Del deseo de afectos desordenados e impuros, líbrame Jesús

No vivimos encadenados a un cuerpo que sólo pide desaforos contra la voluntad de Dios. En la medida en que somos hijos de Dios, así es nuestra libertad. El problema está en cómo ejerzo mi libertad, dónde pongo el corazón y el entendimiento para ser aún más libre. Perdemos de vista que es uno mismo el que elige, el que toma decisiones constantemente, el que, ante una situación concreta, hace un juicio u otro. Esto ocurre todos los días, y a todas horas. Los demás, las circunstancias, el ambiente, no son excusas que nos impiden realizar actos buenos o responsables. El ambiente influye, y mucho. Pero, en último término, soy yo el que, en mi conciencia y en mi actuación, doy el paso definitivo.

Por tanto, ¿qué medios pongo, en mi día a día, para que lo que me afecte esté dirigido a la gloria de Dios? ¿Hago oración todos los días? ¿Rectifico la intención cuando algo no sale conforme a lo previsto? ¿Acudo con frecuencia al sacramento de la confesión? ¿Hago todas las noches un breve examen, ante la presencia de Dios, de cómo ha sido ese día? ¿Procuro adquirir un pequeño propósito para el día siguiente, aunque sólo se trate de un detalle de convivencia? He de vivir en esta vela interior, para no dejarme atar por afectos desordenados, o por la impureza interior de los pensamientos, porque el corazón siempre necesitará un asidero en el que depositar sus querencias, aunque no sean las de Dios.

Poner nuestro corazón en sintonía con Dios, nos evitará desperdiciar el tiempo y la cabeza en apegos de los que, tiempo después, nos arrepentiremos. Así vivió la Virgen, y así llevó hasta las últimas consecuencias aquel «sí» con el que entregó su corazón enteramente a Dios. Pídele cada día su protección materna, para que guarde la pureza de tu corazón y de tus intenciones.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

De la vanidad de hablar de mí mismo y de mis cosas, líbrame Jesús

La vanidad, fruto de la soberbia, hace del hombre vivir en una autosuficiencia engañosa. Hay muchas maneras de manifestarse, pero existe una que incide en nuestro comportamiento hacia los demás. Se trata de ponernos como centro de atención, buscando el halago o la compasión.

Uno de los grandes males de nuestra época es precisamente el no saber escuchar. Vivimos de manera precipitada los acontecimientos de cada día. Nos surgen urgencias e imprevistos que calibramos como necesarios, y eso hace mella en el orden y en la serenidad de nuestro actuar. Nos gastamos en asuntos accidentales, dejando para la última hora lo que sí es importante, y, por tanto, el desequilibrio afectivo, por no saber poner el corazón en aquello que le pertenece, busca compensaciones constantemente.

Ante esta ola de actuaciones precipitadas, la jactancia se impone como excusa en ese desorden interior. Hablamos de nosotros, proyectando el malestar por el carácter o juicio de otros, cuando en realidad el problema está en no poner atención a las necesidades o sufrimientos de los que criticamos, por ejemplo. Buscar la conmiseración del interlocutor hacia uno mismo, o justificar nuestras carencias, materiales o emocionales, nos sitúa en una permanente falta de la presencia de Dios, pidiendo al ambiente el aplauso a nuestras debilidades que, en definitiva, nos hace caer en un ridículo aplastante.

Contra la vanidad lo mejor es aceptar nuestra condición de que somos limitados, acudiendo al que sí conoce mi alma, un sacerdote o un confidente espiritual, ya que nos pondrá en el lugar que nos corresponde, es decir, en línea con la voluntad de Dios. Pidamos, por tanto, el auxilio de Aquel que se presentó manso y humilde ante la humanidad, Jesucristo. Sólo así, rescataremos almas para la gloria de Dios.

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Tendemos a la pereza

A todos nos ha venido en algún momento la desgana por hacer las cosas. Los motivos puede ser diversos: un malestar físico, excesivo cansancio, el calor, etc. Pero hay otra desgana que puede provenir de un estado anímico más profundo… o  a causa del pecado.

San Pablo, experto en humanidad, nos dice que hay en cada uno de nosotros esa huella del pecado que hace que nuestros buenos deseos no se identifiquen con nuestras obras: “Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta” (Rm 7,21). La respuesta que da el Apóstol es la de vivir en Cristo, que ha vencido a la muerte y al pecado.

