Archivos para julio 2022

Ser lañas

Hasta no hace mucho tiempo, existía el oficio de los lañadores, dedicados a unir con lañas, o grapas, objetos de barro y loza, rotos y agrietados por el uso diario. Por fuera, las vasijas lañadas muestran la fragilidad de un barro quebradizo, que necesita de la rudeza de las lañas, para seguir siendo útil. Por dentro, las grietas y fisuras de la loza aparecen perfectamente ensambladas y unidas, sin que apenas parezca que ese barro estuvo antes roto. Somos también nosotros frágiles vasijas de barro, que nos rompemos a menudo con el roce de las cosas, del activismo, de las prisas y agobios del día a día. Vivimos, a veces, con el alma tan rota por el pecado y el desorden, que se nos vierte en nada ese poco de Dios, que apenas cabe dentro. Se nos desparrama esa vida interior por muchas grietas, sólo porque no dejamos que este Lañador divino nos recomponga con las lañas de su gracia.

Tu alma lañada, tantas veces rota por el pecado y tantas veces reparada por la gracia, te enseña a valorar la ruda belleza de las lañas. No importa si la vasija está rota, si las lañas son toscas y duras. Importa que esas lañas te enseñan tu vocación. Has de ser laña y lañador para muchos hermanos tuyos, que buscan a Dios entre los trozos y la broza de un alma vacía de felicidad. Somos barro, y en ese barro aprendemos a vivir lo que somos. Pero, tu alma lañada por la gracia resplandece de una belleza infinita, que transforma tu pobre barro en un reflejo de la gloria divina. Serás buen lañador para otros, si aprendes a ponerte en las manos de este Alfarero divino, que te modela a su imagen en el torno de tu día a día. La belleza de las lañas resplandece sólo allí done el alma se rompe. Tus grietas, tus fisuras, tus caídas, tus pecados son ocasión para que las lañas de la misericordia divina embellezcan más tu alma.

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La existencia del infierno

Si no hubiera infierno, no existiría la justicia. Esto, que puede escandalizar a muchos de nuestros contemporáneos, es una de las realidades más fuertes que nos muestra el gran plan de salvación de Dios. Jesucristo, en los evangelios, habla expresamente de la posibilidad de la condenación y de la existencia del infierno en quince ocasiones. Desde luego que no es asunto para estar obsesionados, pero nunca podemos olvidar que el amor es algo que no se impone. Cristo nos habla constantemente de la misericordia de Dios, y de acudir a Él como Padre; pero, ¿qué hubiera pasado si el hijo pródigo no hubiera regresado a la casa del padre, signo de la infinita ternura de Dios?

Tras el drama del infierno se esconde el misterio de la libertad humana; pero, también es cierto que la Iglesia no puede convertirse, como muchos desearían, en una ong más, dedicada a poner tiendas de campaña en países del tercer mundo, y a proveer de recursos materiales. Sin la consideración del cielo y del infierno no cabría la interpelación a la conciencia personal, la existencia del bien o mal moral, con sus consecuencias definitivas para cada ser humano más allá de esta vida. Si el infierno no existiera, asistiríamos a uno de los engaños más clamorosos de la historia de la humanidad, ya que la Iglesia, desde hace más de veinte siglos, se dedica a rezar por los pecadores. Hay infierno y, por tanto, existe la posibilidad de que tú y yo nos condenemos. ¡Claro que existen los lirios del campo y las aves del cielo! Pero, más allá de cualquier poesía, que puede confortarnos anímicamente, debemos ahondar en la realidad del pecado, que puede alejarnos, con el mal uso de nuestra libertad, de Aquel que asumió nuestra condición pecadora, y murió en la Cruz por amor. ¿Somos capaces de imaginarlo?

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Llevar las cargas de los demás

No hay carga más dulce de llevar que la que guarda en su seno esa madre gestante que va a dar a luz. Cobijado en sus entrañas, el hijo es hijo porque sabe descansar en el seno escondido de su madre. Dios también se hizo hijo y fue llevado, cargado como hijo. Qué carga tan grande y tan dulce para María la de este Hijo que llevó en su seno purísimo. Y así, llevado como hijo, se preparaba el Verbo para cargar sobre sí todo el peso de nuestro pecado. Llevó en su seno todo el peso de la redención, cargando en sus entrañas, como se carga con el hijo, aquella cruz que había de dar tanta vida a tu alma.

