Archivos para 20 marzo, 2020

El fruto de la modestia

El pudor es la reserva de lo que nos es más íntimo y que conforma, propiamente, nuestra personalidad… lo más nuestro. Por eso, en la modestia nos examinamos acerca de aquello que nos conviene, conforme a nuestra naturaleza, sirviendo verdaderamente de provecho en nuestro actuar original. De esta manera, la jactancia se encuentra lejos de la persona modesta. Sólo en el reconocimiento de que lo que tenemos es “prestado”, podemos reconocer que Dios interviene en nuestras cualidades y virtudes.

Cristo, con sus obras y palabras, quiere darnos a conocer hasta dónde es capaz de llegar la humillación de Dios; sin embargo, el corazón del hombre, en tantas ocasiones, se comporta como la dureza de la piedra, y por ello es incapaz de reconocer la presencia del Unigénito en el mundo de una manera tan “disparatada”… “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2,8).

La modestia nos pone a la altura de las circunstancias (frente a Dios y frente al mundo). Cuando hablamos de regular, normalizar, moderar, etc., parece que estamos levantando muros a la libertad de la persona o, más bien, encadenando sus inclinaciones. Pero, si somos conscientes, todo hombre necesita conocer el alcance de sus acciones para que, todo aquello que pone en juego, sea un verdadero perfeccionamiento de sí mismo, y no un atropello de despropósitos. La madurez humana (que es lo que está en el trasfondo de la modestia), es la manera de llevar a cabo el desarrollo integral de la persona (trabajo, educación, familia, sinceridad, obligaciones de estado…).

En definitiva, Dios necesita de lo que somos (no de lo que tenemos) para manifestarse tal cual es; y esto, sólo es posible desde la honradez y rectitud de nuestras acciones, consecuencias de la modestia, que es la señal por la que estamos conformados a nuestra propia naturaleza humana. Entonces -y sólo entonces-, seremos ya revestidos de la gracia del Espíritu Santo.

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