Sagrado corazón de Jesús, ruega por nosotros

En este sagrado Corazón, Dios se nos da por entero, pero el mundo sigue sin conocerlo. Aquella lanza que traspasó el costado crucificado de Cristo expresa bien el deseo del alma que quiere entrar, como ella, en ese adorable Corazón. Entreguémosle hoy el nuestro, para que lo llene sólo ese amor de Dios, que quiere inhabitar en nosotros, y ser así nuestra única delicia y descanso. En ese Sagrado Corazón está representada toda la humanidad que el Verbo asumió en el seno de María. Todo lo humano se salvó en aquellas entrañas virginales, que dieron a Dios todo lo que Él había creado como obra suya. Corazón que late al unísono con el mío, en cada uno de los momentos de mi existencia, aunque yo viva disperso y desparramado en tantos caprichos del alma.

Corazón sagrado, Corazón de Jesús, el único capaz de saciar plenamente todos mis deseos, sólo en Ti soy feliz. Cuánto amor esperas incansable, cada segundo, a la puerta de mi vida. Cuántas correspondencias rehusadas, por la cómoda mediocridad de mi poco esfuerzo. Cuántas omisiones, cuántas ocasiones de unirte a Ti, que dejo perder, por la cómoda compensación de un momento de egoísmo. Nada sabe el alma de verdaderos amores, si no conoce las profundidades insondables de esta intimidad divina, que se me da plenamente en toda la pobreza de mi ser. Qué inmensidad tan inabarcable tiene ese Corazón, en el que todo y todos son acogidos. El mundo no sabe de este Dios, porque vive enfangado en los dramas de su propio corazón, buscando en él lo que sólo Dios tiene. Una vez más, Señor, hoy quiero ofrecértelo todo, para que seas Tú, y no yo, el amor que reine en todo mi ser. Escóndeme, Señor, en ese Sagrado Corazón y sea yo traspasado por la lanza de tu amor.

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Corazón de Jesús, predilecto del Padre, ruega por nosotros

Aquel día en el Jordán, mientras salías del agua y se abrían los cielos, el Padre proclamó que, desde siempre, Tú eras su Hijo amado, aquel en quién Él tiene todas sus complacencias. Corazón de Hijo amado, en cuya eterna predilección también el Espíritu se recrea. Corazón predilecto, que asocias a tu eterno misterio la nada y la pequeñez de mi vida, amadas desde siempre con dilección única y exclusiva. ¡Cómo no amarte a Ti, y sólo a Ti, en todo y en todos, aunque brillen espejismos de tantos otros amorcejos, que cargan de lastre inútil el verdadero amor! Cuánto cansan las criaturas, cuando no te ofrezco la indiferencia, la incomprensión, la ingratitud, el olvido, el egoísmo o la soberbia repletas de un amor único y exclusivo a Ti, sólo a Ti. Cómo se va enfriando mi correspondencia cuando dejo que el pecado, la mediocridad, la tibieza o la comodidad empañen ese amor que te debo a Ti, por encima de todas las cosas. Y cómo reclama el corazón aquello más suyo y más íntimo, tu amor de predilección, cuando se derrumba vacío ante las cosas y las personas que no llenan.

Yo también soy tu hijo predilecto. Así me amas y aceptas, como aquel que me tiene tanto amor que da la vida por mi. Así debería yo amar a todos, como hijos predilectos de ese Padre de los cielos, que tiene en ellos todas sus complacencias. Tu predilección de Padre colma todos esos deseos recónditos que alberga el alma. Corazón predilecto de Jesús, que tienes en mi todas tus complacencias, por encima de tanta limitación y pecado. Dáme ese sentir de hijo, que busca evitar todo aquello que ofusque y empañe tanto amor de Padre. Que en ese Corazón tan amado busque yo toda mi complacencia y mi descanso, buscando darle toda mi correspondencia.

