Archivos para enero 2024

«Boga mar adentro» (Lc 5,4)

Aquel día, como de costumbre, Jesús se acercó a la orilla del lago de Genesaret para predicar a la gente que solía acudir a oírle. A lo lejos, detrás de la multitud, se fijó en aquellos hombres que lavaban sus redes y limpiaban sus barcas, después de la dura faena de la noche. Estaban cansados, tenían hambre, habían dormido poco y mal, la pesca había sido muy escasa y, además, las redes estaban tan viejas y gastadas que no había ya por dónde recoserlas. No era, quizá, el mejor momento para acercarse a ellos y hablar y, sin embargo, sí que era el momento de Dios. El Señor se acercó y dijo a Simón: “Boga mar adentro”. Pedro reaccionó como lo hacemos también tu y yo cuando nos importuna e incomoda la entrega a Cristo.

Aquel rudo pescador sacó toda la artillería pesada de pegas, excusas, explicaciones y justos motivos para no complicarse la vida: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada…”. Cuánto cuesta no instalarse en la mediocridad, no conformarse con cumplir los mínimos, no pactar con nuestros defectos, no cansarse de empezar una y otra vez, no justificar nuestra comodidad, no consentirnos más faltas de omisión, no dejar para luego las cosas de Dios.

Tienes aún mucho que remar y mucho mar por recorrer: orar más, examinar mejor tu conciencia, mejorar tu carácter, crecer en piedad, luchar con más energía contra tus defectos de carácter, superar la impuntualidad, entregarte con más generosidad al apostolado, cumplir mejor tus deberes profesionales, cuidar más la presencia de Dios en tu actividad diaria. No te pares más a remendar y recoser esas redes viejas y desgastadas de tus continuas excusas, pegas y justificaciones, porque mientras te detienes en la orilla de tu mediocridad, el Señor espera para subirse a tu barca y llenarla con gran cantidad de peces. 

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Empezar de nuevo

Cuando la tristeza nos domina solemos caer en el desencanto por las cosas sencillas. Nos cuesta “remontar el vuelo” cuando se trata de aceptar la derrota sufrida, o ese desengaño de aquel en quien confiábamos. Si se nos pide que pongamos buena cara, o que vivamos con aceptación el varapalo correspondiente, solemos enfurecernos más, encerrándonos en nosotros mismos y en ese mecanismo cerrado de la autocompasión con nuestra propia miseria. ¿Cómo empezar de nuevo?

Recuperando el encanto por la sencillez que habíamos despreciado. No es ningún manual de “autoayuda” lo que necesitamos, sino una mirada de comprensión hacia nuestro interior. Aprender a quererse, a aceptarse, no es ninguna forma de egoísmo. El mismo Señor nos dice que hemos de amar a los demás como a nosotros mismos.

Esa es la sencillez de la vida: reconocerse como uno es, en lo bueno y en lo malo, en la tristeza y en la alegría, en la victoria y en la derrota. Siempre contaremos con la mano amiga de Dios que, además de no abandonarnos, recomenzará con nosotros… una y otra vez, una y otra vez… Dios no se cansa de empezar, “sólo” nos ama tal y como somos. 

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«¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Vivimos en un mundo repleto de profetas. Unos, vaticinando catástrofes, otros prometiendo el oro y el moro. Ser asesor de imagen es uno de los grandes negocios de nuestros días. Se trata de vender lo que no se tiene o lo que no se es. Y para ello, todo un grupo de profesionales se reúne para estudiar cuál es la demanda popular o ver cómo introducir en el mercado un producto que, a base de anunciarlo, se convertirá en una falsa necesidad. Esto que la publicidad consigue para las “cosas” puede aplicarse también a tantos hombres que, en el orden político, cultural, o en el espectáculo, son transformados en los nuevos mesías  de nuestra época. ¿A quién hay que hacer caso?

Si en algo nunca cayó nuestro Señor fue en la manipulación. Se presentó ante su pueblo “tal cual” era. Además de proclamarse Hijo de Dios, le acompañaron sus palabras y sus obras, “sin trampa, ni cartón”. De esta manera, los discípulos del Bautista acuden a Jesús para que les resuelva el enigma de si era él al que habían que seguir. “Decid a Juan lo que habéis visto: los cojos andan, los ciegos recobran la vista, y los enfermos son sanados”. Por ello, Jesús nunca fue bien visto ante los que habían dado la espalda a Dios, comenzando por los que ejercían la autoridad religiosa en Jerusalén.

