Reconducir la imaginación

Santa Teresa decía que era la loca de la casa. Puesta al servicio del apostolado, del bien de las almas, de la caridad, del amor a Dios, puede convertirse en un talento que fructifique al mil por cien. Dejada a merced del sentimentalismo, de la comodidad, de la mediocridad espiritual, de la pereza, de la desgana apostólica, puede convertirse en plaza fuerte del pecado. La imaginación incontrolada te hace vivir fuera de la realidad, bien porque te hace retornar a un pasado que ya no existe, bien porque te precipita antes de tiempo en un futuro que tampoco existe todavía. Con la imaginación agrandas y deformas los problemas, haces real el mundo de lo ilusorio, puedes crear a tu alrededor dudas y sospechas, llegas a convertir la realidad en una caricatura fantasmagórica, inventas tus propios sueños en los que te vas refugiando para huir de la monótona y cruda realidad, anticipas inútilmente sufrimientos que quizá después nunca vienen.

Pon diques al caudal de tu imaginación: vive el ahora, el momento presente, con toda la carga de eternidad que cada instante posee; rectifica la intención de tus actos, dejándolo todo en las manos providentes de Dios; domina tus pensamientos y juicios precipitados, ponderando serenamente las circunstancias; mantente siempre ocupado, sin perder el tiempo en imaginar. Frena en seco, sin miramientos, esa imaginación desbocada que te llena de tanto ruido interior y desordena tu vida, tus afectos, tus relaciones con los demás y con Dios. Sobra la imaginación fantasiosa cuando tu cabeza busca serena la verdad de ti mismo, tu corazón ama apasionadamente a Cristo y tu voluntad quiere y desea sólo la gloria de Dios. 

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Orar con insistencia

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y   desabrido. Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. “Conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1). Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oró en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María. De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo.

¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria? Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior. No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un Sagrario y haz de él el centro de tu jornada. Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.

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Gracias extraordinarias en circunstancias ordinarias

De Santa Teresa solemos recordar sus frecuentes gracias místicas, arrobamientos, éxtasis, diálogos y visiones de Cristo. Y, sin embargo, nos fijamos poco en las circunstancias en las que la Santa supo vivir esa elevada experiencia mística. Creemos que las gracias extraordinarias nos vienen sólo en circunstancias extraordinarias, olvidando que entre los pucheros y ollas también habla el Señor. Si crees que esas gracias son sólo para una élite de cristianos, unos pocos escogidos, que están hechos de otra pasta diferente a la tuya, cometes la injusticia de dividir los cristianos en primera y segunda categoría.

Esas gracias quisiera el Señor concederlas a todos, también a ti, sin que para ello tengas que abandonar las circunstancias concretas que te exigen tu vocación y tu propio estado de vida. Si tu vida interior, tu oración, no llegan a producir frutos y flores de aroma místico pregúntate por qué y qué obstáculos sigues poniendo a la acción de la gracia. Dios nunca se da a medias; somos tu y yo los que le ofrecemos sólo una correspondencia y una disponibilidad a medias. Mira que entre tus ollas y pucheros de cada día también esté el Señor, y ahí te mostrará su rostro más enamorado. ¿Sabes cuál fue el secreto de la Santa? Que hizo de aquel Cristo llagado, ante el que se convirtió, el centro de gravedad de su vida y de sus amores. De ahí nacieron todas sus andanzas y fundaciones. No quieras ir tu por otro camino de santidad sino por el de la santísima humanidad de Cristo que a la Santa tanto ayudó y enamoró.

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Ejercitar la voluntad

Hay dos tentaciones fáciles que acechan continuamente tu vida cristiana: el intelectualismo, o el afán de convertir tu religión en un sistema de ideas o creencias, y el sentimentalismo, o el empeño por reducir tu religión a mero sentimiento. El primero te lleva a creer sólo lo que entiendes; el segundo, te lleva a creer sólo lo que sientes. Ni uno ni otro transforman la vida sino que llevan a un cristianismo acomodaticio y abúlico, que no está dispuesto a entregar la vida a Dios y a los demás. Tienes que saber dar el paso de las ideas y de los sentimientos a la vida concreta. Y para eso has de ejercitar tu voluntad.

La fuerza de voluntad, cuando se aísla de las ideas y de los sentimientos, se convierte en un duro y estéril voluntarismo que no lleva a Dios y que ahoga la vida espiritual. Si, en cambio, se pone al servicio de la sana razón y se alía con el corazón se convierte en poderoso motor capaz de dar a tu vida cristiana la solidez y el armazón de unos buenos cimientos. No empieces tu jornada sin renovar los propósitos que hiciste en el examen de conciencia del día anterior. No dejes pasar tantas y tantas ocasiones que te piden ese pequeño –y a la vez grande– acto de ejercicio de tu voluntad, y más cuanto está en juego la gloria de Dios y el bien de tantas almas. Tienes que querer, poner todo de tu parte, si no quieres que la gracia de Dios en ti quede inutilizada y baldía. Piensa hasta qué punto la voluntad es importante en la propia santificación, que la santidad se reduce a hacer la voluntad de Dios, a querer lo que Él quiere, y eso es lo que más eleva al hombre por encima de todas las demás cosas.

