“Rogad por los que os persiguen”

Hay mucho odio y violencia en el mundo. No es algo ajeno a nosotros. En nuestros ambientes cercanos somos testigos de cómo familias y amistades se destruyen a causa de resentimientos que tienen su origen, en la mayoría de las ocasiones, en esa falta de pequeños detalles de cariño y convivencia. Decimos que el amor se ha enfriado, que ya no hay motivos para querer… y, de ahí, pasamos a construir “fabulosas” excusas para destruir lo que, en un principio, tenía tanto sentido y en lo que habíamos depositado tanta esperanza.

Si esto ocurre entre los que supuestamente nos queremos, cuánta mayor distancia con aquellos que nos juzgan, critican nuestra conducta, o, simplemente, nos persiguen. Hay una bienaventuranza del Señor dedicada a aquellos que nos atenazan porque queremos vivir con fidelidad nuestra vocación y nuestra entrega. Jesús se dirige a cada uno de nosotros no sólo para que recemos por los que nos persiguen, sino para que, incluso, les amemos. Aquí se encuentra el quicio del cristianismo, el signo distintivo de los que nos llamamos y presumimos de seguir a Jesucristo. A continuación de este mandato, el Señor nos propone ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

¿Que dónde está esa perfección? Ama a tus enemigos, no de palabra sino con el mismo corazón de Cristo, y verás la gloria de Dios en tu vida. Entenderás, ya por fin, porque Jesús gritó desde la Cruz: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. También a ti, como a mi, Dios nos perdona ¡tantas veces!, porque Él es perfecto en el amor. 

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¿Qué me ofrece el mundo?

El pasaje evangélico del joven rico nos deja, quizá, cierta congoja. Al final del relato el evangelista nos detalla que, debido a sus riquezas, el joven fue incapaz de responder a la llamada de Jesús y “se marchó triste”. Si el mundo es incapaz de procurarme alegrías que perduren, ¿por qué reniego una y otra vez de esa invitación del Señor a seguirle definitivamente? En el mundo no cabe Dios, por eso sólo me provee de mentiras, falsas ilusiones, ambiciones e intereses y, al final, tristeza. Somos capaces de grandes resoluciones y propósitos encomiables, pero llegado el tiempo de la perseverancia, el corazón se agota y no encuentra la fuente adecuada donde calmar su sed. ¿El motivo? Constantemente caemos en el espejismo de que es aquí, en la idolatría de lo temporal, donde puedo alcanzar la felicidad. Ese deseo de reconocimiento, ese teléfono que “lo hace todo”, ese vestido con el que “siempre” causaré admiración a todos, el coche “definitivo”, el bolígrafo que “nunca” agotará su tinta, el ordenador que “jamás” habrá de ser reparado, el “pelotazo” económico con el que cubrir el resto de mis años…

En cada uno de esos sueños siempre hay un halo de eternidad, porque el corazón del hombre está llamado a ser dichoso ¡siempre! Sin embargo, detrás de lo ilusorio que hay en lo caduco existe un profundo e inconsciente deseo de que con mi sólo esfuerzo, o, con esa suerte que siempre me acompaña, todo girará, algún día, alrededor de mi, y seré, por fin, “eternamente” feliz. ¿Es eso la felicidad? Observa, de verdad, al joven rico, a quien Jesús había mirado con cariño porque desde niño había cumplido los mandamientos. Le faltó lo fundamental: pasar del cumplimiento de las normas a la amistad íntima con Dios sin condiciones. Sólo en esa entrega encontrarás la auténtica alegría, porque dejarás de ser esclavo de lo finito y vivirás en la libertad de quien lo tiene todo: el corazón de Cristo, vencedor del mundo, que me entrega la dicha de la eternidad por amor.

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“Toda la gente procuraba tocarle” (Lc 6,19)

Los evangelistas son unánimes en señalar que eran numerosas las gentes y multitudes que seguían a Jesús. Entre ellos, siempre muchos enfermos, afectados por muy diferentes dolencias, buscando con ansiedad siquiera un poco de esa mirada o palabra que pudiera curarles. Todos querían cruzarse con su mirada, arrancarle una palabra sanadora, encontrarse con El, tocarle, para sentir el influjo de ese poder extraordinario y benéfico que salía de Él y que era capaz de sanar, en un instante, dolencias y enfermedades de muchos años.

