“Le pusieron por nombre Jesús” (Lc 2,21)

En el principio de la creación, sólo Adán recibió de Dios el mandato de poner nombre a todo lo creado, “para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn 2,19). Ni siquiera los ángeles creados pudieron participar de este privilegio divino. Era algo que Dios tenía reservado para el hombre, a quien quiso desde siempre entregar el gobierno de su obra creadora, haciéndolo dueño y señor de las criaturas que están por debajo de él. Era algo propio del hombre, no de ángeles, porque el Verbo creador, Dueño y Señor de todo, había de hacerse hombre como nosotros y no ángel. Sólo María recibió de Dios el nombre que había de poner a su Hijo. Impresiona que Dios se inclinase así ante esta Mujer y sólo a Ella diera el privilegio único de poner nombre al Verbo de Dios.

El señorío no está ya en el gobierno de las cosas sino en tener a Dios, en esa maternidad divina y virginal que pone nombre humano al Verbo. Y, cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron el nombre de Jesús, el mismo que les había entregado el ángel. ¡Cómo sonaría aquel nombre en labios de María, Madre y señora del mismo Dios! ¡Cómo resonaría el eco de ese nombre humano del Verbo en el corazón del Padre eterno! ¡Cómo ha de sonar en tus labios ese dulce nombre de Cristo, que tanto consuelo y suavidad deja en el alma!

Pronúncialo muchas veces a lo largo de tu jornada, en medio de tu trabajo, cuando vas por la calle, mientras hablas con los demás, cuanto te viene el desánimo o el cansancio. Es la oración del deseo, de quien no sabe dejar de pronunciar el nombre de ese amor que llena su alma. 

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“Vayamos a algún lugar a descansar”

La invitación del Señor a sus discípulos viene después de una jornada llena de caminatas y cansancios, predicaciones, encuentros con la gente, diatribas con los fariseos, idas y venidas de una aldea a otra. A todos cayó muy bien esa invitación al descanso. Jesús explayaba su corazón sólo con los suyos; sólo con ellos hablaría abiertamente sobre lo sucedido durante la jornada, o gastaría alguna que otra broma para serenar los ánimos. Esa sencillez de familia, tan propia de un ambiente de amistad y confianza, era el descanso del Señor.

Todos necesitamos del descanso, aunque a veces no sepamos hacerlo. Vamos acumulando activismo, desorden de vida, imprevistos y contratiempos, contrariedades y agobios, y es lógico que busquemos en los ratos de ocio el reposo y descanso necesario. Pocas veces, sin embargo, buscamos ese descanso en Dios. ¡Hay que aprender a descansar en El y con El! Como un amigo abre su corazón a otro amigo así ha de ser nuestra relación con Él. Creemos, desacertadamente, que nuestro trato con Dios se reduce a un cúmulo de obligaciones y cumplimientos que, al final, añadimos a nuestros afanes diarios como una carga más. Hasta que terminamos pensando cuánto mejor sería emplear ese tiempo de Dios en otro tipo de bagatelas más urgentes.

Aprender a descansar junto a Jesús es, sobre todo, saberse querido y comprendido, no por lo bien que hacemos las cosas sino porque sabemos que nos ama tal y como somos. ¡Cuánto más rendiríamos ante las dificultades con ese descanso que, “a gritos”, nos pide el alma y el cuerpo! No te inventes excusas diciendo que no tienes tiempo para descansar, porque entonces serás un vulgar prisionero de las horas, que te esclavizarán en el burdo mundo del activismo, y serás incapaz de realizar tu actividad para dar gloria a Dios. Sepamos descansar en Dios, que es la mejor de las maneras de no complicarnos la vida con ocios que nos agotan y nos hacen perder el tiempo a nosotros y a los demás. 

