Archivos para septiembre 2022

“Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14)

El amor de amistad es generoso y desinteresado. Busca sólo y continuamente el bien del amigo amado. Se asienta en una incansable renuncia de sí, fruto sólo de ese amor auténtico que brilla más puramente cuanto más se va acrisolando en el sacrificio. Necesita fraguarse lentamente, al calor de la pureza de alma y de la confianza inquebrantable en el amigo, si quiere resistir los embates impetuosos del tiempo, de las pruebas y dificultades, o del olvidadizo corazón humano. Crece sólo en la intimidad, cuando se saborean con el amigo esas dulces confidencias en las que le entregamos el alma. Soporta, acepta, abraza y ama todo lo que el amigo es. Sabe llevar sobre sus hombros las cargas más pesadas del amigo y hasta dar la vida por él en cada pequeño minuto del día a día.

Más allá de las mutuas limitaciones y defectos, el amigo es siempre un remanso, ese alma gemela en quien siempre podrás encontrar descanso. Guarda con sumo cuidado el tesoro de la amistad, sobre todo si la vives como esposo en el matrimonio o como consagrado en tu entrega al Señor. Sé, sobre todo, amigo de Dios y paladearás ese regusto de Cielo que deja en el alma la presencia íntima y dulce del Amigo. Cuida con delicadeza de amigo tu trato diario, personal, íntimo con el Señor, porque también la oración es escuela de amistad. Tratando con este Corazón amigo y traspasado verás que, como Él, vas dejando de ser siervo y te vas haciendo amigo de silencios y eternidades.

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Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.

Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.

Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

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La vocación del “estar ahí”

Situarnos en el lugar que nos corresponde no resulta fácil. Hemos adquirido unos derechos y unas libertades que nos gustaría ejercer. Pero olvidamos los deberes y obligaciones que hemos de llevar a cabo con responsabilidad y dedicación.

Cuando le pedimos a Dios que confirme la vocación que hemos comenzado con entusiasmo y entrega, olvidamos que nada tiene que ver con un estado de ánimo o unos afectos que nos predispongan a ellos. De hecho, ante la contrariedad externa (incomprensión, críticas, ataques, persecuciones, etc), o interna (enfermedad, debilidad, pecado personal, etc), podemos caer en la tentación de pensar que Dios nos ha dejado de su mano. Que al no percibir ilusiones espirituales, o estar sometidos a una noche oscura en el alma, no estamos haciendo las cosas conforme a la voluntad de Dios.

No podemos olvidar, y esta es la clave, que el gran enemigo, que convive con nosotros hasta la muerte, es la soberbia. Pensamos, por ejemplo, que en el reconocimiento ajeno está el éxito de nuestra entrega a Dios, cuando en realidad lo que se esconde es toda una retahíla de sutiles egoísmos que nos apartan de Dios para centrarnos en nosotros mismos.

El problema en definitiva es pensar que somos la medida para los demás, e incluso para las cosas. Cuando alguien actúa mal le comparamos con lo bueno que somos, y cuando algo no nos gusta lo encorsetamos dentro de nuestra lógica hasta lograr que sea nuestro pensamiento el que se imponga.

No sabemos estar donde nos corresponde, y al no aceptarnos todo se vuelve cuesta arriba. La vocación del «estar ahí», no es otra cosa sino, calladamente y con sacrificio, percibir el plan de Dios en los detalles pequeños, esos que no llaman la atención. Es ese saber escuchar al inoportuno, o sonreír ante la adversidad. Sólo, de esta manera, es posible transformar las cosas o llevar las almas hacia Dios. Con la imposición de nuestro criterio sólo ganaremos recelo y desconfianza. Sabiendo «estar ahí» seremos descanso para los demás y consuelo para los que sufren, y veremos la mano amiga de Dios en todo.

La Virgen María lo vivió así, y lo único que esperó a cambio fue la manifestación de la gloria de Dios a través de su esclava humillación, que fue lo que, paradójicamente, le hizo libre, tan libre como la gracia Dios de la que estaba llena.


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¿Tienes algo que no hayas recibido?

Cuando nos exigimos resultados por el esfuerzo realizado en nuestros deberes y obligaciones, podemos llevarnos la desagradable sorpresa de que, en muchas ocasiones, no están a la altura de nuestras expectativas. Hay un subconsciente que siempre nos domina, y es pensar que todo fruto obtenido se debe, sólo y exclusivamente, a nuestros méritos.

