Archivos para abril 2020

Espíritu Santo, que nos haces participar de la benignidad de Dios

“¡Dad gracias a Dios, porque es bueno!” (1 Cr 16,34). La bondad es un atributo que corresponde, en primer lugar, a Dios. Se identifica con su amor y, por tanto, con lo más íntimo de su esencia. Sólo Él se da enteramente, sin reservas ni límites de tiempo. Sin embargo, desde nuestra corta perspectiva humana, solemos identificar lo bueno con los instantes de felicidad. Como no nos podemos asegurar una felicidad para siempre, la buscamos en las cosas, ambientes o personas, sin darnos cuenta de que sólo en Dios podemos prolongar hasta lo eterno esos instantes de felicidad.

La benignidad mira al bien del prójimo. Es la inclinación a ocuparse del bien de los demás, bajo la moción del Espíritu Santo. Por tanto, no podemos entender el bien desde los parámetros humanos de la mera filantropía. Lo difícil es hacer el bien con verdadera rectitud de intención, sin buscar compensaciones ni intereses propios. Comenzando en nuestro ambiente más cercano, con los amigos que saben de nuestros defectos, compañeros con los que compartimos las monotonías diarias, con aquellos que nos juzgan o que no son afines a nuestros criterios. Así de radical es el Evangelio: “Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6,35).

El mal no tiene consistencia propia; es sólo la ausencia del bien. Existe el mal allí donde no hay bien. No está en nuestras manos alcanzar, en este mundo, un bienestar material y afectivo absolutos, sino que nuestra esperanza está en Dios. Y, si todo lo creado es bueno, ¿por qué, entonces, existe el mal en el mundo? Porque aún falta lo bueno que tú has de hacer.

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Espíritu Santo, que nos haces mansos con la mansedumbre de Cristo

Cuántos lamentos resuenan en el corazón de tantos hombres que sufren impotentes la barbarie de la injusticia. “¿Dónde está Dios?”, preguntan; “¿Dónde se esconde su justicia y bondad?”. La respuesta, que aún resulta escándalo para algunos, y necedad para otros, se encuentra junto al corazón llagado de Cristo. El Señor, desde la Cruz, abrazado a cada uno de esos hermanos suyos en el sufrimiento y en la muerte, los sigue atrayendo a los mismos clavos que lo cosen a Él. Ese rostro de Cristo, que muchos conocieron por tierras de Galilea, permaneció manso y humilde también en la Cruz. ¡Esa es la paradoja! El Cristo Inocente muestra la cara más oculta de Dios, ese rostro infinito de mansedumbre, en el que se adivina un corazón herido de amor hasta la muerte.

La mansedumbre modera nuestros arrebatos de ira y cólera. Nos ayuda a vencer el mal que se nos presenta, a alejar a los enemigos, no con combate y esfuerzo sino con la dulzura y la paciencia. Es la pacificación del orden creado con Dios, incapaz de utilizar la venganza como instrumento de la justicia. El manso vive en la docilidad obediente al plan de Dios, sin fiarse de la limitada lógica humana, sabedor de que el tiempo divino, el instante de lo eterno, introduce la verdad de Dios en los corazones de piedra. ¡Qué maravillosa la acción del Espíritu Santo! Aquellos que saborean su presencia no desprecian la Ley de Dios. Un solo destello de su gracia divina es capaz de transfigurar cualquier sufrimiento humano. ¿Probaremos, aunque sólo sea en un momento de nuestro atareado quehacer diario, el néctar de esa mansedumbre que mana del corazón abierto de Cristo, y que espera unos labios ardientes, sedientos, como pueden ser los tuyos o los míos? No quieras vencer el mal con más mal, sino con el silencio y la paz de la Cruz.

NOVEDAD EDITORIAL: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

 

Espíritu Santo, por quien recibimos el don de Consejo

“El necio tiene por recto su camino, pero el sabio escucha los consejos” (Pr 12,15). Saber y querer escuchar es una de las carencias más considerables de nuestra sociedad. Cuántas veces reducimos la convivencia y el trato con los demás a ocasiones en las que vamos buscando nuestra «tajada». Nos cuesta escuchar, porque vivimos volcados en nuestras cosas, y, cuando nos hablan, ya estamos adelantando la respuesta que más nos pueden convenir.