¿Cómo no llevar y soportar así, con entrañas de madre, con las entrañas del Verbo encarnado, esas cargas y cruces que los demás necesitan descansar en ti? ¿No ves que cada problema, cada dolor, cada sufrimiento y prueba de los que te rodean deberías tú sentirla y acompañarla como una madre siente y acompaña en sus entrañas al hijo nascituro? Dios lleva tus cargas; lleva tú las de los demás y experimentarás algo de aquella dolorosa dulzura de Cristo llagado cuando cargaba con la Cruz y con tu pecado. El amor hace liviano todo peso. Y por amor, has de llevar en tu alma las cargas y cruces de los demás, como María llevó en su seno aquel Hijo de sus entrañas. Has de amar la cruz de Cristo en los demás y ser en ellos ese pequeño cireneo de Dios, que alivie y dulcifique tantas heridas. Y que tu amor sea para ellos el descanso y alivio que Dios les ofrece a través de ti.   

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Sirve a la Iglesia como hijo

Hay una tremenda diferencia entre el mercenario y el hijo. El amor totalmente desinteresado e incondicional de una madre no se merece como respuesta el servicio y la entrega de quien trabaja sólo por el salario y la recompensa humana. Aunque veas que entre los cristianos prima la lógica del interés propio, del quedar bien, del crecer en la buena fama, del hacer carrera y subir puestos, de ser considerado y tenido en cuenta, acepta con caridad todo eso que llamas «zancadillas», desprecios y humillaciones, y no quieras tener otra ambición que Dios, sólo Dios. Hay muchos que trabajan en la Iglesia para sí mismos y pocos se deciden a trabajar en la Iglesia para la Iglesia.

Busca sólo el Reino de Dios y lo demás vendrá cuando y como Dios quiera. No caigas en la crítica fácil y comodona, en las simpatías y antipatías que tanto ahogan la eficacia apostólica, en esos criterios tan humanos que hacen del Reino de Dios una trama de políticas, influencias e intereses, que no te domine la ambición de los primeros puestos del banquete. Sirve a la Iglesia como sirve un verdadero hijo a su madre. Besa sus heridas y sus llagas, como besaría María las heridas y las llagas del cuerpo de su Hijo. Ama y sirve a tu Iglesia con ese amor gratuito e incondicional que tanto se parece al amor con que es amada por Cristo.

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De la ambición de disponer de mi propio tiempo, líbrame Jesús

La ambición de acaparar nuestro tiempo, de ir ganando minutos a nuestro día, va erosionando nuestra capacidad de contemplación y de entrar dentro de uno mismo. Nos cuesta escuchar con calma, sin dar sensación de prisa o desinterés, asumiendo como mía la preocupación del otro, porque siempre tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo. La ambición de aprovechar el tiempo, para dedicarlo a nuestras cosas, nos hace vivir en la telaraña del activismo, supeditando lo urgente a lo esencial e importante, las personas a las cosas. Detrás de esa ambición por tener tiempo se esconde el círculo vicioso de la propia soberbia, que necesita afianzar el propio «yo», haciéndolo dueño y gestor del propio espacio. Pero, ese tiempo, ambicionado con desorden y avaricia, se convierte precisamente en nuestra mayor esclavitud.

El tiempo de Dios nada sabe de nuestras prisas y carreras. Mucha salvación puede encerrarse en un minuto de tu vida, en el que todo se te pone, de repente, patas arriba. ¿Crees que el Señor no tenía prisa e impaciencia por cumplir esa redención del hombre, que el Padre le había encomendado? Y, sin embargo, dejó que la historia humana corriera, y que transcurrieran los años de los hombres, cuando pasó la mayor parte de su vida escondido en una casa de Nazareth, dedicándose a hacer, aparentemente, nada. Así es el modo y el transcurrir de Dios, no el tuyo, que anda estragado entre los mil pasatiempos de esta vida. Aprovecha tu tiempo para lo verdaderamente esencial: tu salvación y tu santidad. Es la tarea fundamental de tu vida. Este tiempo, que ahora ambicionas, se te irá de las manos para siempre, con la misma rapidez con que ahora lo ves deslizarse entre tus dedos. No ambiciones lo que no es tuyo, pues sólo Dios es el dueño y señor de tu historia.

