Madre del amor más hermoso, ruega por nosotros

Estamos hechos para amar y ser amados, porque Dios nos creó amándonos Él primero. Y no nos acostumbramos a saciar con bagatelas caducas y pasajeras ese corazón nuestro que, siendo tan voluble, mezquino y limitado, está hecho para albergar y saciarse de eternidades y amores infinitos. Nunca deberías contentarte con amores pequeños y egoístas, que se entregan a medias o con condiciones, que viven de los primeros entusiasmos pero rehúsan la renuncia de la fidelidad diaria, que ambicionan oscuramente esas algarrobas de reconocimiento y compensación de los demás, con las que alimentar la propia soberbia. Tienes un corazón hecho para las cosas de Dios y, por ello, difícilmente se contenta con los cariños y afectos humanos, tan pobres y pasajeros como la misma condición humana.

María amó y se entregó al Amor más grande y más bello que es el amor de Dios. Ella saboreó, como ninguna otra madre, la ternura y la cercana humanidad de ese amor de Dios, hecho carne de su carne y sangre de su sangre. Mucho de la exquisita afectividad y ternura de María Madre hay en ese corazón de Cristo, que contemplas en la Cruz traspasado de amor. Sólo en el amor de Dios llegamos a gustar la belleza del amor a los hermanos. El amor que nace de Dios hermosea el alma y reviste de brillo infinito tantas cosas, personas y circunstancias que viven afeadas por la miseria del pecado. Bendito sea ese corazón materno y entrañablemente misericordioso de la Virgen Madre, que tanto enamoró a Dios Padre y que tanto te enseña a ti a amar al Amor más grande y más hermoso.

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Excelsa entre los humildes y los pobres, ruega por nosotros

El canto del Magnificat es la oración por excelencia de la Virgen. “Ha mirado la humillación de su esclava”, dirá María, y, en ese abajarse, Dios la enalteció hasta lo más alto. No se trataba de un acto de humildad sin más, era el perfecto conocimiento de sí misma que, ante el poder y la santidad de Dios, la Virgen se reconocía como criatura incapaz de realizar nada sin la presencia de la divinidad. Por eso será “la llena de gracia”, ese “vacío infinito” para ser llenado sólo, y exclusivamente, de Dios.

No nos cuesta, a ti y a mi, decir que somos humildes, lo que realmente resulta arduo es vivir la humildad. No se alcanza la humildad con la fuerza de la voluntad, sino con la entrega del corazón y el abrazo permanente de la aceptación de lo que somos. Es un reconocimiento que va más allá de lo que otros puedan decir de nosotros, porque hemos de abrirnos en todo momento a la voluntad de Dios, descubriendo en cada detalle de nuestra existencia su ternura, sea en la dicha o en la adversidad. Todo lo que ocurra, ¡pase lo que pase!, cuenta siempre con el beneplácito de Dios… son sus planes los que redimen, y nunca la imposición de nuestros criterios.

“A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. ¡Hambre de Dios!, que es la naturalidad de nuestra condición de hijos suyos, que nos hace ansiar ese alimento divino que nos renueva la vida en esos instantes de intimidad con Él. Los que se vanaglorian de su tener, ya tienen el premio a su incredulidad y a su incapacidad de amar. Vayamos de la mano de María, y recuperemos esa relación con Dios que nos hace tan humanos y tan de Él, como Ella lo vivió en cada momento de su existencia.

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Tú, que llevaste de la mano al Hijo de Dios, ruega por nosotros

Las manos de Dios, como manos de alfarero, imprimieron la forma de Cristo en aquel barro primordial que había de ser el hombre creado, varón y mujer. El pueblo de Israel creció cobijado a la sombra de la mano portentosa de Dios, guiado y conducido con brazo extendido y con mano fuerte. Las manos de Cristo repartieron a las multitudes aquel pan del milagro que, tiempo después, habría de ser Él mismo, hecho pan de Eucaristía. Esas manos curaron enfermos, acariciaron a los niños, se elevaron continuamente en oración al Padre, tocaron la tierra del dolor y de la agonía en Getsemaní, fueron traspasadas por los clavos de la Cruz y glorificadas por aquella misma diestra de Dios, que en el Principio creó los cielos y la tierra.

