“Tocó el feretro” (Lc 7,14)

Aquella mujer de Naín, que años atrás había llorado el dolor de su viudez, caminaba ahora por las calles de su ciudad llorando la muerte de su único hijo. Una gran multitud de gente la acompañaba, incapaz de consolar y dar sentido al absurdo de la muerte. Jesús se acercó a ella, profundamente conmovido en sus entrañas por el dolor y la aceptación de aquellas lágrimas maternas. Ecos dolorosos de su pasión, anunciándole tanto dolor que habían de contener aquellas lágrimas de su Madre permaneciendo al pie de la Cruz. Esa situación, humanamente tan extrema, fue la ocasión propicia para que aquella mujer se encontrara con el consuelo y la compasión de Cristo. Acostumbrada a llorar de cerca la muerte, tenía ahora ante sí también a la vida. Jesús tocó el féretro y, con su palabra, devolvió la vida al que estaba muerto. Con la delicadeza propia de un corazón divino, Jesús tomó al niño y se lo entregó a su madre, viendo en ella algo de aquellos brazos de Madre en los que un día habría de descansar su mismo cuerpo muerto y desclavado de la Cruz.

Tú también te cruzas en tu vida con situaciones de pecado, de injusticia, de dolor, de oscuridad, de maldad, de muerte física o espiritual. Tú también acompañas, quizá, con lágrimas de impotencia muchas circunstancias humanamente absurdas e incomprensibles, en las que el poder del mal parece aturdir y ahogar la acción de Dios, o ante las que no sabemos encontrar ni dar más respuesta que el aparente silencio de Dios. Tocas, quizá, en tu propia vida y en la de los demás, muchos féretros que esconden aparentes fracasos, injusticias y persecuciones, incomprensiones de los buenos, noches y oscuridades del alma, lejanías, ausencias y aparentes silencios de Dios… Y, sin embargo, es en la muerte donde más se manifiesta el poder divino de la vida.

Piensa que la gracia de Dios puede tocar, sanar y hacer revivir las situaciones de muerte y de pecado aparentemente más extremas y absurdas. Allí donde el mal y el pecado hacen estragos, allí sigue siendo Dios el dueño y señor de la vida. No te desanimes ni abandones por imposible esos corazones que muestran tan endurecidos para las cosas de Dios o esas almas que con tanto empeño quieren cerrarse a la acción de la gracia. La compasión del Corazón de Cristo no se cansa de acercarse a ellos continuamente queriendo tocar su féretro. Tú acompaña esos féretros con las lágrimas de tu oración como María acompañó con su fe dolorosa el absurdo humano de aquella Cruz que tanta vida dio al mundo.

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“Soltó el manto” (Mc 10,50)

La ceguera de quien no quiere verse en el espejo de su propia condición pecaminosa es peor y más grave que la de aquel ciego Bartimeo que, sentado al borde del camino, pedía a todos un poco de limosna. Al oír que pasaba Jesús gritaba con fuerza: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Los demás, por miedo a quedar mal o hacer el ridículo ante Maestro tan reputado, protestaban y le regañaban para que se callara. Bartimeo, en cambio, sin preocuparle lo que los demás pensaran de él, al oír que Jesús le llamaba, soltó su manto y, dando un salto, corrió hacia él. Jesús le regaló la gran limosna de ver muy de cerca aquellos ojos misericordiosos y divinos que curaron, sobre todo, la ceguera de su alma. Aquel día, de entre todos los discípulos que seguían de cerca al Maestro, sólo los ojos de Bartimeo conocieron verdaderamente el rostro del Señor, porque sólo él tuvo la valentía de quitarse el manto de su propio yo y ponerse ante el Señor que pasaba tal como era: pobre y ciego.

Necesitamos cubrir la indigencia de nuestra condición humana con los ropajes y adornos de las propias compensaciones, de las aparentes seguridades, del aprecio y la aprobación del mundo, de la buena opinión de los demás. Cuántos defectos, manías, pecados, omisiones, pensamientos egoístas y rebuscados, críticas y torcidas intenciones ocultamos detrás del ropaje artificioso de esa imagen irreal, que tanto nos esforzamos por mantener como verdadera ante nosotros mismos y ante los demás. Cuánta mediocridad de vida revestida con los harapos y jirones de nuestras justificaciones y excusas. Bajo el manto de una falsa virtud y de la apariencia de bien escondemos muchas veces la hipocresía de creer que nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios es como debe ser: nada exagerada, moderada, correcta y al uso de los tiempos que corren. Incluso en el orden espiritual nos cuesta tanto aceptarnos tal como somos que, sin darnos cuenta, terminamos por esconder y disimular nuestro verdadero yo bajo el manto quejumbroso y lastimero de un “no puedo” que, en el fondo y aunque nunca lo reconozcamos, es un “no quiero” y un “no me apetece”.

