Archivos para agosto 2020

“Extiende tu mano” (Mt 12,13)

Entrando un día en la Sinagoga se topó el Señor con un hombre que tenía una mano seca y paralizada. Los fariseos aprovecharon la ocasión para sacarle el tema del descanso sabático y poder acusarle de faltar a la Ley de Moisés. Debió de impresionarle al Señor aquella mano, viendo cómo un solo miembro muerto inutilizaba la actividad de todo el cuerpo y restaba vida a aquel pobre hombre. Así era también la Ley en la que se apoyaban aquellos fariseos: seca, sin vida, enferma de parálisis, incapaz de sanar y tocar lo más profundo del corazón humano. Precisamente la Ley y los Profetas estaban plagados de referencias y alusiones a la mano y al dedo de Dios, que tantas veces intervino portentosamente en la historia de Israel. Él mismo, al inicio de los tiempos, había sido, junto con el Espíritu Santo, mano creadora del Padre. En aquellos inicios, el Padre había creado también al hombre como mano suya, como co-creador y dueño de una creación recibida como don y tarea. En aquel primer sábado de la creación, en el que Yahvé descansó contemplando su obra, sólo había sobre la tierra vida y belleza.

Se agolparon en el corazón del Señor demasiadas emociones como para no curar la mano seca de aquel hombre y devolver así la vida a todo el cuerpo. No podía permitir el Señor, precisamente en sábado, que aquel miembro siguiera sin vida. Tampoco quería que un día hubiera en el cuerpo de su Iglesia miembros muertos o paralizados. No quieras ser tú uno de ellos. Extiende ante el Señor tus manos paralizadas por tanta omisión, autosuficiencia y comodidad. Deja que Él sane todos esos rincones del alma que aún no has dejado tocar por la mano y el dedo de Dios. Verás que también en ti, como en aquel primer sábado del Principio, Dios descansará contemplando la vida y la belleza de tu alma en gracia.

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¿Es posible la alegría donde hay mal?

Es verdad que hay muchos motivos para quejarnos, pero tenemos la tendencia a amplificar el mal, sobre todo, cuando se trata del sufrimiento propio. Es consecuencia del pecado original. Lo decía san Pablo, cuando nos recordaba que, a pesar de haber alcanzado la gracia de la salvación por los méritos de Cristo en la Cruz, aún queda esa “huella del pecado”, que nos hace volvernos a nosotros mismos, pretendiendo la falsa autonomía de nuestro «yo».

Por otra parte, en ocasiones necesitamos llamar la atención para que los demás sepan de nuestro sufrimiento y, de esta manera, recibir de ellos compasión y reconocimiento. Cierto que nuestro dolor podrá estar justificado, pero olvidamos que la Cruz, el lugar de encuentro con la misericordia de Dios, es fuente de alegría para los que se unen al misterio redentor de Cristo. Se trata de un misterio, es verdad, pero el Señor nos ha enseñado que cada una de las Bienaventuranzas, que son signo de contradicción para el mundo, son para nosotros, hijos de Dios, un encuentro permanente con la ternura divina, que nos llena de paz y perseverancia, signos de la auténtica alegría cristiana.

Sabemos, en definitiva, que una felicidad en la que espíritu y carne vayan de la mano es imposible, en sentido absoluto, en este mundo. El mismo Jesús nos dice, hablando de las Bienaventuranzas, que la verdadera dicha sólo la alcanzaremos en el Cielo. Por tanto, la alegría no contradice el mal que podamos soportar, siempre que la esperanza, verdadera virtud cristiana, empape cada dolor y sufrimiento con la convicción de que, en esa unión con la Pasión de Cristo, cumplimos la voluntad de Dios para la salvación de las almas. ¿Cabe mayor alegría?

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