Archivos para diciembre 2019

Un año más y un año menos

Un año que acaba es un año más que hemos vivido y un año menos que nos queda para entrar en la eternidad. Celebramos el tiempo que pasa pero nos olvidamos de celebrar la eternidad que se acerca. Nuestro tiempo tiene la misteriosa peculiaridad de ser un continuo ayer. Existe sólo en ese fugaz instante presente que, mientras lo vivimos, se nos va escapando inexorablemente hacia la nada y el recuerdo. Pero el tiempo de Dios, en el que toda mi vida es un inexplicable ahora, me espera inconmovible más allá de los límites temporales de esta breve y estrecha vida.

Esta vida es demasiado corta y limitada como para que explique por sí sola el sentido de nuestra existencia. ¿Cómo podemos vivir ahogando en los límites de unos pocos años que dura nuestra vida los deseos de infinito que anidan en lo más profundo de nuestro corazón? ¿No ves que tu alma sueña cada día por poseer y gustar lo infinito y lo que no pasa? ¿No ves que, al final, los pocos o muchos años que dura tu vida dejan un poso de insaciable añoranza de algo que no sea tan efímero y pasajero?

El tiempo, mi tiempo, camina imparable hacia el Dios de la eternidad. No dejes que los instantes de tu vida sean momentos de tiempo vacío. Llena tu tiempo y tu vida de esa eternidad de Dios desde la que cobran verdadero relieve y sentido todas las cosas. ¿Qué es un puñado de tiempo al lado de la inmensa eternidad que nos espera? Y, sin embargo, en ese poco de tiempo, en cada uno de los instantes del día, te juegas toda una eternidad. Aviva tu esperanza y tu deseo del cielo, porque Dios fuiste creado. No entierres en vano el talento de esta vida pues tu amo te lo entregó para que diera frutos de vida eterna.  

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“Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”

Son muchos los deseos que querríamos cumplir en esta vida: viajes, proyectos, personas por conocer… toda una retahíla de experiencias que justifiquen nuestras ganas de vivir, y nos permitan avanzar en la denominada sabiduría del mundo para dar sentido a nuestra existencia. Sin embargo, es también cierto que a pesar de las muchas cosas conocidas, por mucha experiencia adquirida, siempre hay algo que ansía nuestro corazón y que nunca somos capaces de darle en plenitud… ¿qué nos falta para ser plenamente felices? Los Evangelios nos hablan de un anciano, Simeón, que deseaba conocer al Mesías antes de morir. En la fiesta de la Purificación, María y José, junto con el Niño, fueron al Templo para cumplir con lo mandando por la Ley. Simeón cogió a Jesús entre sus brazos, y bendijo a Dios: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador…”. Continúa diciendo el evangelista que los padres de Jesús estaban admirados de lo que se decía de Él.

¿Qué diríamos tú y yo si tuviéramos en nuestras manos al mismo Hijo de Dios, si supiéramos que delante de nosotros se encontraba la misma salvación del mundo… mi propia salvación? La Navidad es una nueva oportunidad para volver a lo mejor de nosotros mismos, es decir, para redescubrir hasta qué punto Dios es capaz de darse a cada uno. Cada vez que acudo a la Eucaristía recibo a ese mismo Niño que Simeón sostuvo en sus brazos. Sí, tan humano como tú y como yo, y que gracias al poder de su divinidad se nos da como alimento cada vez que lo comemos. Ese privilegio no se puede comparar con nada de lo que desearíamos conocer en este mundo, porque Él es el Señor del tiempo y de la historia, la misma que hoy, en este momento, estamos viviendo. La única diferencia es que cuando nuestros ojos miran en el interior del alma al que es capaz de dar el verdadero y único sentido a nuestra existencia, descubrimos que ya nada más tiene importancia… y podemos decirle al Señor: “Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”.

Pon tu corazón en manos de ese Niño, abrazándolo con ternura. Junto a María y José, te admirarás de los prodigios que realiza a través tuya… porque sólo te fías de Él.

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