“Si no os hacéis como niños…” (Mt 18,3)

Fíjate en los niños. Son sacramentos de Dios. El Señor afirmó, ante la mirada escandalizada y desconcertada de sus discípulos, que «de los que son como ellos es el Reino de los cielos» (Mc 10,14-15). Los niños dependen en todo del amor de sus padres. Aman y son amados, y en eso consiste todo su vivir. Su atractivo irresistible nace de la sencillez con que viven una confianza ciega, inaudita, en el amor del padre y de la madre.

¿Por qué no puede ser ése tu camino de santidad? María fue Madre de Cristo porque supo mantenerse siempre Niña ante Dios Padre. Fue la “pequeña del Padre”. Su maternidad no se entiende sin su filiación. Para vivir como Ella la maternidad espiritual hay que permanecer siempre niños, pequeños, hijos. La espiritualidad de la infancia espiritual no tiene nada de blandenguería ni es un camino de santidad de segunda categoría. Con ser pequeño en las formas, ese «caminito» –como gustaba de llamarlo Teresa de Lisieux– va forjando almas grandes en la entrega y en el amor, almas que apoyan toda su vida espiritual en lo esencial y no en las formas ni en lo accidental. No te apoyes en tus méritos, cualidades, planes y pronósticos, en tus juicios y valoraciones, en tus estados de ánimo o en tus dotes y virtudes espirituales. Sólo quien vive el más confiado abandono en el amor del Padre y de la Madre es capaz de gustar y contagiar la paz y la alegría de los niños.

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¿Te asusta la Cruz?

Si te asusta, quizá es porque en tu oración no la contemplas lo suficiente. ¿Crees, acaso, que un cristianismo sin cruz es posible? La Cruz siempre será un escándalo para un mundo que busca denodadamente una salvación sin Dios, hecha a la pequeña medida humana. Eso que te cuesta, las renuncias y molestias de cada día, los imprevistos, tus luchas y caídas, las humillaciones e incomprensiones, las dificultades y trabajos, los dolores, fracasos, enfermedades, todo, todo puede ser semilla de una gran fecundidad apostólica si sabes vivirlo no con simple resignación, ni siquiera con serena aceptación, sino como aquel que quiere clavarse con Cristo en su misma cruz.

Pídele, sin miedo, que te conceda el gozo de la Cruz y no quieras dejar atrás ninguna puerta abierta a la entrega mediocre y a los fáciles consuelos humanos. Abraza la Cruz de tu día a día, esa que Dios ha hecho a tu medida, y verás que en ella serás abrazado, consolado por el Cristo que sufre contigo y se crucifica en ti. Algo faltará siempre a la cruz de Cristo mientras tu sigas empeñado en buscar una entrega a medias, acomodada, sin oscuridades ni pruebas. Allí, en el Gólgota, muchos abandonaron al Maestro crucificado por el escándalo de la cruz. ¿Y tu? ¿Huirás también, como ellos? No te asuste permanecer firme al pie de la Cruz, como María, y con María, aunque, como Ella, no entiendas por qué el camino de la redención haya de ser camino de cruz.

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La Iglesia es Madre

Siempre resultará más fácil detenerse en los límites, errores, pecados y hasta escándalos de los miembros de la Iglesia que admirar esa belleza, humanamente inexplicable, que la hace resplandecer de santidad y chorrear divinidad por todos los poros de su ser. Mientras sigas viendo a la Iglesia como una empresa demasiado humana siempre estarás en ella como un extraño, como ese invitado que cumple con su visita de cortesía, fingiendo quizá una amistad que no existe.