Ese engaño, tarde o temprano, produce desánimo. El venirnos abajo porque la gente no responde a nuestros requerimientos, o porque, después de haber dedicado meses o años a una determinada tarea, se derrumba, o porque, tras mucho tiempo empleado en una determinada lucha interior, volvemos a caer más estrepitosamente… Todo eso, tiene una sencilla explicación: somos seres humanos y, por tanto, limitados.

San Pablo, el gran Apóstol de los gentiles, debió tener muchas experiencias de este tipo. Sólo con la paciencia y la oración llegó a descubrir que, en esa debilidad personal, es cuando se muestra, de manera eficaz, la fuerza de Dios. Y aunque, de cara a los hombres, algunas actuaciones puedan suponer un sonoro fracaso, se trata de poner por obra la voluntad de Dios, que es lo que verdaderamente cuenta… Es el tiempo de Dios el que ejercerá su influencia en la historia, no las horas a las que nos aferramos como si fuera algo propio, pensando que dejaremos un rastro perpetuo, y así la humanidad nos lo recordará agradecida.

Una vez más, san Pablo apelará al buen sentido común de lo divino: todo lo bueno que somos y hacemos proviene de la misericordia de Dios. El que presuma de sus obras, además de ser un insensato, miente. Mentimos, porque, en definitiva, nuestros deseos, por muy buenas intenciones que tengan, si no están cubiertos de la rectitud de lo sobrenatural, se ahogarán en la charca de nuestros egoísmos.

Conclusión: ante nuestras buenas obras y buenos resultados, dar gracias a Dios por su bondad, siempre para gloria suya. Ante los fracasos y desánimos, abandonarnos en la infinita misericordia de Dios, porque, en esa apariencia de derrota ante los ojos humanos, Él fortalece nuestro ánimo identificándonos con los méritos de Cristo muerto en la Cruz… Vencedor de la muerte, del pecado y del mundo.

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Ver el amor

Cuentan que un monje copto, allá en los primeros siglos del cristianismo, fue a ver a otro monje para preguntarle por una duda que le asaltaba en su interior: “¿Por qué hay muchos candidatos a ser eremitas? Ya se ve que empiezan muchos, y se quedan luego en muy pocos”. El monje interpelado, que ya era mayor y tenía toda la sabiduría aprendida del Señor, le puso un ejemplo. “Es como un perro que divisa una liebre y sale corriendo y ladrando tras ella, y al oírlo ladrar y correr se le unen otros perros, pero al cabo del tiempo los que se unieron al ruido se cansan y sólo queda el que vio la liebre, y es ése el que no se desanima, porque la vio y sabe el motivo de su correr y ladrar, y continúa persiguiéndola hasta darle alcance”.

Nosotros también hemos percibido el amor. Las cosas son como las vimos, como las vivimos con la gracia de Dios. No podemos olvidar que en la vida pasan muchas cosas y situaciones. Ocurre como con el amor humano, aunque al principio se dicen sí, luego llega el desengaño. Uno se deja llevar por el desaliento, por el pensar ya no me quiere, por el espíritu de la sospecha, y viene el desamor… También ocurre en nuestra vida, sentimos el desengaño, y que somos menos de lo que pensábamos.

Olvidamos que cada uno, tú y yo, somos un gran proyecto de Dios. Es preciso no bajar la mirada de ese rostro de Dios que un día salió a mi encuentro. No podemos dudar de lo que Dios me ha dicho, y de lo que ha hecho por mi. ¡Que no nos conformemos con la inercia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”! Muchas cosas nos pueden distraer: nuestras miserias, desengaños, desánimos… Pero nada, absolutamente nada, nos puede distraer de Ti, Señor.

Que siempre acudamos, en esos momentos de duda y frustración, a Santa María, y que, al igual que ella, quedemos anclados en esa clave de amor, el que un día Dios nos regaló con su mirada, que es la llave maestra de nuestra vocación.

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Vencer a Goliat

El joven David derrotó al gigante Goliat con una piedra y una honda; pero, su verdadera arma fue la astucia y la maña. No pretendió convetirse él en gigante, para luchar de igual a igual, sino que fue precisamente su pequeñez la que tumbó y derrotó aquella fuerza tremenda de Goliat.

Cuántas veces nos encontramos ante situaciones de injusticia, de pecado, de mal, de inmoralidad, que nos sobrepasan; cuántas veces nos parece insuperable esa manía o defecto de carácter que parece que nunca lograremos dominar; cuántas necesidades, cuántas urgencias, cuántas miserias humanas nos abruman y acongojan interiormente, sobre todo cuando está en juego la bondad e inocencia de quienes sufren injustamente. En las cosas de Dios, a veces pretendemos hacernos tan gigantes y poderosos como el Goliat al que tenemos que derrotar. Y, en lugar de apoyarnos en la propia pequeñez, nos desanimamos porque quisiéramos tener la fuerza de un gigante. Despreciamos las armas de Dios, porque humanamente parecen desproporcionadas e inútiles y calibramos su eficacia según nuestros esquemas demasiado humano. Nos asusta vernos ante ese Goliat al que, a veces, tenemos que derrotar con nuestras manos vacías.

