Espíritu Santo, que nos haces participar de la benignidad de Dios

“¡Dad gracias a Dios, porque es bueno!” (1 Cr 16,34). La bondad es un atributo que corresponde, en primer lugar, a Dios. Se identifica con su amor y, por tanto, con lo más íntimo de su esencia. Sólo Él se da enteramente, sin reservas ni límites de tiempo. Sin embargo, desde nuestra corta perspectiva humana, solemos identificar lo bueno con los instantes de felicidad. Como no nos podemos asegurar una felicidad para siempre, la buscamos en las cosas, ambientes o personas, sin darnos cuenta de que sólo en Dios podemos prolongar hasta lo eterno esos instantes de felicidad.

La benignidad mira al bien del prójimo. Es la inclinación a ocuparse del bien de los demás, bajo la moción del Espíritu Santo. Por tanto, no podemos entender el bien desde los parámetros humanos de la mera filantropía. Lo difícil es hacer el bien con verdadera rectitud de intención, sin buscar compensaciones ni intereses propios. Comenzando en nuestro ambiente más cercano, con los amigos que saben de nuestros defectos, compañeros con los que compartimos las monotonías diarias, con aquellos que nos juzgan o que no son afines a nuestros criterios. Así de radical es el Evangelio: “Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6,35).

El mal no tiene consistencia propia; es sólo la ausencia del bien. Existe el mal allí donde no hay bien. No está en nuestras manos alcanzar, en este mundo, un bienestar material y afectivo absolutos, sino que nuestra esperanza está en Dios. Y, si todo lo creado es bueno, ¿por qué, entonces, existe el mal en el mundo? Porque aún falta lo bueno que tú has de hacer.

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