Archivos para abril 2023

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,15)

Impresiona ver en los relatos evangélicos que los demonios, cuando se encuentran con el Señor, se postran ante El y confiesan abiertamente que es el Hijo de Dios. Los fariseos, en cambio, se escandalizan y consideran un blasfemo al Señor cuando les explica que El y el Padre son uno. En la parábola del Hijo pródigo, si bien se habla de dos hijos, sólo uno de ellos conoce el verdadero corazón de su Padre y se deja abrazar por él. De entre los apóstoles, sólo Pedro se atrevió a afirmar ante el Señor que era el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y el mismo Señor, en más de una ocasión, alaba el ejemplo del samaritano o la fe de la cananea, es decir, de aquellos que no pertenecían al pueblo escogido de Yahvé.

¿Cómo es posible que los demonios, o aquellos que los judíos de la época consideraban paganos, afirmen y crean en la divinidad de Cristo de forma más clara y nítida que los propios apóstoles? ¿Cómo es posible que lleves en la Iglesia tanto tiempo, que cumplas con tantos ejercicios de piedad, que vayas a Misa diariamente, que conozcas el evangelio al dedillo o que frecuentes un grupo apostólico y tu fe sea tan protocolaria, tan formal, tan acomodada a los mínimos y tan incoherente?

Para muchos, Cristo es sólo una ideología, una excusa para buscar sus propios intereses o para hacer carrera, alguien que les complica la existencia, un recurso mágico para las ocasiones de peligro o necesidad, o, simplemente, un extraño aunque oigan hablar de El todos los domingos en Misa. ¿Quién es Cristo para ti?  

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De la búsqueda de comodidad, líbrame Jesús

No nos gusta que los demás nos compliquen la vida, que nos cambien nuestros planes, que nos obstaculicen nuestros intereses. Nos cuesta salir de nosotros mismos y estar disponibles para las necesidades de los demás. Y, no porque teóricamente no pensemos que tenemos que preocuparnos de ellos, sino porque nos puede la comodidad y el egoísmo de ir a lo nuestro y a nuestras cosas. También en las cosas de Dios que, al fin y al cabo, nos resultan ajenas y accesorias, nos dejamos llevar por la comodidad de una fe de mínimos, que está más al servicio de los propios intereses que de los planes de Dios. Nos asusta eso de tener que entrar por la puerta angosta y estrecha, y buscamos otras puertas y otros caminos que, aunque no lleven a ninguna parte, nos permitan vivir un Evangelio más a la medida de nuestro egoísmo.

La fe debe madurar y crecer en esas pequeñas renuncias y sacrificios que cuajan nuestro día a día. Porque podemos confundir la comodidad de vida con la ausencia de problemas, sin llegar a descubrir que es, precisamente, en esas dificultades y problemas donde el alma ha de crecer en el amor a Dios y a los demás. La Virgen Madre pronunció su Sí a Dios en el anuncio del ángel y José aceptó los planes misteriosos de Dios sobre su vida, sabiendo que se les iba a complicar la vida de una forma inimaginable. Los apóstoles no renunciaron a seguir al Señor, a pesar de las enormes dificultades y problemas que ello les supuso. Muchos enfermos fueron curados, sabiendo que su encuentro con el Maestro iba a ser una fuente de incomprensiones. Y el mismo Señor, que en Getsemaní quiso llegar hasta el fondo del sufrimiento y de la humillación, eligió continuar hasta la Cruz, en donde queda curado todo nuestro egoísmo instalado y comodón.

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Los cambios de planes

¡Cuántas veces nos quejamos de lo desconcertante que es el Señor! Cuántas situaciones humanamente absurdas o incomprensibles hemos de vivir con la certeza de que en ellas estamos haciendo la voluntad de Dios. Cuántos cambios de planes, porque las circunstancias nos obligan contra nuestro deseo, parecer y voluntad, en los que nuestra poca fe no es capaz de atisbar la acción misteriosa y providente de Dios. Cuántas pataletas y rabietas inútiles cuando las cosas no salen según nuestro criterio o según lo que habíamos planeado y como lo habíamos planeado. Se nos olvida fácilmente que, por encima de nuestros planes, que suelen moverse muy a ras de suelo, planean en la altura los planes de Dios. Es más, sólo existe un plan, el de Dios, al que nosotros deberíamos acomodar constantemente todos nuestros planes, proyectos y decisiones.

