Archivos para marzo 2020

La mota de polvo y la viga

Mucho tiempo pasó el Señor conviviendo íntimamente con aquellos rudos y toscos apóstoles y, sin embargo, nunca salió de su boca una mínima palabra de crítica, reproche o murmuración sobre sus evidentes defectos, faltas y limitaciones. Tampoco dejó de amarles porque tuvieran esos defectos, aunque sí se preocupó de corregirles con la delicadeza y paciencia de un Dios que vivió entre los suyos enamorado de la pobre condición humana. Aquel que era perfecto, como el Padre de los cielos, nunca pronunció una palabra de amargura o de reproche contra aquellos que estaban clavándole en la cruz. Aquel que no tenía viga alguna en sus ojos sabía ver con la mirada limpia del amor las innumerables motas de polvo que empañaban el alma de sus apóstoles y discípulos.

Impresiona este silencio del Señor, cargado de caridad y ternura, ante la fragilidad y miseria de una condición humana tan herida por el pecado. Ese corazón empecatado es el que, a ti y a mi, nos hace aumentar y agrandar la mota del ojo ajeno en proporción a la medida de nuestra soberbia. Tendemos a disimular, ocultar y hasta negar nuestros defectos, a excusar y justificar con buenos motivos nuestros pecados, a criticar y proyectar en otros lo que, en realidad, son defectos e imperfecciones propias, a exigir en los demás una perfección de carácter o de comportamiento que nosotros no estamos dispuestos a vivir, a hablar mal y a juzgar superficialmente situaciones que nos contrarían o personas que no se han plegado a mis intereses egoístas, a murmurar de forma atolondrada y precipitada contra aquellos que nos han corregido.

Tan fácil es hacer daño a otros y obrar el mal con nuestra lengua como difícil reparar el efecto que ha podido tener nuestra mala palabra. La calidad espiritual de tu alma se mide, y mucho, por esa finura en el hablar que sabe cubrir de silencio magnánimo tantas vigas propias y motas ajenas.

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Los cambios de planes

¡Cuántas veces nos quejamos de lo desconcertante que es el Señor! Cuántas situaciones humanamente absurdas o incomprensibles hemos de vivir con la certeza de que en ellas estamos haciendo la voluntad de Dios. Cuántos cambios de planes, porque las circunstancias nos obligan contra nuestro deseo, parecer y voluntad, en los que nuestra poca fe no es capaz de atisbar la acción misteriosa y providente de Dios. Cuántas pataletas y rabietas inútiles cuando las cosas no salen según nuestro criterio o según lo que habíamos planeado y como lo habíamos planeado. Se nos olvida fácilmente que, por encima de nuestros planes, que suelen moverse muy a ras de suelo, planean en la altura los planes de Dios. Es más, sólo existe un plan, el de Dios, al que nosotros deberíamos acomodar constantemente todos nuestros planes, proyectos y decisiones.

Descubrir ese proyecto de Dios sobre mi vida y vivir de acuerdo con él debería ser nuestra mayor ambición, si queremos aprovechar a fondo este poco de vida que Dios nos concede. No esperes a que Dios cambie tus planes. Adelántate tu a cambiarlos, para que tu vida sea realmente un constante buscar sólo y siempre la voluntad de Dios. No quieras tu que sea Dios quien se acomode a tus planes y criterios.

Piensa cuántos cambios de planes se sucedieron en la vida de José, en la de María, en la de los apóstoles, en la de tantos enfermos que se acercaron a Jesús, en aquellas mujeres que dejaron todo para acompañar al Maestro, en la de tantos que, hasta que se encontraron con el Señor, vivían anodinamente, sin complicarse la vida. El Señor siempre tuvo un único plan, el del Padre, el mismo que aceptó contra su voluntad en Getsemaní y que llevó a su cumplimiento en la cruz. 

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“Llamó a los que quiso” (Mc 3,13)

Dios llama a todos, porque su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Llama sin condiciones, gratuitamente, porque quiere y como quiere, sin pedir el curriculum vitae. No estás entre los suyos por tus méritos y cualidades, por tu valía personal, por tu forma de ser, por tu cualificación profesional. No estás aquí por lo que haces o vales. Nada de eso cuenta para Dios cuando se trata de elegir y llamar no según los criterios del mundo sino según sus planes y su voluntad.