La Iglesia es tu Madre y tu eres el hijo engendrado y llevado en sus entrañas. Y este espíritu de familia, propio de los hijos de Dios, es el que debes testimoniar a tu alrededor, con la fidelidad de tu vida, no siendo cómplice del desinterés egoísta o la crítica fácil, detrás de la cual muchas veces se esconden cristianos aliados con la mediocridad y el aburguesamiento espiritual. Los verdaderos hijos son los que gustan de la intimidad de este hogar de Dios que es el seno de la Iglesia, y allí vuelven una y otra vez, como el niño que busca la leche materna, envuelta en el cariño y en la mirada de su madre. Tu apostolado debe transparentar este estilo materno y espiritual, que no tiene nada de blandenguería y que requiere por tu parte el mismo amor entregado y generoso, el mismo olvido de sí que vive continuamente una madre con su hijo. Que tu apostolado sea expresión de esa maternidad espiritual que define esencialmente el misterio de la Iglesia, el mismo que llevas grabado en tu alma, porque un día el bautismo te hizo hijo de Dios. Cuida de Cristo en las almas como una madre cuida de su hijo en su seno y lo amamanta para que crezca.

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Nuestro Ángel de la guarda

No nos resulta difícil creer que cada niño está encomendado por Dios a un ángel. Seguro que te acuerdas todavía cómo de pequeño te enseñaron a rezar a tu Ángel de la guarda. Y, sin embargo, a medida que te has hecho adulto has ido olvidando, quizá, que sigues encomendado a ese mismo Ángel que acompañó los sueños y pasos de tu infancia.

Tu Ángel de la guarda no se hace adulto. Tienes siempre a tu lado a ese amigo inseparable que contempla y ama incesantemente el rostro de Dios. No te olvides de él. Encomiéndale, como a buen mensajero, que lleve ante ese rostro divino del Padre todas tus oraciones, tus peticiones, tus besos, tus amores. Pon en sus manos puras las almas de todos aquellos que Dios te ha encomendado para que las deposite junto al corazón de Dios. Confíale tus afanes apostólicos para que vaya delante de ti, preparando en las almas el camino del Señor. Fíate siempre de su protección y verás detenerse a tus pies el acecho del mal y del demonio. Háblale, como hablas a tu amigo y confidente, y pídele a menudo que te describa cómo es ese rostro de Dios que él contempla cara a cara. Díle que te enseñe a ser, como él, un ángel para muchas almas. Y de su mano entrarás un día en la morada de los santos, en el santuario celeste, en la compañía de todos los demás ángeles, para participar eternamente con ellos de esa liturgia de gloria, de adoración y alabanza que sólo se gusta plenamente en el Cielo.

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El camino de lo pequeño

Muchas veces me desanimo y me dejo vencer por el desaliento cuando me detengo a ponderar o examinar mi vida interior. Ese diario empezar y ese diario volver a caer, casi siempre en las mismas faltas, va desgastando el ánimo –muchas veces lleno de soberbia– que necesito para seguir luchando contra mis defectos. Me gustaría el milagro de la conversión instantánea, fácil y sin esfuerzo, que, por otra parte, tanto podría agradar a Dios porque me permitiría vivir y recorrer más fácilmente el camino de la perfección y de la virtud. Pero es, quizá, más duro, más escondido, más humilde, ese otro camino de lo pequeño, de lo que nadie –sólo Dios y yo– vemos, de lo que no tiene brillo ante los ojos de los demás, aquello que, además de no ser valorado, reconocido ni agradecido, me toca hacer sin ilusión y con desgana interior.

Este camino de lo pequeño es seguro para llegar a unirme con Dios. Es ahí, en mi pequeña vida ordinaria, donde Dios me espera. Mientras sueñe con una santidad ilusoria, distinta –en el contenido y en el modo– de la que Dios quiere para mí, estaré echando agua por un colador y, lo que es peor, seguiré enredándome en la madeja de las mil formas de voluntarismo soberbio que me hacen creer que soy yo el protagonista y artífice de mi propia santidad. Rehúye lo aparatoso y espectacular, lo extraordinario y llamativo a los ojos de los hombres, y entenderás muy bien la esencia del Evangelio.