Una de las consecuencias de la pereza es la denominada desidia, que es el desinterés por las cuestiones del espíritu. Así pues, cuando nos apartamos de la gracia: nuestra vida de oración, acudir a los sacramentos, etc., se da esa tendencia natural del “no hacer nada”, haciendo presa en nuestro ánimo. Pensamos que Dios nos ha dejado de su mano… ¡Gran mentira!

¿Estado anímico que te lleva a la depresión?… Entonces, ve al médico. ¿Falta de ganas por rezar?… Entonces, reza más. Así lo vivió Jesús en el huerto de Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

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La paternidad de Dios

Cuando la gente se pregunta dónde está Dios en aquellos que pasan hambre, mueren victimas de los desastres, soportan injusticias… lo único que hay que responderles es que Dios sufre con ellos. A pesar de que la lógica humana se rebela ante el supuesto silencio de Dios, si hay alguien que va en “volandas”, somos tú y yo. Él padece si tú sufres, Él llora si tú estas triste… Cuando experimentas en tu vida cuánto te quiere Dios, entonces puedes mostrar a los demás ese rostro amable de un Padre que te abraza en todo momento… ¡siempre!

¿Cómo convencer a todos que en cada sufrimiento humano hay una caricia de Dios? Sólo en la “gimnasia” espiritual del día a día, esa pequeña renuncia, ese sonreír ante una contradicción, esa amabilidad ante un desagradecimiento… seremos capaces de descubrir el verdadero rostro de Cristo cuando, humillado y cargado con la cruz, se vuelve a nosotros, como a esas mujeres del via crucis, para darnos consuelo. Es la ternura que recibimos de Dios cuando humanamente parece que todo son reproches. ¿No ves que Jesús te está uniendo a su misma vida corredentora, en esa cruz tuya, que es de la misma madera en la que Él murió?

Lo nuestro no es pedalear en el aire engaños de nuestra imaginación. Nosotros, en esa conciencia de ser hijos de Dios, alcanzamos la realidad de las cosas en la alegría de la cruz. Esta es la mayor manifestación de la paternidad divina: identificarnos con los mismos sentimientos de Cristo Jesús, Hijo de Dios, hermano nuestro. 

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El fruto del dominio de sí

Ser dueño de uno mismo significa tener la certeza de que no somos propietarios, absolutamente, de nuestro ser, ni somos los que decidimos acerca de nuestro destino (¡que excelente paradoja para los prohombres de nuestra historia contemporánea!). Ser dueño de uno mismo es, por tanto, reconocer que sólo Dios es el único capaz de regir nuestra vida, y tener la seguridad de que esos actos no se conforman con nuestros intereses, sino que cualquier acción que realicemos, por muy pequeña que sea, va a tener una trascendencia universal, pues, llevada a cabo con rectitud de intención, cuenta con la intervención del Espíritu Santo, que es el que nos mueve en último término. Sólo Dios es experto en llevar a cabo una acción que trascienda mi propia historia humana, porque Él es el Señor de la Historia.

El “dominio de sí” emplea un lenguaje que no entiende de apocamientos, sino de expresiones que hablan del abandono en Dios. Sólo ponderando en el corazón el misterio de Cristo, su encarnación, muerte y resurrección, alcanzaremos la fortaleza y el dominio de sí que, posteriormente, habrá de ser vivida en cada acción concreta. Hay que poner en práctica aquello que nos hace más libres, es decir, ejercer nuestra voluntad abandonándonos en la acción escondida del Espíritu Santo.

 Cuando se le reveló a la Virgen el gran Misterio de la humanidad, escuchó en palabras del ángel Gabriel: “Porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lucas 1, 37)… ¿No es esta una manera sencilla de relativizar aquello que no podemos subyugar porque, en definitiva, se escapa a nuestra influencia? Aprendamos a abandonarnos en el “dominio de Dios”.

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Corazón esponsal de Cristo, ruega por nosotros

Tu corazón de Esposo gusta de ese suave amor, y de esa unión inefable, que reservas para los tuyos, los más íntimos. Corazón esponsal, que palpitas al unísono con tu Esposa, la Iglesia. Esposo de tantas almas, que se dejan traspasar contigo por aquella misma lanza que abrió tu costado en la Cruz, y que hacen suyos cada uno de esos latidos de tu sagrado Corazón. Amor desposado y crucificado, que atraes al alma por caminos de nada y de Cruz, sólo para hacerle gustar las delicias de tu divinidad entregada. ¡Cuánta cruz y cuánto gozo, cuántas confidencias tejen esta mutua entrega entre Dios y el alma! ¿Cómo es posible que el alma mendigue otros amores, si está hecha sólo para el tuyo? ¿Acaso no es precisamente la debilidad y la nada del amor de las criaturas lo que más cautiva y embelesa a esta misericordia divina, tan enamorada del hombre?

