El verdadero progreso

Muchas voces se alzan en nuestros días pidiendo a la Iglesia que relaje su conducta. Se le acusa de involucionista y de ir contra el progreso de nuestra sociedad. Hay cosas que cambian, es verdad. Se descubren nuevas tecnologías, nos admiramos ante el arte en todas sus formas. También, transcurren los días, envejecemos. Todas estas situaciones, de una manera u otra, son cambios.

Sin embargo, a veces olvidamos que el verdadero progreso está al servicio del ser humano y que hay cosas que permanecen para que la dignidad del hombre, pase lo que pase, sea considerada como lo que es: la manera de recordarnos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Puede la Iglesia cambiar eso que garantiza lo más sagrado del hombre? La Iglesia nunca actuará por consensos, o por lo más conveniente para intereses o ideologías temporales. Es depositaria de un tesoro que, además, está inscrito en el corazón de cada hombre y mujer en el mundo. Pero, ese tesoro no es temporal sino que es lo que nos garantiza que el Reino de los Cielos que inauguró Cristo en la tierra siga el “progreso” de la gracia…

¡Sí! Cuanta más gracia obtengamos, más “permaneceremos” en el amor de Dios… y nadie tiene el derecho (por muy progresista que sea) de cambiar en la Iglesia el objeto de su fidelidad para alcanzar la verdadera felicidad del ser humano.

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“Guardaos de la levadura de los fariseos” (Mt 16,6)

La mala levadura del evangelio es la hipocresía. Jesús avisa a sus discípulos de esta sutil tentación que puede hacer fermentar esa pequeña masa que es nuestro yo miserable hasta convertirla en una masa inservible. Tendemos fácilmente a convertir nuestra vida cristiana en un universo complejo de devociones, normas, cumplimientos, compromisos y obligaciones que nos hacen creer que ya somos buenos, incluso mejores que los demás, y que vamos adquiriendo ante Dios ciertos derechos de salvación. Y cuando oímos la palabra “conversión” la ponemos en práctica aumentando todo eso con lo que creemos comprar el cielo y la fama de santidad.

Sin embargo, esa conversión tan superficial que se queda sólo en la superficie de unas prácticas religiosas y que no llega a la raíz de nuestro ser puede convertirse, aun sin mala intención, en una mera hipocresía que nos hace vivir en la mentira de nosotros mismos. Conversión significa, primeramente, reconocer que en nosotros hay zonas oscuras, profundas, a las que nos da miedo acceder por temor a toparnos cara a cara con la bajeza de nuestra realidad. Y conversión significa, además, estar dispuestos a dejar que la gracia de Dios entre hasta lo más profundo de esos abismos interiores de nada y de pecado que nos da miedo recorrer.

La gracia de Dios ha de ser la buena levadura que haga fermentar esa enorme masa de pecado que anida en tu alma y la convierta en masa de santidad, aunque sea más cómodo vivir en las seguridades humanas de una religión hipócrita.

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“A la orilla del mar de Galilea” (Lc 5,1)

En tiempos de Jesús, Nazaret era una pequeñísima aldea agrícola, situada al sur de la región de Galilea. Rodeado de colinas y de paisaje adusto, Jesús creció en esta zona del interior, acostumbrado al trabajo artesanal y agrícola que abastecía su ciudad natal. No pocas veces, acompañando a su Madre, oiría a las vecinas y a las gentes de la aldea comentar pequeñas noticias que llegaban desde Tiberíades, ciudad a la orilla del hermoso mar de Galilea. Desde aquel mar, por el oeste, salía el camino que conducía a su ciudad de Nazaret.

Quizá más de una vez el Señor tuvo ocasión de acompañar a algún vecino mercante de Nazaret hasta aquella ciudad, encrucijada importante para la actividad económica de la región. La emoción y delicia de ver el mar por primera vez, el atractivo de aquellas aguas que tocaban el cielo allá en el horizonte, la curiosidad y extrañeza ante aquellas gentes pescadoras que remendaban las redes y lavaban su pescado. Ningún detalle se escapaba de la mirada apacible de aquel divino forastero.