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“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14)

El amor de amistad es generoso y desinteresado. Busca sólo y continuamente el bien del amigo amado. Se asienta en una incansable renuncia de sí, fruto sólo de ese amor auténtico que brilla más puramente cuanto más se va acrisolando en el sacrificio. Necesita fraguarse lentamente, al calor de la pureza de alma y de la confianza inquebrantable en el amigo, si quiere resistir los embates impetuosos del tiempo, de las pruebas y dificultades, o del olvidadizo corazón humano. Crece sólo en la intimidad, cuando se saborean con el amigo esas dulces confidencias en las que le entregamos el alma. Soporta, acepta, abraza y ama todo lo que el amigo es. Sabe llevar sobre sus hombros las cargas más pesadas del amigo y hasta dar la vida por él en cada pequeño minuto del día a día.

Más allá de las mutuas limitaciones y defectos, el amigo es siempre un remanso, ese alma gemela en quien siempre podrás encontrar descanso. Guarda con sumo cuidado el tesoro de la amistad, sobre todo si la vives como esposo en el matrimonio o como consagrado en tu entrega al Señor. Sé, sobre todo, amigo de Dios y paladearás ese regusto de Cielo que deja en el alma la presencia íntima y dulce del Amigo. Cuida con delicadeza de amigo tu trato diario, personal, íntimo con el Señor, porque también la oración es escuela de amistad. Tratando con este Corazón amigo y traspasado verás que, como Él, vas dejando de ser siervo y te vas haciendo amigo de silencios y eternidades.

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Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.

Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.

Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

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La vocación del “estar ahí”

Situarnos en el lugar que nos corresponde no resulta fácil. Hemos adquirido unos derechos y unas libertades que nos gustaría ejercer. Pero olvidamos los deberes y obligaciones que hemos de llevar a cabo con responsabilidad y dedicación.

Cuando le pedimos a Dios que confirme la vocación que hemos comenzado con entusiasmo y entrega, olvidamos que nada tiene que ver con un estado de ánimo o unos afectos que nos predispongan a ellos. De hecho, ante la contrariedad externa (incomprensión, críticas, ataques, persecuciones, etc), o interna (enfermedad, debilidad, pecado personal, etc), podemos caer en la tentación de pensar que Dios nos ha dejado de su mano. Que al no percibir ilusiones espirituales, o estar sometidos a una noche oscura en el alma, no estamos haciendo las cosas conforme a la voluntad de Dios.

No podemos olvidar, y esta es la clave, que el gran enemigo, que convive con nosotros hasta la muerte, es la soberbia. Pensamos, por ejemplo, que en el reconocimiento ajeno está el éxito de nuestra entrega a Dios, cuando en realidad lo que se esconde es toda una retahíla de sutiles egoísmos que nos apartan de Dios para centrarnos en nosotros mismos.

El problema en definitiva es pensar que somos la medida para los demás, e incluso para las cosas. Cuando alguien actúa mal le comparamos con lo bueno que somos, y cuando algo no nos gusta lo encorsetamos dentro de nuestra lógica hasta lograr que sea nuestro pensamiento el que se imponga.

No sabemos estar donde nos corresponde, y al no aceptarnos todo se vuelve cuesta arriba. La vocación del «estar ahí», no es otra cosa sino, calladamente y con sacrificio, percibir el plan de Dios en los detalles pequeños, esos que no llaman la atención. Es ese saber escuchar al inoportuno, o sonreír ante la adversidad. Sólo, de esta manera, es posible transformar las cosas o llevar las almas hacia Dios. Con la imposición de nuestro criterio sólo ganaremos recelo y desconfianza. Sabiendo «estar ahí» seremos descanso para los demás y consuelo para los que sufren, y veremos la mano amiga de Dios en todo.

La Virgen María lo vivió así, y lo único que esperó a cambio fue la manifestación de la gloria de Dios a través de su esclava humillación, que fue lo que, paradójicamente, le hizo libre, tan libre como la gracia Dios de la que estaba llena.


Los videos de Mater Dei: La lanzadera: http://youtu.be/azn2k8zlo2A

¿Tienes algo que no hayas recibido?

Cuando nos exigimos resultados por el esfuerzo realizado en nuestros deberes y obligaciones, podemos llevarnos la desagradable sorpresa de que, en muchas ocasiones, no están a la altura de nuestras expectativas. Hay un subconsciente que siempre nos domina, y es pensar que todo fruto obtenido se debe, sólo y exclusivamente, a nuestros méritos.

