Lunes de la octava de Pascua-La versión oficial de los hechos

Más de un soldado romano protestó cuando les llegó la orden del procurador, que mandaba pasar la noche de aquel sábado custodiando el sepulcro del hombre que acababan de crucificar. La orden podía responder al capricho de un jefecillo romano, temeroso de que los seguidores de aquel ajusticiado promovieran nuevas revueltas contra el invasor romano. Pero podía ser también que el procurador hubiera llegado a un acuerdo con los sumos sacerdotes, capaces de pagar mucho dinero si con ello podían evitar que los seguidores del llamado Cristo iniciaran nuevas revueltas contra el sanedrín y su enorme poder religioso. Todos tenían miedo a perder su poder y, sobre todo, a que aquel hombre resucitara de verdad, tal como había anunciado al pueblo más de una vez.

El evangelista Mateo, que conocía muy bien el mundo del poder político, lleno de sobornos y corrupciones, nos cuenta al detalle cómo el colegio del Sanedrín sobornó con una buena suma de dinero a aquellos guardias romanos para que no contaran la verdad. Los soldados presenciaron los primeros aquel terremoto y cómo el ángel del Señor hizo rodar la gran piedra que sellaba la entrada al sepulcro. Y, sin embargo, nunca dieron testimonio de la resurrección de Cristo. Tan grande era su miedo a las autoridades que aceptaron la suma de dinero para difundir como versión oficial que el cuerpo había sido robado antes que aceptar la verdad de los hechos.

Y, desde entonces, esa sigue siendo la gran tentación de muchos: vender la verdad y contentarse con una fe políticamente correcta, mediocre y cumplidora, del montón, atemperada con compensaciones de poder, revestida de una aparente moderación y prudencia, sólo por miedo al qué dirán, a quedar mal o a perder el propio poder. Cuántas veces en tu vida, a lo largo del día, ves la acción de Dios haciendo rodar la piedra de tantos sepulcros y, sin embargo, prefieres seguir viviendo en la tibieza y mediocridad de quien no quiere creer para no complicarse la vida.

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La expectación nocturna de la resurrección. Domingo de resurrección

Las rúbricas litúrgicas llaman a la Vigilia pascual la “expectación nocturna de la resurrección”. Así es, en realidad, toda nuestra vida: una gran expectación, una búsqueda oscura, un caminar a tientas entre sombras de dolores y espejismos de alegrías, que preludia y dispone para la gran celebración del alba, allá, cuando lleguemos a la gran Vigilia y a la permanente pascua del cielo. La gloria que resplandece en el ser de Dios no es algo inalcanzable o irreal, y aunque se nos reserve en plenitud sólo para el cielo, la llevas ya en tu alma por la gracia.

Dios no puede crear oscuridades, porque la oscuridad es la negación de Dios. Su palabra es luz y, por eso, en el principio del tiempo crea todas las cosas en la luz, no en la oscuridad. Pero tu y yo tenemos que aprender a vivir en el claroscuro de la oscuridad y de la luz, de nuestro pecado y de la gracia, esperando esa definitiva y plena resurrección que veremos en la segunda venida de Cristo, cuando vuelva revestido ya no sólo en la carne sino también en la gloria. Allí, al final de estos tiempos, habrá un último alba que anunciará el día definitivo de la resurrección del cosmos y del hombre.

Pero hasta que apunte ese alba y brille la luz de un día definitivo y eterno, hemos de aceptar la precariedad de nuestra gloria, la pequeñez de nuestros tiempos, la sucesión imperceptible de tantas noches y oscuridades que dejan siempre en el alma gran añoranza de eternidad. Qué tenue se hace la tiniebla de esta vida y qué transparente la oscuridad de sus noches, cuando se viven con el amor vigilante y despierto que espera la vuelta gloriosa de su Dios.

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Avivar la presencia de Dios

“No está lejos –dice san Agustín–; ama y se acercará, ama y habitará en ti”. Dios está presente en todas las cosas y está detrás de todos los acontecimientos. Si nos acostumbráramos a esa ineludible presencia de Dios en todos los instantes, en todas las circunstancias y personas, llenaríamos nuestra vida no de cosas y actividades sino de Dios. Acuérdate a menudo que todo, absolutamente todo, lo haces, lo dices, lo piensas, en la presencia de Dios. No te olvides que en tu alma en gracia está presente Dios, más íntimo que tú a ti mismo.