Sentado a la orilla de aquel mar de Galilea, ¡cuántos ratos de íntima oración hablando con el Padre! Sí, sus apóstoles debían ser como aquellos pescadores. Hombres acostumbrados a no cansarse ante el trabajo duro e ingrato, a trabajar en la oscuridad de largas y frías noches, amigos de la soledad y del silencio que tantas veces envuelve el trabajo de altamar, que no reparan en la pobreza de sus propias redes, remendadas y recosidas cada día, al terminar el trabajo de la noche. Hombres acostumbrados a vivir con la incertidumbre de depender del trabajo y de la pesca de cada día. Aquellas gentes entenderían muy bien al Señor cuando les llamara a ser pescadores de hombres, cuando les hablara de su Padre providente, de la necesidad de orar en el silencio y en la soledad del propio corazón, de la necesidad de tomar su cruz cada día.

Aquellas olas del mar de Galilea, que acudían incansables a la orilla buscando tocar los pies descalzos del Maestro, fueron, quizá, las primeras compañeras y confidentes de los secretos del Reino que llenaban el corazón de aquel joven Jesús.  

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Servir a todos

Servir exige la necesaria humildad de ponerse por debajo de otros. ¿Cómo tienes que servir? Como Cristo sirvió. Contémplale lavando los pies a sus discípulos: al que había de negarle, al que recostó la cabeza sobre su pecho, al que eligió para ser roca de la Iglesia, a los que se disputaron el primer puesto, al que le vendió por treinta monedas. Contémplale curando a los más necesitados, consolando a la madre viuda, devolviendo la vista a tantos ciegos, saciando el hambre de multitudes, predicando a todos las cosas del Reino. Pues bien, ninguno de estos servicios podrá jamás igualar en algo al mayor y supremo servicio de la Cruz.

No te importe dedicarte a tareas aparentemente inútiles o a ocupaciones que no te dan relumbrón ante los demás. No te importe hacer tu aquello que nadie quiere hacer. ¿Que terminan todos aprovechándose –incluso abusando– de tu disponibilidad? ¿Que van buscándote por interés o conveniencia y hasta se sirven de ti y luego te olvidan? Muchos de aquellos leprosos, ciegos, enfermos, que pidieron al Señor una curación también se acercaron al Maestro por puro interés y luego se olvidaron de El; algunos, incluso, estuvieron mezclados entre aquella turba que gritó crucifixión para el Señor el día de Viernes Santo. Si tu mayor o menor disponibilidad está, como una veleta, a merced de antipatías y simpatías, de políticas humanas, de la buena o mala opinión que te pueda proporcionar, del beneficio propio que puedas obtener, entonces tu actitud de servicio no irá nunca más allá de los límites de una miope filantropía que se va haciendo cada vez más egoísta. La verdadera caridad no se cansa de amar, en Dios y desde Dios. Y no teme servir hasta la humillación de la Cruz, si con eso imita en algo el amor de aquel Dios inclinado a lavar los pies de sus criaturas.

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“¿Es lícito pagar tributo al César?” (Mt 22,17)

En muchas ocasiones los judíos de entonces quisieron poner al Señor entre la espada y la pared. En una ocasión fue a propósito de los asuntos del mundo. Los romanos eran los invasores de Israel, considerados los blasfemos de Dios. Para muchos judíos pagar impuestos a los opresores era atentar contra la misma ley divina.

Cristo resuelve la cuestión poniendo a cada uno en su sitio. No mezclar a Dios con argumentos temporales también nos puede resultar difícil. Es más, ¿cuántas veces hemos puesto como excusa nuestra fe para resolver o ignorar un problema que compete estrictamente al orden de lo humano y del mundano? No reclames la solución fácil de un milagro cuando aún no has puesto los medios humanos suficientes y necesarios para gestionar tus asuntos y problemas.

No le eches la culpa a Dios de lo que tú puedes hacer y no haces. Sí, el hombre ha sido creado por Dios, pero Él nos ha dado la libertad necesaria para asumir nuestras propias responsabilidades. Poner a Dios como excusa para resolver nuestras impotencias es olvidar que estamos hechos a su imagen y semejanza, es decir, actuar delante de los demás con coherencia, libertad y justicia. Se trata, en definitiva, de poner en práctica la prudencia de nuestro entendimiento y nuestra voluntad. En esto consiste la autonomía de las realidades temporales.

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“Todo el pueblo madrugaba para ir donde Él” (Lc 21,38)

Cuenta Ireneo de Lión que en el edén del principio no existía el sueño. Aquel primer Adán, barro infante, no sabía ni podía dormir, porque había sido creado para contemplar continuamente el rostro de su Dios. Vivía en la perpetua vigilia del amor, en la alerta de la comunión con su Dios amado. De aquellas vigilias primeras quedó, ciertamente, en el hombre la necesidad de vigilar, de madrugar y de buscar la luz.