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Vivir en el género apocalíptico

Cuando hace algunos años atravesamos la frontera para dar comienzo al siglo XXI, muchas voces se alzaron para pregonar el fin del mundo. Gritos alarmistas hablaban de la conjunción de los astros, o del cumplimiento de profecías milenarias, que anunciaban el término de nuestros días con signos más o menos fatalistas. Una vez más, esa pretensión, por parte del hombre, de ser dueño de la historia, le hace morder el polvo de la insensatez y anclarse en la irrealidad de sus fantasías.

La demanda de novedades, cambios, progresos, o como queramos llamar a todo aquello que huela a exclusiva de portada dominical, nos hace débiles ante la realidad de lo cotidiano. La rutina hace presa en nuestras vidas y queremos sustituir el aburrimiento con sorpresas que nos deslumbren, aunque sea a costa del Apocalipsis terráqueo.Vivir con los pies en la tierra no significa andar a rastras como los reptiles. Hay en ti un corazón capaz de alzarse hasta el cielo y llenar de sentido sobrenatural ese día a día con la presencia de Dios en cada uno de nuestros afanes.

Los cristianos no somos fatalistas, ni nos dejamos llevar por el pesimismo. Todo lo contrario. Sabemos disfrutar de esas pequeñas cosas con las que Dios nos regala, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y les damos su justo valor de infinitud, porque llevan en sí una gran carga de cariño y gratitud. Son también los detalles de convivencia, de correspondencia, de generosidad, los que avalan que el mundo, pase lo que pase, sólo tiene sentido cuando en el horizonte se abrazan el cielo y la tierra, como un gran beso que Dios deposita en mi frente recordándome, por enésima vez, que nunca estoy solo. Dejemos ese alarmista género apocalíptico para los estudiosos de las estrellas y horóscopos, y centrémonos en ser vasos comunicantes de ternura y alegría. Reinventemos el “género” del amor de Dios. 

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“Rogad por los que os persiguen”

Hay mucho odio y violencia en el mundo. No es algo ajeno a nosotros. En nuestros ambientes cercanos somos testigos de cómo familias y amistades se destruyen a causa de resentimientos que tienen su origen, en la mayoría de las ocasiones, en esa falta de pequeños detalles de cariño y convivencia. Decimos que el amor se ha enfriado, que ya no hay motivos para querer… y, de ahí, pasamos a construir “fabulosas” excusas para destruir lo que, en un principio, tenía tanto sentido y en lo que habíamos depositado tanta esperanza.

Si esto ocurre entre los que supuestamente nos queremos, cuánta mayor distancia con aquellos que nos juzgan, critican nuestra conducta, o, simplemente, nos persiguen. Hay una bienaventuranza del Señor dedicada a aquellos que nos atenazan porque queremos vivir con fidelidad nuestra vocación y nuestra entrega. Jesús se dirige a cada uno de nosotros no sólo para que recemos por los que nos persiguen, sino para que, incluso, les amemos. Aquí se encuentra el quicio del cristianismo, el signo distintivo de los que nos llamamos y presumimos de seguir a Jesucristo. A continuación de este mandato, el Señor nos propone ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

¿Que dónde está esa perfección? Ama a tus enemigos, no de palabra sino con el mismo corazón de Cristo, y verás la gloria de Dios en tu vida. Entenderás, ya por fin, porque Jesús gritó desde la Cruz: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. También a ti, como a mi, Dios nos perdona ¡tantas veces!, porque Él es perfecto en el amor. 

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¿Qué me ofrece el mundo?

El pasaje evangélico del joven rico nos deja, quizá, cierta congoja. Al final del relato el evangelista nos detalla que, debido a sus riquezas, el joven fue incapaz de responder a la llamada de Jesús y “se marchó triste”. Si el mundo es incapaz de procurarme alegrías que perduren, ¿por qué reniego una y otra vez de esa invitación del Señor a seguirle definitivamente? En el mundo no cabe Dios, por eso sólo me provee de mentiras, falsas ilusiones, ambiciones e intereses y, al final, tristeza. Somos capaces de grandes resoluciones y propósitos encomiables, pero llegado el tiempo de la perseverancia, el corazón se agota y no encuentra la fuente adecuada donde calmar su sed. ¿El motivo? Constantemente caemos en el espejismo de que es aquí, en la idolatría de lo temporal, donde puedo alcanzar la felicidad. Ese deseo de reconocimiento, ese teléfono que “lo hace todo”, ese vestido con el que “siempre” causaré admiración a todos, el coche “definitivo”, el bolígrafo que “nunca” agotará su tinta, el ordenador que “jamás” habrá de ser reparado, el “pelotazo” económico con el que cubrir el resto de mis años…