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Corazón desconocido de Cristo, ruega por nosotros

“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’…” (Jn 4,10). Aquella mujer samaritana que llegó a sacar agua del pozo recibió el don inmenso de conocer a Jesús mientras le ayudaba a saciar su sed. Corazón de Cristo, conocido tarde y mal. Conocerte es amarte; amarte es seguirte; seguirte es cambiar de vida, pero no luego, después, mañana, sino ahora. Te conozco en tu Iglesia, en tu Palabra, en tus sacramentos, pero también en la fe oscura del día a día, cuando se esconden las ganas, el gusto sensible, la ilusión y el entusiasmo.

En esas fidelidades pequeñas y escondidas, casi rutinarias, pero nunca vacías de sólido amor, me muestras tu rostro más sediento y tu corazón más necesitado. En esa intimidad de lo cotidiano debo aprender a saborear la contemplación de quien sólo busca conocerte más para amarte mejor. Sólo por el camino del áspero –pero sabroso– conocimiento de la fe puedo entrar más profundamente en esa intimidad misteriosa e insondable de tu presencia de todos los momentos. Cuántas veces te escondes para que, buscándote con mayor avdez, el alma crezca en la fe ciega y oscura. El mundo no te conoce, porque no sabe buscarte en lo escondido, en lo que no cuenta, en lo que nadie valora. Así he de aprender yo ese estilo tan propio del Evangelio, que reviste lo más grande con los ropajes de lo más ínfimo y miserable.

Corazón tan desconocido de Cristo, que sólo te muestras a los que te buscan con desnudez y pobreza interior. Que aprenda yo a buscarte, a conocerte, a encontrarte, en lo más escondido de mis miserias y debilidades, para que en ellas pueda manifestarse tu gloria y tu misericordia hacia los hombres. Conocerte es desearte más, vivir enamorado de ese Dios, que nada más que amor desea de ti.

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Corazón transfigurado de Cristo, ruega por nosotros

Aquel día, en el monte Tabor, Pedro, Santiago y Juan pudieron contemplar anticipadamente la gloria con la que un día también ellos habrían de ser transfigurados. Sólo le acompañaron a la cumbre de la montaña los mismos apóstoles que después habrían de acompañarle, desde el sueño, en la postración de la noche de Getsemaní. Por un instante cesó un permanente milagro, el anonadamiento del Verbo en la encarnación, y afloró aquella gloria divina que permanecía tan escondida en la carne de Cristo. Jesús transfiguró así su más cotidiana existencia, aparentemente tan igual a la de todos los hombres, dándole brillos de eternidad y fulgores de gloria divina. Este Corazón transfigurado, que en el monte Tabor se empapaba por todos sus poros de gloria divina, habría de sudar un día gotas de sangre.

Si en cada momento y actividad de mi jornada supiera yo subir esa ruda pendiente de la monotonía y de la rutina haría de mi vida cotidiana una continua y pequeña cumbre de Tabor. ¿Por qué no transfigurar cada uno de esos momentos, personas, tareas, dejando que la gloria y la presencia de Dios afloren radiantes en el Tabor del alma? Llevas dentro la gloria de Dios, habita en ti su misma vida divina, y puedes irradiarla a muchos a través de los actos más ordinarios de tu jornada. Pero, esa gloria divina, que quiere brillar en ti, choca con las opacidades de ese pecado tuyo, que tanto enturbia el alma.

Corazón transfigurado de Cristo, que llenas de eternidad cada instante de mi vida, si dejo que entres en ella por las rendijas de mi día a día. Me enseñas a revestir de cielo todo eso en lo que no logro contemplar tu rostro, ni ver tu mano providente. Enseñame a gozar aquí, en mi vida concreta, de esa gloria que un día me regalarás plenamente allá en tu Reino.

