Del miedo a quedarme solo, líbrame Jesús

Nos asusta la soledad, porque significa perder la seguridad humana que otros pueden proporcionarme. Hay soledades provocadas por nuestro egoísmo, que nos hace encerrarnos en nuestro mundo y en nuestras cosas, por la comodidad de ir a lo nuestro y no complicarnos la vida. Hay soledades que nacen del desamor, de esa carencia tan radical de quien no es amado por nadie, o por muy pocos. Hay soledades provocadas por el pecado de otros, que señalan con el dedo de la culpa a los que quieren vivir con coherencia el Evangelio. Y hay soledades que Dios mismo hace gustar al alma que quiere adentrarse por caminos de profunda intimidad y oración.

Ninguna soledad en el hombre puede acercarse en nada a la soledad de Cristo en Getsemaní, en la Cruz o en su descenso a los infiernos. Porque no hay mayor soledad que el abandono del Padre, algo que ni tú ni yo perdemos en nuestras soledades.  No puede darte miedo esa soledad que, lo sientas o no, siempre está acompañada de la mano providente y amorosa del Padre. No temas esa soledad con la que habrás de vivir la radicalidad y fidelidad a tu Evangelio, incluso entre aquellos que se dicen cristianos como tú, pero miden su entrega con el rasero del criterio del mundo. Cristo abrazó la mayor de las soledades que puede tener el hombre, sólo porque así llenaba de dulce y silenciosa compañía esos huecos vacíos que, a veces, tanto oprimen el alma. ¿Crees, quizá, que la Virgen Madre no supo de amargas soledades? Y, sin embargo, con su entereza de alma, supo estar ahí, al pie de la Cruz, llenando con su presencia la soledad tremenda en que sufría su Hijo. Ella está ahí, al pie de tus soledades, llenando de Cristo cada uno de los vacíos de tu alma.

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