En cada uno de esos sueños siempre hay un halo de eternidad, porque el corazón del hombre está llamado a ser dichoso ¡siempre! Sin embargo, detrás de lo ilusorio que hay en lo caduco existe un profundo e inconsciente deseo de que con mi sólo esfuerzo, o, con esa suerte que siempre me acompaña, todo girará, algún día, alrededor de mi, y seré, por fin, “eternamente” feliz. ¿Es eso la felicidad? Observa, de verdad, al joven rico, a quien Jesús había mirado con cariño porque desde niño había cumplido los mandamientos. Le faltó lo fundamental: pasar del cumplimiento de las normas a la amistad íntima con Dios sin condiciones. Sólo en esa entrega encontrarás la auténtica alegría, porque dejarás de ser esclavo de lo finito y vivirás en la libertad de quien lo tiene todo: el corazón de Cristo, vencedor del mundo, que me entrega la dicha de la eternidad por amor.

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“Toda la gente procuraba tocarle” (Lc 6,19)

Los evangelistas son unánimes en señalar que eran numerosas las gentes y multitudes que seguían a Jesús. Entre ellos, siempre muchos enfermos, afectados por muy diferentes dolencias, buscando con ansiedad siquiera un poco de esa mirada o palabra que pudiera curarles. Todos querían cruzarse con su mirada, arrancarle una palabra sanadora, encontrarse con El, tocarle, para sentir el influjo de ese poder extraordinario y benéfico que salía de Él y que era capaz de sanar, en un instante, dolencias y enfermedades de muchos años.

A ti y a mi nos asusta también no tocar a Dios, no sentir ese poder extraordinario, casi mágico, que en un instante podría cambiar situaciones humanamente irreversibles y absurdas, sanar dolencias corporales y espirituales que no entendemos, concedernos eso que llevamos pidiendo desde hace tanto tiempo. Y como no conseguimos tocarle, como no vemos que Dios resuelva nuestros problemas con la rapidez y en el modo en que nos gustaría, nos viene el desánimo o la desconfianza, y terminamos por dar paso a la duda, al descontento y a la defección. Esa fe que sólo sabe apoyarse en lo que entiende y toca, en lo que ve y en lo que siente, en las seguridades humanas o espirituales, que camina sólo cuando sabe dónde va a apoyar el pie o cuándo sabe por dónde es conducida, que cree en el Dios que se fabrica a la medida de sus cortas entendederas, es demasiado inmadura y débil como para poder dar frutos de sólida y fecunda santidad.

Piensa cuánto amor al Padre y a los hombres hay en esa terrible noche interior de Cristo crucificado. Piensa cuánto amor a Cristo hay en esa tremenda noche interior de María permaneciendo junto a su Hijo en la cruz y contemplándolo muerto entre sus brazos. Piensa cuánto amor a Dios hay también en las noches de tu alma, en esos silencios interiores en los que parece que Dios calla, se esconde y hasta te abandona. Sólo cuando el alma deja de tocar a Dios puede El tocarla a ella y sanar todas sus heridas y dolencias. Es ahí, en esas noches en las que no tocas a Dios, cuando la fe se agiganta y el amor, movido por las alas del deseo de Dios, crece hasta alturas insospechadas de intimidad divina. 

