No seas tacaño y medidor con el Señor. Tu tiempo no es tuyo sino de Dios, pues Él te lo da. El que necesitas para tu santificación, ni más ni menos. Dáselo tu a Él sin regateos, pues es su verdadero Dueño. No recortes minutos a tu oración diaria; no tengas prisa en la acción de gracias de la Eucaristía; no reces el rosario apresuradamente, como quien quiere acabar cuanto antes un deber pesado y aburrido; tómate el tiempo necesario para hacer bien tu examen de conciencia diario; saborea pausadamente todas tus oraciones y devociones personales; no quieras que la Eucaristía dure menos o que la confesión sea más rápida y breve. Porque todos los minutos del tiempo de tu vida que Dios te dé sólo podrás vivirlos una vez.
¿No te sentirías molesto si alguien te atendiera de cualquier manera, o te hablara sin interés y sin prestar atención a lo que tú dices? ¿Crees que el Señor tuvo prisa, siquiera un minuto, para que pasara cuanto antes aquellos largos años de vida oculta en Nazaret, aquel viernes santo y aquella cruz? Es de justicia que des al Señor el tiempo que le has prometido, todo el que sea preciso, sin prisas, sin ahorrar detalles, con esa elegante generosidad de quien ya ha experimentado que el verdadero amor sólo sabe de darse.
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