“Mirad a los pájaros” (Mt 6,26)

Pocos animales son más libres que los pájaros. Si sus alas son ligeras de peso, toman altura con facilidad y logran planear por encima de las cosas. Se apoyan sólo en el viento, que ni se ve, ni se toca, ni se posee, para alzarse hasta las cimas del cielo y perderse en alturas que no logran verse desde la tierra. Quizá por eso el Señor, en el Evangelio, los propone como modelo a sus discípulos. Estamos tan acostumbrados a volar a ras de tierra, a sobrecargar las alas del alma con el peso de los agobios y afanes de la vida, a buscar las seguridades humanas de lo que entiendo y veo, de lo que tengo, de lo que otros piensan de mí, de lo que el mundo valora, que no conocemos la verdadera altura de las cosas, de la vida y de las personas.

Tu vida cristiana nunca tomará altura, no planeará por las cimas de la intimidad con Dios, mientras no renuncies a la mediocridad de una fe cumplidora de mínimos y protocolaria. Pero, tu alma no está hecha para volar a ras de suelo. Hasta que no lo arriesgues todo en tu entrega a Dios, echándote a volar en el vacío del abandono, sobre el abismo de la confianza ciega en Él, nunca experimentarás cómo las manos de Dios Padre te elevan hasta lo más alto y profundo de su corazón. Verás, entonces, qué pequeño queda el mundo bajo tus pies, qué poco horizonte alcanzan tus ojos cuando no aciertan a ver a Dios, qué insignificante y pasajera es la gloria que los hombres te prometen, qué corto es el tiempo de esta vida, qué pobre y pequeño eres. Pocas almas alcanzan a vivir con la libertad interior de quien sólo se apoya, como los pájaros, en lo que no se ve, no se toca y no se posee. Y allí donde el alma vuela, libre del peso de amoríos de pecado, llega a anidar en lo más alto y en lo más íntimo de ese Dios, Dueño y Señor de las aves y del cielo.

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“No echéis las perlas a los cerdos” (Mt 7,6)

No solemos guardar las cosas de valor en cualquier sitio. Tampoco solemos mostrarlas a cualquiera, no sea que, no apreciándolas, lleven también a despreciar a su dueño. Con cuánto mimo y cuidado custodiamos esas cosas que para nosotros son tan preciadas, aunque para otros no signifiquen nada. Con cuanta dedicación y esmero nos preocupamos de nuestros intereses personales, planes, ilusiones o proyectos, por todo aquello que de nosotros mismos se pone en juego. Así debería pasar también con las cosas de Dios. Y, tratándose de Él, deberíamos cuidarnos de no actuar como esos puercos a los que alude el Evangelio que, incapaces de apreciar el valor y la belleza de las perlas divinas, terminan por destruirlas, o las cambian por esas otras baratijas que el mundo sí valora. Trata a los demás, a Dios, como quieres que ellos, Él, te traten.

Menospreciamos fácilmente las cosas de Dios cuando las sometemos a nuestros juicios y criterios, cuando las utilizamos para nuestros propios intereses. Nos apropiamos de las cosas de Dios, para medir nosotros su valor y poder así mercantilizar nuestra vida espiritual y, quizá, la de los demás. Has de cultivar un esmerado respeto en todo aquello que se refiera a Dios. Respeto a través de la palabra o del trato, aunque no lo entiendas o te parezca absurdo, evitando siempre la crítica, la murmuración o la negatividad en tus juicios. Piensa que las perlas y los dones de Dios se nos dan ordinariamente a través de la apariencia pobre y sin brillo de los defectos ajenos, de tus propias limitaciones, de lo que nadie aprecia y valora, en aquello que no llama la atención de nadie. Así han de ser también las perlas que adornen tu vida cristiana: sin brillo a los ojos humanos, pero llena de esa riqueza espiritual que tanto refleja la belleza de Dios.

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“No uséis muchas palabras” (Mt 6,7)

El Padre nos lo ha dicho todo en el Hijo. Palabra callada que, a veces, habla más por la belleza de sus silencios que por el atractivo de sus predicaciones. Por eso, el silencio es la oración más adecuada para hablar con Dios. Silencio fecundo y materno, que acoge en sí, como María, esos acentos sonoros que el amor de Dios susurra suavemente, allí, en el centro del alma. Amor que nunca calla, cuando lo saboreas desde el lenguaje silencioso de la contemplación. Pero, tú y yo andamos tan llenos de ruidos que queremos que Dios nos entienda con el lenguaje del mundo y de los hombres. Por eso, Jesús tuvo que enseñar a sus discípulos un nuevo modo de orar: “Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”.