El don de Consejo ayuda al alma a centrar la propia vida en Dios, en primer lugar y como lo único esencial. Se refiere a la virtud de la prudencia y es una luz del Espíritu Santo que nos ayuda a considerar y elegir los medios adecuados para conseguir el fin de nuestra vida, nos orienta para saber lo que tengo que hacer en las circunstancias concretas y en los actos particulares. El don de Consejo me ayuda a aplicar de forma concreta lo que la fe, la sabiduría y la ciencia me enseñan de forma más general. He de discernir, bajo la ayuda del Espíritu, si una cosa es buena o no lo es, si lo es en esas circunstancias concretas y no en otras, si es mejor para mí que otras en orden a conseguir el fin de mi vida.

Muchos consejos no pasan de ser útiles recetas para «salir del paso», pero pueden no conducirme por caminos de salvación. Aconsejar no es dar recetas. Un buen consejo siempre es algo positivo y saludable, tanto si se da como si se recibe. El que lo da realiza una acción efectiva: ponerse en el lugar del otro, sin manipular, sin buscar el interés propio, sino que le guía la sola prudencia. El que lo recibe, lo acepta porque añade a su conocimiento un saber que le era ajeno, y le ayuda a crecer interiormente. Hace falta mucha humildad para saber aconsejar y para aceptar el consejo de otro, sobre todo si sirve al fin de nuestra vida, que es Dios.

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Espíritu Santo, que nos enseñas el don de Temor de Dios

El auténtico Temor de Dios nos sobrecoge interiormente ante la posibilidad de que la gracia del Espíritu Santo que llevamos en nuestras manos pueda caer al suelo de nuestra apatía o desidia, y romperse. Es entonces, cuando el Temor de Dios se inflama de caridad, de amor a Dios y a los hombres. Por eso, San Pablo dirá: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo” (Ef 5,21). Sólo el Espíritu Santo, a través de la gracia, nos capacita para transformar en caridad lo que el mundo entiende como sumisión y esclavitud, y nos permite transfigurar lo que otros presentan como horrible o perverso, en bueno y gratificante.

El don de Temor de Dios nos ayuda a comportarnos con respeto y veneración delante de esa majestad de Dios, que nos circunda por todas partes. Nos hace abrazar su voluntad, al mismo tiempo que buscamos rehusar todo aquello que puede apartarnos de Él. El temor a perder a Dios nos hace huir del mal y, al mismo tiempo, suscita en nosotros el gusto por las cosas de Dios. Es un temor amoroso, puro, libre de todo egoísmo e interés personal, que lleva a una caridad cada vez más plena y a vivir en una vigilancia cuidadosa, pero no escrupulosa, sobre nuestras faltas, pecados e inclinaciones desordenadas. Lo contrario, el espíritu de orgullo y de autosuficiencia, nos lleva a no aceptar ninguna medida que no nazca de mi propio yo, a consentir en el pecado sin escrúpulos de conciencia, a no dar importancia a las faltas pequeñas, a descuidarnos con desidia en todo lo que se refiere a la vida espiritual. Es la puerta para entrar por caminos de tibieza y de medianías espirituales, que ahogan en nosotros nuestra vocación de eternidad. Teme con amor a Dios, sin buscar tu propia excelencia, no sea que tu fe se convierta para ti en camino de perdición.

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El Espíritu Santo, alma de todo apostolado

¿Cómo pretendes ver frutos en tu dedicación apostólica si prescindes del Espíritu Santo? Si quieres resucitar tu fe y tu vida mortecinas, el Espíritu Santo es alma que da vida a tus obras muertas. Si quieres curar tus cegueras, sanar las costras de tus pecados, aliviar las dolencias de tus miserias y debilidades, invoca al Espíritu Santo y verás cómo te inunda el bálsamo de su presencia. El Espíritu Santo fecunda el seno de las vírgenes. Por obra del Espíritu Santo María fue Madre de Dios. Por su maternidad virginal, María fue cauce, en su Hijo, del don universal del Espíritu. Lo materno es obra del Espíritu, adorado como Señor y dador de vida. Si quieres dar vida a otros has de invocar mucho a este Señor y Dador de vida. 

No te canses de invocar el don del Espíritu Santo a diario, en toda circunstancia, en cualquier necesidad, sobre las personas que quieres, sobre los que tienen necesidad, sobre aquellos que han caído en pecado, sobre aquellos vencidos por el desánimo, sobre los que dudan de su vocación… ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo! Y a cada invocación una gota de vida divina caerá sobre la tierra reseca y marchita de muchos corazones, también del tuyo. Tu mejor compañero de apostolado ha de ser este Espíritu consolador y dador de vida. Verás cómo, al calor de su presencia, las situaciones más difíciles y las almas más pertinaces se ablandan como la cera encendida.

