No te quejes

Mirándolo objetivamente, nunca tenemos motivos para quejarnos de nada ni de nadie. Mira a tu alrededor y encontrarás siempre situaciones mucho más difíciles, más dignas de lástima y compasión que las tuyas. Detrás de la queja fácil, de nuestros desahogos, muchas veces se esconde una sutil soberbia que nos hace engrandecer y dignificar tanto nuestro yo que todo, entonces, se nos vuelve un agravio intolerante, una injusticia infundada, una falta de reconocimiento a nuestra valía, un desprecio. Y, así, surge con facilidad la exigencia, la reivindicación y la queja, muy bien justificadas, incluso adornadas con careta cristiana de bien, de virtud y de gloria a Dios. Y no nos paramos a pensar que, en el fondo, nuestras palabras quejumbrosas y lastimeras van contra Dios, y que es a Él a quien estamos echando en cara que, pudiendo, no hace las cosas según nuestros gustos, nuestra medida, nuestro parecer, nuestro criterio.

La queja viene muchas veces acompañada de su hermana la crítica. Ambas nacen, a veces, de un imperceptible egocentrismo que desplaza y margina a Dios, o a lo sumo, le reclama y exige el servilismo de su omnipotencia. Evita esa queja que busca la compasión de los demás hacia ti mismo. Es una saludable forma de mortificar y dominar nuestro hablar, a veces tan ocioso y superficial. No entregues a cualquiera los desahogos y confidencias de tu corazón. Lleva tus quejas a la oración, ponlas al pie de la Cruz y verás cómo la contemplación de las heridas y dolores de Cristo calman los ardores de tu soberbia y tu afán de comodidad. 

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Sé optimista

Mientras exista el pecado, siempre encontrarás a tu alrededor motivos de queja y de lamentación. Hay un optimismo meramente humano ante las cosas, acontecimientos y personas que, confundido con la buena educación, termina por no infundir esperanza en el ánimo de los que sufren. Esa esperanza meramente humana tarde o temprano se deshoja, como todo lo humano, ahogada por el cansancio ante el mal y la injusticia. Tu fe debe hacerte vivir ese otro optimismo humano que nace de la esperanza sobrenatural y que no tiene nada de iluso o irreal.

Esa actitud optimista y positiva ante la vida, aun en medio de sufrimientos y pruebas, nace de tu confianza ciega en la providencia de Dios y se convierte en un inagotable manantial de fuerza y de firmeza para sobrellevar las contrariedades de la vida con ánimo sobrenatural. Sé optimista al juzgar y valorar personas y acontecimientos, contagia a tu alrededor una visión positiva de las cosas, no te dejes vencer por el desánimo cuando el mal, la injusticia, la mediocridad o el pecado parezcan campar a sus anchas en el ambiente que te rodea. Piensa en la fuerza de la Cruz, con la que Cristo ya ha vencido toda muerte y todo mal. Asómate, como los niños, por encima de la tapia de este pequeño mundo que te ha tocado vivir, y descubrirás la inmensidad de una eternidad que late viva en cada acontecimiento de tu vida y de tu historia. Que nada, ni siquiera tu estado de ánimo, logre ensombrecer y arrugar tu semblante sereno y suavemente alegre con el que el amor de Dios, a través tuya, sonríe a los hombres. 

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Luchar, luchar y luchar

Si no vives tu cristianismo con mucho espíritu de lucha es que, quizá, no lo vives a fondo. En griego, la palabra “ascesis” significa precisamente esfuerzo, lucha. No hay peor enemigo que tu mismo cuando pactas con tus defectos y pecados. No los justifiques, no los compadezcas, no los consientas, no te perdones ni dejes pasar una mínima ocasión de luchar contra tus defectos de carácter, manías, tendencias, debilidades. Porque lo que ahora es todavía pequeño y remediable, quizá mañana sea ya demasiado crónico y hasta irreversible.

