Archivos para mayo 2021

Formada por el Espíritu Santo como nueva criatura, ruega por nosotros

A la Virgen María se la denomina la “nueva Eva”. Recordemos que el pecado original supuso el mayor desorden para toda la creación. La libertad con la que contaban nuestros primeros padres les hizo vivir en el engaño de que podían alcanzar una semejanza de Dios superior a la que tenían. Esa mentira, esa falta de confianza, les produjo una muerte que también nos alcanzó a nosotros: morir a la amistad con Dios.

Pero el Espíritu Santo obró el milagro en las entrañas de María. La “llena de gracia” nos hizo recuperar esa intimidad divina perdida. Fue el cauce elegido por Dios para mostrarnos el amor sin límites que tiene por cada uno de nosotros.

“Nueva Eva”, que significa una nueva maternidad de Dios para nosotros. La distancia del pecado ha quedado ahora anulada por la entrega de María. No sólo Ella se entregó a Dios, sino que la entrega de su Hijo se extiende al mundo entero. Lo que Eva no pudo llevar a cabo, la Virgen lo realiza en su maternidad, dándonos a Cristo como viático, Ella que lo alimentó con la sangre de su seno.

El Espíritu Santo, esposo de María, hizo de la Virgen esa nueva creatura, para que tú y yo muramos al hombre viejo, y en esa nueva humanidad recuperemos la amistad con Dios que nunca ya habremos de perder.

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Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros

Desconcierta sobremanera cómo el Señor elige con predilección lo más sencillo y simple a los ojos del mundo para poner patas arriba nuestros sabios y doctos criterios, nuestros esquemas, nuestros planes y criterios. Así lo hizo en María. Así lo hizo en José. Así lo hizo en aquellos niños de Fátima. Y así fue también en su propio Hijo, que se hizo pequeño, para escandalizar y confundir la orgullosa y engreída sabiduría de los hombres.

Aquel rincón de Fátima sigue siendo hoy signo de contradicción y piedra de escándalo para todos los que buscan una salvación fácil y comodona, según la medida y el criterio humano, o se inventan un cristianismo sin cruz y una redención sin dolor y sin renuncia. Mientras siga habiendo un corazón en el que anide el pecado, mientras siga habiendo en tu vida tantas omisiones, egoísmos, medianías, críticas, faltas de fe y de confianza en Dios, seguirá siendo de urgente actualidad el mensaje de la Virgen de Fátima de orar, ofrecer y reparar tanto desprecio hacia el amor de Dios.

Que no desfallezca tu oración. Que nunca dejes de apoyar el peso de tus pecados y necesidades en el rezo del rosario. Esa sencilla oración es fuente de innumerables gracias para ti y para la Iglesia, si sabes poner en cada Avemaría ese poco de amor reparador y suplicante, que se conmueve ante el pecado de sus hermanos. Aprende de la pureza de corazón de aquellos pastorcitos de Fátima, que supieron ver, con las pupilas de la simplicidad, los ojos divinos de aquella Mujer Inmaculada, que enamoró a Dios y conmovió al mundo. Pidele a esta gran Madre y Señora un alma de niño, para poder entrar en el misterio de la simplicidad de Dios.

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Tú, que por el ángel recibiste el gozo del mundo, ruega por nosotros

Todos queremos ser felices. La felicidad es fuente de alegría cuando vivimos nuestro pensar en coherencia con nuestro actuar. Pero, en ocasiones, ponemos el corazón en cosas o personas que, más que producir dicha, nos dejan tristes o insatisfechos.

El ángel Gabriel revela un misterio a la Virgen. Es cierto que no existía proporción, humanamente hablando, en ese encargo del Ángel, pero la manera coherente con que vivió María, íntimamente unida a la voluntad de Dios, hizo que la revelación de Gabriel no fuera una amenaza, sino la prolongación de su alegría.

El gozo de ser Madre de Dios hizo que la maternidad de María alcanzara dimensiones universales. Quizá en aquel momento del anuncio, y a pesar de que conocía las profecías, no llegaba a comprender del todo lo que supondría en su vida el regalo que le traía el ángel, pero se sabía querida por Dios, y eso bastaba.

