El Espíritu Santo, alma de todo apostolado

¿Cómo pretendes ver frutos en tu dedicación apostólica si prescindes del Espíritu Santo? Si quieres resucitar tu fe y tu vida mortecinas, el Espíritu Santo es alma que da vida a tus obras muertas. Si quieres curar tus cegueras, sanar las costras de tus pecados, aliviar las dolencias de tus miserias y debilidades, invoca al Espíritu Santo y verás cómo te inunda el bálsamo de su presencia. El Espíritu Santo fecunda el seno de las vírgenes. Por obra del Espíritu Santo María fue Madre de Dios. Por su maternidad virginal, María fue cauce, en su Hijo, del don universal del Espíritu. Lo materno es obra del Espíritu, adorado como Señor y dador de vida. Si quieres dar vida a otros has de invocar mucho a este Señor y Dador de vida. 

No te canses de invocar el don del Espíritu Santo a diario, en toda circunstancia, en cualquier necesidad, sobre las personas que quieres, sobre los que tienen necesidad, sobre aquellos que han caído en pecado, sobre aquellos vencidos por el desánimo, sobre los que dudan de su vocación… ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo! Y a cada invocación una gota de vida divina caerá sobre la tierra reseca y marchita de muchos corazones, también del tuyo. Tu mejor compañero de apostolado ha de ser este Espíritu consolador y dador de vida. Verás cómo, al calor de su presencia, las situaciones más difíciles y las almas más pertinaces se ablandan como la cera encendida.

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