Las manos de Cristo fueron, primero, manos de María, que guiaron la Encarnación del Verbo. En manos de María descansaron esas manos de Dios, acostumbradas a mostrar su grandioso poder por medio de signos y prodigios extraordinarios. Y así, en las manos de María estaba manifestando el Padre el mayor de todos esos signos y prodigios: un Dios hecho carne y manos de niño, que escondía toda la gloria de su divinidad entre los dedos y las manos de María. Dueña, como Madre, del poder de Dios, Ella sigue teniendo en sus manos maternas las manos gloriosas de Cristo. A la sombra de esas manos de María ha de crecer también tu vida, abandonada a la sombra de ese poder providente de Dios que guía y conduce los hilos de tu día a día. Ella condujo de la mano al Verbo encarnado hacia el Padre. No dudes tampoco de que su mano materna cobija tu alma a la sombra de Dios y te conduce hacia Cristo.

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Inundada del rocío celestial, ruega por nosotros

El rocío cae de noche y se deposita sobre la hierba y la tierra, como signo de la generosa bendición de Dios. Ese rocío recordaba al pueblo de Israel que su salvación había de venir también del cielo, tal como evoca una antífona de Adviento, tomada de Isaías: “Cielos, derramad vuestro rocío… Lluevan las nubes al Justo”. El rocío empapaba la cabeza del esposo del Cantar de los Cantares, como signo de su larga espera, durante la noche, a las puertas de la casa de su amada.

El Verbo preexistente también había de encarnarse como Esposo, después de una larga espera en la noche de los tiempos, a las puertas de ese seno virginal de María, en donde había de entrar a desposar nuestra carne de hombre. Pero, había de entrar como Cabeza, rociada y ungida con el rocío del Espíritu, para unirse así a los miembros de su cuerpo espiritual, que es la Iglesia. El mismo rocío del Espíritu, que unge a Cristo Cabeza, unge y rocía también la carne virginal y materna de María. Ella, inundada de la divinidad del Espíritu, unge del rocío de Cristo a todo el cuerpo, a la Iglesia, a cuyas puertas sigue esperando, en la noche de los nuevos tiempos, el Verbo hecho ya Esposo glorificado.

No dejes de venerar a esta Madre, plena de Espíritu Santo, que rocía tus noches y soledades de dulce y suave compañía. Pídele muchas veces que interceda ante su Hijo y Esposo y te alcance de Él el don y los frutos del Espíritu Santo. Que Ella inunde con ese rocío del Espíritu todos los rincones de tu alma, para que entre en ella el Esposo, que espera siempre a tus puertas, sin que le importen las noches y las oscuridades de tu pecado.

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La mota de polvo y la viga

Mucho tiempo pasó el Señor conviviendo íntimamente con aquellos rudos y toscos apóstoles y, sin embargo, nunca salió de su boca una mínima palabra de crítica, reproche o murmuración sobre sus evidentes defectos, faltas y limitaciones. Tampoco dejó de amarles porque tuvieran esos defectos, aunque sí se preocupó de corregirles con la delicadeza y paciencia de un Dios que vivió entre los suyos enamorado de la pobre condición humana. Aquel que era perfecto, como el Padre de los cielos, nunca pronunció una palabra de amargura o de reproche contra aquellos que estaban clavándole en la cruz. Aquel que no tenía viga alguna en sus ojos sabía ver con la mirada limpia del amor las innumerables motas de polvo que empañaban el alma de sus apóstoles y discípulos.

Impresiona este silencio del Señor, cargado de caridad y ternura, ante la fragilidad y miseria de una condición humana tan herida por el pecado. Ese corazón empecatado es el que, a ti y a mi, nos hace aumentar y agrandar la mota del ojo ajeno en proporción a la medida de nuestra soberbia. Tendemos a disimular, ocultar y hasta negar nuestros defectos, a excusar y justificar con buenos motivos nuestros pecados, a criticar y proyectar en otros lo que, en realidad, son defectos e imperfecciones propias, a exigir en los demás una perfección de carácter o de comportamiento que nosotros no estamos dispuestos a vivir, a hablar mal y a juzgar superficialmente situaciones que nos contrarían o personas que no se han plegado a mis intereses egoístas, a murmurar de forma atolondrada y precipitada contra aquellos que nos han corregido.

Tan fácil es hacer daño a otros y obrar el mal con nuestra lengua como difícil reparar el efecto que ha podido tener nuestra mala palabra. La calidad espiritual de tu alma se mide, y mucho, por esa finura en el hablar que sabe cubrir de silencio magnánimo tantas vigas propias y motas ajenas.

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“Y descansó Dios en el día séptimo” (Gn 2,2)

A una visión secularizada del trabajo se corresponde una idea también secularizada del descanso. Eso que la cultura de moda llama ocio y tiempo libre, y que no es más que la cesación de la actividad laboral, puede entrañar una concepción demasiado egocéntrica del descanso, entendido como búsqueda del propio bienestar físico o psíquico. Es sólo una faceta del descanso, pero no la única.

