Ser pequeños para crecer

El milagro de un Dios hecho niño, carne de nuestra carne, es algo que se escapa a cualquier lógica humana. Pero, ¿cuál es la lógica de Dios? No es otra, sino la sencillez. Imaginarnos a un Dios lejano y distante, guerrero y destructivo, no tiene nada que ver con la realidad. Si Dios se hizo hombre, y además niño, no fue fruto de un esfuerzo “titánico” para despistarnos; todo lo contrario, pertenece a lo más íntimo que hay en Él: simplicidad y sencillez. Simplicidad, porque Dios es lo más simple que existe (no tiene limitación material alguna, ni ha sido creado por nada anterior a Él); sencillez, porque la absoluta transparencia de Dios hace que su actuar sea sin doblez ni engaño… todo es verdad en Él.

Si Dios se hace carne, sólo desde el mayor de los anonadamientos (la humildad de un Niño, absoluta fragilidad e indefensión de cara a los hombres), es posible conocer su intención y lo que significa para cada uno de nosotros. Nos complicamos la existencia con razonamientos, problemas y dudas. Creemos que madurar es llevar una vida complicada, “llena” de responsabilidades y asuntos urgente. Pero, una vida llevada hasta ese extremo nos hace toparnos con la frustración de que es el tiempo y las circunstancias las que nos esclavizan y nos impiden llevar a cabo lo que sí es importante: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. Dios, con su Encarnación, nos enseña a relativizar aquello que condiciona nuestra libertad y nos recuerda que sólo siendo niños seremos capaces de crecer hacia el conocimiento de lo que somos (hijos de Dios), nuestro verdadero origen (el amor de Dios) y nuestro último destino (la verdadera felicidad de la que nada ni nadie podrá arrebatarnos… y para siempre).

Hacerse niño es mirar el milagro de Belén y enamorarnos de lo que allí acontece: una entrega sin condiciones para que tú y yo podamos tocar al mismo Dios. Desde esa pequeñez es posible alcanzar la madurez de las cosas que valen la pena: generosidad de un alma que alcanza la plenitud de lo humano cuando se deja abrazar por el amor de Dios. María, la Virgen, contempla a ese Niño y pondera en su interior la gracia de la sencillez de Dios, llenando todos sus deseos e intenciones… ninguna otra cosa acapara su corazón.

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«Lo envolvió entre pañales» (Lc 2,7)

Toscos pañales serían aquellos que abrazaron por vez primera la carne infante de Dios hecho Niño. Preparados con mimo por el corazón expectante de la Virgen Madre, aquellos duros hilos tuvieron la dicha de arropar la carne santa del Verbo humanado. Jamás habría encontrado la Virgen Madre telas más dignas para acoger y cubrir al Verbo de Dios que aquellos rudos pañales que cubrieron de humana desnudez la naturaleza divina de Dios Niño. Las manos y el abrazo de María suavizaban la aspereza de aquellos hilos y cubrían de dulzura la soledad y pobreza de aquel pesebre de Belén.

Pañales de fría soledad, de escondido anonadamiento, de desnudez e impotencia, fueron aquellos duros y miserables trapos de la carne que arroparon el nacimiento del Verbo. Pañales de pobreza y de pecado son también los que arropan a ese Cristo que nace hoy en tu alma. Y, sin embargo, también en ti sigue la Virgen Madre abrazando y rodeando de dulzura a ese Niño que se hace carne en el pesebre de tu vida. Adora la desnudez de ese Dios que llevas dentro y no temas arroparle con los pobres pañales de tu alma. La belleza de aquellos rudos paños de Belén embelesó a los ángeles, que nunca pudieron abrazar, como ellos, aquella carne infante de Dios Niño.

Tu pobreza espiritual, tus pequeñas fidelidades, tus amores y cariños, tus lágrimas de arrepentimiento, tus deseos renovados de entrega a Dios, tus ofrecimientos, tus silencios y aceptaciones, son pañales toscos y rudos que arropan con la belleza de lo pequeño la desnudez de ese corazón enamorado de tu pesebre. Entrégale a la Virgen Madre esos pobres pañales de tu alma, manchados de pecado y de miseria, y deja que con ellos envuelva una vez más a Cristo Niño naciendo hoy en tu vida.