Es verdad que la gracia pule aristas y saca brillo al diamante de tu alma, pero sólo si tu quieres. La obra de la gracia, capaz de esculpir filigranas en el más duro granito, necesita también del rudo trabajo de tu esfuerzo, de tu levantarte una y otra vez, de tu no desanimarte por no ver frutos, de tu constancia. Sé fiel a los propósitos que el Señor te inspire en el examen de conciencia o en la confesión. Pídele al Espíritu Santo el don de la firmeza y la constancia en el bien. Agárrate con jaculatorias a la Virgen cuando te falten las fuerzas. Pon todos los medios naturales y sobrenaturales que haga falta con tal de no parar de luchar. Pero, lucha. No con las armas del soberbio voluntarismo sino con las armas del niño: esforzándote por levantar el pie una y otra vez, las veces que sean necesarias, siempre, y verás cómo, sin que te hayas dado cuenta, habrás llegado un día al final de la escalera.

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“No les quedaba tiempo ni para comer” (Mc 6,31)

El detalle que anota el evangelista nos da idea de la intensa actividad que tenían el Maestro y sus discípulos. Marcos lo recoge explicando con ello el por qué de la invitación del Maestro a sus apóstoles a apartarse a un lugar solitario a descansar: “Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer”.

A día de hoy, cualquiera de nosotros podríamos decir lo mismo. Cuántas veces acabamos nuestras jornadas con la impresión de haberlas pasado echando agua por un colador. Cuántos ratos diarios de oración, cuántas Eucaristías diarias a las que no hemos asistido, cuántas oportunidades para hacer el bien, cuántos plantones hemos dado a Dios y a los demás dejado pasar ocasiones y justificando nuestra omisión con el activismo desordenado y estéril que nos provoca el trabajo o las obligaciones que nos buscamos. Con frecuencia solemos dejar para después las cosas de Dios, que aparentemente son las menos urgentes, con el riesgo de convertirse en “para mañana” o “para nunca” lo que empezó siendo un “para después”.

Tenemos el peligro de hacer de la carcoma del activismo desordenado, las prisas o la dispersión no ya un defecto puntual y transitorio sino todo un estilo de vida, incluso justificado y hasta exigido en nombre del servicio al Evangelio. La diferencia entre nuestro activismo y el de los apóstoles es que a ellos no les impedía estar con el Señor; es más, toda su intensa actividad tenía como centro y modelo al Señor. Pero, incluso en un activismo lleno de Dios, se hace también necesaria la respuesta a la invitación del Señor para descansar con El en algún lugar solitario y apartado. Has de aprender a ordenar tu tiempo, tu horario, tus actividades del día a día en función de tu único centro de gravedad que ha de ser tu Eucaristía diaria y tu oración. Has de comer del verdadero pan y alimentarte de intimidad con Dios si quieres encontrar en el amor a Dios el verdadero descanso de todos tus trabajos. 

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El rezo del Ángelus

En aquel momento de la encarnación sólo Dios y los ángeles pudieron estremecerse de emoción. ¡Con qué unción entraría el Espíritu Santo en el seno materno de María! ¡Qué escandaloso anonadamiento el del Verbo, desapareciendo en la carne virginal de su Madre! ¡Cuánta complacencia en el Padre, que entregaba su Hijo a la humana naturaleza caída! ¡Qué silencio sobrecogedor en el ánimo de todos aquellos ángeles, testigos privilegiados de un prodigio único e irrepetible! ¡Cuánta ternura y emoción contenida en aquel corazón vacío de María que tanto enamoró a los Tres!