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Cuida la intención de tus actos

Aparentemente  puede que tu vida no se distinga mucho de la de los demás. Y, sin embargo, aunque hagas lo mismo que ellos, no debes hacerlo de la misma forma. En cada acción, en cada palabra, en cada acontecimiento, en cada minuto de tu jornada, hay algo capaz de dar valor de infinito a todo y de transformar lo más ínfimo y despreciable a los ojos humanos en gloria a Dios. Si eres capaz de rectificar a menudo la intención de tus actos, de reconducirlo todo a su centro, que es el corazón de Dios, estás dando pasos de gigante en la tarea de tu propia santificación y en la del bien de las almas. Purificar la intención y procurar ver a Dios en todo y en todos te proporciona un continuo incremento de libertad y de señorío sobre ti mismo y sobre las cosas.

Vivir la rectitud de intención te ayuda a ir purificando esa mirada de fe que necesitas para vivir el día a día sobrevolando y planeando, como las águilas, por encima de incomprensiones, juicios ajenos, opiniones contrarias, criterios desacertados, dimes y diretes. No olvides comenzar tu jornada ofreciendo todo a tu Dios. No olvides renovar ese ofrecimiento a lo largo del día, en momentos especialmente señalados, en circunstancias difíciles o incomprensibles, en las situaciones imprevistas y absurdas, en las propias faltas y caídas. Y, sobre todo, no olvides llenar ese último momento del día, la última oportunidad de la jornada, con un confiado y renovado ofrecimiento a tu Dios de lo que eres y quieres ser. Viviendo la rectitud de intención experimentarás una y otra vez que Dios es ese Padre fiel que, en cada momento de tu vida, no se cansa de esperarte y salir a tu encuentro.

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La sinceridad nos salva

El pecado nos acostumbra a vivir blindados detrás de una falsa imagen de nosotros mismos, constantemente alimentada por nuestra soberbia y vanidad. Detrás de esa careta escondemos la basura de nuestros pecados, defectos y limitaciones, procurando disimularlos para que se vean lo menos posible, y hasta terminamos creyéndonos que, en realidad, todo esa basura no existe. Cuánto nos cuesta, entonces, vivir la sinceridad con Dios en el sacramento de la reconciliación y la sinceridad con uno mismo en la dirección espiritual. Y, sin embargo, esa sinceridad te libera del pesado lastre de tu propia egolatría, te desata los nudos que atan en ti la acción de la gracia, te salva del duro cascarón de tu soberbio egoísmo en el que fácilmente te enrocas cuando caes.

Confía tu alma a Dios, sin miedos de ningún tipo. Confíala también, sin ocultar nada por vergüenza, a aquellos que, a través de la dirección espiritual, te ayudan en tu camino de entrega a Dios. Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo, mirándote en el espejo de tu imagen real, nada ficticia, hecha de mucho barro, sí, pero barro tocado y traspasado por la gracia divina. La vitalidad de tu fe, el atractivo de tu apostolado, el testimonio de tu vida cristiana y hasta el crecimiento interior de tu alma dependen, y mucho, de la sinceridad con que, a diario, al final de la jornada, hagas tu examen de conciencia.

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Sirve a la Iglesia como hijo

Hay una tremenda diferencia entre el mercenario y el hijo. El amor totalmente desinteresado e incondicional de una madre no se merece como respuesta el servicio y la entrega de quien trabaja sólo por el salario y la recompensa humana. Aunque veas que entre los cristianos prima la lógica del interés propio, del quedar bien, del crecer en la buena fama, del hacer carrera y subir puestos, de ser considerado y tenido en cuenta, acepta con caridad todo eso que llamas “zancadillas”, desprecios y humillaciones, y no quieras tener otra ambición que Dios, sólo Dios. Hay muchos que trabajan en la Iglesia para sí mismos y pocos se deciden a trabajar en la Iglesia para la Iglesia.

Busca sólo el Reino de Dios y lo demás vendrá cuando y como Dios quiera. No caigas en la crítica fácil y comodona, en las simpatías y antipatías que tanto ahogan la eficacia apostólica, en esos criterios tan humanos que hacen del Reino de Dios una trama de políticas, influencias e intereses, que no te domine la ambición de los primeros puestos del banquete. Sirve a la Iglesia como sirve un verdadero hijo a su madre. Besa sus heridas y sus llagas, como besaría María las heridas y las llagas del cuerpo de su Hijo. Ama y sirve a tu Iglesia con ese amor gratuito e incondicional que tanto se parece al amor con que es amada por Cristo.

