Madre de Jesús, orando con los apóstoles, ruega por nosotros

La imagen de la Madre de Dios, orando junto a los apóstoles, a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés, se ha retratado multitud de veces. Antes, desde la oración en el Gólgota hasta la espera de la Resurrección de Jesús, debieron ser horas de una gran tensión interior. Toda una vida de entrega al plan de Dios, todas las potencias del entendimiento y la voluntad puestas a disposición de la providencia divina. Esa disponibilidad era la que necesitaba Dios para realizar su obra redentora. Jesús, una vez resucitado, se manifiesta a los suyos en cuerpo glorioso, y le pueden ver y tocar. Fueron días de gozo, de expansión interior, y de confirmar la autenticidad de sus palabras y obras. Sin embargo, llega la hora de la despedida. El Señor asciende al Cielo, prometiéndoles la venida del Paráclito, el Consolador que habría de confirmarles en la fe para llevar a cabo la evangelización de su obra al mundo entero.

Sorprendemos a estos discípulos de Jesús reunidos, una vez más, en el cenáculo. En medio de ellos, como una fuerza arrebatadora, se encuentra la Virgen orante. Pío XII, con motivo de la proclamación del dogma de la Asunción, dirá que la poderosa oración de María avivó la fuerza de esa Iglesia naciente, pues su intercesión fue necesaria para fortalecer la fe de los apóstoles. Ella, Esposa del Espíritu Santo, oraba e imploraba la llegada del fuego del amor de Dios para que, aquellos que debían ser portadores de la Palabra de Cristo ante el mundo, inundara sus tibios corazones con la certeza de que nunca ya fueran abatidos. Tú y yo, que somos hijos de Dios, llamados también a ser sus apóstoles, ¿vamos a sucumbir ante el ambiente o la mediocridad de nuestra vida, cuando también estamos fortalecidos con aquella misma oración de María que favoreció el poder de la Iglesia?

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Tú, que creyendo esperaste la resurrección, ruega por nosotros

María Magdalena la que se encontró con el sepulcro abierto el día de la Resurrección, cuando fue al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. El amor al Maestro sostenía aquella fidelidad de los últimos momentos, aunque todos, incluso sus más íntimos, habían huído de Él. Así son las cosas que nacen del verdadero cariño, y que sólo entienden los enamorados; cosas que no llegan a entenderse mientras se piense que, para querer a alguien, es necesario recibir algo a cambio.

El amor de la Virgen Madre a su Hijo es también cosa de enamorados. Ella, más que nadie, también en esos últimos momentos del Señor, “esperó contra toda esperanza”. El sostener al Hijo entre sus brazos, una vez lo descendieron de la Cruz, debió ser la mayor experiencia de un amor sufriente que pudiera soportar una madre. Incluso, en ese instante, María debió gritar en su interior al Padre Dios: “¡Muero de dolor, pero me fío de Ti!”. Ella cumplía aquella entrega del hijo que Abraham no completó. Era el cumplimiento definitivo del amor de Dios llevado hasta el culmen, donde sólo la “llena de gracia” podría soportar. 

Una piadosa tradición nos dice que la Virgen Madre fue la primera a quien se apareció el Señor resucitado. Cuesta creer que no fuera así, puesto que Ella llevó en su seno el signo del Verbo encarnado, anticipando en ese nacimiento el triunfo de Dios sobre la muerte y el pecado. ¡Cuánta justicia cumplida en ese abrazo del cuerpo resucitado de Cristo al de María, su Madre, que hizo de su fe también motivo para anticiparse a la gloria de Dios sobre el mundo! El “pequeño” universo de María, lejos de ser sepulcro cerrado, era el seno virginal de una madre que hizo donación de su Hijo para la salvación de la humanidad.

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Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Nos cuenta san Lucas que una mujer alzó la voz entre la gente para soltar semejante piropo al Señor. No tardó mucho Jesús en rectificar la intención de semejante finura de la susodicha señora, para recordarle que, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Ahora bien, lo que sí es cierto es que María, su Madre, debió amamantarle en las primeras semanas de su vida en la tierra. Perfecto Dios, pero perfecto también en la humanidad. Y de esta normalidad en lo humano, gracias a Dios, Jesús no se privó en nada, excepto en el pecado como nos recordará san Pablo. Lejos de falsos escrúpulos que pueden hacernos una idea anormal y extraña, Dios abandonó a su Hijo a lo más cotidiano y exigente que puede suponerse el estar sometido a la condición humana. Así nos lo dice también san Lucas, cuando después de que Jesús fue encontrado en el Templo por sus padres, a la edad de doce años, nos recuerda que toda la vida oculta del Señor, cerca de treinta años, consistió en progresar en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres… es decir, en vivir con normalidad su crecimiento y educación, junto a María y a José.

