Archivos para diciembre 2021

Llevar las cargas de los demás

No hay carga más dulce de llevar que la que guarda en su seno esa madre gestante que va a dar a luz. Cobijado en sus entrañas, el hijo es hijo porque sabe descansar en el seno escondido de su madre. Dios también se hizo hijo y fue llevado, cargado como hijo. Qué carga tan grande y tan dulce para María la de este Hijo que llevó en su seno purísimo. Y así, llevado como hijo, se preparaba el Verbo para cargar sobre sí todo el peso de nuestro pecado. Llevó en su seno todo el peso de la redención, cargando en sus entrañas, como se carga con el hijo, aquella cruz que había de dar tanta vida a tu alma.

¿Cómo no llevar y soportar así, con entrañas de madre, con las entrañas del Verbo encarnado, esas cargas y cruces que los demás necesitan descansar en ti? ¿No ves que cada problema, cada dolor, cada sufrimiento y prueba de los que te rodean deberías tú sentirla y acompañarla como una madre siente y acompaña en sus entrañas al hijo nascituro? Dios lleva tus cargas; lleva tú las de los demás y experimentarás algo de aquella dolorosa dulzura de Cristo llagado cuando cargaba con la Cruz y con tu pecado. El amor hace liviano todo peso. Y por amor, has de llevar en tu alma las cargas y cruces de los demás, como María llevó en su seno aquel Hijo de sus entrañas. Has de amar la cruz de Cristo en los demás y ser en ellos ese pequeño cireneo de Dios, que alivie y dulcifique tantas heridas. Y que tu amor sea para ellos el descanso y alivio que Dios les ofrece a través de ti.   

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Los milagros de cada día

Síntoma de un espíritu fácil y superficial es acostumbrarse a lo pequeño hasta no darle importancia y asombrarse o ambicionar sólo aquello que resulta humanamente espectacular. Nos acostumbramos a pasar de largo ante esos pequeños grandes milagros que cuajan nuestro día a día y en los que deberíamos advertir con estremecimiento la mano paterna y oculta de Dios. Un nuevo día que comienza, lleno de afanes y trabajos, es un talento más que nos regala el Dueño de la viña. La creación que nos rodea es sostenida en la existencia por ese corazón solícito y providente de Dios, siempre desvelado por el amor a sus criaturas.

Cada uno de los instantes de tu vida, de tu actividad, de tu respiración, de tu inteligencia, de tu corazón, no son tuyos ni te los puedes dar a ti mismo sino que te los regala el Dueño y Señor Único de la vida. Nos acostumbramos a pasar ante los dones de Dios como un tren que va dejando atrás rápidos paisajes, sin que nos dé tiempo a apreciar de ellos la rica policromía de sus detalles. Reclamamos de Dios sus dones, apelando a nuestros derechos de criaturas, para dilapidar después esa parte de herencia recibida cada día y vivir como hijos pródigos, muy lejos de la casa del Padre. O quizá nos quedamos en casa, disfrutando de los bienes que el hijo mayor ha recibido, pero no llegamos a ver en Dios el rostro de un Padre. No te acostumbres a la cotidiana sencillez con que Dios se te da en los minúsculos detalles de tu día a día. Asómbrate ante lo pequeño, como el niño que no se cansa de necesitar los ojos y las caricias de su madre. Y vive tu jornada con el alma rebosante de gratitud por esos brazos de Dios que te envuelven y rodean con la inmensidad de un amor sin límites.

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El silencio de Dios

En un mundo donde las prisas y el activismo parecen dominarnos, siempre hay una queja ante la supuesta indiferencia de Dios por tanta injusticia y mal del que somos testigos diariamente. ¿Por qué permanece Dios en silencio mientras los buenos sufren persecución? ¿Cómo es posible que Dios parezca estar impasible ante tanto sufrimiento, dolor y muerte de inocentes? Sólo hay una respuesta a este misterio: el silencio de Dios ante la muerte de su Hijo en la Cruz. De esta manera, esa supuesta y aparente indiferencia es el grito más elocuente de Dios: nuestra vida del día a día no es otra cosa sino la prolongación en la historia de la muerte en la Cruz del Inocente por excelencia.

