Tener el coraje de no ser nada

En la cruz no había nada: ni belleza humana, ni poder, ni riqueza, ni fama. Sólo había amor. Un amor despojado de todo atractivo humano, revestido de fracaso, de abandono y de mucha desnudez. Y así, en ese amor crucificado, vivía el Señor el mayor despojo de sí mismo y la mayor entrega al Padre. Y a la cruz sigue la sepultura, el desaparecer de toda figura y rostro humano en esa tiniebla y oscuridad en la que se hace fecundo el grano enterrado.

Has de tener la valentía y el coraje de no ser nada, de no ver o entender lo que Dios permite en tu vida, de querer enterrarte en el anonimato y el olvido de los hombres, de pasar desapercibido a los ojos de muchos, de no ambicionar esa honra humana, tan efímera como voluble, que infla el orgullo y hace estéril tantos apostolados. Que no te asuste vivir tu fe en el rincón de los pequeños, de los que no son importantes a los ojos de los hombres, de aquellos con los que nadie cuenta, de los que nunca son consultados, valorados o aplaudidos. Y no con una actitud de victimismo egocéntrico sino con la conciencia viva y alegre de que te estás crucificando con Cristo.

Despojarse de uno mismo es el camino para gustar el amor de los íntimos de Dios, ese que anida en el corazón de la cruz y que hace creíble tu vida cristiana. No pretendas vivir tu fe cristiana sin mucha renuncia y negación de ti mismo, porque te enredarás en la maraña de un continuo flirteo con la santidad y con la mediocridad, sin llegar nunca a la auténtica entrega a Dios. 

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Teología del cuerpo y Eucaristía. Pedidos a MATER DEI

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“Haced lo que Él os diga” (Jn 2,1-11)

A veces la Providencia parece que nos hace malas jugadas. Cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios, intentamos hacer el bien al prójimo, procuramos vivir un actitud de entrega y servicio en nuestra familia… y, de pronto, un acontecimiento, una enfermedad, un problema económico, un disgusto familiar, etc., parece trastocar todos nuestros planes y buenos propósitos.

Así debió ocurrir en Caná de Galilea. Unos generosos novios, unos invitados excelentes, un banquete estupendo… y el vino se acaba. Piensa que hay multitud de ocasiones en tu vida en las que tus proyectos y tus planes no van a coincidir con el camino y los planes de Dios. Sin embargo, siempre habrá alguien que te susurre al oído: “haz lo que Él te diga”. No era la “hora de Dios”; de hecho, así se lo hizo saber Jesús a su Madre. La Virgen, en cambio, con esa confianza absoluta en la voluntad divina, dio la vuelta al tiempo de Dios.

Piensa que el verdadero milagro en las bodas de Caná no fue que el agua se transformara en vino, sino que hubo una mujer que con su fe, “forzó” a la Providencia y cambió el tiempo de Dios. ¿Cómo andas de confianza en Dios? Sólo desde la confianza en Él descubrirás que todo, ¡absolutamente todo!, es conforme al querer del corazón de Dios.

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Vivir la castidad

De todo se le acusó a nuestro Señor: comilón, bebedor, comer con prostitutas y pecadores… Pero nadie le acusó nunca de vivir una vida impura. Jesús debió de ser muy delicado con las cuestiones que tenían que ver con la pureza de corazón. De hecho, cuando la gente le planteaba, por ejemplo, cuestiones que hacían referencia al adulterio apelaba a cómo Dios había dispuesto en el origen de los tiempos la vida del hombre. Incluso cuando le interrogaban acerca de cómo viviremos en el Cielo nos dice que los hombres y mujeres serán como los ángeles que habitan en él.

¿Por qué en nuestras vidas ponemos en un primer lugar aquello que se encuentra en la Ley de Dios, en un sexto o noveno lugar? Muchas veces vivimos con la ambición de obtener el placer a corto plazo. Pero olvidamos que lo que nos garantiza la felicidad es aprender de ese corazón manso y humilde de Cristo.

Vivir la castidad –en el matrimonio, en el sacerdocio, o en la vida consagrada– es la garantía para mirar a los demás como almas, ganadas por Dios para su amor, y no como objetos de consumo que pueden empañar nuestro corazón de tristeza y mentira. Vive la castidad y serás amigo de Dios.