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Corazón obediente de Cristo, ruega por nosotros

Obedeciste a la voluntad y al querer del Padre hasta la muerte y una muerte de cruz. Obedecías siempre al Espíritu Santo, que internamente alentaba y ungía de divinidad cada uno de los momentos de tu existencia. Obedeciste a José, en cuya paternidad Dios Padre descansaba complacido. Obedeciste a María, de quien recibiste, en lo humano, toda tu forma y figura. Obedeces a la Iglesia esposa, como el esposo que sigue entregándose hasta el extremo. Obedeces al sacerdote, con esa docilidad y mansedumbre que sólo un amor de proporciones divinas es capaz de explicar. Tú siempre sumiso e inclinado a la voluntad ajena, mientras mi vida transcurre doblegada ante el trono de mi propio querer y voluntad, apuntalando más y más mi propio «yo», con buenas dosis de soberbia. Siendo Dios, tuviste que enseñarme a ser hombre, precisamente la noche de Getsemaní, cuando el amor te arrancaba aquel “…mas no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Cuánto me cuesta inclinar mi querer y mi voluntad ante las circunstancias que no entiendo o me sobrepasan. Cuánta resistencia a obedecer, no con la resignación de un soldado sino con el espíritu y las actitudes de Cristo, a todos los que tienen alguna autoridad sobre mí. La clave de tu obra redentora fue tu obediencia sin límites al querer del Padre, mientras yo me invento mis propios caminos de salvación, centrados en mi propio capricho y voluntad.

Corazón obediente de Cristo, que te humillaste hasta el extremo de la Cruz y pasaste por el anonadamiento del sepulcro, para enseñarme a mí el valor de la obediencia a Dios, a través de los cauces humanos de la autoridad. Que no sea esclavo de mí mismo, claudicando ante el imperio de mi propio criterio y querer, pues amas más la obediencia del hijo que la tiranía de mi voluntad.

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Corazón eucarístico de Cristo, ruega por nosotros

¡Cuántos eternos anhelos, escondidos desde siempre en el corazón trinitario de Dios, se vieron colmados y satisfechos aquella tarde en el cenáculo de Jerusalén! ¡Cuántos deseos ocultos, cuántas aspiraciones profundas depositó el Señor en aquel cuerpo que se entregaba en la Última Cena! Corazón eucarístico de Cristo, tan enamorado de mi pobre y caduca humanidad, que quisiste compartirla hasta el final de los tiempos, haciéndote comida de inmortalidad. Compañero y confidente de amores y soledades, sed ardiente que buscas ese poco de mi vida donde poder crucificarte, te haces mi altar y mi pan para que yo ofrezca contigo al Padre mi Eucaristía de todos los momentos y de todos los días. Carne eucarística traspasada de amores, bella y hermosa por su callado anonadamiento, carne en la que adoro aquel seno virginal y materno de María que te entregó al mundo.

“Te adoro con amor, divinidad oculta, verdaderamente escondido bajo esas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte”. Quisiera hacer de la Eucaristía el centro y motor de mi vida. Quisiera necesitarte más, desearte más, en ese poco de pan y de vino, sin los que no podría dar sentido a cada una de mis jornadas. Cuántos momentos de Eucaristía, de ofrecimiento, de acción de gracias, de súplica y de intercesión, alientas silenciosamente en mi alma, en el ruidoso trajín del día a día. Corazón eucarístico de Cristo, que desde siempre deseaste unirte a mí, en la comunión de cada una de mis Eucaristías.

Corazón eucarístico, que lates al unísono con el corazón de tu esposa, la Iglesia Madre, que lleva en su seno el pan de la Eucaristía. Dame hambre y sed de Ti, para que no encuentre ya gusto en las apariencias amargas y desabridas de este mundo.