Ahora sólo hace falta, que tú y yo nos fiemos más del Señor, confiando en que María renueve nuestra pureza de corazón. Que nuestra vocación beba del amor de Dios que, a su vez, se alimentó de ese virginal pecho de María, Madre de Dios y Madre nuestra

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Tú, que permaneciste intrépida junto al altar de la Cruz, ruega por nosotros

La valentía no es cuestión de voluntarismo. Demostrar lo que uno es capaz de llevar a cabo, sólo a fuerza de puños, no es argumento para que otros confíen en nosotros. Cuanto más creemos que nuestro arrojo y coraje son fruto del ejercicio de nuestra voluntad, más nos equivocamos y equivocamos a otros. En cambio, hay una valentía que está más allá de nuestros límites, humanamente inexplicable, porque la recibimos de Dios. Toda la vida de María fue una entrega confiada a la voluntad de Dios, no a la suya propia. Ahí está la paradoja: que, con su abandono a la gracia divina, María vivió como nadie esa libertad propia de los que viven en la intimidad de los hijos de Dios.

La Virgen estuvo junto a la Cruz de su Hijo. No de manera hierática, o como un convidado de piedra. Su sufrimiento y su dolor no eran óbice para permanecer con una fidelidad inimaginable ante la muerte de su Hijo. La valentía de la Virgen, fruto de la gracia de Dios que inundaba su alma, hizo que su amor se anticipara a cualquier condicionamiento humano. Ella estaba allí, y el Espíritu Santo, como a Aquel que permanecía en el ara del suplicio, llenaba su alma de una fortaleza que sólo provenía de Dios.

Cuántas veces nos cuesta dar testimonio de nuestra fe, porque nos acomplejamos por la opinión de la mayoría, por el qué dirán, por los respetos humanos. Pero, más allá de esas circunstancias que tanto nos condicionan al actuar, poseemos el don de la fuerza del Espíritu Santo, que nos da la valentía sobrenatural necesaria para testimoniar a Dios allí donde estemos. Fiarnos de Él es actuar con la certeza de que el Señor ha depositado en nuestros corazones una valentía que no es fruto de nuestros esfuerzos, sino del amor que nos tiene.

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Aquella por quien los discípulos creyeron en el Maestro, ruega por nosotros

Al ver el milagro de las Bodas de Caná, los discípulos de Jesús se asombrarían de la poderosa intercesión de la Virgen. Nos dice de san Juan que “sus discípulos creyeron en Él”. La intervención de la Virgen fue la mediación necesaria para impulsar la fe primeriza de los que seguían a Jesús. Pocos son los momentos del Evangelio en que aparece la figura de María, pero, en todos ellos, su presencia escondida y oculta encierra una eficacia sobrenatural que se nos escapa. Se trata de la eficiencia, fruto de un corazón que vive con sencillez su relación con Dios, que mira siempre en el interior. Ese ponderar en el corazón la gracia del Espíritu Santo, es no dejarse llevar por la notoriedad de lo externo, sino vivir con una confianza absoluta en ese don, invisible a los ojos de los hombres, que es una comunión permanente con el Amor del Padre, una entrega sin límites al cuidado del Hijo, y la fidelidad al Esposo, Espíritu Santo, que la hacía a María vivir en esa tensión espiritual, lejos del agobio o la ansiedad, “simplemente” abandonada a Él.

Cuesta entender que los apóstoles fueran tardos en creer, habiendo acompañado tanto tiempo al Señor y habiendo visto sus obras y prodigios. María, en cambio, más que buscar explicaciones, simplemente aceptaba todo lo que acontecía en su vida, en los momentos de gozo o de dolor, de alegría o de sufrimiento. Buscar la unidad de vida en cada una de esas situaciones, mirándonos en el espejo de la providencia divina, ayuda a vivir sin el sobresalto de nuestras limitaciones, o sin la contradicción de esos detalles de cada jornada. Todo nos habla de Dios cuando estamos enamorados de Él. Cada rosa esconde una espina para recordarnos a quien hemos de entregar nuestro corazón, porque sólo la Cruz desprende el verdadero aroma de una vida entregada.

