Espíritu Santo, por quien conocemos a Dios

Intus legere, leer dentro. La capacidad que tiene el hombre para conocer es lo que le permite adquirir inteligencia sobre las cosas, aunque ese conocimiento siempre será parcial, pues es un ser limitado. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a trascender esa materialidad, «leyendo» en nuestro interior, para captar realidades que nuestra naturaleza es incapaz de percibir por sí misma.

“Instrúyeme, ¡oh Yahvé!, en el camino de tus mandatos, para que del todo los cumpla. Dame entendimiento para que guarde tu Ley y la cumpla con todo el corazón” (Sal 119). Nada puede ser amado si antes no es conocido; por ello, el don de inteligencia aparece como el primero, en orden a capacitarnos para reconocer aquello que verdaderamente queremos, y así los demás dones vayan situándose en el juego de la gracia que nos proporciona el Espíritu Santo. El don de inteligencia nos posibilita descubrir y penetrar en lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo nuestro ser. Y sin despreciar lo que nos rodea, vamos de lo exterior a lo interior, y de lo visible a lo invisible. La fe queda iluminada por este don, para poder comprender con la luz del entendimiento divino, las verdades que se refieren a Dios.

Sólo el Espíritu Santo conoce la intimidad de Dios y sólo Él nos la puede dar a través de sus dones. Por eso, lo oculto que hay en Dios se manifiesta en el interior del alma, en esa búsqueda y conocimiento de la verdad asistida por la luz del Espíritu. El tiempo que hayamos perdido entretenidos en lo que se nos escapa, en lo que es fugaz y aparente, sólo es posible recuperarlo en el interior del alma, allí donde la luz del Espíritu Santo nos hace ver la claridad misma de Dios.

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Espíritu Santo, que nos sostienes con el don de Fortaleza

“No estéis tristes: la alegría de Yahvéh es vuestra fortaleza” (Ne 8,10). La fortaleza está muy vinculada a la alegría; pero no a la nuestra, sino a la que nace de Dios. ¿Cómo sonreirá Dios? El Todopoderoso, el Siempre fuerte, el Omnipotente… ¡sonríe! Resulta fascinante descubrir que los poderes fácticos del mundo suelen mostrar el lado oscuro de la amenaza, la opresión y la tiranía, mientras que Dios, auténtico Señor de la Historia, muestra el rostro de su misericordia infinita, verdadera imagen de la alegría. ¡He ahí la fuerza de la Dios!

El don de la Fortaleza nos asegura contra el temor que pueden producirnos las dificultades, los peligros, los trabajos que se nos presentan en la vida y en la entrega a Dios. Es una disposición habitual del Espíritu, que nos empuja de forma constantea realizar cosas extraordinarias, acometer empresas difíciles, soportar los trabajos más duros, sufrir lo que sea necesario, con tal de buscar sólo la gloria y el amor de Dios. El alma que no se fía de sí misma acude a esa Fortaleza de Dios, que es el Espíritu Santo, cuando se ve asaltada por tentaciones, trabajos y desolaciones que superan su ánimo.

Creemos ser más fuertes cuando tenemos más seguridades del mundo, pero, es entonces cuando más esclavos somos, no de las circunstancias, sino de nuestros caprichos. ¿Dónde radicó la fuerza de Cristo en la Cruz? En aquella petición honda y sincera al Padre: “Perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Es el Espíritu Santo el que nos adentra en la dinámica del actuar divino y, de esa manera, pase lo que pase, nada ni nadie podrá arrebatarnos la fuerza de Dios que impulsará cada una de nuestras acciones. 

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Espíritu Santo, que nos iluminas con el don de Ciencia

“Y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,9). El Génesis coloca el bien y el mal bajo la órbita de la ciencia. El don de Ciencia es una participación en la ciencia de Dios. Es una luz constante del Espíritu, que ilumina el alma, para conocer y juzgar las cosas humanas desde la óptica de Dios y de la fe. Con el don de Ciencia ayudamos al don de inteligencia a descubrir las verdades de la fe y al don de la sabiduría a poseerlas. La Ciencia del Espíritu Santo nos ayuda contra el equívoco de la seducción de las criaturas, en las que fácilmente solemos poner el corazón, atraído por el encanto fugaz del que están revestidas.

No podemos olvidar, por otra parte, que la Ciencia, aun siendo un don del Espíritu, ha de someterse al amor. Esta es, en definitiva, la única razón de la que podemos gloriarnos. Podremos adornarnos con las virtudes más excelsas y con las cualidades más extraordinarias, incluso algunos nos aplaudirán y muchos podrán alabarnos por nuestras dotes; pero, si el amor queda desplazado por nuestra vanidad o soberbia, ¿qué habremos ganado? Habremos urdido la mayor mentira jamás contada: “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy” (1 Co 13, 2).

La ignorancia y la falta de conocimiento sobre nuestro comportamiento y el de los demás nos impide vivir esa vida de caridad a la que se refiere el apóstol. Con la Ciencia del Espíritu atisbamos a Dios con esa intuición sobrenatural que adivina su sello en todo y en todos. Conocer las cosas como las conoce Dios es pedir al Espíritu la gracia de participar en su visión divina, antes de llegar a verle cara a cara en el Cielo.

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