sentimientos a la vida concreta. Y para eso has de ejercitar tu voluntad.

La fuerza de voluntad, cuando se aísla de las ideas y de los sentimientos, se convierte en un duro y estéril voluntarismo que no lleva a Dios y que ahoga la vida espiritual. Si, en cambio, se pone al servicio de la sana razón y se alía con el corazón se convierte en poderoso motor capaz de dar a tu vida cristiana la solidez y el armazón de unos buenos cimientos. No empieces tu jornada sin renovar los propósitos que hiciste en el examen de conciencia del día anterior. No dejes pasar tantas y tantas ocasiones que te piden ese pequeño –y a la vez grande– acto de ejercicio de tu voluntad, y más cuanto está en juego la gloria de Dios y el bien de tantas almas. Tienes que querer, poner todo de tu parte, si no quieres que la gracia de Dios en ti quede inutilizada y baldía. Piensa hasta qué punto la voluntad es importante en la propia santificación, que la santidad se reduce a hacer la voluntad de Dios, a querer lo que Él quiere, y eso es lo que más eleva al hombre por encima de todas las demás cosas.

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Cuida la intención de tus actos

Aparentemente  puede que tu vida no se distinga mucho de la de los demás. Y, sin embargo, aunque hagas lo mismo que ellos, no debes hacerlo de la misma forma. En cada acción, en cada palabra, en cada acontecimiento, en cada minuto de tu jornada, hay algo capaz de dar valor de infinito a todo y de transformar lo más ínfimo y despreciable a los ojos humanos en gloria a Dios. Si eres capaz de rectificar a menudo la intención de tus actos, de reconducirlo todo a su centro, que es el corazón de Dios, estás dando pasos de gigante en la tarea de tu propia santificación y en la del bien de las almas. Purificar la intención y procurar ver a Dios en todo y en todos te proporciona un continuo incremento de libertad y de señorío sobre ti mismo y sobre las cosas.

Vivir la rectitud de intención te ayuda a ir purificando esa mirada de fe que necesitas para vivir el día a día sobrevolando y planeando, como las águilas, por encima de incomprensiones, juicios ajenos, opiniones contrarias, criterios desacertados, dimes y diretes. No olvides comenzar tu jornada ofreciendo todo a tu Dios. No olvides renovar ese ofrecimiento a lo largo del día, en momentos especialmente señalados, en circunstancias difíciles o incomprensibles, en las situaciones imprevistas y absurdas, en las propias faltas y caídas. Y, sobre todo, no olvides llenar ese último momento del día, la última oportunidad de la jornada, con un confiado y renovado ofrecimiento a tu Dios de lo que eres y quieres ser. Viviendo la rectitud de intención experimentarás una y otra vez que Dios es ese Padre fiel que, en cada momento de tu vida, no se cansa de esperarte y salir a tu encuentro.

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La sinceridad nos salva

El pecado nos acostumbra a vivir blindados detrás de una falsa imagen de nosotros mismos, constantemente alimentada por nuestra soberbia y vanidad. Detrás de esa careta escondemos la basura de nuestros pecados, defectos y limitaciones, procurando disimularlos para que se vean lo menos posible, y hasta terminamos creyéndonos que, en realidad, todo esa basura no existe. Cuánto nos cuesta, entonces, vivir la sinceridad con Dios en el sacramento de la reconciliación y la sinceridad con uno mismo en la dirección espiritual. Y, sin embargo, esa sinceridad te libera del pesado lastre de tu propia egolatría, te desata los nudos que atan en ti la acción de la gracia, te salva del duro cascarón de tu soberbio egoísmo en el que fácilmente te enrocas cuando caes.

Confía tu alma a Dios, sin miedos de ningún tipo. Confíala también, sin ocultar nada por vergüenza, a aquellos que, a través de la dirección espiritual, te ayudan en tu camino de entrega a Dios. Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo, mirándote en el espejo de tu imagen real, nada ficticia, hecha de mucho barro, sí, pero barro tocado y traspasado por la gracia divina. La vitalidad de tu fe, el atractivo de tu apostolado, el testimonio de tu vida cristiana y hasta el crecimiento interior de tu alma dependen, y mucho, de la sinceridad con que, a diario, al final de la jornada, hagas tu examen de conciencia.

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