No te refugies en tus defectos de carácter, en tus rarezas, en tus ocupaciones, en tu poca formación, en tu fe débil y vacilante, en tantas y tantas excusas con las que justificamos nuestra omisiones y nuestra pereza para la entrega apostólica. Pregúntate, más bien, hasta qué punto has tomado conciencia de que Dios te llama y cuenta contigo, y cómo es la respuesta de tu vida.

No pienses que eso de ser apóstoles es para otros que están hechos de una pasta especial, que tienen todo el tiempo del mundo para dedicarse a ello o que reciben de Dios gracias extraordinarias para ello que a ti, en cambio, no te da. No habiendo entre los Doce ningún apóstol completamente perfecto y dotado de todo lo que se necesita para ser apóstol, el Señor, sin embargo, contó con todos: con el que le negó tres veces, con el que le traicionó, con el que tenía fama de impostor y corrupto por recaudar impuestos, con los que sólo pensaban en hacer carrera y buscar el puesto a la derecha o a la izquierda.

La llamada de Dios no es para otros, para los demás; es para ti. Ni la edad, ni las condiciones de salud, ni el trabajo, ni el estado de vida, ni las circunstancias familiares, ni tus defectos de carácter o tus limitaciones de cualquier tipo han de ser obstáculo o excusa para tu vida de oración, tu apostolado o tu entrega a Dios.

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“¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” (1 Co 6,19)

San Pablo, en muchas de sus cartas, se comporta duramente ante sus interlocutores. En lo que se refiere a la Ley de Dios no anda con chiquitas. Ahora que somos prisioneros de una sociedad “políticamente correcta”, puede chirriar a nuestros oídos que el apóstol de los gentiles afirme categóricamente: “Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios”.

¿Será que san Pablo era hijo de su tiempo y, por tanto, desconocía que todas esas sentencias habrían de revisarse posteriormente, ya que la moral del ser humano evoluciona? No nos engañemos, la verdad no evoluciona, está insita en el corazón del hombre desde la creación del mundo. Otra cosa distinta es nuestra condición pecadora, que puede perturbar ese conocimiento de la verdad sin fisuras.

No vamos a entrar en consideraciones sociológicas, políticas o de consenso. Si hay una institución que tiene experiencia de misericordia y perdón no es otra que la Iglesia. Lo único que nos recuerda, junto a san Pablo, es que somos “templos del Espíritu Santo”, es decir, ¿en qué condiciones ha de estar nuestra alma para que Dios inhabite en ella?… Sólo tú tienes la respuesta.

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Gustar del silencio

Un pez fuera del agua se mueve y se agita con virulencia y, sin embargo, se está ahogando por falta de oxígeno. El activismo nos proporciona una ficticia impresión de seguridad y de eficacia que, muchas veces, termina mezclándose con buenas dosis de engreimiento propio y de vanidad. Elías, en el monte Horeb, sólo contempló al Señor al paso de la brisa tenue y suave, porque en el viento huracanado, en el fuego, en el temblor de la tierra, no estaba el Señor. Jesucristo hablaba con el Padre en el silencio de muchas noches de oración. Los grandes acontecimientos de la Historia de la salvación suelen realizarse en el silencio y escondimiento.

Gustar el silencio es gustar de Dios. Hacer silencio en el alma es hacer presente en ella a Dios. Porque el lenguaje de Dios es sonoro sólo en el silencio. Es amor callado. Es misericordia silente. Es omnipotencia silenciosa. Es Dios imperceptible. Mira si en medio de tu activismo logras conservar el tesoro del silencio en tu alma y escuchar allí los toques silenciosos del amor de Dios. Cuántas prisas, agobios, tensiones, trabajos, incertidumbres o problemas, dejarían de ser tales si lográramos vivir cada jornada con el eco de un silencio lleno de Dios dentro del alma. Alimenta cada día ese gusto por el silencio cuidando fielmente tu tiempo de oración. Busca tiempos largos y pausados para hacer silencio dentro de ti y dejar que hable allí el Espíritu Santo. Porque el silencio es la voz del Espíritu. Y no dejes que las mil tareas del día a día te distraigan y ahoguen en ti ese esfuerzo, imperceptible a los ojos de muchos, por custodiar en tu interior la presencia silenciosa de Dios. 