A ti y a mi nos asusta también no tocar a Dios, no sentir ese poder extraordinario, casi mágico, que en un instante podría cambiar situaciones humanamente irreversibles y absurdas, sanar dolencias corporales y espirituales que no entendemos, concedernos eso que llevamos pidiendo desde hace tanto tiempo. Y como no conseguimos tocarle, como no vemos que Dios resuelva nuestros problemas con la rapidez y en el modo en que nos gustaría, nos viene el desánimo o la desconfianza, y terminamos por dar paso a la duda, al descontento y a la defección. Esa fe que sólo sabe apoyarse en lo que entiende y toca, en lo que ve y en lo que siente, en las seguridades humanas o espirituales, que camina sólo cuando sabe dónde va a apoyar el pie o cuándo sabe por dónde es conducida, que cree en el Dios que se fabrica a la medida de sus cortas entendederas, es demasiado inmadura y débil como para poder dar frutos de sólida y fecunda santidad.

Piensa cuánto amor al Padre y a los hombres hay en esa terrible noche interior de Cristo crucificado. Piensa cuánto amor a Cristo hay en esa tremenda noche interior de María permaneciendo junto a su Hijo en la cruz y contemplándolo muerto entre sus brazos. Piensa cuánto amor a Dios hay también en las noches de tu alma, en esos silencios interiores en los que parece que Dios calla, se esconde y hasta te abandona. Sólo cuando el alma deja de tocar a Dios puede El tocarla a ella y sanar todas sus heridas y dolencias. Es ahí, en esas noches en las que no tocas a Dios, cuando la fe se agiganta y el amor, movido por las alas del deseo de Dios, crece hasta alturas insospechadas de intimidad divina. 

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“Me ha sido dado todo poder”

El poder suscita un gran fascinación. Por él hemos inventado guerras, diplomacias, dominaciones, usurpaciones, asesinatos, traiciones, engaños, consensos… Es cierto que hablar de poder, en sentido absoluto, no es una palabra que se tenga como “políticamente correcta”, pero, también es verdad, que quien tiene y emplea el poder lo “venderá” ante los ojos de otros con distintos disfraces: lo conveniente, algo transitorio, fruto de la democracia, la voluntad del pueblo… Y cuando ya está uno en lo más alto, desde abajo se maquinan métodos para derrocar (da igual la forma política imperante) al que consideran tirano, inepto o totalitario. “No sea así entre vosotros”, dice el Señor a sus discípulos.

La clave la dará Jesús, contradiciendo cualquier experiencia humana hasta entonces, en el “servir a los demás”, y en “el que quiera ser primero, sea el último”. Sin embargo, al final del evangelio de Mateo, reunidos todos los que seguían a Cristo en Galilea, en el monte de la Ascensión, oyeron de sus labios estas palabras: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. ¿Contradicción de sentencias? No. Una única realidad: porque el Hijo de Dios, hecho carne, ha sido capaz de servir, hasta dar la vida por cada uno de los hombres y mujeres de la historia, pasada, presente y futura, se le ha otorgado el único y absoluto poder sobre todo lo creado.

Nuestra manera de ver las cosas podrá ver en ese reinado de Cristo un despotismo exacerbado y desproporcionado. Pero ya Jesús avisó a Pilatos que “mi Reino no es de este mundo”, que es como decir: “tu mundo, Pilatos, no existiría sin el Reino de Dios”. ¿Dónde está la respuesta? Pues en aquello que podemos leer en el Antiguo Testamento: “Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes”, dirá Dios al Pueblo de Israel… y a cada uno de nosotros. Procuremos servir al prójimo, empezando por el más próximo, como el mismo Jesús nos ha servido: sólo y exclusivamente por amor, sin esperar nada de este mundo, que es la mejor manera de dar la vida, día a día, momento a momento… y el Reino de Dios ya comenzará a nacer en nuestros corazones. 