El tiempo y la historia debieron contener su deseo al acoger en su seno, como aquella Madre, la carne del Verbo de Dios. Silencio sobrecogedor el de aquel instante que pasó desapercibido a los ojos del mundo. No dejes pasar ni uno sólo de tus días sin rezar la oración del Ángelus y unirte a aquella emoción divina que rodeó la encarnación del Verbo. Esfuérzate cada día por inclinar el corazón ante esta Madre que tanto enamoró el corazón de Dios, y adora en silencio la humildad de aquel Verbo anonadado en la carne por ti y para ti. En ese rezo diario del Ángelus vuelca tu amor agradecido al sí de aquella Madre virginal, que dio inicio a tu salvación. Para tu actividad, tus preocupaciones, tus afanes, tus estados de ánimo, tu alma, para inclinarte en adoración ante esa maternidad de María que tantos bienes nos ha traído.

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Hacer examen de conciencia

Para amar a Dios es indispensable conocerse a sí mismo. Por eso, si quieres tomarte en serio tu entrega a Dios, desde tu estado de vida propio, es imprescindible acostumbrarte a la práctica diaria del examen de conciencia. Porque, donde no hay conciencia de pecado no hay conciencia de Dios, y tampoco puede haber conciencia de sus dones y gracias.

Ponte en la presencia de Dios y pídele la luz y la ayuda de su Espíritu para querer ver tu jornada como Dios la ve. Después detente despacio en ese trípode que debe sustentar tu examen: tu relación con Dios, con los demás, contigo mismo. Pondera despacio qué has hecho bien, qué has hecho mal, qué debe-rías haber hecho que no hiciste, qué deberías haber hecho mejor… Da gracias a Dios, porque todo el bien que hay en ti y que has hecho a los demás es obra suya. Pídele perdón de tus faltas y pecados, abrazando interiormente ese corazón de Padre que recibe siempre, una y otra vez, al hijo pródigo. Pídele ayuda para vivir mañana un propósito concreto. Y todo mirando a la Virgen, Ella que tantas veces abrazó en su Hijo el pecado de toda la humanidad. Sé fiel a este examen diario, aunque estés cansado, dormido o sea ya muy tarde, pues en esa fidelidad te juegas mucho. Conocerse a sí mismo a la luz del amor de Dios es, sin duda, uno de los más grandes bienes que nos podemos hacer…

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El amor a las criaturas

Si no amas el mundo apasionadamente no amas la obra de Dios y todas sus mediaciones. Pero, que no te engañe el corazón, porque, con ser frágil, voluble y quebradizo, está hecho para albergar en sí el amor infinito de Dios y no saciarse con nada que no sea Él. Las criaturas materiales y, sobre todo, las personas merecen todo nuestro aprecio y no puedes no amar el mundo que Dios ha creado para ti. Pero, bien porque son limitadas y defectuosas, bien porque mueren, porque son inconstantes, porque se mueven por interés, tarde o temprano, esas criaturas te vienen a fallar.

¿Hay algo, o alguien, capaz de asegurarte ese afecto y ese cariño pleno, total, eterno, que tu corazón menesteroso anda mendigando? Es duro, pero cierto, que hasta el amor de una madre te puede fallar. Mira dónde pones el corazón, no sea que aquellos afectos y cariños que parecían llenarte de felicidad hasta rebosar se quiebren y te traicionen, dejándote hundido en el desengaño y la desilusión. Llena tu amor de Dios y verás cómo todos tus afectos se centran y equilibran, y hasta se hacen más sinceros, firmes y tiernos. El verdadero amor, porque nace de Dios, siempre es camino hacia Él. Ama con el amor más grande que puedes dar, no el tuyo sino el de Dios, y serás capaz de amarlo todo, todos, con la libertad de los hijos de Dios.

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La santa indiferencia

Hay una indiferencia que es expresión y síntoma de nuestro egoísmo. Es esa actitud individualista que me hace vivir al margen de los problemas y necesidades de los demás y que suelo disfrazar de buena educación, diciendo que es mejor no meterse en donde no me llaman. Hay, en cambio, otra indiferencia más humana, incluso santa, que nace de Dios y lleva a Él. Es esa actitud de fe serena, que atisba a Dios detrás de todos los acontecimientos y situaciones, aun las más insignificantes y anodinas, y que lleva a un abandono confiado en la voluntad del Padre. Es una indiferencia que se vive no tanto desde los sentimientos cuanto desde la razón y la fe oscura.