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Corazón pobre de Jesús, ruega por nosotros

Lo diste todo. Hasta despojarte de tu condición divina y tomar la condición de siervo (cf. Flp 2,7). Te hiciste el más pobre de los hombres sólo porque así quería el Padre que se operase la redención. ¡Cuánta pobreza y cuánta nada en aquel seno virginal de María! ¡Qué corazones tan pobres los de aquellos apóstoles que iniciaron la Iglesia! ¡Cuánta pobreza y cuánto despojo en la Cruz! ¡Cuánta pobreza en las manos del sacerdote que te ofrece en la Eucaristía! Y, sin embargo, sólo en esa pobreza encuentras tu delicia y puedes manifestar tu omnipotencia.

Corazón pobre y libre de Jesús, que tanto amas la pobreza de mi vida, no dejes que me esclavice la avaricia de mi propio «yo», ese tesoro podrido y sin brillo que no estoy dispuesto a dejar perder. Cuántas ambiciones humanas, cuantas posesiones inútiles, cuántos apegos y seguridades, cuántas compensaciones, que enredan el corazón y lo atan, como grilletes, a los oropeles y bagatelas engañosas de la propia honra. No quiero entender que las obras de Dios nacen sólo allí donde hay mucha desnudez y pobreza interior. Y se me pasa la vida en ambicionar esas migajas de honra, buena fama y poder, que me hacen aparentar ante los demás lo que no soy, sólo por esconderme ante mí mismo los defectos y limitaciones que no me gustan.

Mi pobreza es el trono de la misericordia de Dios, pero yo me empeño en triunfar agarrándome al pedestal de mi autosuficiencia. Corazón pobre de Jesús, cuya única ambición era la gloria de Dios y el amor al hombre, enseñame a desprenderme del lastre de mis ambiciones, egoísmos, intereses personales, que tanto obstaculizan la acción de Dios en mi vida. En mi pobreza espiritual tendré siempre mi mayor riqueza, aunque los ojos del mundo no sepan apreciar el brillo de esa nada.

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Purísimo corazón de Cristo, ruega por nosotros

Sólo un amor llenaba tu Corazón: el Padre. Sólo un deseo ardiente impulsaba cada uno de los latidos de tu ser: la voluntad del Padre. Y sólo una fuente, un motor que lo movía todo, el Espíritu Santo aleteando dentro de ti, ungiendo sin cesar cada uno de los rincones de esa carne continuamente ofrecida y consagrada al Padre. Toda tu virgínea pureza no podía sino ser expresión, en lo humano, de esa divinidad, que se ocultaba en aquel cuerpo virginal y en aquel corazón tan puro y transparente. Toda la plenitud de ese amor al Padre, al que no negaste ni una gota de entrega y de correspondencia, llenaba hasta saciar los más recónditos deseos y anhelos de aquel corazón que, sin dejar de ser humano, estaba sólo centrado en lo eterno. Y de esa plenitud quedaban todos impregnados cuando te trataban y se reconocían amados singularmente, de forma única e irrepetible, con ese amor solícito y concreto que siempre va por delante.

Sólo el amor a Dios purifica y universaliza los afectos, sin que pierdan, por ello, una brizna de su más hermosa humanidad y concreción. Mis afectos, mis amores, mis cariños, sólo serán auténticos y verdaderos cuando dejen de centrarse en mi soberbio «yo» y vuelen ligeros sólo hacia Dios. Deja que su gracia te llene a rebosar, purifique tus afectos y tus amores, y verás que amarás a todos, con la limpieza y libertad con que el mismo Corazón de Cristo amó singularmente a cada hombre. En ese Corazón virginal has de encontrar la fuerza para colmar tus soledades afectivas, tus limitaciones en el amor, tus imperfecciones en la caridad. Ama a Dios, por encima de todo, y podrás amarlo todo en Él. No temas la esclavitud de otros amores, si la intimidad con Dios, su gracia, la belleza incomparable de su amor llena todos los rincones de tu alma.