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San Joaquín y santa Ana, santidad conyugal y familiar

Nada dicen los evangelios sobre los padres de la Virgen María. No sabemos, siquiera, si vivían cuando nació Jesús. Joaquín y Ana son reconocidos por la tradición como padres de la Madre de Dios, y, además, considerados santos. La santidad no queda reducida a gentes que realizaron grandes prodigios ante los ojos atónitos de multitudes, sino que Dios se sigue deleitando en la sencillez de corazones generosos, que gastaron su vida con dedicación y entrega. La discreción es una nota distintiva de las cosas de Dios, una manera de significar que lo esencial sigue siendo invisible a tanta torpeza humana, sin volúmenes de análisis, dialécticas o razonamientos grandilocuentes. María, la hija de Joaquín y de Ana, había de ser la llena de gracia. Sólo en la lógica de Dios podemos entender esa predisposición que depositaría Él en los corazones de sus padres. En el silencio de sus días, ellos gastaron su tiempo y sus esfuerzos en educar, formar y amar a la que sería Madre de Dios. No sabemos si tuvieron revelaciones privadas, o anticipos de aquello que Dios quería para su hija María. En lo cotidiano, en lo más ordinario de sus vidas, Joaquín y Ana fueron descubriendo esa sombra de la divinidad, que iba apoderándose del corazón de la Virgen.

No veamos, ante cada llamada de Dios, un capricho o una amenaza a nuestra libertad. Sólo Dios sabe lo que más necesitamos, y lo que puede hacernos más felices. Si con Él alcanzamos la plenitud de la dicha, ¿por qué resistirnos a su gracia? En la santidad de Joaquín y de Ana, abuelos de Jesús, hemos de ver la conformidad con los planes de Dios, adelantándonos, como ellos lo hicieron, en el amor. Tal vez, san Joaquín y santa Ana, enseñaron a su hija, entresacándolo de algún salmo de la Escritura, aquello que dijo la Virgen en Nazaret: «Hágase en mí según tu Palabra».

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Santiago el Mayor, el apóstol que bebió el cáliz del Señor

Desanimado debió encontrarse el Apóstol Santiago en la ribera del Ebro cuando empezó su evangelización. Según la tradición, llegado de tierras tarraconenses, anunció a Jesucristo a un grupo de lugareños, rudos y de difícil trato, en la zona de Cesaraugusta, la actual Zaragoza. Dejándose llevar del desánimo, quiso abandonar ese lugar y fue entonces cuando la Virgen se le apareció en carne mortal para animarle a seguir anunciando el Evangelio.

Es consolador y tremendamente eficaz el papel de la Virgen junto a los apóstoles de su Hijo. Con su oración, su mediación y su ánimo, empapó de gracias a aquellos que, en nombre de Jesucristo, dieron la vida por ser testigos de la Verdad. Santiago el Mayor, hermano de Juan, llamados «hijos del Trueno», llevaron hasta su fiel cumplimiento esa promesa que hicieron a Jesús: «Seremos capaces de beber el cáliz que tú has de beber». De hecho, al volver de Hispania, Santiago fue inmediatamente ajusticiado en Jerusalén.

Santiago el Mayor llevó la fe de Cristo hasta lo que entonces era el fin del mundo, Finisterre, la actual Galicia. Y esa misma tradición nos dice que, una vez decapitado en Jerusalén, sus discípulos devolvieron su cuerpo a ese último lugar de la tierra que evangelizó, Compostela («Campo de Estrellas»), donde reposan ahora sus restos. Es el premio de los que aman el deseo de anunciar a Dios, tal y como pidió Cristo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio». Pedimos al Apóstol, patrono de España, que vivamos también con generosidad, sin miedos y sin respetos humanos, nuestro apostolado, allí donde nos toca estar: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos… Dios siempre bendice al «siervo bueno y fiel», y nos conducirá a su gloria para siempre.

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Del miedo a quedarme solo, líbrame Jesús

Nos asusta la soledad, porque significa perder la seguridad humana que otros pueden proporcionarme. Hay soledades provocadas por nuestro egoísmo, que nos hace encerrarnos en nuestro mundo y en nuestras cosas, por la comodidad de ir a lo nuestro y no complicarnos la vida. Hay soledades que nacen del desamor, de esa carencia tan radical de quien no es amado por nadie, o por muy pocos. Hay soledades provocadas por el pecado de otros, que señalan con el dedo de la culpa a los que quieren vivir con coherencia el Evangelio. Y hay soledades que Dios mismo hace gustar al alma que quiere adentrarse por caminos de profunda intimidad y oración.