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Aquella por quien el Hijo realizó el primero de sus signos, ruega por nosotros

En las Bodas de Caná el Señor hizo el primero de sus milagros. María, su Madre, es invitada a esa celebración, quizás por ser un pariente cercano o una persona allegada. Jesús la acompaña con algunos de sus discípulos. En medio de la celebración, el maestresala avisa que se han quedado sin vino, y esto debería de ser un verdadero drama, pues era la bebida por antonomasia con la que se celebraban semejantes banquetes. La Virgen acude a su hijo: “Se han quedado sin vino”. Jesús responde: “Mujer, qué nos va a ti y a mi esto… aún no ha llegado mi hora”. Sorprende la naturalidad del trato entre madre e  hijo. Como si el Señor adivinara las intenciones de la Virgen. Entonces se produce el milagro. Sabiendo María que el tiempo de Jesús aún no era el que se esperaba para que mostrara los signos de su poder, comprometió la voluntad de Dios para que su Hijo realizara la conversión del agua en vino.

Ser conscientes del poder mediador de la Virgen es algo que debería alegrarnos, además de buscar su intercesión permanentemente. Ella, como Madre, sabe de las necesidades de sus hijos, y de la manera en que su Hijo intervendrá para operar esa gracia eficaz en nuestras vidas. ¿Qué hemos de hacer? ¡Rezar!, acudir a Ella, en primer lugar, y decirle que el vino de nuestra vida interior está agostado y caduco. Necesitamos que acuda a la infinita misericordia de su Hijo, y que su corazón, humano y divino, realice el prodigio de transformar nuestra débil condición en fidelidad a su seguimiento… La alegría de escuchar de labios de María: “Haced lo que Él os diga”, llenará de paz y serenidad nuestra pobre tinaja interior, agrietada y llena de lañas, para seguir hacia delante, con un corazón repleto del más aromático de los vinos: el del amor de Dios.

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Mujer nueva, ruega por nosotros

Lo nuevo no se opone a lo antiguo sino a lo viejo.  Lo viejo es lo que se deteriora y pierde valor con el tiempo; lo antiguo, en cambio, con el tiempo se va haciendo más valioso. Pero, el tiempo de las cosas es implacable y no perdona el deterioro de lo antiguo y de lo viejo. En el tiempo salvífico de Dios, la redención de Cristo lo viejo pasa y se hace nuevo todo lo antiguo. Es el tiempo de la nueva creación, de la nueva alianza, del mandamiento nuevo, de la nueva Jerusalén, de los nuevos cielos y la nueva tierra.

La maternidad es expresión de una continua novedad, pues en ella se comunica la vida con un rostro de hijo siempre nuevo y diferente. No hay dos rostros iguales, aun habiendo nacido ambos del mismo seno materno. La maternidad de María es nueva, no porque engendre muchos hijos sino porque engendra a Cristo, en quien se hace carne la eterna novedad de Dios. En Él se nos ha dado , una forma absolutamente nueva y para siempre, toda la vida del Padre. Una nueva y definitiva maternidad define a esta Mujer, en quien la novedad de una vida nueva que nace es también absoluta y definitiva. En su seno materno se esconde todo el tiempo salvífico de Dios, ése que hace nuevas y definitivas todas las cosas antiguas. La antigua maternidad de Eva, llamada a albergar en su seno muchos hijos, terminó engendrando vida envejecida y deteriorada por el tiempo del pecado. Era necesaria una nueva maternidad, expresión de una nueva feminidad, que engendrase aquella gracia y gloria que perdimos por el pecado.

Cuida que de tu alma no nazcan obras muertas por el pecado, aunque tengan la apariencia de obras buenas. Sólo la gracia te renueva y te introduce en la eterna novedad del tiempo de Dios, en el que todo habla de resurrección y de vida nueva.

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“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15)

Impresiona ver en los relatos evangélicos que los demonios, cuando se encuentran con el Señor, se postran ante El y confiesan abiertamente que es el Hijo de Dios. Los fariseos, en cambio, se escandalizan y consideran un blasfemo al Señor cuando les explica que El y el Padre son uno. En la parábola del Hijo pródigo, si bien se habla de dos hijos, sólo uno de ellos conoce el verdadero corazón de su Padre y se deja abrazar por él. De entre los apóstoles, sólo Pedro se atrevió a afirmar ante el Señor que era el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y el mismo Señor, en más de una ocasión, alaba el ejemplo del samaritano o la fe de la cananea, es decir, de aquellos que no pertenecían al pueblo escogido de Yahvé.