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Christus natus est nobis

Nos acostumbramos a no reconocer los prodigios de Dios sólo porque suceden revestidos de una prodigiosa e inaudita sencillez. El frío silencio de una pobre noche, que alberga en su seno la plenitud de los tiempos y el sentido profundo de la Historia. La exquisita filigrana de un corazón de Madre, que atrae sobre sí toda la complacencia y el amor del Padre. La débil desnudez de una carne humana, que es capaz de revestir de humildad toda la gloria y la trascendencia de Dios.

Conmueve profundamente la contemplación de esa carne infante, que esconde la grandiosa omnipotencia divina hasta el escándalo del anonadamiento. El corazón ha de hacerse pastor y peregrino ante este Niño de Belén, que trae en su carne la misericordia y el amor infinito del Padre. Acércate junto a José, a contemplar en el silencio de tu alma a este Dios que embelesa a los ángeles. Acurrúcate entre los pastores y ofrécele, como ellos, ese poco de amor que tengas para calentar las frías pajas de este oscuro mundo.

Ponte junto a la Virgen Madre, para arropar con Ella la débil desnudez de ese amor divino humanado. Besa las manos de ese Dios Niño, las mismas que un día te crearon, las mismas que habrán de acogerte cuando llegues para siempre a la casa del Padre. Aprende de aquellos animales del establo, entre los que el Señor quiso nacer, haciendo suya la humildad de su pobre condición de criaturas. Contempla la escondida pobreza de aquel establo de Belén, que en nada envidió la majestuosa y secular belleza del Templo de Jerusalén. Por ti, y sólo por ti, tu Dios se hizo carne de Niño. Adora, contempla y calla, porque solo el silencio que adora es capaz de hacerse eco de esta Palabra, hecha carne para ti.

A TODOS LOS SUSCRIPTORES DE LAÑAS, MATER DEI LES DESEA UNA ¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD!

 

El cielo de Belén

Tengo mi cielo escondido en un pesebre. Mirada divina, sonrisa inefable, corazón tan humano de Dios que hablas a solas y en secreto. ¡Oh noche deseada por los siglos! Noche iluminada con la dulzura de la presencia del Verbo hecho Niño para el mundo. Prodigio inefable el de tu misericordia, que te mueve a venir a mí para transformarme en Ti. Noche luminosa y clara que revela en la pobre carne de un Niño las delicias de la Trinidad. En Ti, Jesús, dulce amor de María y de José, encuentro el cielo de mi alma.

Es mi cielo encontrarme con la mirada de mi Dios, sintiendo la suave intimidad de dos corazones unidos por la pequeñez y la pobreza. Es mi cielo esa sonrisa de infante que me invita a esperar en la fe oscura, a abandonarme en El con corazón de hijo, a sentirme amado y envuelto a raudales en la misericordia divina de cada instante de mi vida. Es mi cielo vivir para este Dios que amo y adoro cuando El quiere esconderse en la pobreza de mi carne pecadora. Es mi cielo callar agradecido ante un Dios que así se abaja y humilla por amor a mi nada. ¡Oh, Señor, Humildad enamorada de mi pobreza, que sepa ver torrentes de tu luz en la noche profunda de mi alma! Revísteme de tus armas para que a tus pies, en Belén, emprenda yo una carrera de gigante por el camino de la caridad. Mi cielo has de ser sólo Tú, Señor, mi Verbo humanado, que te encarnas en la tierra de mi vida, descansas en el pesebre de mi alma y te ocultas abajado entre las pajas de mi nada. Que viéndote Niño en mí, aprenda yo a adorarte en cada alma que pones a mi lado, en el camino de cada día. Que en cada hijo de la Iglesia sepa descubrir tu rostro de Niño eterno naciendo día a día entre las pajas de su vida. Que en ellos mire yo tus mismos ojos, aquellos con los que un día me enamoraste y hablaste en el alma.

Encuentro mi cielo en el corazón de la Virgen Madre, allí donde Dios guarda y contempla todos sus secretos. Corazón virginal de Madre que deshojas en adoración ante tu Verbo humanado pétalos de humildad, vacío y pequeñez. Tu regazo materno fue el cielo de Jesús durante su vida en la tierra. Tú eres también dulzura y alivio de cielo en mis noches de Belén, cuando mi Dios duerme, se esconde y calla en la desnudez de la fe. Humildad de un Dios enamorado de la debilidad y de la nada. Haz que sepa yo encontrar mi cielo adorándote en mi noche de Belén. Pobreza y vacío han de hacerme cada vez más hijo, más niño, como este Niño de Belén.

