Archivos para septiembre 2020

La vocación del “estar ahí”

Situarnos en el lugar que nos corresponde no resulta fácil. Hemos adquirido unos derechos y unas libertades que nos gustaría ejercer. Pero olvidamos los deberes y obligaciones que hemos de llevar a cabo con responsabilidad y dedicación.

Cuando le pedimos a Dios que confirme la vocación que hemos comenzado con entusiasmo y entrega, olvidamos que nada tiene que ver con un estado de ánimo o unos afectos que nos predispongan a ellos. De hecho, ante la contrariedad externa (incomprensión, críticas, ataques, persecuciones, etc), o interna (enfermedad, debilidad, pecado personal, etc), podemos caer en la tentación de pensar que Dios nos ha dejado de su mano. Que al no percibir ilusiones espirituales, o estar sometidos a una noche oscura en el alma, no estamos haciendo las cosas conforme a la voluntad de Dios.

No podemos olvidar, y esta es la clave, que el gran enemigo, que convive con nosotros hasta la muerte, es la soberbia. Pensamos, por ejemplo, que en el reconocimiento ajeno está el éxito de nuestra entrega a Dios, cuando en realidad lo que se esconde es toda una retahíla de sutiles egoísmos que nos apartan de Dios para centrarnos en nosotros mismos.

El problema en definitiva es pensar que somos la medida para los demás, e incluso para las cosas. Cuando alguien actúa mal le comparamos con lo bueno que somos, y cuando algo no nos gusta lo encorsetamos dentro de nuestra lógica hasta lograr que sea nuestro pensamiento el que se imponga.

No sabemos estar donde nos corresponde, y al no aceptarnos todo se vuelve cuesta arriba. La vocación del “estar ahí”, no es otra cosa sino, calladamente y con sacrificio, percibir el plan de Dios en los detalles pequeños, esos que no llaman la atención. Es ese saber escuchar al inoportuno, o sonreír ante la adversidad. Sólo, de esta manera, es posible transformar las cosas o llevar las almas hacia Dios. Con la imposición de nuestro criterio sólo ganaremos recelo y desconfianza. Sabiendo “estar ahí” seremos descanso para los demás y consuelo para los que sufren, y veremos la mano amiga de Dios en todo.

La Virgen María lo vivió así, y lo único que esperó a cambio fue la manifestación de la gloria de Dios a través de su esclava humillación, que fue lo que, paradójicamente, le hizo libre, tan libre como la gracia Dios de la que estaba llena.


Los videos de Mater Dei: La lanzadera: http://youtu.be/azn2k8zlo2A

¿Tienes algo que no hayas recibido?

Cuando nos exigimos resultados por el esfuerzo realizado en nuestros deberes y obligaciones, podemos llevarnos la desagradable sorpresa de que, en muchas ocasiones, no están a la altura de nuestras expectativas. Hay un subconsciente que siempre nos domina, y es pensar que todo fruto obtenido se debe, sólo y exclusivamente, a nuestros méritos.

Ese engaño, tarde o temprano, produce desánimo. El venirnos abajo porque la gente no responde a nuestros requerimientos, o porque, después de haber dedicado meses o años a una determinada tarea, se derrumba, o porque, tras mucho tiempo empleado en una determinada lucha interior, volvemos a caer más estrepitosamente… Todo eso, tiene una sencilla explicación: somos seres humanos y, por tanto, limitados.

San Pablo, el gran Apóstol de los gentiles, debió tener muchas experiencias de este tipo. Sólo con la paciencia y la oración llegó a descubrir que, en esa debilidad personal, es cuando se muestra, de manera eficaz, la fuerza de Dios. Y aunque, de cara a los hombres, algunas actuaciones puedan suponer un sonoro fracaso, se trata de poner por obra la voluntad de Dios, que es lo que verdaderamente cuenta… Es el tiempo de Dios el que ejercerá su influencia en la historia, no las horas a las que nos aferramos como si fuera algo propio, pensando que dejaremos un rastro perpetuo, y así la humanidad nos lo recordará agradecida.

