Avivar la presencia de Dios

“No está lejos –dice san Agustín–; ama y se acercará, ama y habitará en ti». Dios está presente en todas las cosas y está detrás de todos los acontecimientos. Si nos acostumbráramos a esa ineludible presencia de Dios en todos los instantes, en todas las circunstancias y personas, llenaríamos nuestra vida no de cosas y actividades sino de Dios. Acuérdate a menudo que todo, absolutamente todo, lo haces, lo dices, lo piensas, en la presencia de Dios. No te olvides que en tu alma en gracia está presente Dios, más íntimo que tú a ti mismo.

Esfuérzate durante el día por avivar esa amorosa y tierna omnipresencia de Dios Padre. Cuando entras o sales de casa, cuando empiezas o terminas tu trabajo, cuando te acuestas por la noche o te levantas por la mañana, al empezar o terminar de comer, cuando hablas con otros y rezas por ellos, cuando has caído en la tentación, cuando te dan un disgusto o una buena noticia… En todo y siempre debes encontrar una ocasión propicia para dialogar con Dios y elevar tu corazón hacia Él, levantando en tu oración todas las cosas y todas las personas. ¡Cuántas jaculatorias, cuántos actos de amor, de fe, de esperanza, de paciencia, de perdón, caben en una jornada! ¡Y cuántas jornadas acaban vacías y huecas, llenas de tiempos vacíos! Perder el tiempo es dejar que se nos escape la presencia y el amor de Dios por las rendijas de las mil cosas y afanes que nos ocupan cada día. Llena cada uno de tus instantes de un poco de eternidad y verás que tu vida, y la de los demás, se va transformando suavemente, como el metal que va cobrando brillo en el fuego.

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