Esfuérzate durante el día por avivar esa amorosa y tierna omnipresencia de Dios Padre. Cuando entras o sales de casa, cuando empiezas o terminas tu trabajo, cuando te acuestas por la noche o te levantas por la mañana, al empezar o terminar de comer, cuando hablas con otros y rezas por ellos, cuando has caído en la tentación, cuando te dan un disgusto o una buena noticia… En todo y siempre debes encontrar una ocasión propicia para dialogar con Dios y elevar tu corazón hacia Él, levantando en tu oración todas las cosas y todas las personas. ¡Cuántas jaculatorias, cuántos actos de amor, de fe, de esperanza, de paciencia, de perdón, caben en una jornada! ¡Y cuántas jornadas acaban vacías y huecas, llenas de tiempos vacíos! Perder el tiempo es dejar que se nos escape la presencia y el amor de Dios por las rendijas de las mil cosas y afanes que nos ocupan cada día. Llena cada uno de tus instantes de un poco de eternidad y verás que tu vida, y la de los demás, se va transformando suavemente, como el metal que va cobrando brillo en el fuego.

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Fue conducido al desierto

En la Biblia la temática del desierto tiene fuertes resonancias divinas. En el desierto celebró Israel su alianza con Dios, después del éxodo de Egipto, concluyendo así una etapa importante de su historia nómada. Los profetas cantarán al desierto como imagen del primer amor y e las primeras fidelidades de la amada Israel hacia su Dios Yahvé. En cambio, sus adulterios hacia Yahvé serán la causa de que Israel sea conducido al destierro, a ese otro desierto aún mucho más terrible que será la pagana Babilonia.     Isaías profetizará, para este Israel desterrado de su Dios, un nuevo desierto engalanado de flores y júbilo por el retorno a su Dios. Juan Bautista anunció en el desierto a Aquel que había de venir a traer un bautismo de conversión. Y Jesús, llegada la hora suprema del amor, prepara su entrega entrando en el corazón del desierto, volviendo a la intimidad y soledad de aquel primer amor de juventud con que enamoró a su amada Israel.

El desierto es el lugar y el modo del amor de Dios. Que tu alma sea un desierto en donde no crezca la vida del pecado o esas malas hierbas de las ambiciones humanas, de los egoísmos, de las excusas y las quejas, de las omisiones, de los defectos consentidos, de los caprichos, de las sensualidades. Haz de entrar por caminos de desierto, de renuncia a ti mismo, si quieres vivir con más lozanía y frescura aquel primer amor con que Dios entró en tu alma desde el bautismo. En esos momentos y situaciones de desierto, en los que parece que Dios se esconde y calla, cuando te sobrepasan los sufrimientos e incomprensiones, cuando no entiendes la voluntad de Dios en tu vida o parece que pierdes la ilusión y el sentido de todo, aprende a oír la voz de ese Dios amado que te invita a entrar en su intimidad y en la espesura de una mayor fidelidad.

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La verdadera alegría

¿Podemos imaginarnos a Cristo triste? Claro que no. Si hasta los niños deseaban estar junto a Él, es evidente que tendría un atractivo humano fuera de lo común. Su alegría sería sana, contagiosa e invitaría a tomar decisiones que llenarían los corazones de un entusiasmo más allá de cualquier consuelo humano.

La alegría, cuando viene de Dios, busca darse con generosidad para que otros participen de ese mismo gozo. No se trata de la alegría fácil, de ese buscar una distracción que nos haga olvidar lo mal que lo pasamos. ¡No!, se trata de aceptar y abrazar todo tipo de adversidades con que nos “regala” el día a día, y transformarlos en donación para Dios. Es un ofrecimiento permanente de lo que somos, tenemos y nos pasa, con la seguridad de que Cristo las ha llevado antes que nosotros. Las ha redimido para que tú y yo se las devolvamos en verdadero amor. No es un amor para salir del paso, sino la verdadera caridad cristiana que nos hace reconocer hasta qué punto Dios ha dado la vida por ti y por mi.

La alegría para el cristiano no tiene que ver nada con la satisfacción del que se encuentra a gusto sin más. Es la certeza de sentirse querido… un amor que ninguna criatura humana es capaz de darnos, si no es en el amor de Dios.

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La fuerza del perdón

Cuando Pedro preguntó al Señor cuántas veces tenía que perdonar al prójimo, Jesús le contestó: ¡siempre! (eso es lo que significa “setenta veces siete”). Esa actitud cristiana, tan difícil de llevar a cabo cuando nos hacen una injusticia, es la única que puede hacernos fuertes en la perseverancia de la caridad. Muchas veces decimos que hemos perdonado, pero en ocasiones sigue quedando en nuestro interior ese “resquemor” de aquel que no olvida.