Cuando tú no llegues a entender totalmente lo que te pasa ahora o lo que te traerá el futuro, piensa que la felicidad no está en lo inmediato, sino en ese germen de alegría que Dios ha depositado en tu interior. Es el gozo de los que viven con la confianza de quien está abandonado en los brazos del Padre… No hay ningún temor que pueda amenazarnos, porque participaremos de ese gozo del mundo que recibió la Virgen.

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Tú, que concebiste en tu seno creyendo, ruega por nosotros

Las grandes proezas sólo se realizan cuando hay confianza. Sin embargo, la seguridad en nosotros mismos puede ser muy limitada. Hay muchas circunstancias que pueden desanimarnos para no llevar a cabo nuestro propósito. Aquella niña de Nazaret, por muy joven que fuese, tenía su corazón anclado en el corazón mismo de Dios. Ahí ya no caben nuestras expectativas o nuestros proyectos. Sólo cuenta el deseo del Señor.

A la Virgen se le pidió confianza, y Ella nunca exigió una señal. Su fe se alimentaba de amor, y en ese darse de Dios, María concibió en su interior el fruto de su fidelidad: el amor de Dios hecho carne.

Qué importante es vivir con el convencimiento de que muchas de nuestras frustraciones o desánimos están motivados por nuestra falta de confianza en Dios. Nos puede la autosuficiencia y el afán de caminar sólo cuando tenemos seguro el apoyo de nuestras seguridades humanas. En cambio, es la confianza y el abandono oscuro en la providencia de Dios la que nos hace desterrar el agobio en nuestras acciones o deliberaciones. Sabemos que viviendo con fidelidad el plan de Dios en nuestra vida, podremos ver, incluso en aquello que a los ojos del mundo es una derrota, el resplandor del triunfo de lo divino: la humildad que genera un alimento que salta hasta la vida eterna.

«Concibe» en tu interior esa gracia del Espíritu Santo, y tu fe quedará robustecida. Con esa gracia habrás de recuperar la confianza y la descomplicación de los niños, pues nunca deja el Señor de ser tu Padre, aunque tú renuncies a ser hijo. Alimenta ese resquicio de fe que llevas en tu seno, para que nazca en ti esa vida de Dios que has de comunicar al mundo.

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Cumbre de Israel y principio de la Iglesia, ruega por nosotros

Israel era el pueblo elegido por Dios. Con él hizo una alianza que habría de perdurar durante siglos. Dios (¡asombrosa anonadación divina!) se fue acomodando, pedagógicamente hablando, al ritmo del hombre, “soportando” su debilidad, sus continuas traiciones, sus innumerables pecados… pero el Todopoderoso “guardaba un As en la manga”.

La “cumbre” del tiempo de Israel no fue un hecho espectacular, ni una demostración del poder taumatúrgico de Dios. La plenitud de los tiempos, la del pueblo elegido y la del mundo entero, se centró en una muchacha. Una doncella de Nazaret llamada María. A ella se le reveló su peculiar vocación: ser la madre de Dios.

Desde esa sencillez, a la vez que culminaba una historia singular (patriarcas, profetas, jueces y reyes), se iniciaba otra, inventada por Jesucristo y alimentada por el Espíritu Santo: la Iglesia. En ese principio tuvo un papel primordial el de la Virgen María. Sin la oración de la madre de Jesús, sin su presencia perseverante y entregada, la labor de aquellos primeros discípulos hubiera sido otra cosa. La maternidad de María dio alas a la maternidad de la Iglesia. Es verdad, llegó Pentecostés, pero la Virgen era la llena de gracia, esposa de Dios Espíritu Santo.

Tú y yo estamos también llamados a vivir esa maternidad. Mira a tu alrededor, y descubrirás que el Señor también ha depositado en tu interior entrañas de misericordia. ¡Qué fácil es darse a los demás cuando uno experimenta en su corazón tanta ternura de Dios!

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Madre atenta al bien de todos los hombres, ruega por nosotros

Nos resulta muy difícil no pensar en nosotros mismos y en nuestras cosas. Hace falta mucha generosidad y desprendimiento de sí, mucho abandono en Él, para preocuparse de las cosas de Dios y dejar que Él se ocupe de las nuestras como quiera y cuando quiera. Nos pueden esos entusiasmos generosos de un momento, que fácilmente nos hacen poner la mano en el arado, pero luego no hacen surco en la tierra, porque se preocupan más de labrar y arar en su propio campo que de roturar y sembrar en las cosas del Señor. Hay muchos que trabajan en la Iglesia para sí mismos y, en nombre del Señor, terminan yendo a lo suyo y buscando sólo su propia gloria y beneficio.