Abre, pues, tu corazón a este Verbo entrañable para que Él nazca en Ti y tú mores en El como en tu pesebre. Déjale a El hacer de ti un cielo de Belén y un pesebre materno para tantas almas huérfanas que buscan a Dios en la noche fría y solitaria de su alma. Déjale hacer en tu alma su cielo, santuario de intimidad con el Espíritu Santo latiendo al unísono con el alma de María. Ella también adora y ama en Ti a este Verbo eterno y silencioso hecho carne en Belén, que fecunda y consagra el seno materno de las vírgenes.

¡Oh fuente inagotable de amor! ¿Qué buscas en mí a cambio de tanta gracia? Todo es tuyo, Señor, todo cuanto soy y todo aquello con que te sirvo; y, sin embargo, más me sirves Tú a mi que yo a Ti. Que sea siempre ese mi único deseo: dejar que Tu, Señor, vayas haciendo de mi vida un cielo y sea yo un regazo materno, un pesebre de tu amor y tu consuelo para el mundo.

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La mística de la vida ordinaria

Tu alma está hecha para albergar en sí lo ilimitado e infinito de Dios. Has de encontrar el lugar y la fuente de esa secreta intimidad con tu Cristo en las condiciones concretas de tu vida ordinaria, en los quehaceres de tu día a día. Ahí has de saber escalar las altas cumbres de la mística de lo ordinario, pues es ahí donde quiere el Señor hacerte gustar las delicias de su cruz. «¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella, en la espesura de la cruz!».

Si el Verbo tomó la carne de nuestra miserable condición humana, también las más altas gracias místicas pueden hacerse carne en tu pequeña alma. Tu cruz de cada día, aunque sea pequeña, es cruz; la fidelidad de cada día, con ser pequeña en  la apariencia, no deja de ser fidelidad. La mística de la vida ordinaria, con ser pequeña en sus formas, es, como tu alma, ilimitada e insondable como el mismo Dios. La espesura y estrechez de tu día a día es un pozo sin fondo donde has de beber las riquezas inagotables que manan del corazón de Dios. «Para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos». No quieras un cristianismo sin cruz porque terminarás viviendo una fe sin Dios. No midas la calidad de tu oración según los gustos y deleites que sientes, tus sublimes pensamientos o los propósitos que haces, sino por el enorme y callado amor con que sabes permanecer en la fidelidad oscura y desabrida a tu Dios.

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“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14)

El amor de amistad es generoso y desinteresado. Busca sólo y continuamente el bien del amigo amado. Se asienta en una incansable renuncia de sí, fruto sólo de ese amor auténtico que brilla más puramente cuanto más se va acrisolando en el sacrificio. Necesita fraguarse lentamente, al calor de la pureza de alma y de la confianza inquebrantable en el amigo, si quiere resistir los embates impetuosos del tiempo, de las pruebas y dificultades, o del olvidadizo corazón humano. Crece sólo en la intimidad, cuando se saborean con el amigo esas dulces confidencias en las que le entregamos el alma. Soporta, acepta, abraza y ama todo lo que el amigo es. Sabe llevar sobre sus hombros las cargas más pesadas del amigo y hasta dar la vida por él en cada pequeño minuto del día a día.

Más allá de las mutuas limitaciones y defectos, el amigo es siempre un remanso, ese alma gemela en quien siempre podrás encontrar descanso. Guarda con sumo cuidado el tesoro de la amistad, sobre todo si la vives como esposo en el matrimonio o como consagrado en tu entrega al Señor. Sé, sobre todo, amigo de Dios y paladearás ese regusto de Cielo que deja en el alma la presencia íntima y dulce del Amigo. Cuida con delicadeza de amigo tu trato diario, personal, íntimo con el Señor, porque también la oración es escuela de amistad. Tratando con este Corazón amigo y traspasado verás que, como Él, vas dejando de ser siervo y te vas haciendo amigo de silencios y eternidades.

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Llevar las cargas de los demás

No hay carga más dulce de llevar que la que guarda en su seno esa madre gestante que va a dar a luz. Cobijado en sus entrañas, el hijo es hijo porque sabe descansar en el seno escondido de su madre. Dios también se hizo hijo y fue llevado, cargado como hijo. Qué carga tan grande y tan dulce para María la de este Hijo que llevó en su seno purísimo. Y así, llevado como hijo, se preparaba el Verbo para cargar sobre sí todo el peso de nuestro pecado. Llevó en su seno todo el peso de la redención, cargando en sus entrañas, como se carga con el hijo, aquella cruz que había de dar tanta vida a tu alma.