¿Cómo es posible que los demonios, o aquellos que los judíos de la época consideraban paganos, afirmen y crean en la divinidad de Cristo de forma más clara y nítida que los propios apóstoles? ¿Cómo es posible que lleves en la Iglesia tanto tiempo, que cumplas con tantos ejercicios de piedad, que vayas a Misa diariamente, que conozcas el evangelio al dedillo o que frecuentes un grupo apostólico y tu fe sea tan protocolaria, tan formal, tan acomodada a los mínimos y tan incoherente?

Para muchos, Cristo es sólo una ideología, una excusa para buscar sus propios intereses o para hacer carrera, alguien que les complica la existencia, un recurso mágico para las ocasiones de peligro o necesidad, o, simplemente, un extraño aunque oigan hablar de El todos los domingos en Misa. ¿Quién es Cristo para ti?  

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“Comerse el coco”

El afán de dar vueltas sobre uno mismo, o sobre un asunto que, en la mayoría de las ocasiones, no significa algo esencial para nuestras vidas, es una forma clara de egoísmo, de querer ser el centro de las cosas, de llamar la atención, de narcisismo. Necesitamos que otros reconozcan lo que hacemos, reclamando cariños y afectos que motiven nuestro actuar. Además de ser un claro síntoma de inmadurez, puede llegar a convertirse en una especie de obsesión que nos hace vivir con inquietud y agobio.

Jesús, en los Evangelios, siempre actúa con sencillez. No soluciona problemas personales que pertenecen al terreno de situaciones circunstanciales y transitorias, sino que va al corazón del ser humano para que tome una decisión radical y, desde ahí, ilumine todos los ámbitos de su existencia. Cuando, por ejemplo, nos habla de las Bienaventuranzas, está resolviendo, de una manera definitiva cualquier aspiración humana. Ser limpio de corazón, ser perseguido por los “justos”, llorar ante la impotencia por las cosas del mundo, vivir la pobreza de espíritu… Todo esto forma parte de ese gran signo del cristianismo que es la contradicción, es decir, la Cruz.

Dejar de “comerse el coco” es aceptar las propias limitaciones, e iniciar el gran camino del seguimiento de Cristo… Sí, ¡claro que hay resurrección!, pero antes hay que aprender a “descansar” en el Gólgota, junto al Señor. Sólo así seremos capaces de darnos a los demás, y olvidarnos un poco de nosotros mismos.

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“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)

Algunos trastocan esta sentencia del Señor y aseguran que la libertad nos hará verdaderos. Sin embargo, el contexto evangélico es claro. Jesús habla de la necesidad, por parte de aquellos que le escuchamos, de mantenernos en su Palabra y, de esta manera, ser discípulos suyos. Él mismo se declaró “Camino, Verdad y Vida”. Luego, sólo cuando nuestra voluntad está unida a la Suya alcanzaremos esa libertad genuina. Se trata de permanecer fuera de toda esclavitud, mentira o engaño, que exige voluntarismos que acaban en la nada, fuera del camino de la auténtica felicidad, o el sinsentido, la vaciedad de la vida.

Aquellos que pregonan una libertad voluntarista para alcanzar la verdad, no tienen rumbo ni certezas. No saben dónde dirigir sus deseos y ambiciones, pululando de flor en flor, hasta que, marchitos por el dolor y el sufrimiento de la frustración, acaban en la indiferencia, o en la desesperación. ¿Puede una ideología calmar la sed del corazón del hombre? ¿Puede un interés partidista, a costa de enfrentamientos y discordias, darnos la paz y la serenidad de ánimo? Aquellos que pregonan la solidaridad humana, o la justicia universal, pero argumentan que Dios es enemigo del hombre, están labrando la destrucción del ser humano (lo estamos viendo todos los días). Aquí no existe el término medio. 

Conocer la verdad es seguir a una persona, Jesucristo. Y sólo en ese conocimiento alcanzaremos la libertad. Los hombres sólo te ofrecerán felicidades caducas. Dios te anima a alcanzar la felicidad eterna… ¡Para siempre!

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