Una vez más, san Pablo apelará al buen sentido común de lo divino: todo lo bueno que somos y hacemos proviene de la misericordia de Dios. El que presuma de sus obras, además de ser un insensato, miente. Mentimos, porque, en definitiva, nuestros deseos, por muy buenas intenciones que tengan, si no están cubiertos de la rectitud de lo sobrenatural, se ahogarán en la charca de nuestros egoísmos.

Conclusión: ante nuestras buenas obras y buenos resultados, dar gracias a Dios por su bondad, siempre para gloria suya. Ante los fracasos y desánimos, abandonarnos en la infinita misericordia de Dios, porque, en esa apariencia de derrota ante los ojos humanos, Él fortalece nuestro ánimo identificándonos con los méritos de Cristo muerto en la Cruz… Vencedor de la muerte, del pecado y del mundo.

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Ver el amor

Cuentan que un monje copto, allá en los primeros siglos del cristianismo, fue a ver a otro monje para preguntarle por una duda que le asaltaba en su interior: “¿Por qué hay muchos candidatos a ser eremitas? Ya se ve que empiezan muchos, y se quedan luego en muy pocos”. El monje interpelado, que ya era mayor y tenía toda la sabiduría aprendida del Señor, le puso un ejemplo. “Es como un perro que divisa una liebre y sale corriendo y ladrando tras ella, y al oírlo ladrar y correr se le unen otros perros, pero al cabo del tiempo los que se unieron al ruido se cansan y sólo queda el que vio la liebre, y es ése el que no se desanima, porque la vio y sabe el motivo de su correr y ladrar, y continúa persiguiéndola hasta darle alcance”.

Nosotros también hemos percibido el amor. Las cosas son como las vimos, como las vivimos con la gracia de Dios. No podemos olvidar que en la vida pasan muchas cosas y situaciones. Ocurre como con el amor humano, aunque al principio se dicen sí, luego llega el desengaño. Uno se deja llevar por el desaliento, por el pensar ya no me quiere, por el espíritu de la sospecha, y viene el desamor… También ocurre en nuestra vida, sentimos el desengaño, y que somos menos de lo que pensábamos.

Olvidamos que cada uno, tú y yo, somos un gran proyecto de Dios. Es preciso no bajar la mirada de ese rostro de Dios que un día salió a mi encuentro. No podemos dudar de lo que Dios me ha dicho, y de lo que ha hecho por mi. ¡Que no nos conformemos con la inercia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”! Muchas cosas nos pueden distraer: nuestras miserias, desengaños, desánimos… Pero nada, absolutamente nada, nos puede distraer de Ti, Señor.

Que siempre acudamos, en esos momentos de duda y frustración, a Santa María, y que, al igual que ella, quedemos anclados en esa clave de amor, el que un día Dios nos regaló con su mirada, que es la llave maestra de nuestra vocación.

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Vencer a Goliat

El joven David derrotó al gigante Goliat con una piedra y una honda; pero, su verdadera arma fue la astucia y la maña. No pretendió convetirse él en gigante, para luchar de igual a igual, sino que fue precisamente su pequeñez la que tumbó y derrotó aquella fuerza tremenda de Goliat.

Cuántas veces nos encontramos ante situaciones de injusticia, de pecado, de mal, de inmoralidad, que nos sobrepasan; cuántas veces nos parece insuperable esa manía o defecto de carácter que parece que nunca lograremos dominar; cuántas necesidades, cuántas urgencias, cuántas miserias humanas nos abruman y acongojan interiormente, sobre todo cuando está en juego la bondad e inocencia de quienes sufren injustamente. En las cosas de Dios, a veces pretendemos hacernos tan gigantes y poderosos como el Goliat al que tenemos que derrotar. Y, en lugar de apoyarnos en la propia pequeñez, nos desanimamos porque quisiéramos tener la fuerza de un gigante. Despreciamos las armas de Dios, porque humanamente parecen desproporcionadas e inútiles y calibramos su eficacia según nuestros esquemas demasiado humano. Nos asusta vernos ante ese Goliat al que, a veces, tenemos que derrotar con nuestras manos vacías.