Si hay una escuela del perdón por antonomasia no es otra que la de la Cruz. Desde ella, el Señor gritó a Dios Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. No se encontraba Jesús, humanamente hablando, en una situación ventajosa. Más bien, era un guiñapo indefenso ante la burla y la venganza de aquellos que le llevaron hasta aquel suplicio. Sin embargo, el amor hizo que Cristo perseverase hasta el final, porque su corazón limpio, enamorado de la condición humana, sólo entendía a Dios como aquel padre del “hijo pródigo”.

Cuando no perdonamos, nos transformamos en corazones necios e insensatos que sólo buscan la autosuficiencia personal. Desde ahí, sólo obtendremos tristeza y dureza de corazón. ¡Cuánta libertad alcanzamos cuando, perdonando, entramos a formar parte de la infinita misericordia de Dios!

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Lo que falta a la pasión de Cristo

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). A muchos les han parecido enigmáticas estas palabras del apóstol San Pablo. ¿Cómo puede faltar algo a la Pasión de Cristo? ¿No tienen carácter de infinitud los méritos de Jesús? Entonces, ¿qué hemos de completar que falte a los sufrimientos de nuestro Señor? Sólo hay una respuesta a este misterio: la Encarnación. El Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se ha hecho carne, uno de nosotros. Dios ha entrado en la historia asumiendo cada una de nuestras limitaciones, por supuesto sin dejar de lado su divinidad… pero, apropiándose de toda, absolutamente toda, nuestra humanidad. Y si Cristo inventó la Iglesia fue, precisamente, para dar continuidad en la historia a ese plan de salvación que Dios dispuso desde la eternidad.

Entrar en el mundo es arrogarse todo lo que de condicionado tiene después del pecado original: sufrimiento, dolor, hambre, trabajo, muerte… y eso fue lo que Cristo redimió desde la Cruz, pero no desde fuera, desde lejos, como alguien ajeno, sino haciéndose El mismo pecado, dolor y muerte. Un padre de la Iglesia decía: “Dios no hace milagros… nos da su gracia”. Y la gracia es la que hemos alcanzado por los meritos de Cristo, muerto y resucitado. ¿Para qué? Para que tu y yo, en nuestra propia historia personal, en el afán cotidiano de nuestro día a día, como corredentores, demos continuidad a ese plan de salvación de Dios en el mundo concreto en que nos toca vivir. San Pablo, en esas “tribulaciones de Cristo a favor de la Iglesia”, nos está revelando nuestra propia vocación personal: corresponder al amor de Dios con nuestra entrega, generosidad y renuncia personal y, así, seguir edificando su Iglesia.

No se trata de hacer cosas difíciles o complicadas. ¡Todo lo contrario! Se trata de que tu y yo, con la mayor normalidad y naturalidad, sepamos responder a la voluntad de Dios en todo momento: una sonrisa, un gesto amable, una pequeña renuncia para hacer el bien al que tengo a mi lado, un saber callar ante la acusación injusta, un poner al servicio de Dios mi imaginación y mis pasiones, un escuchar con atención al que me resulta insoportable, no dejarme aprisionar por el tiempo y el activismo, responder con agradecimiento a la ayuda que se me presta, no atropellarme con críticas o juicios innecesarios hacia otros, saber perdonar y olvidar, dejar de lado el pesimismo y actuar siempre con visión esperanzadora en esos acontecimientos que me rodean… En definitiva, vivir cada una de las Bienaventuranzas con la certeza de que me estoy uniendo a los mismos sentimientos de Cristo Jesús y, en especial, a sus tribulaciones… Lo demás, deja que te lo diga, no sirve para mucho más que para vivir en la permanente queja, desilusión o frustración personal.

La Virgen María es la corredentora por excelencia. Ella fue la primera en completar en su propia carne, junto a la Cruz de su Hijo, lo que faltaba a la pasión de Cristo. Por eso, Ella es Madre de Dios y Madre de la Iglesia. 

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“Dí a esta piedra que se convierta en pan” (Lc 4,3)

Las piedras son minerales cuyo valor está a merced del criterio arbitrario de los hombres. Una piedra que a nosotros nos resulta preciosa, o que dicen que es útil para la construcción, quizá no tiene tanto valor fuera de ese pequeño mundo en donde es tan apreciada, porque ha de medirse con objetos de una valía mucho más elevada y noble que la que aporta el simple valor material.

Cuántas veces nos resulta agobiante y pesado nuestro día a día porque nos empeñamos en vivirlo cargando a las espaldas con un fardo repleto de piedras y piedras que, en nuestro pequeño mundo, tienen un valor casi absoluto. Las piedras de tantas obligaciones y compromisos que asumimos sólo por quedar bien ante los demás, la losa pesada de esos deberes laborales que cumplimos sin responsabilidad ni dedicación, o nuestro cristianismo cumplidor y mediocre que convertimos en un duro y desabrido pedernal. La tentación está en querer convertir todas esas rocas en ese poco de pan tierno y sabroso que el mundo valora y con el que sacia, sólo momentáneamente, las hambres más profundas del alma.