Oras más cuando callas que cuando hablas. Oras mejor cuando amas que cuando hablas. Porque, ese Dios al que hablas es el Amor que siempre escucha. Y el amor sabe expresar toda su finura en las filigranas del silencio. Ya sabe Él, mejor que tú, cuánto llevas y ansías en ese corazón, que se pone en su presencia. Mira que tu oración no sea como la de los paganos, llena del ruido del mundo, de ambiciones, de disimulos, de mentiras, de esas cosas tuyas que tanto te inquietan y en las que nunca cabe Dios. Gusta de esos silencios en los que Dios parece callar, porque en ese vacío interior tan oscuro resuena más íntimamente el lenguaje divino del amor. Aprende también a callar, aunque los demás pongan en sus pobres y huecas palabrerías tantas expectativas mundanas y esperanzas fugaces. Quizá tus silencios nunca sean escuchados por la gente, ni entendidos por los sabios de este mundo. Pero, los escucha tu Padre del cielo, que tanto sabe de silencios ocultos y escondidos.

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Las contradicciones de cada día

Solemos vivir más allá de cualquier previsión y organizamos nuestro día a día sin prever acontecimientos extraordinarios. Pero, no podemos estar siempre con el «cuento de la lechera», calculando en qué momento se va a caer el cántaro haciéndose añicos. Esas contradicciones, ajenas a nuestra voluntad, pueden ocasionarnos la pérdida de la paz interior, un cambio brusco de estado de ánimo, o un desasosiego inesperado.

Cuántos imprevistos y absurdos llenaron también la vida del Señor. Los ataques de los fariseos, el cansancio, la ineptitud de sus discípulos, las quejas de los que se acercaban a Él… Su condición humana, tan perfecta como la divina, no le eximía de esas situaciones no previstas, perpetradas sobre la marcha. Pero, el Señor respondía siempre con serenidad y comprensión. Si bien, cuando las circunstancias ponían en juego el amor del Padre y tocaban la verdad íntima de las cosas, el Señor no dudó en reprimir directamente y sin tapujos a los que no respetaban el Templo como casa de su Padre. Pero, no nos consta de Él ni una sola queja en lo que se refiere a cuestiones que afectan a su propia persona: un largo camino agotador, cambios de tiempo, hambre o sed… Si hacemos un examen sincero de cómo nos influyen a nosotros esos imprevistos de cada día, vemos que nos afectan mucho más de lo que pensamos. Cuántas pequeñas cosas nos alteran el humor y nos hacen tomar decisiones sobre la marcha, de las que podemos arrepentirnos después.

Todo eso puedes ofrecerlo a Dios. Además de robustecer tu carácter y adquirir madurez humana, esos ofrecimientos te unen a los sufrimientos de Cristo y completas en tu vida eso que falta aún a su Pasión: la correspondencia de tu vida.

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“¿Creéis que puedo hacer eso?” (Mt 9,28)

Esta pregunta la formula Jesús a unos ciegos que le piden ser curados. Cristo les exige una confirmación de su petición, para enseñarles que sólo fiándose de Él es posible el milagro. ¡Sólo Él! Sin embargo, nuestra vida discurre envuelta en una maraña de divinidad y de humanidad. Ni somos espíritus puros, ni sólo nuestro cuerpo material puede dar respuesta a toda inquietud. Tampoco se trata de vivir una especie de esquizofrénico dualismo de vida, sino que nuestro ser ha de quedar traspasado por la única realidad que nos salva: nuestra fe en Cristo. Desde ahí, obtendremos esa unidad de vida necesaria en nuestro caminar diario. Vivir la presencia de Dios en nuestra vida significa creer que todo entra en los planes de Dios. Como el niño pequeño, que sabe con certeza que obtendrá de su padre lo que le pide. Después, vendrá la conveniencia o no de lo que pedimos, pues sólo Él sabe de nuestras auténticas carencias.

Ahora bien, ¿quién puede juzgar la bondad o maldad de lo que nos ocurre? ¿Quién tiene todos los datos? Por muy equilibrados que sean nuestros juicios, no alcanzamos a valorar la trascendencia que pueden tener nuestros actos en los demás. Cristo no mentía cuando dijo que todo lo que pidiéramos al Padre en su nombre lo obtendríamos. Él nunca nos deja, ya que en cada oración nuestra siempre interviene su juicio definitivo. Pero no olvides que, todo aquello que obtengas de Dios, no será según tus méritos, sino conforme a la misericordia infinita de Dios. “Hágase en vosotros según vuestra fe”, dirá Jesús a los ciegos, y te dice a ti y a mi. Tu fe es la medida de tu correspondencia al amor de Dios. Confiar, confiar siempre. Y en ese fiarnos de Dios, no habrá ya nada que pueda perturbar nuestro corazón, pues cualquier cosa que hayamos pedido habrá llegado a su realización plena: “Todo se ha cumplido”.