Has de vencer el mal, el pecado, el error, con esa piedra y esa honda que tienes en tu mano, sin desaprovechar ocasión, sin escatimar esfuerzos o palabras, sin huir por la senda de la omisión y la defección. Pero, es tal la desproporción entre tu piedra y tu Goliat, que no lograrás vencer al gigante si no es con la fuerza y la astucia de la oración. No pretendas vencerle con las armas de los puños y del voluntarismo, queriendo ser gigante, demostrándote a ti mismo que eres capaz de todo, porque saldrás siempre derrotado y masticarás, una y otra vez, el polvo de tus fracasos y debilidades. Háblale al Señor de ese Goliat que quieres vencer, de ese gigante que te agobia, te aplasta y te sobrepasa. Pon en las manos de Dios tu piedra y tu honda, las armas de tu propia impotencia y hasta de tus manos vacías, y deja que Él luche y derrote a Goliat en tu propia pequeñez. Esa oración, silenciosa y escondida, aparentemente tan inútil, multiplica al infinito la eficacia de tu pequeña honda y la débil fuerza de tu piedra.

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La señal de la Cruz

La señal de la cruz debería ser un signo habitual en la vida de todo cristiano. Hacer la señal de la cruz al iniciar y acabar el día, al empezar nuestra oración diaria, cuando nos disponemos a trabajar o estudiar, al salir de casa, al bendecir la mesa o al terminar de comer, ayuda a ir poniendo a Dios en los momentos y circunstancias más destacadas de nuestra jornada. En cada señal de la Cruz adora agradecido las manos traspasadas de Cristo, sus pies heridos, su cabeza cubierta de espinas, su costado abierto, su Corazón traspasado. Besa con el alma cada uno de esos sufrimientos del cuerpo y del alma de Cristo, pidiendo que esa salvación de la Cruz sea realmente eficaz en tu vida y en la de tus hermanos, los hombres. Marca con ese gesto de la cruz tu vida y tu persona, para que el misterio de Cristo crucificado vaya empapando cada uno de tus sentimientos y actitudes.

Si nos doliera el pecado de los hombres y la mediocridad que adormece a tantos cristianos, no nos importaría el rastro de todas esas heridas y sinsabores, que va dejando en el alma nuestra entrega apostólica. Cuánto sufrimiento se pierde en vano, sin llegar a tener alcance oblativo y redentor, porque lo vaciamos de Dios y no lo asociamos a la Cruz de Cristo. Pero, nos repele la Cruz y huimos de ella, porque nos asusta e incomoda esa parte de nuestra fe cristiana que nos habla de una salvación a base de Calvario y Getsemaní. Diluimos el Evangelio en el agua de nuestras comodidades y tibiezas, reduciendo nuestra fe cristiana a una mera ideología del bienestar espiritual. Acostúmbrate a hacer a menudo la señal de la Cruz, para que no olvides nunca que fuiste y eres salvado en Cristo. Abrázate a ella, como se abrazó la Virgen Madre a ese bendito madero, mientras descolgaban de él a su Hijo ya muerto. Que ese signo de la Cruz sea, de verdad, el distintivo de tu vida.

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Seis tinajas de piedra

En aquella boda judía, que se celebraba en Caná de Galilea, se preparó, según la costumbre, gran cantidad de agua, para que los judíos pudieran cumplir con el ritual de sus purificaciones. Eran muchos los invitados que tenían que lavarse antes de comer, muchas las bandejas, jarros y copas que había que purificar. Aquellas enormes tinajas de piedra, llenas de agua, debieron resultar insuficientes para tantos comensales, que no podían participar en el banquete si no cumplían con los lavatorios rituales. Preocupados, quizá, de sus purificaciones, no se dieron cuenta de que Jesús, el verdadero Esposo, estaba entre ellos y se sentaba también en la misma mesa del banquete. Sin embargo, el Esposo no estaba en el agua de aquellas tinajas de Caná, que contenían el agua incolora de una religiosidad deteriorada por el legalismo y las apariencias.