Has de vencer el mal, el pecado, el error, con esa piedra y esa honda que tienes en tu mano, sin desaprovechar ocasión, sin escatimar esfuerzos o palabras, sin huir por la senda de la omisión y la defección. Pero, es tal la desproporción entre tu piedra y tu Goliat, que no lograrás vencer al gigante si no es con la fuerza y la astucia de la oración. No pretendas vencerle con las armas de los puños y del voluntarismo, queriendo ser gigante, demostrándote a ti mismo que eres capaz de todo, porque saldrás siempre derrotado y masticarás, una y otra vez, el polvo de tus fracasos y debilidades. Háblale al Señor de ese Goliat que quieres vencer, de ese gigante que te agobia, te aplasta y te sobrepasa. Pon en las manos de Dios tu piedra y tu honda, las armas de tu propia impotencia y hasta de tus manos vacías, y deja que Él luche y derrote a Goliat en tu propia pequeñez. Esa oración, silenciosa y escondida, aparentemente tan inútil, multiplica al infinito la eficacia de tu pequeña honda y la débil fuerza de tu piedra.

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Aceptar la Cruz, no entenderla

Nos gustaría un cristianismo sin esfuerzo, un Cristo sin Cruz, un Evangelio sin sufrimiento y sin renuncia, un Dios menos exigente, que no lo pida todo. Seguimos mirando el misterio de la Cruz desde los esquemas y medidas del sufrimiento humano, y no terminamos de creernos que sólo ahí, en la Cruz, encontramos el verdadero gozo del seguimiento de Cristo. Hasta que no llegues a penetrar en los sentimientos de ese corazón de Cristo doliente y crucificado no entenderás nada, o muy poco, del Evangelio.

Nunca podremos agotar, aquí en esta vida, la contemplación del misterio de la Cruz. Ni las palabras, ni siquiera los sentimientos y argumentaciones, son capaces de atisbar algo de ese Corazón crucificado de Cristo, penetrado por las tinieblas de la fe oscura y del abandono confiado en el amor de su Padre. Ponte a los pies de Cristo crucificado, junto a María Madre, y deja que Ella te ayude a entrar en la contemplación de este inefable misterio de la Cruz. Acepta y ofrece esa cruz tuya de cada día, en la que Cristo mismo prolonga y completa su oblación al Padre por todos los hombres. No te quejes, no te rebeles, no protestes a Dios, cuando te lleguen esos momentos de cruz que no entiendes. Sólo acéptala, sin pretender entenderla, pues no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo del absurdo. Piensa que tú ves esa Cruz desde abajo, desde el lado más humano, y que Dios la ve en su completa perspectiva, desde arriba, desde el lado de la gloria. No te canses de adorar y besar a este divino crucificado, que espera enamorado la correspondencia de tu pobre corazón y la fidelidad de tu pequeña vida.

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Seis tinajas de piedra

En aquella boda judía, que se celebraba en Caná de Galilea, se preparó, según la costumbre, gran cantidad de agua, para que los judíos pudieran cumplir con el ritual de sus purificaciones. Eran muchos los invitados que tenían que lavarse antes de comer, muchas las bandejas, jarros y copas que había que purificar. Aquellas enormes tinajas de piedra, llenas de agua, debieron resultar insuficientes para tantos comensales, que no podían participar en el banquete si no cumplían con los lavatorios rituales. Preocupados, quizá, de sus purificaciones, no se dieron cuenta de que Jesús, el verdadero Esposo, estaba entre ellos y se sentaba también en la misma mesa del banquete. Sin embargo, el Esposo no estaba en el agua de aquellas tinajas de Caná, que contenían el agua incolora de una religiosidad deteriorada por el legalismo y las apariencias.