Buscas mi cercanía y mi intimidad, sólo por el deseo de darme todo lo tuyo. Eres Esposo amante, que vistes de tu gloria esta alma mía, tan necesitada de infinito. Reservas para tus íntimos todo aquello que el Padre te entrega, sólo porque en ellos quieres descansar, como descansas en el corazón del Padre. En ese Corazón amador están encerrados todos los hombres, por los que quisiste un día hacerte como ellos. Hay entre el alma y Tú mucho de ese cielo tuyo, que quieres darme y hacerme gozar ya aquí en la tierra. Corazón esponsal de Cristo, que quieres para mí todo lo que quieres para tu Iglesia Esposa, atráeme a tu intimidad, acércame a Ti por esos caminos de unión, que tanto me cuesta recorrer. Que no me prive de ese anticipo de eternidad, que es vivir en unión contigo, pues nada de este mundo puede compararse a ese poco de intimidad, que das a gustar al alma que se te entrega como esposa.

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Corazón providente de Cristo, ruega por nosotros

Si tu mano paterna no cesa de alimentar a las aves del cielo, de acariciar la gloria de los lirios del campo (cf. Mt 6,25ss.), de revestir de hermosura la creación más insignificante, ¿cómo puede ser que mis ojos no descubran tu gracia solícita detrás de todos los recodos de mi existencia? Nada escapa a tu acción providente, nada hay que Tú no conozcas y permitas y, sin embargo, yo sigo empeñado en gobernar mi vida subido en el trono de mi autosuficiencia. Los agobios, dolores, imprevistos o preocupaciones serían distintos si los viviera con una mayor conciencia de ser el hijo amado y predilecto de este corazón providente de Cristo. ¿No conoce Él ya todos mis afanes, mis límites, mis posibilidades? ¿No sabe Él mejor que yo lo que más me conviene para mi bien espiritual? ¿Por qué, entonces, esas impaciencias, tristezas, enfados, prisas y pesimismos ante acontecimientos imprevistos o situaciones que me superan? La serenidad de ánimo y la paz interior son el sello que distingue a los que se apoyan sólo en el sólido fundamento de la fe en la mano providente de Dios.

Tu providencia sostiene mi vida, como madre vigilante y solícita, que lleva en brazos la fragilidad del hijo pequeño. Nada escapa a tu mirada y a tu acción, pero sin violentar el tesoro de mi libertad. Tu Corazón providente se adelanta siempre a mis deseos y preocupaciones, aunque muchas veces no vea ese amor solícito de Padre, tras las apariencias difíciles y contradictorias. En ese amor providente he de saber descansar, confiando a esa mano solícita cada momento de mi existencia. Los lirios del campo y las aves del cielo no saben de ese amor que les viste y les sostiene y, sin embargo, hablan de la gloria divina que reciben. Tú vales más que los lirios y las aves, pues la gloria de Dios habita en ti.

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Corazón maestro de Cristo, ruega por nosotros

Todos te llamaban y te reconocían como Maestro, por la autoridad de tu vida y de tus palabras. Todos, menos los fariseos y escribas, letrados de la Ley, que sólo entendían de una autoridad y de una enseñanza centradas en la autosuficiencia de su propio poder. Tu sabiduría desconcertaba a los sabios de este mundo y, en cambio, fascinaba y atraía irresistiblemente a las gentes sencillas. Al calor de tu intimidad explicabas a tus Apóstoles las cosas del Reino, preparándoles así para vivir y enseñar a otros esa sabiduría de la Cruz que, durante la pasión, les hizo huir llenos de miedo. Cada instante de tu vida es una lección, que me enseña a poner el corazón en lo esencial. Tu ocultamiento en el seno virginal de María, tu trabajo y pobreza de Nazaret, tu entrega apostólica a todos los que te buscaban, tu obediencia extrema y delicada al Padre, tu humillación y ofrenda en la Cruz, ese olvidado silencio de tu oración en tantos y tantos sagrarios… ¿no me enseñan, quizá, cómo debe ser el seguimiento de cualquiera que quiera llamarse discípulo tuyo?