María Madre nos enseña a salir al encuentro y adelantarnos a las necesidades de todos. Si Ella se preocupó del vino que faltó en aquel banquete de bodas en Caná, ¿cómo no se preocupará de todos esos vinos que faltan tan a menudo en el fatigoso día a día de nuestra vida? Ella vela con corazón solícito de Madre por el bien de todos sus hijos, aunque te parezca que en esa situación difícil, en esa dificultad, en esa enfermedad, en ese fracaso, en esa pequeña noche que sufres, en ese dolor o sufrimiento ni está Dios ni ves que sea un bien para ti.

Que Ella nos enseñe a salir de nosotros mismos y a olvidarnos de nuestros intereses egoístas, para estar atentos al bien de los que nos rodean. No olvides que tu solicitud por ellos es solicitud por el mismo Cristo en cada uno de los miembros que forman su cuerpo.

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Madre del Salvador, ruega por nosotros

Jesucristo fue anunciado por los profetas durante siglos. El pueblo de Israel esperaba un salvador, y esa salvación fue alcanzaba con la mediación de una criatura humana: María, la virgen de Nazaret. La conciencia que pudiera tener la Virgen acerca de su misión seguro que no la tendría de la noche a la mañana. Ese actuar del Espíritu Santo en su interior sería una tarea de años que, llegado el día de la Anunciación, le reveló plenamente su vocación como Madre de Dios, el Salvador.

Una vez más la paradoja de Dios confunde el saber de los hombres. Estamos acostumbrados a que cualquier anuncio que tenga una relevancia social esté avalado por la autoridad competente, y que los medios de comunicación difundan esa noticia para su pertinente repercusión. Sin embargo, lo que Dios comunica suele realizarse en los escondido y, curiosamente, la “repercusión” no alcanzará el sensacionalismo de lo superficial, sino que operará en lo más íntimo de cada persona. Ese es el plan de salvación de Dios. Iniciándose en el interior de María, la fecundidad divina sólo es posible cuando encuentra el abono necesario para que actúe el Espíritu Santo.

La humildad de la Virgen le hace llegar a ser la “llena de gracia”. Sólo desde esa predisposición es posible encaramarse hasta la cumbre del Gólgota, donde Cristo, su Hijo, se proclama Salvador del mundo. María intervendrá, desde entonces y hasta el fin de los siglos, como verdadera mediadora de esa salvación.

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Inclinada hacia las súplicas de sus hijos, ruega por nosotros

Cuántas veces, agobiados por los problemas y dificultades de la vida, desanimados y vencidos por el cansancio espiritual y la debilidad de nuestra vida de fe, hemos buscado a alguien en quien desahogar nuestro pesar y dolor. Todos necesitamos unos hombros que nos ayuden a llevar nuestras cargas, un bastón que podamos apretar fuertemente al caminar, un lazarillo que nos guíe en nuestras oscuridades, alguien que nos escuche cuando ya no podemos más y que seque tantas lágrimas que, a veces, nadie ve.

María, acostumbrada a su oficio de Madre con Cristo, sabe muy bien de dolores y necesidades, de oscuridades y apoyos. Ella siempre estuvo ahí, al pie de la Cruz de su Hijo, y sigue estando ahí, al pie de las cruces de todos y cada uno de sus hijos. Ella, que supo acoger tantos deseos del Padre, que supo ser regazo y descanso de san José, que escuchó y cumplió tantos ruegos de su Hijo, ¿cómo no va a inclinarse hacia tu miseria y necesidad, como se inclinó tantas veces ante la debilidad del pequeño Jesús? ¿Crees que puede desentenderse de tu vida esta Madre, que supo acompañar los pasos y balbuceos del Niño Dios de Belén? ¿Puede haber zozobras y pesares de un hijo que no sean zozobras y pesares de una madre?