Tu dolor, tu sufrimiento, tu enfermedad, tu renuncia personal, tu sacrificio escondido, tu generosidad sin palabras… todo eso, son manifestaciones del gran silencio de Dios que –como diría san Pablo– con «gritos inenarrables» manifiesta al mundo que la única victoria es la de Cristo en la Cruz… Vencedor del pecado y la muerte. Mira el silencio doloroso de la Virgen que permanece fiel junto a su Hijo en la Cruz. Su fidelidad también alcanza a tu sufrimiento incomprensible y sin sentido, porque te arropa con su ternura y misericordia para que esos silencios de Dios los descubras como amor sin condiciones.

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Como agua por un colador

A menudo confundimos el ser con el tener o el hacer, la santidad con la eficacia. Estamos llamados a ser santos, no a ser eficaces. El hacer no asegura el ser. Podemos llenar nuestras arcas con los falsos tesoros de abundantes méritos profesionales, académicos, laborales y hasta “eclesiales”, o llegar a cumplir con una cierta perfección los deberes propios de nuestro cargo, estado y religión, y, sin embargo, ser los fariseos más hipócritas y los cristianos más mediocres. Cristianos que buscan hacer el bien a los demás prodigándose en un intenso activismo apostólico o con una cargadísima agenda de obras aparentemente buenas, pero que se contentan con llevar su vida de oración pinchada como un pin en la solapa de su chaqueta.

Quizá aún no hemos empezado a ser realmente cristianos, a pesar de que podamos hacer muchas obras de bien, tener acumulados muchos cargos eclesiásticos, creernos con derechos adquiridos por los muchos años de servicio a la parroquia, o sabernos propietarios de abundantes méritos espirituales por haber frecuentado con escrupulosa fidelidad y durante años un grupo, movimiento o parroquia. Podemos estar echando agua por un colador si nuestro día a día transcurre repleto de cosas y actividades pero vacío de oración, de presencia de Dios y de contemplación. La eficacia sobrenatural no puede encerrarse en los límites cortos y estrechos de nuestros esquemas y patrones meramente humanos.

Un alma disipada y desparramada en las mil cosas del día a día, que deja perder y malgastar su vida interior en las bagatelas y baratijas de un activismo vacío de Dios, termina por ahogarse en el trasiego estéril del propio egoísmo, llevada de acá para allá como corcho entre las olas de las modas, opiniones y criterios del mundo. Hasta que no te convenzas de la eficacia invisible, oculta y escondida de la oración, tu vida, tu apostolado, tu hacer y tu tener no serán más que una gota que resbala por el cristal, sin empapar realmente la vida de los demás.

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«Tocó el feretro» (Lc 7,14)

Aquella mujer de Naín, que años atrás había llorado el dolor de su viudez, caminaba ahora por las calles de su ciudad llorando la muerte de su único hijo. Una gran multitud de gente la acompañaba, incapaz de consolar y dar sentido al absurdo de la muerte. Jesús se acercó a ella, profundamente conmovido en sus entrañas por el dolor y la aceptación de aquellas lágrimas maternas. Ecos dolorosos de su pasión, anunciándole tanto dolor que habían de contener aquellas lágrimas de su Madre permaneciendo al pie de la Cruz. Esa situación, humanamente tan extrema, fue la ocasión propicia para que aquella mujer se encontrara con el consuelo y la compasión de Cristo. Acostumbrada a llorar de cerca la muerte, tenía ahora ante sí también a la vida. Jesús tocó el féretro y, con su palabra, devolvió la vida al que estaba muerto. Con la delicadeza propia de un corazón divino, Jesús tomó al niño y se lo entregó a su madre, viendo en ella algo de aquellos brazos de Madre en los que un día habría de descansar su mismo cuerpo muerto y desclavado de la Cruz.

Tú también te cruzas en tu vida con situaciones de pecado, de injusticia, de dolor, de oscuridad, de maldad, de muerte física o espiritual. Tú también acompañas, quizá, con lágrimas de impotencia muchas circunstancias humanamente absurdas e incomprensibles, en las que el poder del mal parece aturdir y ahogar la acción de Dios, o ante las que no sabemos encontrar ni dar más respuesta que el aparente silencio de Dios. Tocas, quizá, en tu propia vida y en la de los demás, muchos féretros que esconden aparentes fracasos, injusticias y persecuciones, incomprensiones de los buenos, noches y oscuridades del alma, lejanías, ausencias y aparentes silencios de Dios… Y, sin embargo, es en la muerte donde más se manifiesta el poder divino de la vida.