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“Me ha sido dado todo poder”

El poder suscita un gran fascinación. Por él hemos inventado guerras, diplomacias, dominaciones, usurpaciones, asesinatos, traiciones, engaños, consensos… Es cierto que hablar de poder, en sentido absoluto, no es una palabra que se tenga como “políticamente correcta”, pero, también es verdad, que quien tiene y emplea el poder lo “venderá” ante los ojos de otros con distintos disfraces: lo conveniente, algo transitorio, fruto de la democracia, la voluntad del pueblo… Y cuando ya está uno en lo más alto, desde abajo se maquinan métodos para derrocar (da igual la forma política imperante) al que consideran tirano, inepto o totalitario. “No sea así entre vosotros”, dice el Señor a sus discípulos.

La clave la dará Jesús, contradiciendo cualquier experiencia humana hasta entonces, en el “servir a los demás”, y en “el que quiera ser primero, sea el último”. Sin embargo, al final del evangelio de Mateo, reunidos todos los que seguían a Cristo en Galilea, en el monte de la Ascensión, oyeron de sus labios estas palabras: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. ¿Contradicción de sentencias? No. Una única realidad: porque el Hijo de Dios, hecho carne, ha sido capaz de servir, hasta dar la vida por cada uno de los hombres y mujeres de la historia, pasada, presente y futura, se le ha otorgado el único y absoluto poder sobre todo lo creado.

Nuestra manera de ver las cosas podrá ver en ese reinado de Cristo un despotismo exacerbado y desproporcionado. Pero ya Jesús avisó a Pilatos que “mi Reino no es de este mundo”, que es como decir: “tu mundo, Pilatos, no existiría sin el Reino de Dios”. ¿Dónde está la respuesta? Pues en aquello que podemos leer en el Antiguo Testamento: “Mis caminos no son vuestros caminos, mis planes no son vuestros planes”, dirá Dios al Pueblo de Israel… y a cada uno de nosotros. Procuremos servir al prójimo, empezando por el más próximo, como el mismo Jesús nos ha servido: sólo y exclusivamente por amor, sin esperar nada de este mundo, que es la mejor manera de dar la vida, día a día, momento a momento… y el Reino de Dios ya comenzará a nacer en nuestros corazones. 

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¿Miedo al compromiso?

Te mueves en ambientes en los que la responsabilidad y el compromiso no están de moda. Es frecuente que alguien te diga entusiasmado que puedes contar con él pero luego, a la mínima dificultad o pasado el fervorín del momento, te empieza a explicar los buenos y justos motivos por los que no puede ayudarte. Otros te dirán que, por miedo a equivocarse, no llegan a comprometerse con nada ni con nadie. O se comprometen, sí, pero sólo por un tiempo, por probar, por interés, por quedar bien, hasta que encuentran algo mejor o diferente. Y ahí los tienes dedicados a mariposear de acá para allá, siempre en busca de novedades, justificando con muy santas excusas su inconstancia, su comodidad y sus ganas de no complicarse la vida.

Asumir responsabilidades, en lo bueno y en lo malo, es síntoma de madurez humana y espiritual. Allí donde pongas el clavo, martillea y golpea sin cansarte hasta que puedas hacer de él un punto de apoyo sólido y firme. Es preferible decir no a tiempo a crear falsas expectativas en otros a los que, tarde o temprano, has de dejar colgados en el aire. Has de cuidar la coherencia de vida también en esos compromisos que has decidido asumir en tu estado matrimonial, en tu trabajo, en tu amistad, en tu grupo de apostolado, en tu parroquia, en tu sacerdocio o consagración, en tu relación con Dios.

Que tu sí sea, verdaderamente, un sí, con todas las consecuencias. Pero con esa constancia que no se cansa ante las dificultades y que está siempre dispuesta a mantener ese sí por encima de cansancios, desganas, apatías, comodidades, dificultades, críticas o persecuciones. Y te irás pareciendo en algo a ese Dios incondicional e inmutable en el amor, infatigable en su misericordia, irrevocablemente fiel en su entrega, al que has de irradiar y testimoniar también en la forma de asumir las responsabilidades concretas de tu vida. 