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¿Miedo al compromiso?

Te mueves en ambientes en los que la responsabilidad y el compromiso no están de moda. Es frecuente que alguien te diga entusiasmado que puedes contar con él pero luego, a la mínima dificultad o pasado el fervorín del momento, te empieza a explicar los buenos y justos motivos por los que no puede ayudarte. Otros te dirán que, por miedo a equivocarse, no llegan a comprometerse con nada ni con nadie. O se comprometen, sí, pero sólo por un tiempo, por probar, por interés, por quedar bien, hasta que encuentran algo mejor o diferente. Y ahí los tienes dedicados a mariposear de acá para allá, siempre en busca de novedades, justificando con muy santas excusas su inconstancia, su comodidad y sus ganas de no complicarse la vida.

Asumir responsabilidades, en lo bueno y en lo malo, es síntoma de madurez humana y espiritual. Allí donde pongas el clavo, martillea y golpea sin cansarte hasta que puedas hacer de él un punto de apoyo sólido y firme. Es preferible decir no a tiempo a crear falsas expectativas en otros a los que, tarde o temprano, has de dejar colgados en el aire. Has de cuidar la coherencia de vida también en esos compromisos que has decidido asumir en tu estado matrimonial, en tu trabajo, en tu amistad, en tu grupo de apostolado, en tu parroquia, en tu sacerdocio o consagración, en tu relación con Dios.

Que tu sí sea, verdaderamente, un sí, con todas las consecuencias. Pero con esa constancia que no se cansa ante las dificultades y que está siempre dispuesta a mantener ese sí por encima de cansancios, desganas, apatías, comodidades, dificultades, críticas o persecuciones. Y te irás pareciendo en algo a ese Dios incondicional e inmutable en el amor, infatigable en su misericordia, irrevocablemente fiel en su entrega, al que has de irradiar y testimoniar también en la forma de asumir las responsabilidades concretas de tu vida. 

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“Vivía sujeto a ellos” (Lc 2,50)

Impresiona que el evangelista resuma la mayor parte de la vida de Cristo en esas pocas palabras. ¡Cómo se sometió el Señor a la ley de los hombres! Y ¡cómo debemos someternos tu y yo a la ley de Dios! El Verbo encarnado se somete a la autoridad de los hombres para enseñarte a ti y a mi el valor redentor de la autoridad y de la obediencia. Ambas han de nacer de la verdadera caridad, si no quieren convertirse en autoritarismo postizo o en sumisión hipócrita y servil.

El servicio de la autoridad tiene mucho de ese Cristo del cenáculo de Jerusalén que se inclina para lavar los pies de sus discípulos. La obediencia tiene también mucho de ese Cristo de Getsemaní que, por amor al Padre, renuncia a su propia voluntad y llega hasta la Cruz, que es el extremo del amor. Ni Gersemaní ni el cenáculo de Jerusalén se explican sin esa obediencia de Dios, tan oculta y aparentemente tan absurda, durante los años de vida de familia en Nazaret. Y, sin embargo, en esa obediencia está escondido el mayor de los misterios de Dios, que es la entrega del Hijo Unigénito a la sola voluntad del Padre de los cielos. Y así, en esa obediencia, se realizó la redención de los hombres. Examina cómo es tu actitud obediencial.

Cultiva, en ese día a día de tu vida, ese espíritu de caridad obediente hacia todos, principalmente hacia los que tienes más cerca, hacia aquellos con los que pasas más tiempo o dedicas más trato. Cuida tu forma de ejercer la autoridad, que nunca has de confundir con el poder, el autoritarismo o la imposición. Si quieres, siempre encontrarás excusas, justificaciones, defectos personales, piadosos buenos motivos para no obedecer a tiempo, de buena gana, sin quejas, sin dejarlo para más tarde. Si quieres, siempre podrás encontrar en tus superiores y en los demás motivos más que suficientes para ver la obediencia como un absurdo. Pero, si quieres, puedes convertir ese deber de la obediencia en una ocasión preciosa para parecerte un poco más a tu Cristo, a ese Hijo que existe sólo en el Padre y para el Padre. 