Ese engaño, tarde o temprano, produce desánimo. El venirnos abajo porque la gente no responde a nuestros requerimientos, o porque, después de haber dedicado meses o años a una determinada tarea, se derrumba, o porque, tras mucho tiempo empleado en una determinada lucha interior, volvemos a caer más estrepitosamente… Todo eso, tiene una sencilla explicación: somos seres humanos y, por tanto, limitados.

San Pablo, el gran Apóstol de los gentiles, debió tener muchas experiencias de este tipo. Sólo con la paciencia y la oración llegó a descubrir que, en esa debilidad personal, es cuando se muestra, de manera eficaz, la fuerza de Dios. Y aunque, de cara a los hombres, algunas actuaciones puedan suponer un sonoro fracaso, se trata de poner por obra la voluntad de Dios, que es lo que verdaderamente cuenta… Es el tiempo de Dios el que ejercerá su influencia en la historia, no las horas a las que nos aferramos como si fuera algo propio, pensando que dejaremos un rastro perpetuo, y así la humanidad nos lo recordará agradecida.

Una vez más, san Pablo apelará al buen sentido común de lo divino: todo lo bueno que somos y hacemos proviene de la misericordia de Dios. El que presuma de sus obras, además de ser un insensato, miente. Mentimos, porque, en definitiva, nuestros deseos, por muy buenas intenciones que tengan, si no están cubiertos de la rectitud de lo sobrenatural, se ahogarán en la charca de nuestros egoísmos.

Conclusión: ante nuestras buenas obras y buenos resultados, dar gracias a Dios por su bondad, siempre para gloria suya. Ante los fracasos y desánimos, abandonarnos en la infinita misericordia de Dios, porque, en esa apariencia de derrota ante los ojos humanos, Él fortalece nuestro ánimo identificándonos con los méritos de Cristo muerto en la Cruz… Vencedor de la muerte, del pecado y del mundo.

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Ver el amor

Cuentan que un monje copto, allá en los primeros siglos del cristianismo, fue a ver a otro monje para preguntarle por una duda que le asaltaba en su interior: “¿Por qué hay muchos candidatos a ser eremitas? Ya se ve que empiezan muchos, y se quedan luego en muy pocos”. El monje interpelado, que ya era mayor y tenía toda la sabiduría aprendida del Señor, le puso un ejemplo. “Es como un perro que divisa una liebre y sale corriendo y ladrando tras ella, y al oírlo ladrar y correr se le unen otros perros, pero al cabo del tiempo los que se unieron al ruido se cansan y sólo queda el que vio la liebre, y es ése el que no se desanima, porque la vio y sabe el motivo de su correr y ladrar, y continúa persiguiéndola hasta darle alcance”.

Nosotros también hemos percibido el amor. Las cosas son como las vimos, como las vivimos con la gracia de Dios. No podemos olvidar que en la vida pasan muchas cosas y situaciones. Ocurre como con el amor humano, aunque al principio se dicen sí, luego llega el desengaño. Uno se deja llevar por el desaliento, por el pensar ya no me quiere, por el espíritu de la sospecha, y viene el desamor… También ocurre en nuestra vida, sentimos el desengaño, y que somos menos de lo que pensábamos.

Olvidamos que cada uno, tú y yo, somos un gran proyecto de Dios. Es preciso no bajar la mirada de ese rostro de Dios que un día salió a mi encuentro. No podemos dudar de lo que Dios me ha dicho, y de lo que ha hecho por mi. ¡Que no nos conformemos con la inercia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”! Muchas cosas nos pueden distraer: nuestras miserias, desengaños, desánimos… Pero nada, absolutamente nada, nos puede distraer de Ti, Señor.

Que siempre acudamos, en esos momentos de duda y frustración, a Santa María, y que, al igual que ella, quedemos anclados en esa clave de amor, el que un día Dios nos regaló con su mirada, que es la llave maestra de nuestra vocación.

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