No tengas miedo a amar lo que eres y a aceptarte tal como eres. No tengas miedo a reconocer ante Dios y ante ti mismo la pobreza de tus defectos y limitaciones o la ceguera de tus pecados. Aunque los demás te manden callar o alaben la vistosidad y belleza de tu manto, deja que Cristo pase por tu vida, cure la ceguera de tu alma y revista con la riqueza de su gracia la desnudez de tu pobreza espiritual. Mejor ser un pobre Bartimeo que acompañar al Maestro en su camino y contarnos entre los seguidores y discípulos que, cegados por la oscuridad de su soberbia, nunca se atrevieron a pedirle la limosna de ver.

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San Juan de la Cruz: la mística de la vida ordinaria

Tu alma está hecha para albergar en sí lo ilimitado e infinito de Dios. Has de encontrar el lugar y la fuente de esa secreta intimidad con tu Cristo en las condiciones concretas de tu vida ordinaria, en los quehaceres de tu día a día. Ahí has de saber escalar las altas cumbres de la mística de lo ordinario, pues es ahí donde quiere el Señor hacerte gustar las delicias de su cruz. “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”. Si el Verbo tomó la carne de nuestra miserable condición humana, también las más altas gracias místicas pueden llegar a hacerse carne en tu pequeña alma.

Tu cruz de cada día, aunque sea pequeña, es cruz; la fidelidad de cada día, con ser pequeña en las formas, no deja de ser fidelidad. La mística de la vida ordinaria, con ser pequeña en sus apariencias, es, como tu alma, ilimitada e insondable como el mismo Dios. La espesura y estrechez de tu día a día ha de ser ese pozo sin fondo donde puedas beber las riquezas inagotables que manan del corazón de Dios. “Para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos”. No quieras un cristianismo sin cruz porque terminarás viviendo una fe sin Dios. Y no midas la calidad de tu oración por los gustos y deleites que puedas sentir, por los grandes pensamientos que se te puedan ocurrir, por los bellos propósitos que te propongas cumplir, sino por el enorme y callado amor con que sabes permanecer en la fidelidad oscura y desabrida a tu Dios.

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Enjugar el rostro sufriente de la Iglesia

No pretendas entender el misterio del mal. Ni siquiera solucionarlo. Ante situaciones que nos sobrepasan a veces sólo cabe la inclinación humilde de un entendimiento que calla ante lo que no entiende, o la oración escondida de un corazón que acepta dolorido el mal ajeno. Has de aprender a estar junto a la cruz, como María, redimiendo más con tu dolor que con tu acción. Has de aprender a sufrir con misericordia el mal de otros, llevando sobre los hombros de tu oración ese carga tan pesada del pecado que tanto aflige a la Iglesia. No caigas en la tentación de la crítica fácil ante las miserias y escándalos de los miembros de tu Iglesia. No cedas a la duda, al desaliento o al desánimo cuando te topes de cerca con el pecado, la defección y la omisión de otros cristianos o, incluso, de tus mismos pastores. Esas situaciones que tanto dolor te causan quizá no te corresponde a ti solucionarlas, pero sí sufrirlas.

Besa con tu entrega y tu fidelidad esas llagas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Enjuga con los cabellos de tu oración esos pies sucios y doloridos con los que Cristo sigue hoy caminando en los miembros de su Iglesia. Abraza en lo más profundo del corazón esa misma cruz que Cristo abrazó en Getsemaní, con el doloroso gozo de saberte, como Cristo, crucificado por los pecados que afean la indefectible santidad de la Esposa. Y, sobre todo, cuida de no herir con tu vida mediocre, con tus faltas consentidas, con la indiferencia ante tus propios pecados, esa filigrana sublime, misteriosa y delicada que es la comunión de la misma Iglesia. Tu también puedes ser con tu vida de aquellos que, ante este cuerpo llagado y ensangrentado de Cristo que es la Iglesia, gritan y piden el castigo de la crucifixión. Acércate a tu Iglesia como se acercó aquella mujer al cuerpo llagado y caído de Cristo, enjugando con el paño limpio de tu vida el rostro sufriente de Cristo en cada uno de tus hermanos.

