Jueves de la octava de Pascua-El fruto de la paz

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Juan 14, 27). La paz, como fruto del Espíritu Santo, se nos ha dado desde la gratuidad del amor de Dios, y manifestado en su Hijo Jesucristo. Y la recibimos, no como la consensúan los poderes fácticos de la tierra, donde todo es medido y condicionado por intereses políticos, económicos, etc., sino desde el ara de la Cruz, donde la verdad se identifica con lo inconmensurable. En Dios no existe la vara de medir, porque su esencia no está limitada por nada; así entendemos la paz desde Dios, y la entendemos como algo connatural a su existencia, que es participada por el propio hombre, y que éste ha de corresponder, desde su interior, a la búsqueda de la auténtica armonía que se encuentra, originariamente, en el orden creado. Nunca olvidemos que cuando se pervierte la naturaleza se pierde la paz.

De lo que sí estamos seguros es que, en la explotación del hombre por el hombre (la saturación de lo íntimo hecho juicio público), es difícil encontrar la paz. Estamos hartos de las nuevas formas de laicismo anticlerical en las que se exponen, por ejemplo, las imágenes del mal sacerdote, los frustrados matrimonios, los fracasados padres de familia, o los que presumen de sus debilidades sexuales. La excusa de la curiosidad es la perfecta aliada de un corazón y una mente enfermizos que, aburridos hasta el hastío, arrugan su conciencia hasta hacerla desaparecer. Porque, los que hurgan en la intimidad de la psicología humana para desnudar sus vergüenzas, no son otros que los que, mediante el sensacionalismo, se apresuran para hablar de sinceridad y auténtico conocimiento. Sin embargo, en el agotamiento de tanto excremento que, lejos del sosiego necesario, nos hace cómplices del nuevo marketing de lo introspectivo, corremos el riesgo de compartir una misma celda, en la que, firmemente encadenados, no hay nada nuevo que aprender.

Pero la verdadera paz es posible y, más que un sentimiento de seguridad y serenidad, se nos muestra como fruto paradójico, anticipado en el Evangelio, que es la propia vida de Jesús. Sólo el que es vencido por Cristo, es decir, ganado a su nueva humanidad, mediante la fuerza del Espíritu Santo, obtendrá la paz de Dios. ¿Son duras estas palabras?… probemos con estas otras: sólo el que se deja crucificar, y carga con su cruz, consigue en su lucha contra el hombre viejo la paz originaria de una vida plena de amistad con Dios… “Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz” (Rm 8, 6).

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

 

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