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“Y la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14)

El tema de la “carne” es uno de los más debatidos a lo largo de la historia de la humanidad. Han existido diversas posturas filosóficas, ideológicas o prácticas. Desde aquellos que veían en la carne una cárcel para el espíritu, hasta los que la han exaltado hasta convertirla en un ídolo con el que alcanzar bienestar, placer, satisfacción, etc.

También en la historia de la Iglesia se han formulado pensamientos y actitudes dispares. Unos han apelado a la apariencia carnal de Jesucristo, pues lo único real era su espíritu. Otros han llegado a reducir a Cristo a lo estrictamente humano, olvidando su condición divina. Entre una y otra postura, todo tipo de interpretaciones.

Lo admirable del Evangelio es la sencillez con que Dios se da a conocer en el mundo. Dios hecho carne, la persona del Verbo, el hijo de Dios, se hace uno de nosotros para experimentar en la humildad de esa carne la gloria del Todopoderoso. Sin embargo, no se reserva nada, se nos da enteramente, para que también en nuestra propia carne seamos partícipes de esa intimidad divina. Ese “habitar entre nosotros” no es un añadido más, sino que es el reconocimiento de que nuestra carne forma parte de lo más digno que hay en el ser humano, es decir, también en ella estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Siendo Él puro espíritu, la Palabra se hizo carne y nos elevó a ese orden sobrenatural… Por toda la eternidad.

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Orar para ser eficaces

Rezamos poco y mal. Se nos contagia fácilmente ese virus –muy propio de la mentalidad del mundo– que apoya la palanca de su eficacia tan sólo en los medios humanos, en nuestros cálculos y planes, en las propias cualidades y talentos, en las estrategias políticas, en el atractivo influjo del dinero o en el poder que conlleva ostentar un cargo o un título. Se nos olvida a menudo esa otra eficacia, aparentemente más lenta pero más segura y fecunda, de quien se fía sobre todo del tiempo de Dios, de su hacer sosegado y misterioso, de su manera –a veces tan incomprensible– de solucionar las cosas.

Nos cuesta fiarnos de esa otra eficacia sobrenatural, propia de la providencia, que con aparentes carambolas y casualidades resuelve en un segundo entuertos y situaciones ante las que sólo quedaba ya el dolor de sentir la propia impotencia. Deberíamos cambiar esa costumbre de rezar sólo –o sobre todo– cuando arrecian los problemas y sufrimientos, por esa otra de orar continuamente y, por tanto, también en las dificultades. Orar sin desfallecer, orar siempre y en todas las circunstancias, orar con todos los medios, orar con la boca, con el corazón y con la cabeza, para que cuando vengan las tempestades la barquilla de nuestra fe pueda resistir los embates del viento y del furioso oleaje.

La oración del corazón lleva a amar a Dios sobre todas las cosas, también sobre esas que no entendemos, que nos hacen sufrir, que no podemos resolver, que nos superan. La oración de la inteligencia lleva a inclinar nuestros razonamientos, nuestra forma de ver las cosas, los absurdos que no entendemos, en actitud de adoración y de acatamiento ante esa insondable sabiduría de Dios que todo lo conoce y penetra buscando nuestro mayor bien. Si quieres ser realmente eficaz hunde tu azada en la tierra y trabaja; pero hunde también esa otra azada de tu oración en el corazón de Dios y deja que El trabaje contigo. 

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“La medida que uséis” (Mc 4,24)

Cuánto nos cuesta liberarnos del “ojo por ojo y diente por diente”. La teoría sobre el perdón cristiano nos la sabemos bien, pero, a la hora de la verdad, entendemos ese perdón con esquemas demasiado humanos y justicieros. Nos cuesta olvidar las ofensas y volver a mirar al que nos ha hecho mal como si nada hubiera pasado. Nos cuesta perdonar porque, en el fondo, pasar por alto esa injusticia nos hace creer que somos los tontos y los débiles según el mundo. Los malos siempre son los demás; nosotros, en cambio, solemos ponernos siempre en el puesto de las víctimas e inocentes.

El perdón específicamente cristiano no es ingenuidad y simpleza sino magnanimidad de alma para acoger tus miserias y las de los demás con la misericordia misma de Dios, no con la misericordia que suelen usar los hombres. Tu medida con los demás ha de ser grande, muy grande, la misma que usa Dios contigo, la misma que usó Cristo en la cruz. Y no siete veces, sino setenta veces siete, es decir, siempre. Usa tú la medida de la misericordia de Cristo con todos, porque esa misma medida es la que usa y usará el Señor contigo. Si no te atreves a perdonar según la medida de Cristo es que poco has entendido de la Cruz.