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“Vivía sujeto a ellos” (Lc 2,50)

Impresiona que el evangelista resuma la mayor parte de la vida de Cristo en esas pocas palabras. ¡Cómo se sometió el Señor a la ley de los hombres! Y ¡cómo debemos someternos tu y yo a la ley de Dios! El Verbo encarnado se somete a la autoridad de los hombres para enseñarte a ti y a mi el valor redentor de la autoridad y de la obediencia. Ambas han de nacer de la verdadera caridad, si no quieren convertirse en autoritarismo postizo o en sumisión hipócrita y servil.

El servicio de la autoridad tiene mucho de ese Cristo del cenáculo de Jerusalén que se inclina para lavar los pies de sus discípulos. La obediencia tiene también mucho de ese Cristo de Getsemaní que, por amor al Padre, renuncia a su propia voluntad y llega hasta la Cruz, que es el extremo del amor. Ni Gersemaní ni el cenáculo de Jerusalén se explican sin esa obediencia de Dios, tan oculta y aparentemente tan absurda, durante los años de vida de familia en Nazaret. Y, sin embargo, en esa obediencia está escondido el mayor de los misterios de Dios, que es la entrega del Hijo Unigénito a la sola voluntad del Padre de los cielos. Y así, en esa obediencia, se realizó la redención de los hombres. Examina cómo es tu actitud obediencial.

Cultiva, en ese día a día de tu vida, ese espíritu de caridad obediente hacia todos, principalmente hacia los que tienes más cerca, hacia aquellos con los que pasas más tiempo o dedicas más trato. Cuida tu forma de ejercer la autoridad, que nunca has de confundir con el poder, el autoritarismo o la imposición. Si quieres, siempre encontrarás excusas, justificaciones, defectos personales, piadosos buenos motivos para no obedecer a tiempo, de buena gana, sin quejas, sin dejarlo para más tarde. Si quieres, siempre podrás encontrar en tus superiores y en los demás motivos más que suficientes para ver la obediencia como un absurdo. Pero, si quieres, puedes convertir ese deber de la obediencia en una ocasión preciosa para parecerte un poco más a tu Cristo, a ese Hijo que existe sólo en el Padre y para el Padre. 

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“Tu hermano ha vuelto” (Lc 15,27)

Tan inesperada noticia debió caer como jarro de agua fría sobre el corazón resentido de aquel hermano mayor. Viendo que todos los jornaleros y sirvientes andaban de acá para allá ultimando los detalles de la fiesta, que todos comentaban con gozo tan gran noticia, que nadie se interesaba por él, se sintió tan desplazado que se negó a entrar en el banquete y ahogó en su corazón soberbio la alegría de aquel retorno. Irrumpieron en su cabeza mil imaginaciones: si su hermano volvía a casa, él ya dejaba de ser el centro de atención, dejaba de ser el único heredero, perdía poder y ascendencia sobre la servidumbre de la casa… Además, ese hijo más bien merecía un castigo que un banquete y su padre debería hacérselo ver… Y, si no, que se lo digan a él, que allí ha estado siempre en casa sirviendo y trabajando como uno más…

Todos tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor. Todos deberíamos tener algo más de padre. Cuánto nos cuesta alegrarnos del bien ajeno, reconocer que otros lo hacen mejor o que tienen, aparentemente, más frutos apostólicos que yo. Viviendo en la misma casa y familia, unidos en la misma hermandad, ¿cómo es posible que nos dediquemos a criticar tanto el trabajo apostólico, la dedicación y entrega, los frutos o los modos de hacer de los demás? ¿Es que no trabajamos todos por el mismo Evangelio? ¿Es que no navegamos todos en la misma barca? Alégrate siempre del bien ajeno, sobre todo si se trata del bien del Evangelio, pues detrás de cada bien está siempre Dios. Negar o criticar ese bien es también negar o criticar la acción de Dios en sus criaturas.

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