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Corazón alegre de Cristo, ruega por nosotros

Pocas veces nos narra el Evangelio que Jesús lloró. Aquellas lágrimas del Maestro debieron grabarse profundamente en el ánimo de sus discípulos, acostumbrados como estaban a su porte majestuoso, lleno de serena alegría y de un gozo permanente. Ni siquiera nos dicen los evangelistas que Jesús llorara durante su pasión, o cuando le crucificaron, o cuando vio a su Madre, llena de dolor, al pie de la Cruz. La alegría de Cristo nacía de aquel íntimo gozo que le proporcionaba saberse uno con el Padre. Aun en los momentos en que más pesaba la Cruz, no perdió el Señor aquel gozo íntimo, nada estrepitoso, siempre discreto y permanente, que nacía sólo y siempre de su ardiente deseo de hacer la voluntad del Padre. También en Getsemaní aquel gozo íntimo del Padre sostuvo la lucha del amor.

¡Cuántas risas vacías esconden inútilmente mis tristezas y desánimos! ¡Cuántas máscaras y caretas de alegría hueca y ruidosa con las que pretendo esconder mi mediocridad y mi falta de unión con Dios! Mi falta de alegría, mis tristezas, mis desánimos, mis pesimismos, todo se difumina cuando el corazón contempla enamorado el alma alegre de Cristo en la Cruz. Allí, en el momento de mayor dolor y oscuridad que jamás hombre alguno ha vivido, debió vivir también el Señor el momento de mayor gozo interior y sobrenatural que jamás nadie aquí puede imaginar.

Poco sabes de Dios, si poco sabes del gozo de la Cruz. Porque sólo en ella se gusta y saborea al vedadero Dios, si unes tu cruz a la suya. Corazón alegre de Cristo, que sufriéndolo todo, quisiste así hacerte sostén y fuente de mi propia alegría. El mundo no sabe ser feliz, porque no sabe sufrir con Cristo y encontrar en su Corazón adorable el remanso de paz del que nace el verdadero gozo interior.

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Corazón sepultado de Cristo, ruega por nosotros

Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto (cf. Jn 12,24). ¡Cuánta fecundidad, cuánta vida albergó la tierra al acoger en su seno aquel cuerpo desclavado de la Cruz! Corazón sepultado, anonadado hasta el extremo de confundirse con la tierra y llegar al límite de la nada, sólo por enseñarme el amor del ocultamiento. Corazón llorado por Pedro, anhelado y buscado por Magdalena, esperado con fe por María Madre, en las horas del silencio orante de aquel sábado santo. Corazón depositado en el sepulcro, ¡nada sabes de grandezas humanas, Tú que eres la medida misma de toda grandeza!

Morir a mí mismo, a mis honras y ambiciones tan humanas, a mis vanaglorias y altanerías, a mis hipocresías y engreimientos, sepultando en tu Corazón todo ese «yo» que se empeña con soberbia en negar que está hecho de tierra y más tierra. Tú, que en cada comunión vuelves una y otra vez a enterrarte en el sepulcro de mi propia tierra, me enseñas así a sepultarme contigo, muriendo siempre un poco más a ese «yo» que busca tenazmente el relumbrón y la apariencia.

Habré de aprender Contigo a enterrarme en lo oculto de esa voluntad de Dios, que se me hace áspera, difícil o absurda. Enterrarme en lo escondido del cumplimiento diario del deber, en la fe de la monotonía y rutina cotidiana, en el anonimato  del mundo y de los hombres, para vivir sólo cara a Dios. Sea mi alma para Ti, Señor, ese sepulcro nuevo, en donde repose tu cuerpo y tu vida, en espera de la resurrección. Corazón sepultado de Cristo, que bajaste por mí al abismo de la muerte, me enseñas a vivir sólo para tu gloria, sin más tierra que tu amor y compañía. Tú, que me sepultaste contigo en el Bautismo, me esconderás un día para siempre en el cielo de ese Corazón, que late desde siempre vida eterna.

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