No dudes en poner junto a esta Madre todo aquello, grande o pequeño, que es fuente de inseguridad, preocupación o angustia en el día a día de tu vida. Verás que nunca te falta esa suave y recia mano de Madre, que tantas veces buscas agarrar. De Ella aprenderás también tú a inclinarte y acoger en tu seno las luchas y afanes de tantos hijos de Dios, que no saben a quién acudir, porque viven sin saber de su Padre Dios. No te canses de aliviar los ruegos y súplicas de ese Cristo, que te mira necesitado en el rostro de tus hermanos los hombres.

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Íntima confidente del Hijo, ruega por nosotros

Cuántos atardeceres de intimidad, cargados de contemplación de Dios, pudieron vivir María y José junto a su Hijo. Cuántos gestos, palabras, miradas de Cristo, latiendo escondidamente entre los muros de aquella casa de Nazaret. Fueron el tesoro que María custodió para siempre en el secreto del corazón. Tardes y ratos de familia, en que el Señor abriría su corazón, explayando sus deseos más íntimos en aquellos dos corazones enamorados de la voluntad de Dios.

Nadie como María recibió las confidencias de aquel Hijo, que escondía en su corazón de hombre los secretos del seno del Padre. Corazón materno, acostumbrado a cobijar, acoger y perdonar, en quien puedo encontrar descanso para el alma. Mucho del corazón de María había en aquel Hijo, en quien estaban custodiados todos los secretos del seno del Padre. Si quieres ir asemejándote a Cristo, has de hablar mucho con la Madre y dejar que Ella te enseñe a parecerte más a Él. Ninguna otra criatura tuvo el privilegio de educar y modelar el alma humana de Cristo.

Deja que, en tu oración, María te hable de esas íntimas confidencias del Hijo que sólo Ella conoce. Y deja también allí, en su regazo, esas otras confidencias y secretos de tu alma, que sólo a una Madre así puedes confiar. Nada hay que pueda igualarse al conocimiento de esa intimidad secreta y escondida de Dios, que sólo se saborea en el silencio de la contemplación. Pídele a esta Madre que te enseñe a contemplar y rumiar, en el silencio del alma, esos secretos divinos que sólo conocen los sencillos. Desahoga en el corazón de Cristo todas esas confidencias de enamorado que llevas en tu alma y verás que también el Señor te confía y entrega los secretos del Padre. 

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Tú, que contemplas misericordiosa nuestra miseria, ruega por nosotros

Dios y el pecado se repelen como los imanes. El pecado es la negación de Dios y, por tanto, Dios no puede amar, ni siquiera soportar, la negación de sí mismo. Si soporta el pecado, nuestro pecado, es porque lo ve en su Hijo. Ve al Hijo clavado en la Cruz y, en Él, ve también todo nuestro pecado. Por eso, su amor no nos rechaza sino que, más bien al contrario, nos hace amables.

Hace falta mucha fe, y mucho amor de Dios, para contemplar todo ese pecado nuestro clavado con Cristo en la Cruz y no salir huyendo, horrorizados de lo que hubieramos sido si Cristo nunca hubiera estado allí. María permaneció junto a nuestro pecado, cuando permaneció con su Hijo al pie de la Cruz. Y sigue permaneciendo en tu vida, a pesar de que tantas veces perdamos en nosotros ese rostro de hijos, del Hijo, que nos hace amables ante Dios. También Ella nos veía en la Cruz cuando contemplaba allí a su Hijo sufriente. Y también nos abrazó entre sus brazos cuando abrazó junto a su regazo el cuerpo muerto de su Hijo.

Acepta tus miserias, tu pecado, tus limitaciones, pero no pactes con ellas. Sé sincero para reconocer en tí todo eso que te aparta de Dios o te obstaculiza en tu camino de santidad. No pactes con tu propia soberbia, ni dejes que el desánimo y el desaliento alimenten tu mediocridad de vida. En tus propios pecados y miserias aprenderás a acoger y curar el pecado y las miserias de los demás, pues no hay mejor medicina espiritual que el conocimiento de uno mismo y de la propia condición humana y pecadora. Déjate abrazar por la misericordia de esta Madre sufriente, sabedora de tantos dolores, que supo abrazar en su Hijo el pecado de toda la humanidad. 

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