Nuestra relación con Dios puede ser también una enorme tinaja llena de agua. Somos, quizá, de esos comensales que cumplen a la perfección con las normas religiosas, y hasta entran en el banquete, pero no conocen ni tratan al Esposo. Complicamos nuestra vida espiritual con multitud de obligaciones, rituales y cumplimientos que, en realidad, son para el alma tan insípidos e incoloros como el agua. Nos quedamos, quizá, con lo secundario y accesorio, con las formas, pero no llegamos a entrar en el banquete, ni nos sentamos a comer y gustar del Esposo. ¿De qué te sirve cumplir con tus deberes religiosos, ser fiel a ese patrón de cristianismo que tú mismo te has cortado a tu medida, si tu alma está, como aquellas tinajas de Caná, llena de un agua inservible? ¿No será que tu relación con Dios, tus prácticas sacramentales, tus oraciones, el cumplimiento de tus propósitos y deberes, escurren por tu alma como el agua por el cristal, sin llegar a empaparla de vida divina? Dios puede convertir en vino bueno esa vida cristiana lánguida y superficial, que cree gustar en el agua todo el sabor de su Dios. Tu alma puede llenarse de un vino nupcial nuevo, en el que gustes la intimidad sabrosa del Esposo, si dejas que la gracia vaya transformando el agua de tus mediocres tinajas.

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Cultivar el detalle

Las cosas pequeñas pueden encerrar significados grandes, incluso infinitos. El bien nunca es pequeño, aunque lo hagamos revestido de circunstancias y gestos humanamente insignificantes. Y es ahí, en esos detalles, aparentemente intrascendentes, donde se nos presentan a diario tantas ocasiones de hacer el bien a los demás. Una sonrisa a tiempo, una palabra oportuna, un favor desinteresado, un gesto de acogida, un buen consejo, una llamada de teléfono. Cualquier detalle de trato o de convivencia es bueno para humanizar las relaciones y crear comunión con los demás. No te conformes con aprovechar las ocasiones extraordinarias y puntuales de hacer el bien. Tu santidad se labra con el cincel de cada día, y ha de ir cuajada de esos pequeños detalles, que hacen extraordinariamente divina la monotonía casi rutinaria de nuestra vida. No olvides que el lenguaje de Dios siempre es el de la pequeñez y sencillez, porque es el que todos entienden.

Has de cultivar esos pequeños detalles, con Dios y con los demás, en lo pequeño y ordinario de tu vida. Dicen mucho de tu delicadeza y finura de alma. Pero, han de nacer de esa magnanimidad de corazón, en la que no caben distinciones de trato, antipatías o simpatías. La entrega de Cristo en la Cruz estuvo preparada y anticipada por muchas de esas pequeñas entregas, que sazonaron el día a día del Señor. Cuántos detalles de renuncia, de generosidad, de trabajo, de servicio, de alegría, de cariño, llenaron aquellos largos años del Señor, en la vida familiar de Nazaret. Cuántos detalles de paciencia, de espera, de perdón, recibieron aquellos apóstoles, que conocieron tan de cerca el día a día apostólico de su Maestro. Cuántos detalles de Dios en el día a día de tu vida que pasan, quizá, inadvertidos a nuestra mirada superficial y atolondrada. En todas esas pequeñas ocasiones de entrega, en cada uno de los recovecos de tu vida, te espera siempre el Dios fiel.

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El amor necesita orar

No creas que la oración consiste sólo en repetir avemarías o en recitar padrenuestros. La oración es una necesidad del amor pues, cuando comienzas a gustar la intimidad de Dios, buscas estar con Él y deseas amarle. Poco sabe de verdadero amor quien no sabe de oración. Y poco conoce a Dios quien no le trata a solas, en la intimidad del silencio interior. Porque, si no tratas a diario con Dios, terminas haciendo de Él una idea, cada vez más lejana y ajena a tu vida.

Entre los quehaceres diarios, has de reservar un tiempo para estar a solas con Dios y orar con Él. Es bueno fijar, para cada día de la semana, la hora y el lugar de tu oración. Y has de ser fiel a esa cita diaria, aunque no tengas ganas y no te apetezca, aunque tengas otras muchas cosas urgentes que hacer, aunque estés cansado, aunque te aburras y te distraigas. De ese poco de agua que bebas cada día en la fuente de tu oración depende la fecundidad o esterilidad de esa tierra de tu alma, que cada día siembras de tanto activismo y dispersión. Pero, que tu oración no sea un cumplimiento voluntarista o interesado, una ocasión para alimentar tu vanidad y soberbia espiritual. Una oración que nos hace creer que ya somos buenos, porque rezamos, que no nos mueve a cambiar de vida, o que no fructifica en obras concretas de santidad y de mucha renuncia a uno mismo, termina siendo un engaño espiritual y una puerta al más sutil puritanismo. El amor necesita orar. No una vez; tampoco de vez en cuando. El amor necesita orar siempre, en todo, porque no puede dejar de amar siempre y en todo.

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