Querer un cristianismo de mínimos, correcto y cumplidor, capaz de saciar al hombre sin el esfuerzo y fracaso de la cruz, es vivir en la constante tentación de la mediocridad acomodaticia que pone una vela a Dios y otra al diablo. No pretendas vivir tu vida cristiana alimentada sólo con el pan de tus criterios, ambiciones y egoísmos, porque nunca verás plenamente saciada tu hambre de felicidad. Tampoco llenes tu alma de piedras inútiles y pesadas que te hacen caer bajo el peso de tantos activismos estériles y de agobios inútiles o de conveniencia.

Has de aprender a llevar en tu vida esa misma carga ligera que llevó Cristo hasta la Cruz: el pecado de tu vida y de la vida de todos los hombres sobrellevado por el amor infinito hacia el Padre. En el saco vacío de nuestra oración han de caber sólo tantas y tantas inquietudes, agobios y preocupaciones que pesan sobre la vida de nuestros hermanos, los hombres. 

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¡Ahora… o nunca!

Ningún minuto de tu tiempo vuelve jamás a repetirse. Pero hay encuentros, conversaciones, llamadas de teléfono, circunstancias y situaciones que, porque sabes que tienen un valor especialmente único, intentas vivir con la mayor intensidad posible y hasta grabarlas en tu memoria para poder recordarlas con detalle.

Cuántas veces te has encontrado con una persona a la que hacía años que no veías, has recibido un correo electrónico de alguien de quien habías perdido el contacto o te han llamado por teléfono después de tanto tiempo, y todo sin que lo hayas previsto ni esperado. Cómo valoramos, entonces, esos momentos que sabemos puede que no vuelvan a repetirse quizá nunca más. Piensa que, en el orden del bien, todas y cada una de las oportunidades y situaciones son aún más valiosas y únicas.

Quién sabe si la conversión o la entrega a Dios de una persona depende de ese pequeño bien que has hecho en ese momento, no más tarde, o de esa pequeña entrega, esa renuncia, ese detalle que no dejaste pasar. No desaproveches ninguna ocasión de hacer el bien, porque quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad con esa persona o nunca vuelvan a darse esas circunstancias tan propicias.

Piensa que ese momento, cada momento, es el momento de Dios, no el tuyo, para hacer ese bien concreto que se te presenta delante. Cada persona es única, cada momento es único, la vida es sólo una. No la llenes de omisiones, de tiempos vacíos, de oportunidades perdidas, porque nunca sabes si el Señor te concederá el siguiente minuto de vida.  

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Fue conducido al desierto

La temática del desierto en la Biblia tiene fuertes resonancias divinas. En el desierto celebró Israel su alianza con Dios, después del éxodo de Egipto, cerrando así una etapa importante de su historia nómada. Los profetas cantarán al desierto como imagen del primer amor y las primeras fidelidades de la amada Israel hacia su Dios Yahvé. En cambio, sus adulterios hacia Yahvé serán la causa de que Israel sea conducido al destierro, a ese desierto aún mucho más terrible que será la pagana Babilonia. Isaías profetizará, para este Israel desterrado de su Dios, un nuevo desierto engalanado de flores y júbilo por el retorno a su Dios. Juan Bautista anunció en el desierto a Aquel que había de venir a traer un bautismo de conversión.

Y Jesús, llegada la hora suprema del amor, prepara su entrega entrando en el corazón del desierto, volviendo a la intimidad y soledad de aquel primer amor de juventud con que enamoró a su amada Israel. El desierto es el lugar y el modo del amor de Dios. Que tu alma sea un desierto en donde no crezca la vida del pecado o esas malas hierbas de las ambiciones humanas, de los egoísmos, de las excusas y las quejas, de las omisiones, de los defectos consentidos, de los caprichos, de las sensualidades.

Has de entrar por caminos de desierto, de renuncia a ti mismo, si quieres vivir con más lozanía y frescura aquel primer amor con que Dios entró en tu alma desde el bautismo. En esos momentos y situaciones de desierto, en los que parece que Dios se esconde y calla, cuando te sobrepasan los sufrimientos e incomprensiones, cuando no entiendes la voluntad de Dios en tu vida o parece que pierdes la ilusión y el sentido de todo, aprende a oír la voz de ese Dios amado que te invita a entrar en su intimidad y en la espesura de una mayor fidelidad. 

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