De la vanidad en el vestir y en el tener, líbrame Jesús

Nos creamos necesidades aparentes e inútiles en las que, muchas veces, encerramos nuestras propias compensaciones. Vivimos inmersos en el complicado protocolo social de los regalos, porque nos resulta más fácil dar cosas que darnos a nosotros mismos. Tendemos a reforzar nuestra valía personal, a suscitar el reconocimiento de los demás, acumulando cosas, las mejores cosas, esas que están de moda, porque nos hacen sentirnos cómodamente integrados en el montón de los que visten y piensan igual. Se nos contagia fácilmente esa visión superficial, que mide las cosas y personas por el envoltorio que las recubre y el lazo que las adorna.

Se nos pide un esfuerzo, a veces grande, para no claudicar ante las modas del ambiente, que nos hacen creer que soy más y mejor, si tengo más y si visto mejor. La sencillez en el vestir, la austeridad en las cosas, no están reñidas con la elegancia o con la utilidad de las cosas. La ambición en el tener es la puerta grande por la que entra y sale de nuestra alma esa vanidad que todo lo pudre. El Señor disfrutó con sencillez de los bienes que le supo ofrecer el mundo de su época y que estaban a su alcance; pero, su única ambición era hacer la voluntad del Padre. En Él lo tenía todo. Se hizo carne de nuestra carne, para enriquecer nuestra harapienta y miserable condición humana con bienes mayores, que colman de forma inimaginable todo lo que tu corazón es capaz de desear.

¿Ves la Cruz? Ahí está el mejor vestido y la mayor posesión que debes ambicionar. Porque, sólo el alma que se decide a entrar por los caminos de esta desnudez de Cristo crucificado, es capaz de gustar a Dios y saborear sus intimidades. Todo lo demás deja el alma desabrida y vacía, por mucho que intentes engañarla con las bagatelas y caprichos del momento.

 

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