Tú y yo no tenemos que esperar a “otro”. El que tenía que venir ha llegado y nos ha obtenido la salvación definitiva. Lo que se nos pide es coherencia de vida y correspondencia ante tanto bien recibido. La coherencia es actuar conforme a lo que hemos recibido, es decir, vivir como verdaderos cristianos en nuestro pensar, obrar y decir. La correspondencia no es otra cosa que dejarnos querer por el amor de Dios y, así, amar a los demás. Porque “Dios ha tomado de lo nuestro, para darnos de lo suyo”.  

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Vivir en familia

Nacer en el seno de una familia es un don que, en muchas ocasiones, no sabemos valorar. Un hombre y una mujer que, respondiendo a una vocación tan concreta como es la del matrimonio, se transforman en pura donación para crear una familia en los hijos, que son fruto de ese amor. Cuánto se asemeja a la vida de Dios, en sí misma considerada (el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), la vida del matrimonio y de la familia. ¿No hemos sido hechos a imagen y semejanza de Él? ¿Qué habría en la mente de Dios cuando pensó en la humanidad, singularizada en un hombre y una mujer, para que se asemejara la entrega de ambos a la que Él mismo tenía en su intimidad divina?

Sólo hay una respuesta que tú yo podamos comprender: la familia de Nazaret. Quiso nacer Dios en una familia concreta, con un padre y una madre. Quiso el Verbo, segunda persona de la Santísima Trinidad, crecer y ser educado en un entorno familiar, con una naturalidad y una sencillez tan pasmosas que cuando nuestro Señor se reveló como el Mesías, el Hijo de Dios vivo, algunos se escandalizaron: “¿No es este el hijo de José, el carpintero, y de María?”. Aprendamos a vivir la naturalidad de Dios en nuestras propias familias.

Aprendamos también a hacer familia en nuestro entorno de trabajo, de amistad, de apostolado. En los detalles más nimios de convivencia ha de hacerse palpable una realidad: Dios se hace más grande cuando vivimos con más sencillez los dones de Él recibidos… y la familia es el lugar adecuado donde encontrarnos con Dios “cara a cara”. Así de simple y de sublime.

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«Le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29)

Impresiona imaginarse a la turba de judíos, que acababa de escuchar en la Sinagoga la lectura del rollo de Isaías, conduciendo a empujones a Jesús, fuera de su ciudad de Nazaret, con intención de despeñarle. Muchos de ellos habían sido, quizá, compañeros de juego en la infancia, algunos habían sido clientes de José, otros eran maridos de las vecinas que vivían cerca de la casa de María. A todos les pareció una blasfemia oír de labios de Jesús que en El se estaba cumpliendo aquel pasaje de Isaías que acababa de proclamar. Pero el Señor no sabe de respetos humanos, de complejos, de verdades a medias, de vueltas y perífrasis para anunciar la verdad, aunque moleste.

Tú y yo, en cambio, somos muy dados a disfrazar y acomodar las cosas, a disimular y camuflar nuestra condición de cristianos, a hablar de Dios sólo donde pueden entendernos y aceptarnos, a rebajar la verdad y diluir nuestra fe para evitar esa sonrisita sarcástica o ese comentario de ridículo y desprecio que tanto hiere nuestro punto de honra. No se trata de imponer fanáticamente nuestra fe o nuestros criterios cristianos, pero sí de no claudicar ni retroceder ante burlas, críticas o zancadillas que puedan venirnos por nuestro nombre y condición de cristianos.

Vive a Dios y habla de él sin miedos ni complejos, y verás que la verdad siempre está del lado de la victoria. No abras la puerta a esa doble vida que nada tiene de cristiano ni de evangelio, aunque tampoco tu seas profeta bien recibido en tu tierra. 

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Robar el paraíso a Dios

Jesús, destrozado por las heridas y agotado por la subida hasta el Calvario, se va consumiendo en la Cruz. Le han crucificado entre dos convictos. Entre insultos e improperios, la voz entrecortada de Jesús va recitando retazos de esos salmos que dan fiel cumplimiento a la profecía: Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pudiera parecer una cruel paradoja esa vida que agoniza en un madero, cosido con clavos y coronado de espinas. Sin embargo, mientras uno de esos dos ladrones lanza blasfemias contra el Justo, el otro, tímidamente, pide compasión, acariciando la misericordia que, a borbotones y, entre chorros de sangre, sale del corazón divino de Cristo. “Acuérdate de mí cuando estés en el Paraíso”.

