Archivos para 26 febrero, 2020

El termómetro de la fe

“La fe es confiar en lo que no se ve”. Dicho así, parecería que sólo unos memos, unos ingenuos, podrían creer. A lo anterior habría que añadir: “eso que no se ve, se nos ha dicho a través de alguien que nos merece toda la autoridad”.

La fe, por tanto, se mide por nuestro “ver” a Cristo como Salvador, que nos ha revelado, mediante el ejercicio de su autoridad divina, su intimidad con el Padre y con el Espíritu Santo. Perder de vista semejante acontecimiento, lo que Jesús dijo de sí mismo y de su divinidad, es ir a lo nuestro, es decir, caer en la rutina y, en definitiva, olvidarnos de la finalidad a la que estamos llamados: participar de la misma intimidad de Dios.

La finalidad última de nuestro ser criatura tiene su origen y su fin en Dios. Y, desde ahí, nuestra vida de fe adquiere un sentido verdaderamente peculiar. No andamos a tientas. Nuestro alimento es el mismo Dios, el Hijo hecho carne, que se nos da gratuitamente para que nuestra fe se robustezca.

¡Qué gran invento el de la Iglesia! Gracias a ella, Dios encuentra la mediación adecuada para que se nos garantice, hasta el fin de los tiempos, el no vivir en el desamparo o en la ceguera espiritual. La Iglesia, de esta manera, es el gran termómetro de nuestra fe, porque vemos a través de ella los grandes misterios de nuestra salvación, y en ella nos movemos, garantizándonos que nunca estaremos huérfanos. Cristo, Esposo de la Iglesia, la asiste permanentemente gracias a la donación del Espíritu Santo, que es el que nos hace recobrar la esperanza cada vez que somos presa de nuestra debilidad.

La fe, por tanto, nos hace fuertes, porque nuestra confianza está puesta en Aquel que nos ha dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”… Y estas palabras permanecen en la memoria de la Iglesia, que a pesar de contener tantos pecados, los tuyos y los míos, es también Iglesia santa, porque nos confirma su amor virginal en esa fidelidad a Cristo hasta el fin de los siglos.

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Miércoles de ceniza. Recuerda que eres polvo

En el Génesis, el barro con que Yahvé modeló al primer Adán es imagen que habla de nuestra condición creatural, material, finita y limitada. El barro, por ser materia, no puede darse la vida a sí mismo sino que la recibe de Dios. Y, así como tenemos un origen, tendremos también un final, pues no hay nada material que pueda, por sí mismo, ser eterno en el tiempo. Pero el barro del primer hombre del Génesis recibió con el soplo de Dios ese algo de divino que nos asemeja a nuestro Creador.

La liturgia del miércoles de ceniza, al inicio de la Cuaresma, nos recuerda que, además de ser barro a imagen de Dios, somos también barro de pecado. Aquel polvo con que Yahvé modeló al Adán del principio fue tomado de una tierra virgen y era sólo polvo de gracia, pues no había en el hombre pecado original.

Tú y yo somos ahora polvo de gracia y de pecado, pero llamados a ser polvo de gloria. La cuaresma nos recuerda aquel principio del hombre creado en gracia y, al mismo tiempo, nos recuerda también ese final de nuestro tiempo y de la historia, en el que nuestra carne resucitará para siempre transformada en barro de gloria. Mientras tanto, caminamos entre las luces y sombras de un corazón que se debate continuamente entre dos fuerzas desiguales: la gracia y el pecado.

Recuerda que fuiste hecho con la fragilidad de un barro y polvo que el Señor sacó de la nada, pero con la capacidad de albergar en ti la infinitud del amor de Dios. No dejarás de ser barro y polvo traspasado de gracia y de pecado, aunque el mundo te diga otra cosa. Toda tu grandeza está es saberte continuamente modelado por ese amor de Dios que traspasa cada uno de los minutos de tu existencia. 

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