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Espíritu Santo, por quien conocemos a Dios

Intus legere, leer dentro. La capacidad que tiene el hombre para conocer es lo que le permite adquirir inteligencia sobre las cosas, aunque ese conocimiento siempre será parcial, pues es un ser limitado. Sin embargo, el Espíritu Santo nos ayuda a trascender esa materialidad, «leyendo» en nuestro interior, para captar realidades que nuestra naturaleza es incapaz de percibir por sí misma.

“Instrúyeme, ¡oh Yahvé!, en el camino de tus mandatos, para que del todo los cumpla. Dame entendimiento para que guarde tu Ley y la cumpla con todo el corazón” (Sal 119). Nada puede ser amado si antes no es conocido; por ello, el don de inteligencia aparece como el primero, en orden a capacitarnos para reconocer aquello que verdaderamente queremos, y así los demás dones vayan situándose en el juego de la gracia que nos proporciona el Espíritu Santo. El don de inteligencia nos posibilita descubrir y penetrar en lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo nuestro ser. Y sin despreciar lo que nos rodea, vamos de lo exterior a lo interior, y de lo visible a lo invisible. La fe queda iluminada por este don, para poder comprender con la luz del entendimiento divino, las verdades que se refieren a Dios.

Sólo el Espíritu Santo conoce la intimidad de Dios y sólo Él nos la puede dar a través de sus dones. Por eso, lo oculto que hay en Dios se manifiesta en el interior del alma, en esa búsqueda y conocimiento de la verdad asistida por la luz del Espíritu. El tiempo que hayamos perdido entretenidos en lo que se nos escapa, en lo que es fugaz y aparente, sólo es posible recuperarlo en el interior del alma, allí donde la luz del Espíritu Santo nos hace ver la claridad misma de Dios.

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Espíritu Santo, que nos sostienes con el don de Fortaleza

“No estéis tristes: la alegría de Yahvéh es vuestra fortaleza” (Ne 8,10). La fortaleza está muy vinculada a la alegría; pero no a la nuestra, sino a la que nace de Dios. ¿Cómo sonreirá Dios? El Todopoderoso, el Siempre fuerte, el Omnipotente… ¡sonríe! Resulta fascinante descubrir que los poderes fácticos del mundo suelen mostrar el lado oscuro de la amenaza, la opresión y la tiranía, mientras que Dios, auténtico Señor de la Historia, muestra el rostro de su misericordia infinita, verdadera imagen de la alegría. ¡He ahí la fuerza de la Dios!

El don de la Fortaleza nos asegura contra el temor que pueden producirnos las dificultades, los peligros, los trabajos que se nos presentan en la vida y en la entrega a Dios. Es una disposición habitual del Espíritu, que nos empuja de forma constantea realizar cosas extraordinarias, acometer empresas difíciles, soportar los trabajos más duros, sufrir lo que sea necesario, con tal de buscar sólo la gloria y el amor de Dios. El alma que no se fía de sí misma acude a esa Fortaleza de Dios, que es el Espíritu Santo, cuando se ve asaltada por tentaciones, trabajos y desolaciones que superan su ánimo.

Creemos ser más fuertes cuando tenemos más seguridades del mundo, pero, es entonces cuando más esclavos somos, no de las circunstancias, sino de nuestros caprichos. ¿Dónde radicó la fuerza de Cristo en la Cruz? En aquella petición honda y sincera al Padre: “Perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Es el Espíritu Santo el que nos adentra en la dinámica del actuar divino y, de esa manera, pase lo que pase, nada ni nadie podrá arrebatarnos la fuerza de Dios que impulsará cada una de nuestras acciones. 

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Espíritu Santo, que nos iluminas con el don de Ciencia

“Y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,9). El Génesis coloca el bien y el mal bajo la órbita de la ciencia. El don de Ciencia es una participación en la ciencia de Dios. Es una luz constante del Espíritu, que ilumina el alma, para conocer y juzgar las cosas humanas desde la óptica de Dios y de la fe. Con el don de Ciencia ayudamos al don de inteligencia a descubrir las verdades de la fe y al don de la sabiduría a poseerlas. La Ciencia del Espíritu Santo nos ayuda contra el equívoco de la seducción de las criaturas, en las que fácilmente solemos poner el corazón, atraído por el encanto fugaz del que están revestidas.