Nuestra relación con Dios puede ser también una enorme tinaja llena de agua. Somos, quizá, de esos comensales que cumplen a la perfección con las normas religiosas, y hasta entran en el banquete, pero no conocen ni tratan al Esposo. Complicamos nuestra vida espiritual con multitud de obligaciones, rituales y cumplimientos que, en realidad, son para el alma tan insípidos e incoloros como el agua. Nos quedamos, quizá, con lo secundario y accesorio, con las formas, pero no llegamos a entrar en el banquete, ni nos sentamos a comer y gustar del Esposo. ¿De qué te sirve cumplir con tus deberes religiosos, ser fiel a ese patrón de cristianismo que tú mismo te has cortado a tu medida, si tu alma está, como aquellas tinajas de Caná, llena de un agua inservible? ¿No será que tu relación con Dios, tus prácticas sacramentales, tus oraciones, el cumplimiento de tus propósitos y deberes, escurren por tu alma como el agua por el cristal, sin llegar a empaparla de vida divina? Dios puede convertir en vino bueno esa vida cristiana lánguida y superficial, que cree gustar en el agua todo el sabor de su Dios. Tu alma puede llenarse de un vino nupcial nuevo, en el que gustes la intimidad sabrosa del Esposo, si dejas que la gracia vaya transformando el agua de tus mediocres tinajas.

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Cultivar el detalle

Las cosas pequeñas pueden encerrar significados grandes, incluso infinitos. El bien nunca es pequeño, aunque lo hagamos revestido de circunstancias y gestos humanamente insignificantes. Y es ahí, en esos detalles, aparentemente intrascendentes, donde se nos presentan a diario tantas ocasiones de hacer el bien a los demás. Una sonrisa a tiempo, una palabra oportuna, un favor desinteresado, un gesto de acogida, un buen consejo, una llamada de teléfono. Cualquier detalle de trato o de convivencia es bueno para humanizar las relaciones y crear comunión con los demás. No te conformes con aprovechar las ocasiones extraordinarias y puntuales de hacer el bien. Tu santidad se labra con el cincel de cada día, y ha de ir cuajada de esos pequeños detalles, que hacen extraordinariamente divina la monotonía casi rutinaria de nuestra vida. No olvides que el lenguaje de Dios siempre es el de la pequeñez y sencillez, porque es el que todos entienden.

Has de cultivar esos pequeños detalles, con Dios y con los demás, en lo pequeño y ordinario de tu vida. Dicen mucho de tu delicadeza y finura de alma. Pero, han de nacer de esa magnanimidad de corazón, en la que no caben distinciones de trato, antipatías o simpatías. La entrega de Cristo en la Cruz estuvo preparada y anticipada por muchas de esas pequeñas entregas, que sazonaron el día a día del Señor. Cuántos detalles de renuncia, de generosidad, de trabajo, de servicio, de alegría, de cariño, llenaron aquellos largos años del Señor, en la vida familiar de Nazaret. Cuántos detalles de paciencia, de espera, de perdón, recibieron aquellos apóstoles, que conocieron tan de cerca el día a día apostólico de su Maestro. Cuántos detalles de Dios en el día a día de tu vida que pasan, quizá, inadvertidos a nuestra mirada superficial y atolondrada. En todas esas pequeñas ocasiones de entrega, en cada uno de los recovecos de tu vida, te espera siempre el Dios fiel.

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El amor necesita orar

No creas que la oración consiste sólo en repetir avemarías o en recitar padrenuestros. La oración es una necesidad del amor pues, cuando comienzas a gustar la intimidad de Dios, buscas estar con Él y deseas amarle. Poco sabe de verdadero amor quien no sabe de oración. Y poco conoce a Dios quien no le trata a solas, en la intimidad del silencio interior. Porque, si no tratas a diario con Dios, terminas haciendo de Él una idea, cada vez más lejana y ajena a tu vida.

Entre los quehaceres diarios, has de reservar un tiempo para estar a solas con Dios y orar con Él. Es bueno fijar, para cada día de la semana, la hora y el lugar de tu oración. Y has de ser fiel a esa cita diaria, aunque no tengas ganas y no te apetezca, aunque tengas otras muchas cosas urgentes que hacer, aunque estés cansado, aunque te aburras y te distraigas. De ese poco de agua que bebas cada día en la fuente de tu oración depende la fecundidad o esterilidad de esa tierra de tu alma, que cada día siembras de tanto activismo y dispersión. Pero, que tu oración no sea un cumplimiento voluntarista o interesado, una ocasión para alimentar tu vanidad y soberbia espiritual. Una oración que nos hace creer que ya somos buenos, porque rezamos, que no nos mueve a cambiar de vida, o que no fructifica en obras concretas de santidad y de mucha renuncia a uno mismo, termina siendo un engaño espiritual y una puerta al más sutil puritanismo. El amor necesita orar. No una vez; tampoco de vez en cuando. El amor necesita orar siempre, en todo, porque no puede dejar de amar siempre y en todo.