El descanso es una realidad específicamente cristiana, que ya el Génesis relaciona con Dios y con los trabajos de la creación. Al final de su obra, en el séptimo día, Dios descansa contemplando la belleza de la creación recién aparecida, porque en ella encontraba ya esbozados todos los detalles de su plan de salvación. Veía Yahvé en aquellos cielos creados lo que habrían de ser los nuevos cielos y la nueva tierra que había de traer la resurrección gloriosa de Cristo. Y en la forma de aquel barro humano primordial, contemplaba el Creador la belleza de su Verbo, que habría de hacerse Hijo en la carne. Dios descansó en la contemplación de su obra creada como en sí mismo.

El descanso cristiano tiene mucho de contemplación y de intimidad con Dios. Es el tiempo y el modo en que elevamos el espíritu, por encima de los trabajos de cada día, para ocuparnos en esa sublime actividad que es la contemplación de Dios y de la belleza de su acción en tu alma. Has de saber descansar el trabajo de tus agobios, preocupaciones y afanes diarios en la solicitud providente y amorosa de Dios, que cuida siempre de la obra de sus manos. Piensa que Dios busca en ti la intimidad del amigo, para encontrar ahí el sosiego y la belleza de tu alma en gracia.

Has de saber llenar tu trabajo y tu descanso de la presencia de Dios, y ofrecer a otros la apacible calma de un corazón abandonado y enamorado sólo en El.  

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“No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20)

Morir al pecado no es tarea fácil. Es algo que puede suponernos un esfuerzo y unas “ganas” por las cosas de Dios, de las que no tenemos tiempo ahora. ¡Sí!, así nos planteamos muchas veces todo lo que hace referencia al espíritu. Que bastante hay con salir al paso en nuestras actividades habituales, como para “perder tiempo” en las cosas de Dios… ya habrá lugar para ello.

Nos hemos hecho una idea equivocada de la santidad. La hemos relegado a aquellos personajes raros y extravagantes, que la Iglesia denomina santos, que se someten a todo tipo de privaciones y ejercicios ascéticos, y que no tienen nada que ver con la gente normal. Sin embargo, la santidad sólo está “hecha” para los normales, como tú y yo, que buscamos hacer la voluntad de Dios, pero que tropezamos, una y otra vez, con la limitación de nuestros pecados.

Morir al pecado es vivir con Cristo… aún más, que Cristo viva en mi, como dice el Apóstol. Y eso se realiza en personas normales, personas que aceptan su condición de finitud, pero que, en esa debilidad, confían, día tras día, en la fuerza de Dios, no en las suyas. Esa es la santidad: Cristo abraza mis pecados en la Cruz… tú y yo descansamos en la infinita misericordia de Dios, que nos redime, en cada instante, a pesar de nuestra falta de esfuerzo o nuestras pocas ganas por Él… ¡Sólo has de confiar!

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“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)

Algunos trastocan esta sentencia del Señor y aseguran que la libertad nos hará verdaderos. Sin embargo, el contexto evangélico es claro. Jesús habla de la necesidad, por parte de aquellos que le escuchamos, de mantenernos en su Palabra y, de esta manera, ser discípulos suyos. Él mismo se declaró “Camino, Verdad y Vida”. Luego, sólo cuando nuestra voluntad está unida a la Suya alcanzaremos esa libertad genuina. Se trata de permanecer fuera de toda esclavitud, mentira o engaño, que exige voluntarismos que acaban en la nada, fuera del camino de la auténtica felicidad, o el sinsentido, la vaciedad de la vida.

Aquellos que pregonan una libertad voluntarista para alcanzar la verdad, no tienen rumbo ni certezas. No saben dónde dirigir sus deseos y ambiciones, pululando de flor en flor, hasta que, marchitos por el dolor y el sufrimiento de la frustración, acaban en la indiferencia, o en la desesperación. ¿Puede una ideología calmar la sed del corazón del hombre? ¿Puede un interés partidista, a costa de enfrentamientos y discordias, darnos la paz y la serenidad de ánimo? Aquellos que pregonan la solidaridad humana, o la justicia universal, pero argumentan que Dios es enemigo del hombre, están labrando la destrucción del ser humano (lo estamos viendo todos los días). Aquí no existe el término medio. 