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“Tu hermano ha vuelto” (Lc 15,27)

Tan inesperada noticia debió caer como jarro de agua fría sobre el corazón resentido de aquel hermano mayor. Viendo que todos los jornaleros y sirvientes andaban de acá para allá ultimando los detalles de la fiesta, que todos comentaban con gozo tan gran noticia, que nadie se interesaba por él, se sintió tan desplazado que se negó a entrar en el banquete y ahogó en su corazón soberbio la alegría de aquel retorno. Irrumpieron en su cabeza mil imaginaciones: si su hermano volvía a casa, él ya dejaba de ser el centro de atención, dejaba de ser el único heredero, perdía poder y ascendencia sobre la servidumbre de la casa… Además, ese hijo más bien merecía un castigo que un banquete y su padre debería hacérselo ver… Y, si no, que se lo digan a él, que allí ha estado siempre en casa sirviendo y trabajando como uno más…

Todos tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor. Todos deberíamos tener algo más de padre. Cuánto nos cuesta alegrarnos del bien ajeno, reconocer que otros lo hacen mejor o que tienen, aparentemente, más frutos apostólicos que yo. Viviendo en la misma casa y familia, unidos en la misma hermandad, ¿cómo es posible que nos dediquemos a criticar tanto el trabajo apostólico, la dedicación y entrega, los frutos o los modos de hacer de los demás? ¿Es que no trabajamos todos por el mismo Evangelio? ¿Es que no navegamos todos en la misma barca? Alégrate siempre del bien ajeno, sobre todo si se trata del bien del Evangelio, pues detrás de cada bien está siempre Dios. Negar o criticar ese bien es también negar o criticar la acción de Dios en sus criaturas.

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Tres medidas de harina

De niño, cuando vivía con sus padres en Nazaret, el Señor disfrutaría mucho viendo a su madre preparar el pan. A veces, incluso, metería las manos en aquel montón de harina, intentando ayudar a su madre en la costosa tarea de preparar la masa. El secreto estaba en aquella minúscula y diminuta levadura que se escondía en el interior y que hacía que, al día siguiente, la mezcla fuera mayor. Así era también ese Reino de Dios que el Señor intentaba explicar a las gentes, con la misma fuerza misteriosa y oculta de esa levadura que la mujer esconde en tres medidas de harina.

Tú y yo, a veces, nos sentimos más minúsculos y diminutos que esa levadura, incapaces de tener la misma fuerza que ella. Nos sobrepasan situaciones, problemas, preocupaciones, ambientes de pecado, ideologías torcidas y contrarias a Dios, y crece en nosotros, como enorme montón de harina, el desánimo, la desesperanza, el agobio, el miedo al qué dirán, la apatía. A veces esas tres medidas de harina están en tu ambiente de trabajo, en tu familia, allí donde te topas con situaciones de obstinada incredulidad y de pertinaz alejamiento de Dios. Sin embargo, con ser grande, la fuerza de la levadura siempre será insignificante para explicar cómo es ese poder que esconde en sí el Reino de Dios.

No quieras fermentar por ti mismo toda esa masa de harina que te rodea. No quieras ser tú de esa falsa levadura que pretende cambiar las cosas y las personas sólo por el encanto personal de sus cualidades, habilidades, simpatía, inteligencia, argumentos. ¿Cómo pretendes tú despertar en otros el interrogante de Dios si andas por dentro como ese montón de harina que espera todavía a ser fermentado por la gracia y el poder de Dios? No pretendas dar lo que no tienes y deja que la oración, el trato con Dios, la gracia de los sacramentos, vaya fermentando en ti para hacerte sabroso pan que sacie a tu alrededor tanta hambre de Dios. 

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Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Perdonar es difícil, pero nunca imposible. El verdadero perdón nunca va separado del olvido. Perdonar es no recordar la ofensa, haciendo como si nunca hubiera existido. Así perdona Dios, devolviendo a la nada todo el mal que ponemos en sus manos. De la misma manera que su Palabra creadora y amorosa da el ser a las cosas, sacándolas de la nada y del poder del maligno, así también su Palabra sanadora y misericordiosa hace volver a esa nada, al reino de donde salieron, el mal y el pecado de sus hijos.