No podemos olvidar, por otra parte, que la Ciencia, aun siendo un don del Espíritu, ha de someterse al amor. Esta es, en definitiva, la única razón de la que podemos gloriarnos. Podremos adornarnos con las virtudes más excelsas y con las cualidades más extraordinarias, incluso algunos nos aplaudirán y muchos podrán alabarnos por nuestras dotes; pero, si el amor queda desplazado por nuestra vanidad o soberbia, ¿qué habremos ganado? Habremos urdido la mayor mentira jamás contada: “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy” (1 Co 13, 2).

La ignorancia y la falta de conocimiento sobre nuestro comportamiento y el de los demás nos impide vivir esa vida de caridad a la que se refiere el apóstol. Con la Ciencia del Espíritu atisbamos a Dios con esa intuición sobrenatural que adivina su sello en todo y en todos. Conocer las cosas como las conoce Dios es pedir al Espíritu la gracia de participar en su visión divina, antes de llegar a verle cara a cara en el Cielo.

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Espíritu Santo, danos el fruto de la Fidelidad

“Dios es fiel en todas sus palabras, en todas sus obras” (Sal 145). La tónica general de la historia de Dios con el hombre es su fidelidad. Nada, ni siquiera el pecado, impide a Dios llevar adelante su plan de salvación, aunque el hombre caiga, una y otra vez, en la duda, en la traición, en la desidia o en la negación. La fidelidad a Dios es un deber que ha de nacer de un profundo y delicado amor. No es cuestión de voluntarismo, ni siquiera de méritos. Es el juego del amor, que no mide la grandeza o pequeñez de los actos, ni siquiera de los deseos, sino que sólo se preocupa de amar y más amar.

“En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Jn 4,13). La fidelidad, gracias a la acción del Espíritu Santo, nos habla de permanencia. Permanecer en el amor no es, sin más, soportar con resignación, sino enamorarse de la fidelidad de Dios y corresponder con nuestra entrega concreta y constante. La fidelidad es fundamento de nuestra existencia cristiana, y garante de una conciencia que sabe actuar en cada momento, considerando qué es lo más adecuado para vivir coherentemente con lo que se ha recibido. Permanecer, en este sentido, es perpetuarse más allá de la materialidad cansina y rutinaria de las cosas. La fidelidad hace que el amor admire lo pequeño y hermoso que somos y tenemos, aunque otros no sepan reconocerlo, porque no pone el ejercicio de amar en las cosas sino en Dios mismo, y por Él mismo.

Pedimos al Espíritu Santo que la historia que nos toca vivir, la del día a día, no sea un tiempo más del calendario, sino un gran talento, la oportunidad de volcarnos, definitivamente, en manos del Dios fiel, capaz de amarnos sin que lo merezcamos.


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Espíritu Santo, Amor substancial del Padre y del Hijo

“Nadie tiene mayor amor…” (Jn 15,13). Porque amaba, el Hijo se entregó hasta derramar la última gota de su humanidad. Y el Padre, que conocía semejante donación, se complació en el amor que le fue devuelto. Cuando se trata de amar, los empeños por corresponder al amado parecen pocos, porque el amor lleva a superarse, día tras día, en detalles y muestras de cariño. Y, en ese darse cotidiano, descubrimos que la caridad que empezó un día por interrogarnos, se va transformando en un “querer queriendo”, y en un abandono, sin voluntarismos ciegos, ya para siempre, y sin obstáculos. Todo es gracia, don de Dios, fruto del Espíritu Santo, para aquel que persevera en el amor.

La Caridad es el fruto del Espíritu Santo que nos da la posesión de Dios. Es lo que más se parece al Espíritu, pues Él es el amor personal del Padre y del Hijo. Por eso, nos vamos asemejando a Dios en la medida en que vivimos la caridad, que nos infunde el Espíritu Santo. La caridad de Dios nos acerca a Él, en cuanto fuente de nuestra verdadera y duradera felicidad, ya aquí en este mundo. Es, además, fuente de paz, porque el alma que ama como Dios ama no es vencida por las turbaciones, temores, inquietudes y mil preocupaciones que encuentra a su paso por este mundo.

Examina cómo es tu caridad y sabrás cómo es la vida del Espíritu Santo en ti. Mira si actúas según la ley del miedo y del temor, o de la ley del amor. La clave de tu santidad está en tu vida de caridad, que no consigues a base de puños y buenos propósitos nunca cumplidos. Pídele al Espíritu su plenitud, para que su caridad, el amor de Dios, inspire, sostenga y acompañe todas tus acciones. Verás, entonces, que llegarás al amor extremo que se nos reveló en la entrega de la Cruz.

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