Piensa que la gracia de Dios puede tocar, sanar y hacer revivir las situaciones de muerte y de pecado aparentemente más extremas y absurdas. Allí donde el mal y el pecado hacen estragos, allí sigue siendo Dios el dueño y señor de la vida. No te desanimes ni abandones por imposible esos corazones que muestran tan endurecidos para las cosas de Dios o esas almas que con tanto empeño quieren cerrarse a la acción de la gracia. La compasión del Corazón de Cristo no se cansa de acercarse a ellos continuamente queriendo tocar su féretro. Tú acompaña esos féretros con las lágrimas de tu oración como María acompañó con su fe dolorosa el absurdo humano de aquella Cruz que tanta vida dio al mundo.

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“Soltó el manto” (Mc 10,50)

La ceguera de quien no quiere verse en el espejo de su propia condición pecaminosa es peor y más grave que la de aquel ciego Bartimeo que, sentado al borde del camino, pedía a todos un poco de limosna. Al oír que pasaba Jesús gritaba con fuerza: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Los demás, por miedo a quedar mal o hacer el ridículo ante Maestro tan reputado, protestaban y le regañaban para que se callara. Bartimeo, en cambio, sin preocuparle lo que los demás pensaran de él, al oír que Jesús le llamaba, soltó su manto y, dando un salto, corrió hacia él. Jesús le regaló la gran limosna de ver muy de cerca aquellos ojos misericordiosos y divinos que curaron, sobre todo, la ceguera de su alma. Aquel día, de entre todos los discípulos que seguían de cerca al Maestro, sólo los ojos de Bartimeo conocieron verdaderamente el rostro del Señor, porque sólo él tuvo la valentía de quitarse el manto de su propio yo y ponerse ante el Señor que pasaba tal como era: pobre y ciego.

Necesitamos cubrir la indigencia de nuestra condición humana con los ropajes y adornos de las propias compensaciones, de las aparentes seguridades, del aprecio y la aprobación del mundo, de la buena opinión de los demás. Cuántos defectos, manías, pecados, omisiones, pensamientos egoístas y rebuscados, críticas y torcidas intenciones ocultamos detrás del ropaje artificioso de esa imagen irreal, que tanto nos esforzamos por mantener como verdadera ante nosotros mismos y ante los demás. Cuánta mediocridad de vida revestida con los harapos y jirones de nuestras justificaciones y excusas. Bajo el manto de una falsa virtud y de la apariencia de bien escondemos muchas veces la hipocresía de creer que nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios es como debe ser: nada exagerada, moderada, correcta y al uso de los tiempos que corren. Incluso en el orden espiritual nos cuesta tanto aceptarnos tal como somos que, sin darnos cuenta, terminamos por esconder y disimular nuestro verdadero yo bajo el manto quejumbroso y lastimero de un “no puedo” que, en el fondo y aunque nunca lo reconozcamos, es un “no quiero” y un “no me apetece”.

No tengas miedo a amar lo que eres y a aceptarte tal como eres. No tengas miedo a reconocer ante Dios y ante ti mismo la pobreza de tus defectos y limitaciones o la ceguera de tus pecados. Aunque los demás te manden callar o alaben la vistosidad y belleza de tu manto, deja que Cristo pase por tu vida, cure la ceguera de tu alma y revista con la riqueza de su gracia la desnudez de tu pobreza espiritual. Mejor ser un pobre Bartimeo que acompañar al Maestro en su camino y contarnos entre los seguidores y discípulos que, cegados por la oscuridad de su soberbia, nunca se atrevieron a pedirle la limosna de ver.

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San Juan de la Cruz: la mística de la vida ordinaria

Tu alma está hecha para albergar en sí lo ilimitado e infinito de Dios. Has de encontrar el lugar y la fuente de esa secreta intimidad con tu Cristo en las condiciones concretas de tu vida ordinaria, en los quehaceres de tu día a día. Ahí has de saber escalar las altas cumbres de la mística de lo ordinario, pues es ahí donde quiere el Señor hacerte gustar las delicias de su cruz. «¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella, en la espesura de la cruz!». Si el Verbo tomó la carne de nuestra miserable condición humana, también las más altas gracias místicas pueden llegar a hacerse carne en tu pequeña alma.

Tu cruz de cada día, aunque sea pequeña, es cruz; la fidelidad de cada día, con ser pequeña en las formas, no deja de ser fidelidad. La mística de la vida ordinaria, con ser pequeña en sus apariencias, es, como tu alma, ilimitada e insondable como el mismo Dios. La espesura y estrechez de tu día a día ha de ser ese pozo sin fondo donde puedas beber las riquezas inagotables que manan del corazón de Dios. «Para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos». No quieras un cristianismo sin cruz porque terminarás viviendo una fe sin Dios. Y no midas la calidad de tu oración por los gustos y deleites que puedas sentir, por los grandes pensamientos que se te puedan ocurrir, por los bellos propósitos que te propongas cumplir, sino por el enorme y callado amor con que sabes permanecer en la fidelidad oscura y desabrida a tu Dios.