Ninguna soledad en el hombre puede acercarse en nada a la soledad de Cristo en Getsemaní, en la Cruz o en su descenso a los infiernos. Porque no hay mayor soledad que el abandono del Padre, algo que ni tú ni yo perdemos en nuestras soledades.  No puede darte miedo esa soledad que, lo sientas o no, siempre está acompañada de la mano providente y amorosa del Padre. No temas esa soledad con la que habrás de vivir la radicalidad y fidelidad a tu Evangelio, incluso entre aquellos que se dicen cristianos como tú, pero miden su entrega con el rasero del criterio del mundo. Cristo abrazó la mayor de las soledades que puede tener el hombre, sólo porque así llenaba de dulce y silenciosa compañía esos huecos vacíos que, a veces, tanto oprimen el alma. ¿Crees, quizá, que la Virgen Madre no supo de amargas soledades? Y, sin embargo, con su entereza de alma, supo estar ahí, al pie de la Cruz, llenando con su presencia la soledad tremenda en que sufría su Hijo. Ella está ahí, al pie de tus soledades, llenando de Cristo cada uno de los vacíos de tu alma.

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Del miedo a la ineficacia de lo absurdo, líbrame Jesús

Solemos creer que nuestra lógica humana, cuanto más racional es, más eficaz se muestra. Nos cuesta no meter a Dios en la lata de nuestros criterios humanos y, por eso, nos desconcierta su modo de hacer las cosas. Como su lógica dista mucho de la nuestra, fácilmente asociamos la ineficacia con el fracaso, o la falta de medios con la inoperancia divina. Pero, a poco que conozcas el Evangelio, verás que está cuajado de absurdos. Una Virgen que es Madre sin intervención de varón, y que da a luz un hijo que es Dios. Un Dios que, para revelarnos su omnipotencia, se nos hace niño en un pesebre. Una familia que, por voluntad de Dios, ha de huir refugiándose en un país extranjero. Un Hijo que, siendo Dios, pasa treinta años de su vida en una aldea perdida del mundo, dedicándose a tareas aparentemente inútiles. Un Dios que redime al hombre en el fracaso de la Cruz. Una Iglesia fundada en hombres pecadores.

Todo eso lo escogió Dios para confundir la sabiduría de este mundo. Lo absurdo puede revestir una gran eficacia sobrenatural, si responde a los planes de Dios. Porque su acción divina no está limitada ni condicionada a tu corta lógica humana, es capaz de encerrar todo su misterio en la forma y apariencia de lo humanamente absurdo. Cuántos disgustos te ahorrarías si tu fe en el poder de Dios sobrevolara las limitaciones y formas de hacer de los hombres, que tantas veces resultan equivocadas por apoyarse sólo en su autosuficiencia. No temas los absurdos que vienen de Dios, no te rebeles ante las situaciones que no entiendes. El Evangelio te enseña a creer a contrapelo, a vivir contracorriente, doblegando a la lógica de Dios tu criterio y esa forma de hacer las cosas, que a ti te parece tan sensata y prudente. La lógica del absurdo de Dios debería ser la regla y norma de todas tus lógicas.

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María Magdalena, conocedora del perdón y del amor de Dios

Pocos personajes hay en el Evangelio que hayan tenido una experiencia del Señor misericordioso como esta mujer. Su corazón, tan apasionado como insatisfecho, fue tocado por aquel otro corazón de Dios, que conocía bien la delicadeza y finura de alma de aquella mujer pecadora. En la ciudad de Magdala se chismorreaba a gusto sobre sus andanzas de pecado, con la complicidad de quien justifica en la miseria ajena la propia mediocridad de vida. Y, mientras los demás vecinos prefirieron vivir satisfechos en la miseria e insatisfacción de su tibieza, aquella mujer fue elevada a la cumbre de una intimidad con el Señor, que sólo un corazón tan sediento de amor como el suyo era capaz de alcanzar.

No te acomodes en esa falsa insatisfacción de tantos cristianos que reducen el Evangelio a ser buenas personas, a cumplir con ciertas prácticas religiosas, a ser educados y cumplidores en el bien, al apostolado por horas o por momentos. Cuánto fariseísmo en muchas de tus actitudes, cuantos criterios que se asemejan más a los del mundo que a los del Evangelio, cuántas excusas y justificaciones para no reformar tu mal carácter o no esforzarte más en el bien, cuántos pecados de omisión que han hecho que otros se aparten más de Dios o se hundan más en su propia miseria espiritual. Muchos de aquellos vecinos de Magdala eran buenos y fieles cumplidores de sus prácticas religiosas judías y, sin embargo, nunca se habían movido a compasión hacia aquella mujer. Si quieres amar a Dios de verdad, conoce primero cuánto te ha perdonado y cuánto te ha amado Él primero. Porque, el amor más tierno y entrañable nace del perdón. Y el perdón más sincero nace sólo allí donde hay mucho conocimiento de nuestra nada y miseria frente a la grandeza de Dios.

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