Corazón Maestro de Cristo, que me llamas a esa íntima identificación con tus sentimientos y actitudes, no dejes que abandone esa escuela de amor que es tu Evangelio, ni que huya de tus huellas cuando el camino del seguimiento se vuelva arduo y penoso. Sólo se penetra en lo más profundo de tu sabiduría, cuando el alma se deja despojar y liberar de todo lo que el mundo, los hombres, consideran como valioso y permanente. Los que se creen sabios, según los parámetros de la opinión del mundo, creen que, con su propia mentira y error, pueden comprar su salvación. Mejor pasar ante ellos por ignorante, inútil, inservible o secundón, que perder esa riqueza interior, de quien se sabe pobre e ignorante al estilo de Dios. En Él, sólo en Él, está el verdadero saber, la ciencia de la Cruz.

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Corazón de buen pastor, ruega por nosotros

Conoces íntimamente a tus ovejas, a cada una la llamas por su nombre, das la vida por ellas. En cada acontecimiento inesperado o aparentemente absurdo, en cada dolor, fracaso o sufrimiento, en todos los instantes de mi jornada, eres siempre el Buen Pastor, que me busca solícito para llevarme sobre sus hombros y recorrer conmigo el camino de mi vida. Corazón de Buen Pastor, que no escatimas deseos, amores y gracias, con tal de atraer hacia Ti un poco del amor y correspondencia de tus ovejas. ¡Cómo me cuesta adelantarme a las necesidades de los demás! ¡Cuánto me molesta e incomoda estar disponible para servirles sin medida ni regateos, para acompañar sus agobios y soledades, para calmar sus heridas! ¿Cómo no ofrecer mis hombros para que otras ovejas, todos los hombres, descansen en ellos y se apoyen en mí, para ayudarles a seguir caminando juntos hacia el Padre? Hay todavía muchas ovejas que no son de este redil y que esperan de ti que seas su cayado y pastor.

Has de conocer la voz de este Buen Pastor, si no quieres desviarte por caminos equivocados. Tantos lobos están siempre acechando, esperando el momento idóneo y buscando el modo más sutil de robarte el alma. No quieras separarte del redil de la Iglesia, pues es la Esposa quien mejor conoce la voz inconfundible del Esposo. Corazón de Buen Pastor, que cuidas los apriscos donde resguardar el alma y conoces los verdes pastos donde me llevas a descansar. Sólo siendo tu oveja podré ser para otros pastor y cayado y llevar en mis hombros las cargas de tantos hermanos, que sufren sin la fuerza de Dios. En el redil de tu Corazón entrañable quisiera yo descansar, viendo en tus divinos ojos el amor vigilante de quien conoce y abraza cada una de sus ovejas.

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Corazón orante y contemplativo de Cristo, ruega por nosotros

Cuánta contemplación íntima y escondida durante aquellos largos años de Cristo en Nazaret. Cuántas noches en oración, después de una jornada cargada de predicación, de milagros, de trato con la gente, de convivencia familiar con los apóstoles. Cuántos Getsemanís anticipados, cuántos deseos eucarísticos, cuántas miradas de amor a su Madre, cuánta oración por la futura Iglesia, por cada uno de los hombres, por mí. Así era la oración de su vida ordinaria, sencilla y simple en las formas, pero llena a rebosar del amor del Espíritu Santo y del Padre. Corazón orante y contemplativo de Cristo, capaz de transfigurarlo todo con brillos de eternidad, dando eficacia salvífica a las más pequeñas insignificancias. Cuánta aspereza y sequedad deja en el alma tanto activismo vacío de Dios, cuántos momentos que se escapan, deshaciéndose como la espuma, cuando no he sabido impregnarlos de tu presencia. Cuántas jornadas terminan marchitas y deshojadas, sin haber parado el corazón, siquiera un momento, en la contemplación de ese Corazón adorable.

Necesito la oración tanto como el aire en mi respiración. Y, aunque esa oración se me pase entre distracciones, cansancios, rutinas, desgana e inercia, siempre será eficaz, si convierto todo eso en amor a Dios y en conocimiento de uno mismo. El Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad y es quien ora en mí. He de aprender a contemplar a Dios en las cosas, si no quiero que el activismo y el trajín de las cosas me separe de Dios. Todo ha de hablarme de Aquel que se me hace tan asequible y cercano, más que yo a mí mismo. He de pedir al Espíritu Santo el don de la oración y contemplación, pues es el camino seguro para entrar en el conocimiento de este dulcísimo Corazón, que ora siempre por mí al Padre.

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