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Un montón de camellos ante el ojo de una aguja

Es propio de nuestra limitada condición creatural asirnos fuertemente a los agarraderos de las seguridades humanas. Necesitamos vivir con los pies muy puestos en la tierra de nuestros cálculos humanos, de nuestras previsiones y planes, de nuestras habilidades y cualidades, de nuestros méritos, de todo aquello que podemos medir, tocar, ver y sentir. Y terminamos por utilizar esa misma lógica humana en nuestra vida espiritual, convirtiendo el alma en un almacén de congelados, en el que voy guardando todos aquellos méritos y obras buenas que me permitirán un día comprar a Dios mi derecho a la salvación.

Aunque seas muy generoso con tus bienes materiales, puedes vivir con alma de rico, dominado por la miserable ambición de caminar muy seguro de ti mismo y confiado en las riquezas espirituales de tus méritos, de tus obras, de tus virtudes o de tus cualidades. Todo eso de bueno que hay en ti no es tuyo; te lo da Dios con su gracia. La peor pobreza que puede sufrir un alma inflada de sí misma es no tener a Dios. Y esta miseria espiritual puede darse aun cuando seas un perfecto cumplidor de tus deberes espirituales. Otros podrán ver que vas a Misa, que rezas a diario el rosario, que hablas piadosamente de Dios en tu apostolado, que lees y conoces la Escritura, y hasta podrán alabar tus bellas y piadosas predicaciones… Sin embargo ¡cuántos cristianos tan llenos de sí mismos, esperando como camellos para pasar por el ojo de una aguja! Carga sobre tus lomos las cruces de los demás, sus problemas, sus inquietudes, sus deseos de Dios; carga tu alma, sobre todo, de la presencia y del amor de Dios, y verás que ni el ojo de una aguja es obstáculo para que su gracia actúe a través de ti.

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Adviento es tiempo del Espíritu

Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma ante el próximo nacimiento del Verbo encarnado. Al compás del amor, brotan en el corazón deseos callados de contemplar asombrados el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado! Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna.

Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que se hace carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo. Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros.

Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia. Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén. Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla. No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.

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El Adviento de tu día a día

La liturgia del Adviento se va revistiendo de una intensidad única y sobrecogedora a medida que se van acercando los días de la celebración del nacimiento del Verbo. Es difícil sintonizar interiormente con esta gozosa espera del Adviento cuando seguimos entreteniendo el corazón con las mil bagatelas de ese activismo descontrolado que distrae nuestra vida de lo esencial. Seguimos enredados una y otra vez en ese ovillo de preocupaciones y afanes de nuestro día a día, sin que acertemos a poner en ellos un poco de ese Dios al que decimos que amamos por encima de todo. Y así, se nos pasan, quizá, los días de nuestra vida, como flor que se deshoja entre los dedos, sin que hayamos gustado al menos un poco de su más suave aroma.

Decimos que el Adviento es espera de Dios y, en realidad, es el Señor quien nos espera desde siempre en su Adviento eterno. Nuestro Adviento litúrgico nos recuerda ese otro Adviento de Dios, que espera allá en la eternidad, en la otra orilla de la vida, adonde llegaremos vacíos de todas esas cosas y afanes que aquí tanto nos entretienen. Si la liturgia de estos días clama deseosa ¡Ven, Señor!, qué será el deseo de ese Dios que, porque te espera desde siempre, te dice ¡ven! en cada uno de los instantes del día.

Vive pausado el adviento de cada momento de tu jornada pues, en las cosas y personas que llenan tu día a día, Dios sigue esperándote para encontrarse contigo. En medio de los trajines que llenen hoy tu jornada, acuérdate de parar el corazón y deja que se escape de él ese ¡Ven, Señor! que anima los ritmos litúrgicos del Adviento. Vive ese pequeño adviento de tu día a día, avivando en ti la presencia de ese Dios que debe llenar desde dentro todas tus cosas y afanes. Que cada minuto de este día sea un pequeño adviento en el que abraces a ese Dios que espera de ti ese poco de amor y de intimidad que tu sepas ofrecerle como pesebre.

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“Fuiste fiel en lo poco” (Mt 25,21)

El Evangelio está cuajado de día a día: el día a día de María, el de José, el de los apóstoles, el de las multitudes que le seguían, el de los fariseos, y, sobre todo, el día a día del mismo Señor que para muchos de su época y entorno pasó asombrosamente inadvertido. El sucederse de los días era para el Señor un sucederse ininterrumpido de pequeñas y escondidas fidelidades a la voluntad de su Padre. Y así, cumpliendo aquello que sólo el Padre conocía, iba Él realizando la obra de la redención de los hombres. Tu pequeña fidelidad diaria es la ocasión concreta que el Señor te ofrece para coredimir con Él y asociarte a la grandiosa obra de su Cruz.