Conocer la verdad es seguir a una persona, Jesucristo. Y sólo en ese conocimiento alcanzaremos la libertad. Los hombres sólo te ofrecerán felicidades caducas. Dios te anima a alcanzar la felicidad eterna… ¡Para siempre!

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¡Era la señal!

Sin mediar palabra alguna, sin perder un minuto, los discípulos de Emaús cogieron el trozo de pan partido y se volvieron corriendo a Jerusalén, al sitio donde sabían que estaban reunidos los Once y los demás compañeros. Nada impide pensar que, junto a ellos, estuvieran también María y las demás mujeres que habían seguido al Señor hasta la cruz. Al entrar los dos discípulos, mostrarían a todos ese trozo de pan partido y bendecido que Cristo había dejado sobre la mesa, en su casa de Emaús. ¡Era la señal! ¡En ese pan ellos dos habían reconocido al Señor! Como pudieron, explicaron a todos lo sucedido, con tono apresurado y aún sobrecogido de emoción, confesando que ese pan partido era el signo de la presencia de Cristo, la prueba de que Cristo estaba vivo.

El evangelio de Marcos (16,13) nos confirma que, a pesar de que los dos de Emaús fueron a anunciarles a todos que habían visto y reconocido al Señor, ellos no les creyeron. Podemos suponer que María sí creyó. Ella podía reconocer fácilmente aquel signo del pan partido que veía en las manos de aquellos discípulos. ¡Tantas veces había visto a su Hijo en casa partir el pan y pronunciar la bendición que asociaba naturalmente ese gesto a la presencia del Señor! ¡Y cuántas veces también había partido ella misma el pan sobre la mesa de casa para dárselo, así partido, a su Hijo! Ese gesto, tan cotidiano, fue educando el corazón eucarístico de la Madre al calor de la presencia del Hijo.

Cuántas veces, en aquel pan partido sobre la mesa que Cristo daría a su madre, viviría ya anticipadamente en el corazón, con el deseo y el amor, el pan de la última cena en el que Él mismo se daría a la Iglesia. En la vida diaria, el pan partido sobre la mesa alimentaba continuamente el amor de María hacia la presencia real, tan dulce, de su Hijo. En alguna de aquellas comidas quizá le explicara su Hijo que, un día, aquel pan habría de ser Él mismo.

Ahora, viendo aquel pan partido en las manos de los discípulos de Emaús, María creería en la dulce presencia de Aquél que se hizo desconocido caminante hasta la aldea de Emaús y sólo se dejó reconocer al bendecir y partir el pan. Y, es que toda la grandeza de Dios se nos hace presente ahí, en la ínfima normalidad de lo cotidiano.

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Espíritu Santo, que nos haces mansos con la mansedumbre de Cristo

Cuántos lamentos resuenan en el corazón de tantos hombres que sufren impotentes la barbarie de la injusticia. “¿Dónde está Dios?”, preguntan; “¿Dónde se esconde su justicia y bondad?”. La respuesta, que aún resulta escándalo para algunos, y necedad para otros, se encuentra junto al corazón llagado de Cristo. El Señor, desde la Cruz, abrazado a cada uno de esos hermanos suyos en el sufrimiento y en la muerte, los sigue atrayendo a los mismos clavos que lo cosen a Él. Ese rostro de Cristo, que muchos conocieron por tierras de Galilea, permaneció manso y humilde también en la Cruz. ¡Esa es la paradoja! El Cristo Inocente muestra la cara más oculta de Dios, ese rostro infinito de mansedumbre, en el que se adivina un corazón herido de amor hasta la muerte.

La mansedumbre modera nuestros arrebatos de ira y cólera. Nos ayuda a vencer el mal que se nos presenta, a alejar a los enemigos, no con combate y esfuerzo sino con la dulzura y la paciencia. Es la pacificación del orden creado con Dios, incapaz de utilizar la venganza como instrumento de la justicia. El manso vive en la docilidad obediente al plan de Dios, sin fiarse de la limitada lógica humana, sabedor de que el tiempo divino, el instante de lo eterno, introduce la verdad de Dios en los corazones de piedra. ¡Qué maravillosa la acción del Espíritu Santo! Aquellos que saborean su presencia no desprecian la Ley de Dios. Un solo destello de su gracia divina es capaz de transfigurar cualquier sufrimiento humano. ¿Probaremos, aunque sólo sea en un momento de nuestro atareado quehacer diario, el néctar de esa mansedumbre que mana del corazón abierto de Cristo, y que espera unos labios ardientes, sedientos, como pueden ser los tuyos o los míos? No quieras vencer el mal con más mal, sino con el silencio y la paz de la Cruz.

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