La ternura de Dios alcanza a todos los hombres y, de manera especial, a aquellos que han vuelto a la casa del Padre con sencillez y sin reservas. ¡Bendita fiesta en el Cielo por un alma que vuelve su rostro al amor de Dios! “Aunque una madre se olvidara de su hijo, Yo nunca me olvidaré de ti”. Y esa promesa alcanza al hijo de María que, moribundo, dirá al ladrón arrepentido: “Te aseguro que hoy entrarás conmigo en el Paraíso”. ¡Qué fácil es “robar” a Dios su corazón cuando, con arrepentimiento sincero, le reconocemos como el único que puede apagar nuestra sed! Hoy, aquí y ahora, haz el propósito de poner tu corazón junto a ese otro, llagado y maltrecho, del que sólo mana piedad y compasión por todo aquello que te hace sufrir y llorar.

Tú también serás capaz de “robarle” el Paraíso a Dios, y no habrá ya otra cosa que ocupe tu vida. Sólo los que aman, ¡de verdad!, pueden decirse semejantes locuras. 

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«Le pusieron por nombre Jesús» (Lc 2,21)

En el principio de la creación, sólo Adán recibió de Dios el mandato de poner nombre a todo lo creado, “para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn 2,19). Ni siquiera los ángeles creados pudieron participar de este privilegio divino. Era algo que Dios tenía reservado para el hombre, a quien quiso desde siempre entregar el gobierno de su obra creadora, haciéndolo dueño y señor de las criaturas que están por debajo de él. Era algo propio del hombre, no de ángeles, porque el Verbo creador, Dueño y Señor de todo, había de hacerse hombre como nosotros y no ángel. Sólo María recibió de Dios el nombre que había de poner a su Hijo. Impresiona que Dios se inclinase así ante esta Mujer y sólo a Ella diera el privilegio único de poner nombre al Verbo de Dios.

El señorío no está ya en el gobierno de las cosas sino en tener a Dios, en esa maternidad divina y virginal que pone nombre humano al Verbo. Y, cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron el nombre de Jesús, el mismo que les había entregado el ángel. ¡Cómo sonaría aquel nombre en labios de María, Madre y señora del mismo Dios! ¡Cómo resonaría el eco de ese nombre humano del Verbo en el corazón del Padre eterno! ¡Cómo ha de sonar en tus labios ese dulce nombre de Cristo, que tanto consuelo y suavidad deja en el alma!

Pronúncialo muchas veces a lo largo de tu jornada, en medio de tu trabajo, cuando vas por la calle, mientras hablas con los demás, cuanto te viene el desánimo o el cansancio. Es la oración del deseo, de quien no sabe dejar de pronunciar el nombre de ese amor que llena su alma. 

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«Vayamos a algún lugar a descansar»

La invitación del Señor a sus discípulos viene después de una jornada llena de caminatas y cansancios, predicaciones, encuentros con la gente, diatribas con los fariseos, idas y venidas de una aldea a otra. A todos cayó muy bien esa invitación al descanso. Jesús explayaba su corazón sólo con los suyos; sólo con ellos hablaría abiertamente sobre lo sucedido durante la jornada, o gastaría alguna que otra broma para serenar los ánimos. Esa sencillez de familia, tan propia de un ambiente de amistad y confianza, era el descanso del Señor.

Todos necesitamos del descanso, aunque a veces no sepamos hacerlo. Vamos acumulando activismo, desorden de vida, imprevistos y contratiempos, contrariedades y agobios, y es lógico que busquemos en los ratos de ocio el reposo y descanso necesario. Pocas veces, sin embargo, buscamos ese descanso en Dios. ¡Hay que aprender a descansar en El y con El! Como un amigo abre su corazón a otro amigo así ha de ser nuestra relación con Él. Creemos, desacertadamente, que nuestro trato con Dios se reduce a un cúmulo de obligaciones y cumplimientos que, al final, añadimos a nuestros afanes diarios como una carga más. Hasta que terminamos pensando cuánto mejor sería emplear ese tiempo de Dios en otro tipo de bagatelas más urgentes.