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Un criado y dos señores

“Ningún criado puede servir a dos señores” (Lc 16,13). El problema es que se nos contagia del ambiente ese afán de contemporizar, de acomodarse a todo, de quedar bien con todos, de vivir encendiendo una vela a Dios y otra al diablo. Y, además, esa tendencia natural a lo mínimo y justito, a lo más cómodo, a lo menos exagerado y radical, a vivir con dos caras, una ante el mundo y otra ante Dios, nos acostumbra a vivir una vida cristiana instalada en la mediocridad, en la incoherencia y en el rasero de los meramente cumplidores.

A la larga no se puede mantener un cristianismo a medias, dividido entre dos amos, “porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se entregará a uno y despreciará al otro”. Tarde o temprano esa doble vida y esa doble fe, en la opinión del mundo y en la verdad de Dios, termina por resquebrajarse y ponernos entre la espada y la pared. O, al menos, así es de desear, porque mucho peor es la situación de aquellos que se conforman con vivir su cristianismo siempre a dos aguas, como criado embustero que engaña a la vez a sus dos señores. A éstos, su propia tibieza y mediocridad les sirve ya de castigo, porque no hay nada que genere más infelicidad que no tener un ideal por el que entregar tu vida.

Entrégate de verdad, sinceramente, sin rodeos; al mundo, o a Dios, pero entrégate. Ahora bien, ya que te entregas hazlo por la felicidad más grande, la que no pasa, la que te llena de verdad. Y, ya que te entregas, prueba la mayor entrega y la más gozosa, esa de la cruz, que es donde encontrarás la verdadera y plena felicidad ya en este mundo. Que ese crucificado sea tu verdadero y único Señor.

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Nuestra Señora de Lourdes. La roca de Masabielle

Cuánto atractivo sobrenatural tiene aquel rincón de Lourdes. La imponente y majestuosa roca de Masabielle, formando una pequeña gruta en el seno de la montaña, es acariciada por las aguas del Gave y por los pies de aquella Señora que cautivó el corazón de Bernardette. Cuántas plegarias, cuántos dolores, cuántas gracias, cuántos amores ha presenciado aquella roca desde que la Señora la eligió como rincón de la ternura y misericordia de Dios. Pulmón del mundo, en donde se respira la brisa suave de la presencia de Dios, al calor de esa mirada de Madre que envuelve tantos corazones doloridos y desgarrados que a Ella se acercan.

Cuánto te enseña para tu vida aquella roca de Masabielle. También tu has de ser roca para tantas almas inseguras, desanimadas, desorientadas, cansadas en la fe, que buscan alguien en quien apoyar sus soledades y amarguras. También tú has de ser lugar de oración, de plegaria y súplica, por tantos hombres enfermos de egoísmo y soberbia que buscan en ti a ese Dios capaz de cambiar el pecado en gracia. También tú has de ser rincón de la ternura y misericordia de Dios para tantos que pasan a tu lado cada día viviendo en la mentira y en el sinsentido de una vida sin Dios.

Déjate también acariciar por los pies de la Señora, para que en ti pueda Ella escuchar, acoger, consolar, curar, conducir a Dios a tantos peregrinos que buscan, quizá sin saberlo, ese poco de Dios que les haga un poco más felices. La montaña es Cristo. Pero tú, como la pequeña gruta de Masabielle que se hunde en la entraña de la cima, has de ser ese pequeño rincón de Dios y de tantas almas, que atraiga hacia el amor de Dios a todos aquellos que se acerquen. 

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“No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1)

El alma en gracia es un alma en paz. A la medida de tu fe en Dios será también la serenidad de ánimo con que afrontes las circunstancias de la vida. En el orden humano, perdemos la paz interior porque ambicionamos ese poco de reconocimiento y de consideración que nos da el mundo, porque no nos conformamos con lo que somos o tenemos, porque no aceptamos nuestra forma de ser y la de los demás, porque los planes de Dios no coinciden con los nuestros, porque nos creamos derechos y exigencias que son sólo espejismos y una ilusión que fabrica nuestro egoísmo. En el orden espiritual, muchas inquietudes y turbaciones nos vienen de nuestra abulia para luchar contra nuestros pecados y defectos, o de imaginaciones que nos impiden ver las cosas con suficiente realismo espiritual.