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Imprégnalo todo de sencillez

La lógica del mundo es complicada y rebuscada, llena de recovecos, caretas y artificios simulados, todo para conseguir tan sólo unas migajas de prestigio, de influencia, de poder o de dinero. Cuánta hipocresía y falsedad allí donde crees encontrar aprecio, interés y afable cortesía. Cuánta política de intereses, cuánto egoísmo y cuánta egolatría detrás de fines buenos e, incluso, con apariencia muy cristiana.

¿Crees, acaso, que el corazón del hombre, abandonado a sí mismo, es capaz de algo bueno sin Dios y sin su gracia? La sencillez, en cambio, cautiva y atrae los corazones más endurecidos, suaviza las situaciones más tensas, suscita la confianza de los demás, gana amistades y afectos. Sencillez y llaneza en el trato con los demás, en tu oración, en tu alegría, en tu saber estar, en tu quehacer laboral, en tu entrega apostólica. Simplicidad, sobre todo, en tu vida espiritual y en tu relación con Dios, pues cuanto más sencillo es todo más lleva la huella y la presencia de Dios. En las circunstancias más anodinas e insustanciales, en las más aparentemente ineficaces, en la sencillez de lo más ordinario, ahí se te da el Señor con una plenitud capaz de desbordar y traspasar los pequeños límites de cada acontecimiento. Imprégnalo todo de sencillez, allana esos senderos tortuosos y escarpados de tu alma y contagiarás a muchos ese suave aroma de la presencia de Dios. El mundo, quizá, no entienda nunca el lenguaje de la sencillez, pero es el que habla Dios, si tú quieres entenderle a Él.

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¿Sabes vivir con alegría?

De lo que rebosa el corazón habla tu vida. Si tu alma rebosa de gracia divina irradiarás, aunque no te lo propongas, esa serena alegría de los hijos de Dios que tanto atrae a los demás. Cualquier gesto brusco o arisco, cualquier palabra cortante, una mirada dura, una actitud distante, una valoración pesimista, una opinión soberbia e impositiva, todo eso aleja de Dios, a ti y a los demás. Tu alegría no tiene por qué ser escandalosa ni llamativa, pero sí deberá ser siempre discreta y, a veces, hasta silenciosa, porque si nace del amor de Dios y de tu abandono filial no necesita estridencias ni aspavientos para mostrarse como verdadera.

Sólo aquellos que viven colgados ciegamente de la mano providente del Padre, confiados en su amor incondicional y eterno, son capaces de vivir esa verdadera alegría que no se deja condicionar ni determinar por ninguna circunstancia, estado de ánimo o persona. No olvides que la verdadera alegría, la alegría cristiana, florece con mayor belleza en la cruz, en la fidelidad escondida y hasta rutinaria del deber, en ese monótono y grisáceo día a día que a veces tanto nos pesa. Una poderosa aliada del mal y de la tibieza es la tristeza, que siempre llega de la mano del desánimo y de la desgana espiritual. El alma triste se inutiliza para la vida apostólica, pues centra todas sus pocas fuerzas en contemplarse y darse vueltas a sí misma. No dejes que esa sutil carcoma entre en tu alma y tendrás asegurada la victoria de Cristo en cada una de tus luchas.

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Ordena tu vida

El orden –o el desorden– dice mucho de ti y de Dios. El orden externo ayuda al orden interno. Ordena tu tiempo, tus cosas, tus actividades, tu trabajo, tus relaciones, y ordenarás también tus afectos, tu vida, tu relación con Dios, tu vida espiritual. No improvises, no salgas del paso, pero tampoco vivas con rigidez interior los imprevistos y circunstancias inesperadas.

Comienza por cuidar el orden de las cosas materiales que utilizas a diario en casa o en el trabajo. Cuida también el orden en tu imagen personal: el vestir, el hablar, el comer… Ordena el horario de tu jornada poniendo en primer plano las cosas de Dios y el tiempo que, en justicia, debes dedicarle. Ordena tus relaciones con los demás dando prioridad a los que Dios te ha encomendado directamente en tu propia familia, en tu apostolado, en la amistad… Ordena tu trabajo, comenzando por aquello que más te cuesta, por lo que menos te gusta, por lo más difícil. Ordena, sobre todo, tu relación con Dios: tu Eucaristía diaria, tu confesión frecuente, tu oración cotidiana, tu apostolado, tu dirección espiritual, tu examen de conciencia al terminar cada jornada… Pon a Dios en su sitio, por encima de todo, y verás que todo se hace más suave y llevadero, que el tiempo parece que cunde más, que las cosas se viven más serenamente, que el corazón logra esponjarse en todo y con todos. El orden es belleza y la belleza lleva a Dios.

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