Tu capacidad de perdón dice mucho de la calidad de tu vida cristiana. Si poco perdonas, poco amas. Si has recibido mucho perdón, eres muy amado. Si quieres ser perdonado, tu también has de querer perdonar. El perdón cristiano no sabe nada de rencores, de gratificaciones y compensaciones, de exigencias ni de derechos. No es solidaridad ni debe ser un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.

Perdona, aunque tengas tú la razón, aunque tu perdón no sea conocido por el otro, aunque nadie te lo agradezca, aunque te lo malinterpreten, aunque te suponga la incomprensión, la crítica o la persecución, aunque te cueste lo indecible. Tu perdón es fuente de alegría y de libertad interior. Piensa que, antes que tu perdonases, fuiste también perdonado. Piensa que el mayor perdón lo recibiste tu, sin merecerlo ni pedirlo, en la Cruz, allí donde también recibes el mayor acto de amor. Así ha de ser también tu perdón: capaz de llegar siempre hasta el extremo de la cruz y del amor. 

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Aceptarnos como se aceptaron los santos

Cuando contemplamos la vida de los santos, una primera impresión que nos puede sobrevenir es la del desánimo ante figuras que han vivido con ejemplaridad una entrega y una renuncia que se nos hace imposible imitar. Incluso se nos antoja que son personajes raros, o que, quizás, nacieron con una serie de cualidades extraordinarias para poder llevar con heroísmo semejante vida. Nada más lejos de la realidad. Si hay algo extraordinario en esos hombres y mujeres es, precisamente, su apabullante normalidad. Tal vez hemos sido influidos por biografías que, siempre con buena intención, han magnificado extraordinariamente sus vidas ordinarias, pero que, al común de los mortales, nos han apartado de una realidad que todos llevamos inscrita en lo más profundo del alma: Dios quiere que todos seamos santos y con una santidad que se asemeje al corazón de Dios. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, decía Nuestro Señor. Y, contemplando la vida del Hijo de Dios en el mundo, descubrimos que esa perfección está alejada de cualquier tipo de voluntarismo que nos haga creer que, con nuestros puños y a base de esfuerzos, los méritos adquiridos son nuestros. Sin embargo, si en algo insistió Jesús fue, precisamente, en la necesidad de adquirir sencillez para alcanzar la verdadera sabiduría ante los ojos de Dios. Sencillez, humildad… disposición para abrazar la voluntad divina en todo y para todo.

¿Dónde está, entonces, el problema? En nuestra falta de aceptación. El reconocimiento de nuestros límites es la primera condición para aspirar a la santidad. Nuestro cansancio, nuestra imaginación, nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestros proyectos, nuestras seguridades humanas, nuestros afectos… Estos son los verdaderos condicionamientos que pueden apartarnos de la verdad. No se trata de que nunca nos cansemos, o de que no hagamos planes, o de que no nos sirvamos de la imaginación, o de que no recibamos cariño… El drama está en que en cada una de esas situaciones no contamos con Dios sino con nuestro voluntarismo y, por lo tanto, nos quedamos solos. Y se trata de la soledad más terrible que nadie podría experimentar, porque se vive en la mentira de que soy yo (sólo yo) quien lleva a cabo la única “proeza” de vivir el “día a día” de mi santidad con coherencia y sentido común.

Mira de nuevo a los santos. Son hombres y mujeres como tú y como yo. Personas con defectos y cualidades, con virtudes y pecados, con proyectos y planes. Pero supieron amar a Dios porque se aceptaron tal y como eran, tal y como Dios los quería. Nuestra Madre la Virgen mira con enorme sufrimiento a ese Hijo queridísimo clavado en la Cruz pero su aceptación llega hasta el punto de abrazar la voluntad del Padre por amor… En eso consiste experimentar en la propia historia personal (la tuya y la mía) la ternura y la infinita misericordia de Dios.

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