Puede ser que la intranquilidad surja en el alma suscitada por el Espíritu Santo, que nos incomoda y desinstala para movernos a una mayor entrega a Dios. Otras veces la turbación y la inquietud pueden proceder de la tentación del demonio y llegar a convertirse en ocasiones de gracia y de un mayor arranque en la entrega a Dios. Ten la suficiente cautela para sospechar de esa otra aparente calma interior en la que duermen el mal, la mediocridad y la tibieza, y que te hace creer que ya eres lo suficientemente bueno y cumplidor, que no tienes apenas caídas y pecados, que al fin y al cabo no eres tan malo como otros, o que no hay que complicarse más la vida. No es esta la paz que vino a traer el Señor. Y mala señal será que avances por el camino de tu vida cristiana sin haber tenido que librar algún que otro combate para que triunfe en ti la gracia de Dios. 

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Si quieres ir deprisa, ve solo; si quieres ir lejos, ve acompañado

Esta frase me la encontré en Internet. Decía proceder de un proverbio africano. Pues bien, la aplicación no puede ser más evidente. Podemos pensar que, para conseguir resultados más eficaces, es mejor ir solos y contar con nuestras solas fuerzas, pues, a veces, ir acompañados de otros significa sumar obstáculos y añadir dificultades para conseguir nuestros objetivos.

Sin embargo, en la historia de la humanidad no sabemos de nadie que haya contado con más fuerzas que Jesucristo, nuestro Señor. Desde el comienzo de su misión, Él buscó la compañía de discípulos y colaboradores, de aquellos apóstoles –con nombres y apellidos– que, más que ayudarle a ir más rápido en la proclamación del Reino de los Cielos, daban la impresión de ser torpes para entender, lentos en reaccionar y cobardes en los momentos decisivos. Incluso invitó a que le siguieran los repudiados y parias de la sociedad, los pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos, es decir, los que estaban más bien lejos de la sabiduría de este mundo.

¿Cuál era el motivo? Cristo sabía que su Iglesia había de permanecer a lo largo de los siglos, no fundamentada en los criterios de eficacia humanos o mundanos sino en el amor. Sólo el amor hace posible que las cosas permanezcan en el tiempo y fuera de él. Y eso, amig@, lo aprendió Jesús cuando anduvo en “compañía” del Padre y del Espíritu Santo, cuando ni tú, ni yo habíamos nacido, pues todo empezó en la eternidad. ¿No crees que ya vale de correr solo, o solitario, en tu huída de la vida, cuando estamos llamados a ir con otros (la Iglesia) en la ganancia de siglos sin fin?

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“¡De ningún modo te sucederá eso, Señor!” (Mt 16,22)

La autocompasión parece ser algo muy humano pero, quizás, tiene poco de divino. Cuando el Señor habla a sus discípulos de lo que le va a ocurrir cuando suba a Jerusalén, que habrá de ser ajusticiado y morir en la cruz, el bienintencionado Pedro le reprende. Incluso, lleva al Maestro a un lugar aparte para intentar “razonarle” la locura que supone esa muerte anunciada. “¡Quítate de mi vista, Satanás!”, le responderá Jesús. Y será entonces cuando el Señor explique a los suyos que la única manera de seguirle es negarse a sí mismo y tomar la cruz.

¿Cómo puede ser que, poco antes de esta reprimenda, el Señor llamara a Pedro bienaventurado por reconocerle su divinidad y, ante un detalle por evitar una muerte infame al Hijo de Dios, sea comparado con el mismo Diablo? Por una sencilla razón: para que tú y yo nunca olvidemos que, ¡por muy “santas” que sean nuestras intenciones!, si nos apartan de la voluntad de Dios habremos dejado de lado a Cristo y habremos emprendido el seguimiento del padre de la mentira, Satanás.

¿Cómo descubrir la voluntad de Dios? Mira a María, junto a la Cruz de su Hijo, y deja de hacer más preguntas. Todas las respuestas están en ese abandono de Cristo en las manos, no de los hombres, sino de Dios Padre, que desde la eternidad ama al Hijo; de ambos procede, además, el amor del Espíritu Santo.