No te canses de ensanchar el alma, cada vez más, porque ahí reside la fuerza de tu testimonio cristiano. No te canses de contemplar el silencio de Cristo en su pasión, si quieres llegar a gustar esa paz de alma de quien vence las incomprensiones, críticas, injusticias, ofensas y menosprecios con el amor apasionado a Cristo. 

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La higuera estéril

Si la higuera está sana y verdea, suele hacerse un árbol frondoso en ramas y en hojas, muy atractiva en sus frutos, dulces y abundantes, y muy apreciada por su sombra cuando el sol arrecia. Fácil es encontrarla colmada de pájaros que vienen a posarse en su ramaje, buscando alguna breva que picotear. Quizá fuera así aquella higuera del Evangelio a la que Jesús se acercó buscando algo de comer pero no encontró en ella más que hojas. Cuánta cristianos te encontrarás así, con una apariencia frondosa, verdeante y llamativa pero seca de savia interior, a cuya sombra cobijan ambiciosos la aprobación y adulación de los demás, la buena fama, la mera imagen, el reconocimiento de todos.

Evita la superficialidad, la ligereza, el apresuramiento, lo ostentoso, aunque pienses que con ello podrías triunfar a tu alrededor, dentro y fuera de la Iglesia. Huye también de un cristianismo que florece sólo en las hojas del activismo o que cumple protocolariamente los mínimos necesarios para no rozar el pecado, pero que no tiene verdaderos frutos, porque no se alimenta de una savia interior rica y fecunda. Tus raíces han de ser profundas y muy escondidas, muy hundidas en la hondura de tu oración, alimentadas con esa práctica de tantas virtudes que tu alma necesita para fructificar en frutos abundantes y sabrosos. Que no le suceda a tu fe superficial y aparente lo que a aquella higuera del Evangelio, incapaz de saciar el hambre del Señor, porque no tenía frutos, y estéril, muy estéril, a pesar de sus hojas atractivas y abundantes. Ahonda tus raíces, sobre todo, en esa fidelidad diaria al Señor, muy escondida y a veces monótona, pero casi siempre oculta a los ojos de muchos, y experimentarás la belleza inagotable de esa vida que encierra en sí el grano de trigo oculto en la tierra.   

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El fruto de la modestia

El pudor es la reserva de lo que nos es más íntimo y que conforma, propiamente, nuestra personalidad… lo más nuestro. Por eso, en la modestia nos examinamos acerca de aquello que nos conviene, conforme a nuestra naturaleza, sirviendo verdaderamente de provecho en nuestro actuar original. De esta manera, la jactancia se encuentra lejos de la persona modesta. Sólo en el reconocimiento de que lo que tenemos es “prestado”, podemos reconocer que Dios interviene en nuestras cualidades y virtudes.

Cristo, con sus obras y palabras, quiere darnos a conocer hasta dónde es capaz de llegar la humillación de Dios; sin embargo, el corazón del hombre, en tantas ocasiones, se comporta como la dureza de la piedra, y por ello es incapaz de reconocer la presencia del Unigénito en el mundo de una manera tan “disparatada”… “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filipenses 2,8).

La modestia nos pone a la altura de las circunstancias (frente a Dios y frente al mundo). Cuando hablamos de regular, normalizar, moderar, etc., parece que estamos levantando muros a la libertad de la persona o, más bien, encadenando sus inclinaciones. Pero, si somos conscientes, todo hombre necesita conocer el alcance de sus acciones para que, todo aquello que pone en juego, sea un verdadero perfeccionamiento de sí mismo, y no un atropello de despropósitos. La madurez humana (que es lo que está en el trasfondo de la modestia), es la manera de llevar a cabo el desarrollo integral de la persona (trabajo, educación, familia, sinceridad, obligaciones de estado…).

En definitiva, Dios necesita de lo que somos (no de lo que tenemos) para manifestarse tal cual es; y esto, sólo es posible desde la honradez y rectitud de nuestras acciones, consecuencias de la modestia, que es la señal por la que estamos conformados a nuestra propia naturaleza humana. Entonces -y sólo entonces-, seremos ya revestidos de la gracia del Espíritu Santo.

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