Aprender a descansar junto a Jesús es, sobre todo, saberse querido y comprendido, no por lo bien que hacemos las cosas sino porque sabemos que nos ama tal y como somos. ¡Cuánto más rendiríamos ante las dificultades con ese descanso que, “a gritos”, nos pide el alma y el cuerpo! No te inventes excusas diciendo que no tienes tiempo para descansar, porque entonces serás un vulgar prisionero de las horas, que te esclavizarán en el burdo mundo del activismo, y serás incapaz de realizar tu actividad para dar gloria a Dios. Sepamos descansar en Dios, que es la mejor de las maneras de no complicarnos la vida con ocios que nos agotan y nos hacen perder el tiempo a nosotros y a los demás. 

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«Alzó los ojos al cielo» (Mc 6,41)

Sin darnos cuenta, el inevitable quehacer del día a día va erosionando nuestro deseo de Dios, nuestra visión de fe sobre las cosas, la atención interior a la presencia de Dios en el alma, el sentido sobrenatural de los acontecimientos. Nos pueden los agobios, las necesidades y los tiempos que marca ese afán diario que llevamos a cuestas como una pesada losa. Y terminamos por meter en el mismo saco de los deberes y obligaciones las cosas y los tiempos de Dios, sin terminar de creer que es precisamente ahí, en Dios, en donde encontraríamos el vigor espiritual y, al mismo tiempo, el descanso necesario para sobrellevar con espíritu cristiano esa losa pesada del día a día.

Ese lastre de ruido interior, de ambiciones excesivamente mundanas, de prisas y activismo estéril, de desorden en el horario, va generando en el alma una especie de miopía espiritual que nos impide ver desde Dios, con visión y sentido sobrenatural, esas pequeñas o grandes cosas que tejen nuestra vida diaria. Cuentan los evangelios cómo Jesús tenía la costumbre de alzar la mirada al cielo, al Padre, allí donde estaba su amor y su todo. Más allá del angosto horizonte del pecado, de la miseria humana, de los dolores y sufrimientos de tantos enfermos, de la incredulidad y ceguera de los suyos, de las críticas, incomprensiones y torcidas intenciones de algunos fariseos, de la urgencia con que la gente le pedía remedio a sus enfermedades, de las injusticias de todo tipo que también él debía padecer, Jesús no dejaba de elevar sus ojos al Padre.

La oración de la mirada es la oración del alma que va aprendiendo a ver, con visión sobrenatural, con los ojos de la fe, todas las cosas, acontecimientos y personas que tejen el día a día de nuestra vida. Cultivar esa oración de la mirada es no plegarse a esa otra mirada mezquina y corta que no tiene más centro y medida que el ombligo de nuestro propio egoísmo y soberbia. Por encima del pequeño horizonte de tus problemas, has de aprender a vivir alzando a menudo los ojos de tu alma al cielo, a ese Jesús en quien has de encontrar el sentido y el descanso a todos tus trabajos. 

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«Rogad por los que os persiguen»

Hay mucho odio y violencia en el mundo. No es algo ajeno a nosotros. En nuestros ambientes cercanos somos testigos de cómo familias y amistades se destruyen a causa de resentimientos que tienen su origen, en la mayoría de las ocasiones, en esa falta de pequeños detalles de cariño y convivencia. Decimos que el amor se ha enfriado, que ya no hay motivos para querer… y, de ahí, pasamos a construir “fabulosas” excusas para destruir lo que, en un principio, tenía tanto sentido y en lo que habíamos depositado tanta esperanza.

Si esto ocurre entre los que supuestamente nos queremos, cuánta mayor distancia con aquellos que nos juzgan, critican nuestra conducta, o, simplemente, nos persiguen. Hay una bienaventuranza del Señor dedicada a aquellos que nos atenazan porque queremos vivir con fidelidad nuestra vocación y nuestra entrega. Jesús se dirige a cada uno de nosotros no sólo para que recemos por los que nos persiguen, sino para que, incluso, les amemos. Aquí se encuentra el quicio del cristianismo, el signo distintivo de los que nos llamamos y presumimos de seguir a Jesucristo. A continuación de este mandato, el Señor nos propone ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

¿Que dónde está esa perfección? Ama a tus enemigos, no de palabra sino con el mismo corazón de Cristo, y verás la gloria de Dios en tu vida. Entenderás, ya por fin, porque Jesús gritó desde la Cruz: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. También a ti, como a mi, Dios nos perdona ¡tantas veces!, porque Él es perfecto en el amor. 

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