Descubrir ese proyecto de Dios sobre mi vida y vivir de acuerdo con él debería ser nuestra mayor ambición, si queremos aprovechar a fondo este poco de vida que Dios nos concede. No esperes a que Dios cambie tus planes. Adelántate tu a cambiarlos, para que tu vida sea realmente un constante buscar sólo y siempre la voluntad de Dios. No quieras tu que sea Dios quien se acomode a tus planes y criterios.

Piensa cuántos cambios de planes se sucedieron en la vida de José, en la de María, en la de los apóstoles, en la de tantos enfermos que se acercaron a Jesús, en aquellas mujeres que dejaron todo para acompañar al Maestro, en la de tantos que, hasta que se encontraron con el Señor, vivían anodinamente, sin complicarse la vida. El Señor siempre tuvo un único plan, el del Padre, el mismo que aceptó contra su voluntad en Getsemaní y que llevó a su cumplimiento en la cruz. 

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Orar por la Iglesia

En el seno virginal y materno de María se gestó, desde los inicios de la encarnación, todo el misterio de la Iglesia. Nadie como Ella supo prodigar al Cuerpo místico de Cristo, nacido del costado abierto en la Cruz y del don del Espíritu Santo en Pentecostés, el mismo cuidado materno con que rodeó y amamantó aquella carne virginal de Cristo nacida de sus entrañas. Por su maternidad espiritual y universal, Ella acompaña hoy y siempre a la Iglesia como Madre suplicante y eficaz intercesora ante el trono de Dios. Su incesante oración por la Iglesia se une perfectamente a la oración de Cristo en favor de su Esposa, la Iglesia. Ella es ahora la Madre que lleva en su seno a este nuevo Cristo que es la Iglesia en cada uno de sus miembros, en ti y en mi.

No te canses de orar y pedir por la Iglesia, especialmente por sus miembros más necesitados. Ella necesita de tu oración como el árbol necesita de la savia para florecer y verdear. En cada uno de sus escándalos, pecados, limitaciones humanas, partidismos, críticas, desobediencias y divisiones, besa las llagas doloridas de esta Madre, que gime con dolores de parto por la santidad de cada uno de sus hijos. Ora en especial por tu iglesia diocesana, la que te ha visto nacer y crecer, y en la que cada día debes hundir esa semilla de tu vida llamada a dar tanto fruto. Esa es la Iglesia que hay que amar: la que te ha tocado vivir. Y esa es la Iglesia que desposó para siempre aquel Crucificado tan enamorado de nuestra debilidad y pecado.

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Llevar las cargas de los demás

No hay carga más dulce de llevar que la que guarda en su seno esa madre gestante que va a dar a luz. Cobijado en sus entrañas, el hijo es hijo porque sabe descansar en el seno escondido de su madre. Dios también se hizo hijo y fue llevado, cargado como hijo. Qué carga tan grande y tan dulce para María la de este Hijo que llevó en su seno purísimo. Y así, llevado como hijo, se preparaba el Verbo para cargar sobre sí todo el peso de nuestro pecado. Llevó en su seno todo el peso de la redención, cargando en sus entrañas, como se carga con el hijo, aquella cruz que había de dar tanta vida a tu alma.

¿Cómo no llevar y soportar así, con entrañas de madre, con las entrañas del Verbo encarnado, esas cargas y cruces que los demás necesitan descansar en ti? ¿No ves que cada problema, cada dolor, cada sufrimiento y prueba de los que te rodean deberías tu sentirla y acompañarla como una madre siente y acompaña en sus entrañas al hijo nascituro? Dios lleva tus cargas; lleva tú las de los demás y experimentarás algo de aquella dolorosa dulzura de Cristo llagado cuando cargaba con la Cruz. El amor hace liviano todo peso. Y por amor, has de llevar en tu alma las cargas y cruces de los demás, como María llevó en su seno aquel Hijo de sus entrañas. Has de amar la cruz de Cristo en los demás y ser en ellos ese pequeño cireneo de Dios. Y que tu amor sea para ellos el descanso y alivio que Dios les ofrece a través de ti.

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