Aquellas gentes, que se levantaban con prisa antes de las primeras luces del alba para llegar pronto junto al Señor, parecía que huyeran de la noche porque su oscuridad les alejaba de la luz. El día, en cambio, les ofrecía el amor de un rostro amable y la verdad de una palabra siempre veraz. Un atractivo irresistible, inefable, tendría aquella compañía de Cristo, que suscitaba en las gentes el deseo y la premura de un encuentro cercano con El.

Tus noches, si no están dominadas por el pesado sueño del pecado y la mediocridad, llevan siempre la promesa del alba y de la luz del día. Dios las permite para que no caigas en el falso espejismo de compararte y hasta igualarte con El. Por la oscuridad de esas noches Dios te hace más mendigo, más desnudo, para que, al alba que El decida, puedas ser revestido de una presencia suya más íntima y, con la luz de un nuevo día, veas más claramente esos ojos divinos que vigilaban tus oscuridades.

Has de vigilar ese alma tuya que fácilmente se adormece en la comodidad, en las faltas de omisión, en las críticas y juicios, en la ira, en la vanidad o en la soberbia. Has de procurar buscar ese poco de luz que sólo encuentras en la compañía de Cristo, si no quieres que tu día a día vaya convirtiéndose en una noche larga y sin sentido, llena de estéril activismo y de la soberbia oscuridad de tu yo. 

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Tener el coraje de no ser nada

En la cruz no había nada: ni belleza humana, ni poder, ni riqueza, ni fama. Sólo había amor. Un amor despojado de todo atractivo humano, revestido de fracaso, de abandono y de mucha desnudez. Y así, en ese amor crucificado, vivía el Señor el mayor despojo de sí mismo y la mayor entrega al Padre. Y a la cruz sigue la sepultura, el desaparecer de toda figura y rostro humano en esa tiniebla y oscuridad en la que se hace fecundo el grano enterrado.

Has de tener la valentía y el coraje de no ser nada, de no ver o entender lo que Dios permite en tu vida, de querer enterrarte en el anonimato y el olvido de los hombres, de pasar desapercibido a los ojos de muchos, de no ambicionar esa honra humana, tan efímera como voluble, que infla el orgullo y hace estéril tantos apostolados. Que no te asuste vivir tu fe en el rincón de los pequeños, de los que no son importantes a los ojos de los hombres, de aquellos con los que nadie cuenta, de los que nunca son consultados, valorados o aplaudidos. Y no con una actitud de victimismo egocéntrico sino con la conciencia viva y alegre de que te estás crucificando con Cristo.

Despojarse de uno mismo es el camino para gustar el amor de los íntimos de Dios, ese que anida en el corazón de la cruz y que hace creíble tu vida cristiana. No pretendas vivir tu fe cristiana sin mucha renuncia y negación de ti mismo, porque te enredarás en la maraña de un continuo flirteo con la santidad y con la mediocridad, sin llegar nunca a la auténtica entrega a Dios. 

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“Haced lo que Él os diga” (Jn 2,1-11)

A veces la Providencia parece que nos hace malas jugadas. Cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios, intentamos hacer el bien al prójimo, procuramos vivir un actitud de entrega y servicio en nuestra familia… y, de pronto, un acontecimiento, una enfermedad, un problema económico, un disgusto familiar, etc., parece trastocar todos nuestros planes y buenos propósitos.

Así debió ocurrir en Caná de Galilea. Unos generosos novios, unos invitados excelentes, un banquete estupendo… y el vino se acaba. Piensa que hay multitud de ocasiones en tu vida en las que tus proyectos y tus planes no van a coincidir con el camino y los planes de Dios. Sin embargo, siempre habrá alguien que te susurre al oído: “haz lo que Él te diga”. No era la “hora de Dios”; de hecho, así se lo hizo saber Jesús a su Madre. La Virgen, en cambio, con esa confianza absoluta en la voluntad divina, dio la vuelta al tiempo de Dios.

Piensa que el verdadero milagro en las bodas de Caná no fue que el agua se transformara en vino, sino que hubo una mujer que con su fe, “forzó” a la Providencia y cambió el tiempo de Dios. ¿Cómo andas de confianza en Dios? Sólo desde la confianza en Él descubrirás que todo, ¡absolutamente todo!, es conforme al querer del corazón de Dios.

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