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“A cada día le basta su afán” (Mt 6,24)

El afán es, aquí, esa dedicación y esfuerzo con el que, cada jornada, nos enfrentamos a nuestras ocupaciones. Situaciones diversas en las que, con tesón y dificultad, vamos sobrellevando tantos detalles con los que Dios va proveyendo nuestra vida. Detalles que, a veces, nos agobian e inquietan pero, en los que más allá de su provisionalidad, podemos encontrar siempre la amorosa cercanía de Dios. Porque, nos cuesta mucho abandonarnos sin fisuras en las manos de Dios y, mientras rechazamos los brazos del Padre, vamos mendigando otro tipo de seguridades, «por si acaso».

Si a cada día le basta su afán, ¿por qué añadimos tantas inquietudes imaginarias, o nos dejamos ahogar por el drama de nuestras insatisfacciones? Es verdad que existen problemas, graves y reales, que nos persiguen constantemente; pero, tendríamos que preguntarnos cómo ponemos a Dios en cada uno de ellos. Cuando a la solicitud de cada día le agregamos la desidia de nuestra falta de fe, o nuestra escasa confianza en Dios, no nos asustemos si parece que Dios nos deja a nuestra suerte. Y no se trata de vivir en el quietismo de no hacer nada, sino de poner los medios necesarios y no ser pesimistas ante las cosas que no salen.

El conocimiento que tiene Dios de cada uno, con nuestros nombres y apellidos, va más allá de la tragicomedia de nuestro día a día. Se trata de vivir la apuesta radical a la que Jesús nos invita: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Así pues, descubre ese querer de Dios en todos los afanes de tus días. Sólo así serás llamado bienaventurado y tendrás un lugar en el Cielo. Piensa que allí, en la Gloria de Dios, tus afanes cotidianos ya serán un eterno presente repleto sólo de felicidad sin fin.

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“Maestro, despide a la gente” (Mt 14,15)

Aquel día había sido agotador. Era tal la cantidad de gente que se agolpaba para oír su predicación, para ser curada de sus enfermedades, que los Apóstoles no llegaban a todo. Así que, aprovechando la hora del atardecer, insistieron prudentemente al Maestro para que fuera ya despidiendo a la gente. Estaban en un descampado, muchos de ellos tenían que hacer una larga jornada de camino para volver a sus casas, y no habían traído nada para comer. También el Maestro estaba muy cansado y, además, la noche podía caer muy pronto. No era conveniente prolongar más aquello…

Tú y yo, como aquellos cansados Apóstoles, tendemos a un cristianismo suficiente y cumplidor, nada exagerado, acorde con el patrón y la opinión del mundo. Y todo, quizá, en nombre de la sabia prudencia humana. Por eso, el Señor siempre descoloca nuestros planes y, como aquel día a los Apóstoles, no cesa de invitarnos a más: “No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer”. Si el Maestro hubiera cedido a las exigencias de la comodidad mediocre y cumplidora de aquellos Apóstoles, no habría podido hacer el milagro grandioso de la multiplicación de los cinco panes y dos peces. Bastó sólo ese poco de pan, eso poco que en aquel momento podían darle al Señor, para que Él multiplicara con abundancia el esfuerzo de aquellas gentes cansadas. Todos se saciaron, y no sólo de pan, al ver aquel poder magnífico del Señor inclinándose ante la necesidad y miseria de los hombres. Mira si tu comodidad, tus excusas, tus intereses egoístas, no están haciendo de tu fe un pan desabrido y seco que ni sacia, ni gusta, ni es capaz de abrirse y acoger la acción de Dios.

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Dos reales en el Templo

Debía ser una distracción común en Jerusalén sentarse frente al arca del Templo, en medio del bullicio del lugar, para observar el trajín de gentes que se acercaban a echar dinero. Allí se sentó Jesús, como uno más, observando el menudear de aquellos ricos y fariseos que tanto gustaban de pasearse entre la gente, luciendo sus amplios ropajes y disfrutando de la admiración y las reverencias de todos. Sus largos rezos iban acompañados de la ofrenda de grandes fortunas, que después dejaban correr de boca en boca, entre los comentarios curiosos de la gente.

Los ojos de Cristo, que sabían escrutar en verdad el corazón de todas aquellas ofrendas, sólo se fijó en las dos moneditas de una viuda pobre. Aquella mujer, acostumbrada a darlo todo, a darse por entero, se entregó a Dios en aquellas dos únicas monedas que le quedaban. El corazón de Cristo, también acostumbrado a darlo todo, a darse totalmente, se estremeció embelesado ante aquella mujer, por su forma tan sencilla de dar lo más grande. Su ofrenda estaba ya anunciando el don supremo y total que Cristo estaba a punto de cumplir en la Cruz.

