La expectación nocturna de la resurrección. Domingo de resurrección

Las rúbricas litúrgicas llaman a la Vigilia pascual la “expectación nocturna de la resurrección”. Así es, en realidad, toda nuestra vida: una gran expectación, una búsqueda oscura, un caminar a tientas entre sombras de dolores y espejismos de alegrías, que preludia y dispone para la gran celebración del alba, allá, cuando lleguemos a la gran Vigilia y a la permanente pascua del cielo. La gloria que resplandece en el ser de Dios no es algo inalcanzable o irreal, y aunque se nos reserve en plenitud sólo para el cielo, la llevas ya en tu alma por la gracia.

Dios no puede crear oscuridades, porque la oscuridad es la negación de Dios. Su palabra es luz y, por eso, en el principio del tiempo crea todas las cosas en la luz, no en la oscuridad. Pero tu y yo tenemos que aprender a vivir en el claroscuro de la oscuridad y de la luz, de nuestro pecado y de la gracia, esperando esa definitiva y plena resurrección que veremos en la segunda venida de Cristo, cuando vuelva revestido ya no sólo en la carne sino también en la gloria. Allí, al final de estos tiempos, habrá un último alba que anunciará el día definitivo de la resurrección del cosmos y del hombre.

Pero hasta que apunte ese alba y brille la luz de un día definitivo y eterno, hemos de aceptar la precariedad de nuestra gloria, la pequeñez de nuestros tiempos, la sucesión imperceptible de tantas noches y oscuridades que dejan siempre en el alma gran añoranza de eternidad. Qué tenue se hace la tiniebla de esta vida y qué transparente la oscuridad de sus noches, cuando se viven con el amor vigilante y despierto que espera la vuelta gloriosa de su Dios.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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