Si supiéramos explicar semejante misterio ya no estaríamos hablando del Amor de Dios sino de la palidez de cualquier sentimiento de autocompasión al que nos abrazamos. A ese fugaz sentimiento llamamos amor, porque somos incapaces de participar de la intimidad divina a la que hemos sido llamados: vivir el Amor abrazados a la Cruz de Cristo.

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Las prisas de Satanás

Es contundente la seguridad con que la Biblia afirma, de diversas maneras, el final de esta historia y la transfiguración de este mundo en esos cielos nuevos de los que habla el Apocalipsis. Este tiempo, por tanto, es breve. Aunque queden todavía miles o millones de años, el fin temporal del pecado y del mal está señalado por Dios. El libro de este mundo llegará a escribir su última página y su última palabra. Por eso, Satanás tiene prisa, mucha prisa, por librar su batalla contra Dios en cada una de las almas. Sólo dispone de tu vida, muy corta, para impedirte tu salvación y tu entrega a Dios. En cambio, el tiempo de Dios, que es la eternidad, escapa de los parámetros de nuestro tiempo finito, de nuestros esquemas tan canijos y de nuestras perspectivas tan miopes.

En nuestras prisas y agobios, en nuestra ambición por aprovechar y agotar el tiempo de que disponemos, hay mucho de esa lucha de Satanás contra Dios. El agobio nos impide amar a Dios porque implica un amor desmedido y extremo por nuestras cosas, por nuestros planes, por nuestro tiempo. En la prisa y en el agobio yo me erijo señor y dueño absoluto de mi vida y de mi tiempo, en lugar de dejar que la providencia de Dios sea la que gobierne ese tiempo y esa actividad. Cuántas veces has experimentado esa acción casi imperceptible y suave de Dios que, en un instante, te resuelve eso que tu pensabas requería mucho más tiempo. Vivir en la calma y sosiego, aun en medio de una tremenda actividad, dispone el alma para esa contemplación de Dios, que hace de las cosas ocasiones de la presencia de Dios y del tiempo esos pequeños anticipos de la eternidad en la que algún día viviremos. No dejes que el demonio venza a Dios en cada uno de los minutos de tu vida y llena tu tiempo sólo de salvación, no de condenación .

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“Alzó los ojos al cielo” (Mc 6,41)

Sin darnos cuenta, el inevitable quehacer del día a día va erosionando nuestro deseo de Dios, nuestra visión de fe sobre las cosas, la atención interior a la presencia de Dios en el alma, el sentido sobrenatural de los acontecimientos. Nos pueden los agobios, las necesidades y los tiempos que marca ese afán diario que llevamos a cuestas como una pesada losa. Y terminamos por meter en el mismo saco de los deberes y obligaciones las cosas y los tiempos de Dios, sin terminar de creer que es precisamente ahí, en Dios, en donde encontraríamos el vigor espiritual y, al mismo tiempo, el descanso necesario para sobrellevar con espíritu cristiano esa losa pesada del día a día.

Ese lastre de ruido interior, de ambiciones excesivamente mundanas, de prisas y activismo estéril, de desorden en el horario, va generando en el alma una especie de miopía espiritual que nos impide ver desde Dios, con visión y sentido sobrenatural, esas pequeñas o grandes cosas que tejen nuestra vida diaria. Cuentan los evangelios cómo Jesús tenía la costumbre de alzar la mirada al cielo, al Padre, allí donde estaba su amor y su todo. Más allá del angosto horizonte del pecado, de la miseria humana, de los dolores y sufrimientos de tantos enfermos, de la incredulidad y ceguera de los suyos, de las críticas, incomprensiones y torcidas intenciones de algunos fariseos, de la urgencia con que la gente le pedía remedio a sus enfermedades, de las injusticias de todo tipo que también él debía padecer, Jesús no dejaba de elevar sus ojos al Padre.

La oración de la mirada es la oración del alma que va aprendiendo a ver, con visión sobrenatural, con los ojos de la fe, todas las cosas, acontecimientos y personas que tejen el día a día de nuestra vida. Cultivar esa oración de la mirada es no plegarse a esa otra mirada mezquina y corta que no tiene más centro y medida que el ombligo de nuestro propio egoísmo y soberbia. Por encima del pequeño horizonte de tus problemas, has de aprender a vivir alzando a menudo los ojos de tu alma al cielo, a ese Jesús en quien has de encontrar el sentido y el descanso a todos tus trabajos. 

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