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Dios se hace solitario

Hay muchos sagrarios recónditos y solitarios en los que la oración de Cristo al Padre se alza entretejida de silencios y soledades. En la oración de Cristo está siempre la oración de la Iglesia, pero tantas veces esa súplica al unísono resuena sólo en el silencio perdido de algún tabernáculo ignorado de los hombres. Cuántas veces, mientras vuelves del trabajo, mientras esperas el autobús, cuando vas a hacer la compra, pasas por delante de la puerta de alguna Iglesia, o junto a un sagrario, sin que se te ocurra siquiera hacer una breve visita al Señor. ¿No quedas con tus amigos, tus compañeros, tus familiares, cuando tienes que contarles algo, o simplemente para pasar un rato agradable en su compañía? ¿Cómo, entonces, no buscamos a diario esos pocos momentos y ese sagrario más cercano para acompañar, con una breve visita, la soledad eucarística de Cristo?

Son muchos los rincones, quizá para ti desconocidos, en los que ora y se ofrece al Padre ese Corazón divino tan enamorado de la soledad y del ocultamiento. Has de aprender a acompañar esa soledad de Cristo, si quieres saber acompañar la soledad de tantos hombres que viven en la negación de Dios o en el desánimo ante la vida. No acabes tus jornadas sin hacer una pequeña visita al Santísimo, acompañando por unos minutos ese corazón eucarístico de Cristo, que siempre te espera. Esa pequeña visita no acompaña la soledad de Dios, sino la tuya, pues no hay soledad y abandono más mísero y doloroso para el hombre que vivir esta vida sin Dios. En Dios no hay soledad; Él nunca está solo, porque es misterio de comunión. Pero, se hace por ti un Dios solitario, para ser huésped y compañía de nuestras soledades.

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Nuestros vasos de agua fresca

Nos aseguró el Señor en el Evangelio que no quedaría sin recompensa ni uno solo de los vasos de agua fresca que diéramos, en su Nombre, al sediento (cf. Mt 10,42). En realidad, Cristo mismo se nos da como recompensa cada vez que damos algo en su Nombre y, ante semejante paga, no importa tanto lo que das sino cómo lo das y en nombre de quién lo das. Dar en nombre de Cristo no es lo mismo que dar por propia satisfacción, por compromiso, por obligación, o por simple altruismo. Piensa que, en las generosidades de muchos cristianos, no siempre está presente Cristo, porque damos cosas, tiempo, dinero, cualidades, habilidades, pero, en todo eso, no damos a Dios. Tu caridad tiene que tener la forma de Cristo, si no quieres que se reduzca a una mera acción social o humanitaria, en la que el nombre de Dios no llega a resonar en el corazón de esos sedientos que has saciado. Sirve para muy poco un vaso de agua fresca que calma la sed, si no completas tu don con el agua viva de Cristo, capaz de saciar en plenitud el corazón necesitado y sediento de aquellos a los que socorres.

Examina con detalle tu generosidad y detecta cuáles son las carencias de tu caridad. Mira si te contentas con dar alguna que otra vez, si das sólo cuando no te supone esfuerzo, si das sólo obligado por el compromiso o por el qué dirán, si das sólo aquello que te sobra. Tus vasos de agua fresca no pueden limitarse a actos puntuales y simbólicos, con los que pretendes tranquilizar tu conciencia y justificar tu cristianismo de mínimos. Mira, sobre todo, si das a Cristo a los demás, si te das como se dio Cristo, que llegó al extremo del amor sólo por calmar la sed profunda que causa el pecado en el alma de tantos hombres. Has de ser generoso, sí, pero tu generosidad será más preciosa cuánto más vaya cargada de Dios. Que nadie beba tus vasos de agua fresca sin paladear en ellos ese gusto de cielo y de amor de Dios que sacia realmente la sed más profunda del alma.

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