Desde esa confianza ciega en la providencia y en el actuar de Dios, ya no apeteces más una cosa que otra, ya no te rebelas ante imprevistos, fracasos o desconciertos, ya no buscas entender las circunstancias humanamente absurdas, porque en todo está Dios y todo conduce a Él. Porque “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28). Esta santa indiferencia es un don de Dios, que fructifica allí donde encuentra un corazón muy roturado por la sencillez. Bien asentado en esta santa indiferencia, que no tiene nada que ver con un alma insensible y fría, podrás ser roca firme en la que muchos apoyen su cruz y encuentren en ti el consuelo que Cristo crucificado encontró en María, firme al pie de la Cruz. 

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Orar sin regateos

No seas tacaño y medidor con el Señor. Tu tiempo no es tuyo sino de Dios, pues Él te lo da. El que necesitas para tu santificación, ni más ni menos. Dáselo tu a Él sin regateos, pues es su verdadero Dueño. No recortes minutos a tu oración diaria; no tengas prisa en la acción de gracias de la Eucaristía; no reces el rosario apresuradamente, como quien quiere acabar cuanto antes un deber pesado y aburrido; tómate el tiempo necesario para hacer bien tu examen de conciencia diario; saborea pausadamente todas tus oraciones y devociones personales; no quieras que la Eucaristía dure menos o que la confesión sea más rápida y breve. Porque todos los minutos del tiempo de tu vida que Dios te dé sólo podrás vivirlos una vez.

¿No te sentirías molesto si alguien te atendiera de cualquier manera, o te hablara sin interés y sin prestar atención a lo que tú dices? ¿Crees que el Señor tuvo prisa, siquiera un minuto, para que pasara cuanto antes aquellos largos años de vida oculta en Nazaret, aquel viernes santo y aquella cruz? Es de justicia que des al Señor el tiempo que le has prometido, todo el que sea preciso, sin prisas, sin ahorrar detalles, con esa elegante generosidad de quien ya ha experimentado que el verdadero amor sólo sabe de darse.

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Nuestras faltas de omisión

Pocas veces nos detenemos a considerar cuántas ocasiones y oportunidades hemos dejado pasar, a lo largo del día, en las que podíamos haber hecho el bien a alguien, podíamos haber hablado de Dios, deberíamos haber rectificado la intención de nuestros actos, podíamos haber crecido en tal virtud… El bien que podíamos haber hecho y no hicimos, quizá ya se quede sin hacer; te lo pedía Dios a ti, no a otro, y en ese momento, no en otro. Cuántas mociones interiores de la gracia, cuántas sugerencias de Dios al alma, quedan sin producir fruto porque caen en nuestra tierra árida, superficial, excesivamente prudente y correcta, comodona y perezosa.

Nuestras faltas de omisión obstaculizan la acción de Dios que, si bien es omnipotente, por la creación y la encarnación quiso que quedara unida a nuestra libertad. El mal y el pecado ganan terreno allí donde tu y yo no ponemos a Dios. Piensa, además, que ese bien que te has guardado podía haber embellecido aún más la santidad de la Iglesia por la comunión de los santos. No dejes de reparar con tu oración esos vacíos de bien que llenan tu vida. Deposítalos una y otra vez sobre el altar, en tu Eucaristía diaria, para que el Señor los haga fructificar de otra manera y por otros medios. ¿No sacó de la nada una bellísima y grandiosa creación? ¿No fecundó con el Espíritu Santo la nada virginal del seno de María? Pídele, una vez más, que transforme la nada de tu omisión en abundantes frutos de vida eterna para todos aquellos que esperaron tu  y no la recibieron.

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