¿Cómo no llevar y soportar así, con entrañas de madre, con las entrañas del Verbo encarnado, esas cargas y cruces que los demás necesitan descansar en ti? ¿No ves que cada problema, cada dolor, cada sufrimiento y prueba de los que te rodean deberías tú sentirla y acompañarla como una madre siente y acompaña en sus entrañas al hijo nascituro? Dios lleva tus cargas; lleva tú las de los demás y experimentarás algo de aquella dolorosa dulzura de Cristo llagado cuando cargaba con la Cruz y con tu pecado. El amor hace liviano todo peso. Y por amor, has de llevar en tu alma las cargas y cruces de los demás, como María llevó en su seno aquel Hijo de sus entrañas. Has de amar la cruz de Cristo en los demás y ser en ellos ese pequeño cireneo de Dios, que alivie y dulcifique tantas heridas. Y que tu amor sea para ellos el descanso y alivio que Dios les ofrece a través de ti.   

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Los milagros de cada día

Síntoma de un espíritu fácil y superficial es acostumbrarse a lo pequeño hasta no darle importancia y asombrarse o ambicionar sólo aquello que resulta humanamente espectacular. Nos acostumbramos a pasar de largo ante esos pequeños grandes milagros que cuajan nuestro día a día y en los que deberíamos advertir con estremecimiento la mano paterna y oculta de Dios. Un nuevo día que comienza, lleno de afanes y trabajos, es un talento más que nos regala el Dueño de la viña. La creación que nos rodea es sostenida en la existencia por ese corazón solícito y providente de Dios, siempre desvelado por el amor a sus criaturas.

Cada uno de los instantes de tu vida, de tu actividad, de tu respiración, de tu inteligencia, de tu corazón, no son tuyos ni te los puedes dar a ti mismo sino que te los regala el Dueño y Señor Único de la vida. Nos acostumbramos a pasar ante los dones de Dios como un tren que va dejando atrás rápidos paisajes, sin que nos dé tiempo a apreciar de ellos la rica policromía de sus detalles. Reclamamos de Dios sus dones, apelando a nuestros derechos de criaturas, para dilapidar después esa parte de herencia recibida cada día y vivir como hijos pródigos, muy lejos de la casa del Padre. O quizá nos quedamos en casa, disfrutando de los bienes que el hijo mayor ha recibido, pero no llegamos a ver en Dios el rostro de un Padre. No te acostumbres a la cotidiana sencillez con que Dios se te da en los minúsculos detalles de tu día a día. Asómbrate ante lo pequeño, como el niño que no se cansa de necesitar los ojos y las caricias de su madre. Y vive tu jornada con el alma rebosante de gratitud por esos brazos de Dios que te envuelven y rodean con la inmensidad de un amor sin límites.

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El silencio de Dios

En un mundo donde las prisas y el activismo parecen dominarnos, siempre hay una queja ante la supuesta indiferencia de Dios por tanta injusticia y mal del que somos testigos diariamente. ¿Por qué permanece Dios en silencio mientras los buenos sufren persecución? ¿Cómo es posible que Dios parezca estar impasible ante tanto sufrimiento, dolor y muerte de inocentes? Sólo hay una respuesta a este misterio: el silencio de Dios ante la muerte de su Hijo en la Cruz. De esta manera, esa supuesta y aparente indiferencia es el grito más elocuente de Dios: nuestra vida del día a día no es otra cosa sino la prolongación en la historia de la muerte en la Cruz del Inocente por excelencia.

Tu dolor, tu sufrimiento, tu enfermedad, tu renuncia personal, tu sacrificio escondido, tu generosidad sin palabras… todo eso, son manifestaciones del gran silencio de Dios que –como diría san Pablo– con «gritos inenarrables» manifiesta al mundo que la única victoria es la de Cristo en la Cruz… Vencedor del pecado y la muerte. Mira el silencio doloroso de la Virgen que permanece fiel junto a su Hijo en la Cruz. Su fidelidad también alcanza a tu sufrimiento incomprensible y sin sentido, porque te arropa con su ternura y misericordia para que esos silencios de Dios los descubras como amor sin condiciones.

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Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.

Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.

Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

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