Fidelidad a tus deberes de estado, en las responsabilidades propias de tu profesión, en eso que no entiendes o no te apetece, en eso que tanto te cuesta, en ese pequeña renuncia o vencimiento, en ese acto interior que sólo Dios llega a saber. Fidelidad, sobre todo, al Señor, en los pequeños compromisos diarios que sostienen y alimentan tu vida cristiana. Pero no se trata sólo de una fidelidad más o menos voluntarista, que nace de un mero deber de justicia para con Dios, porque puede instalarte en el cumplimiento de un cristianismo de mínimos. Es, sobre todo, esa fidelidad, quizá monótona y muy escondida, que quiere ser expresión de una finura y delicadeza de amor únicas para con Aquel que se te da todo. La mayor y más fecunda fidelidad de Dios está en la cruz; ahí también debe estar la tuya. En esa fidelidad pequeña de tu día a día, sostenida por la gracia, tu alma se hace grande, a la medida de ese Cristo crucificado que selló su fidelidad con un corazón traspasado por ti.

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Lo compasivo hacia nosotros se hizo Madre

Allá, en el seno eterno y silencioso del Padre, reposaba desde siempre el Verbo, esperando la plenitud de los tiempos. Gestado en el Amor del Espíritu, se daba al Padre como Amor compasivo hacia nosotros, pues el fruto engendrado del Amor es también Amor. En ese mismo Amor purísimo, entregó el Padre a su Verbo, para que descansara en la carne materna de María. Y allí, gestado nuevamente en el Amor del Espíritu, aquel fruto del Amor seguía haciéndose, desde la carne, compasión hacia nosotros y compasión hacia el Padre. El Amor materno del Padre hizo una Madre en María para que allí descansara el Verbo como descansaba eternamente en el seno virginal del Padre. El Padre nos dio en el Amor al Verbo y se hizo materno; María nos dio por Amor al Verbo y se hizo Madre. El Padre lo engendró de sí en el Espíritu; María lo engendró del Padre también en el Espíritu. Y la misma compasión que hacía Padre al Padre hizo también Madre a la Madre.

Lo compasivo hacia nosotros se hizo madre, en el Padre y en María. Hace falta tener muy dentro a Dios para poder darlo a los demás. Hace falta concebir, gestar, alimentar, llevar y cargar en el seno de nuestra alma esa vida del Verbo y del Espíritu, para poder darla con amor compasivo a todos los hombres. Hace falta un corazón muy puro para poder concebir virginalmente en nosotros, sin pecado, esa vida divina del Verbo. Estás llamado a entrar por caminos de maternidad espiritual, con ese mismo Amor compasivo hacia todos que hizo materno al Padre y que hace a la Virgen nuestra Madre. Ser madre de Dios en las almas como lo fue María del Verbo. ¿Es que puede, acaso, una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Así sea también tu amor compasivo hacia los hombres.

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Y después de este destierro, muéstranos a Jesús

Cuando el alma se va adentrando en los caminos de intimidad con Dios su vida se va volviendo un constante deseo del cielo. Si poco deseas el cielo, poco amas; si mucho lo deseas, mucho amas. Pero no quieras esperar tanto: comienza ya a hacer de tu vida ese poco de cielo que quepa en tanto barro. El cielo es Dios y Dios está en ti. ¿Cómo dices que no puedes gustar, en tus afanes y en el duro trajín del día a día, ese poco de Dios escondido que late amoroso en los repliegues de tu alma? Ahí, en lo más profundo de ti mismo, eres capaz de deseos y amores infinitos. No quieras ahogarte con el lastre pesado de este mundo, aun en esas situaciones duras y difíciles que atraviesas. Tu barro está hecho para el cielo, porque el cielo un día se hizo carne de tu barro.

Cuando te pese el cansancio de esta vida y te agobien sus dificultades y miserias, cuando caigas cansado de esa lucha en la que sólo la derrota te queda por compañera, mira al cielo y pon allí tu más fuerte deseo. Verás que todos esos trabajos se vuelven livianos y llevaderos, que todo se hace poco, y casi nada, comparado con el todo que es tu Dios y tu cielo. Mira que todo pasa y que, al final, tus años se van marchando como instantes, deshojados en la mano de tu vida. Y allí, al final, el cielo, sólo el cielo será nuevo regazo, en el que goces sin fin, sin horizonte. De aquella eternidad saliste y a ella has de volver para siempre. Aprende a vivir este intervalo de la vida con la íntima certeza de que ese cielo te acompaña en todo y siempre.  

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