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Enjugar el rostro sufriente de la Iglesia

No pretendas entender el misterio del mal. Ni siquiera solucionarlo. Ante situaciones que nos sobrepasan a veces sólo cabe la inclinación humilde de un entendimiento que calla ante lo que no entiende, o la oración escondida de un corazón que acepta dolorido el mal ajeno. Has de aprender a estar junto a la cruz, como María, redimiendo más con tu dolor que con tu acción. Has de aprender a sufrir con misericordia el mal de otros, llevando sobre los hombros de tu oración ese carga tan pesada del pecado que tanto aflige a la Iglesia. No caigas en la tentación de la crítica fácil ante las miserias y escándalos de los miembros de tu Iglesia. No cedas a la duda, al desaliento o al desánimo cuando te topes de cerca con el pecado, la defección y la omisión de otros cristianos o, incluso, de tus mismos pastores. Esas situaciones que tanto dolor te causan quizá no te corresponde a ti solucionarlas, pero sí sufrirlas.

Besa con tu entrega y tu fidelidad esas llagas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Enjuga con los cabellos de tu oración esos pies sucios y doloridos con los que Cristo sigue hoy caminando en los miembros de su Iglesia. Abraza en lo más profundo del corazón esa misma cruz que Cristo abrazó en Getsemaní, con el doloroso gozo de saberte, como Cristo, crucificado por los pecados que afean la indefectible santidad de la Esposa. Y, sobre todo, cuida de no herir con tu vida mediocre, con tus faltas consentidas, con la indiferencia ante tus propios pecados, esa filigrana sublime, misteriosa y delicada que es la comunión de la misma Iglesia. Tu también puedes ser con tu vida de aquellos que, ante este cuerpo llagado y ensangrentado de Cristo que es la Iglesia, gritan y piden el castigo de la crucifixión. Acércate a tu Iglesia como se acercó aquella mujer al cuerpo llagado y caído de Cristo, enjugando con el paño limpio de tu vida el rostro sufriente de Cristo en cada uno de tus hermanos.

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Un montón de camellos ante el ojo de una aguja

Es propio de nuestra limitada condición creatural asirnos fuertemente a los agarraderos de las seguridades humanas. Necesitamos vivir con los pies muy puestos en la tierra de nuestros cálculos humanos, de nuestras previsiones y planes, de nuestras habilidades y cualidades, de nuestros méritos, de todo aquello que podemos medir, tocar, ver y sentir. Y terminamos por utilizar esa misma lógica humana en nuestra vida espiritual, convirtiendo el alma en un almacén de congelados, en el que voy guardando todos aquellos méritos y obras buenas que me permitirán un día comprar a Dios mi derecho a la salvación.

Aunque seas muy generoso con tus bienes materiales, puedes vivir con alma de rico, dominado por la miserable ambición de caminar muy seguro de ti mismo y confiado en las riquezas espirituales de tus méritos, de tus obras, de tus virtudes o de tus cualidades. Todo eso de bueno que hay en ti no es tuyo; te lo da Dios con su gracia. La peor pobreza que puede sufrir un alma inflada de sí misma es no tener a Dios. Y esta miseria espiritual puede darse aun cuando seas un perfecto cumplidor de tus deberes espirituales. Otros podrán ver que vas a Misa, que rezas a diario el rosario, que hablas piadosamente de Dios en tu apostolado, que lees y conoces la Escritura, y hasta podrán alabar tus bellas y piadosas predicaciones… Sin embargo ¡cuántos cristianos tan llenos de sí mismos, esperando como camellos para pasar por el ojo de una aguja! Carga sobre tus lomos las cruces de los demás, sus problemas, sus inquietudes, sus deseos de Dios; carga tu alma, sobre todo, de la presencia y del amor de Dios, y verás que ni el ojo de una aguja es obstáculo para que su gracia actúe a través de ti.

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Adviento es tiempo del Espíritu

Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma ante el próximo nacimiento del Verbo encarnado. Al compás del amor, brotan en el corazón deseos callados de contemplar asombrados el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado! Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna.

Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que se hace carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo. Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros.

Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia. Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén. Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla. No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.

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