Nuestros ojos superficiales, acostumbrados al gusto aparente de lo grandioso y llamativo, se deslumbran cuando contemplan las grandezas humanas, sus honores y reconocimientos. Sólo los ojos de la fe, esos que ven las cosas con la mirada misma de Dios, son capaces de atisbar la hondura y profundidad del don pequeño y cotidiano. No te conformes con dar dos monedas, si puedes darlo todo. Tampoco te fijes en lo que das, sino en cómo lo das. No necesita Dios tus monedas, tus obras, tus méritos, tus títulos, tu fama, tus cualidades. Quiere, en cambio, que te des para que Él pueda entrar en ti y hacer de tu vida un verdadero Templo.

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Mirar al Cielo

Nos cuesta mucho pensar en el «más allá», quizá porque no vivimos el «más acá«» con un verdadero sentido trascendente. Estamos pegados a las cosas, a nuestras ambiciones, a nuestras necesidades, como si fueran la única razón, o la más importante, de nuestra existencia, buscando sustitutivos que nos motiven, aunque sepamos que nunca nos darán la felicidad plena que buscamos.

Muchas veces habla Jesús del Cielo. Incluso levanta los ojos para implorar al Padre, cuando le da gracias, cuando realiza un milagro, cuando busca la intercesión del Todopoderoso para que cuide a esos discípulos que deja en el mundo. Todos esos momentos tienen sentido en ese hogar definitivo que es el Cielo. Las Bienaventuranzas, por ejemplo, alcanzan su plenitud cuando, después de relatar los innumerables condicionamientos a los que estamos sujetos en esta tierra de sinsabores y limitaciones, anuncia que todo sufrimiento presente se transformará en un derroche de felicidad y una diche eterna, cuando lleguemos allá, a la patria del consuelo: el Cielo.

Sí, nos cuesta mirar a lo alto. No es una invitación a evadirnos de la desabrida realidad, sino a darle su pleno y verdadero sentido. Nuestra vida ha de levantarse teniendo los pies firmes en el suelo y el corazón abierto, de par en par, a la misericordia de Dios. Él nos convida a rectificar constantemente nuestra intención, sabiendo que la esperanza, además de virtud cristiana, es el alimento permanente que nos sitúa en lo que somos: hijos de un Dios que busca nuestra salvación eterna. Has de desear y gustar el Cielo, ya ahora, aun en medio de tus sinsabores y disgustos, pues sólo la Cruz es camino hacia la Gloria. La vida nos ha de ir acostumbrando a esa gloria que nos espera para siempre junto a Dios.

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El tiempo de Dios

La mejor definición de pecado nos la da Satanás, bajo la apariencia de la serpiente, en el Génesis: “Seréis como dioses”. Adán y Eva, creados en gracia, sabían y gustaban ya los primordes de esa deificación a la que Dios les había destinado. No les extrañó, por tanto, aquella promesa de la serpiente. Pero el don de aquella semilla deificadora, que Dios les había regalado, estaba llamada a crecer y hacerse frondosa, no al ritmo que el hombre decidiera, sino según el tiempo de Dios, según los tiempos de la carne y de la historia. La serpiente les invitaba a ir contra ese tiempo de Dios, a alcanzar sin esfuerzo y en el tiempo que ellos fijaran, con la rapidez con que se muerde una fruta, eso que Dios les había prometido en plenitud para el final de la vida.

La encarnación del Verbo es el triunfo definitivo del tiempo de Dios. Cristo parece que no tiene prisa por comenzar su vida pública, cuajada de signos portentosos. Muchas veces recuerda a su Madre o a sus discípulos que aún no ha llegado su Hora. Toda la encarnación fue un someterse continuo, como hombre, al tiempo salvífico del Padre, para que no volviera a triunfar, como quiso la serpiente, el tiempo del hombre. Sólo María, sabedora de misterios divinos, supo adelantar, en el signo de Caná, la Hora del Hijo. El tiempo del hombre se debate entre el tiempo de Dios y el tiempo de Satanás. Cuánto nos cuesta no ir más deprisa en nuestra vida espiritual, no conseguir victorias cuando nosotros queremos, respetar el tiempo único de cada alma. Cuánto nos gustaría una conversión tan rápida como la de san Pablo, a quien bastó caer del caballo para levantarse cristiano. El Verbo de Dios, haciéndose hombre, redimió el tiempo aprendiendo y abrazando los tiempos de la carne, de la historia y de nuestra pobre condición humana.

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