Archivos para noviembre 2019

“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? (Mc 4,35ss)

Aquel día, al atardecer, los apóstoles, una vez más, se dispusieron a atravesar el lago para llegar a la otra orilla. Nadie sospechaba que una espectacular tormenta iba a sorprenderles lejos de la orilla y bien entrados en alta mar. A pesar de la agitación, de las voces de los marineros, de los tumbos que daba la barca entre las olas encrespadas, del afán por mantenerse a flote, de los trabajos por achicar el agua de la barca, el Señor lograba dormir, allá, en la popa del barco, recostado serenamente sobre una especie de almohadón.

El enfado de los apóstoles debió ser mayúsculo, más que por el aprieto de la situación por ver que el Maestro seguía dormido y, aparentemente, sin preocuparse lo más mínimo por las dificultades de los apóstoles y por el peligro de naufragar. Sólo cuando el susto y el enfado se hicieron insoportables, los apóstoles despertaron al Maestro reprochándole su inacción y su desinterés. Le habían visto hacer tantos milagros, en situaciones aparentemente menos urgentes, que no podían entender cómo a ellos, a los suyos, no les sacaba de aquel apuro. Debió desconcertarles la calma y la serena autoridad con que el Señor increpó a los vientos e hizo calmar las aguas. Y debió desconcertarles aún más el reproche que salió de sus labios: ¡hombres de poca fe! ¿por qué tenéis miedo?

El Señor no reprochó a aquellos expertos marineros sus enfados o su torpe pericia para salvarse de aquella tormenta. Tampoco les ahorró los trabajos y fatigas con los que intentaban salvar la barca del naufragio. Sólo cuándo los apóstoles dejaron de confiar sólo en sus propias fuerzas y recursos el Señor pudo hacer un milagro portentoso. No fue el sueño y la inacción del Señor lo que les condujo a una situación límite; fueron los apóstoles los que, fiados de sí mismos, llegaron ellos solos a una situación límite, en la que no les quedó más remedio que rendirse y doblegar su autosuficiencia ante la omnipotencia de Dios. Cuándo comprenderemos que es nuestra orgullosa autosuficiencia y nuestra ceguera para ver al Señor dentro de nuestra barca lo que retrasa y dificulta el poder y la acción de Dios.  

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El Adviento

Preparar la llegada de Cristo al mundo necesita de un tiempo necesario para predisponer nuestro interior a semejante misterio. El adviento viene revestido de esperanza, además de una cierta actitud de tensión espiritual: el color morado con el que el sacerdote se reviste en la celebración de la Eucaristía, es signo de penitencia, austeridad y discreción… Son los mismos instrumentos que utilizó Dios para hacerse carne. Lo que denominamos el anonadamiento divino, no es otra cosa sino la contemplación del misterio de Dios, que deja de ser tal, para que tú y yo podamos experimentar en nuestra propia carne la gloria de Aquel que se ha hecho de nuestra misma condición.

El adviento es ir también de la mano de María. La Virgen, durante este tiempo, lleva en su seno a Aquel que resuelve el misterio de Dios y mi propio misterio. Ella, con sencillez, me invita a descomplicar mi existencia para responder a la llamada de Dios sin miedo, sino con la esperanza puesta en el milagro de Belén: todo el poder de Dios hecho niño, asequible a mi entendimiento y a mi voluntad.

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“Fuiste fiel en lo poco” (Mt 25,21)

El Evangelio está cuajado de día a día: el día a día de María, el de José, el de los apóstoles, el de las multitudes que le seguían, el de los fariseos, y, sobre todo, el día a día del mismo Señor que para muchos de su época y entorno pasó asombrosamente inadvertido. El sucederse de los días era para el Señor un sucederse ininterrumpido de fidelidades a la voluntad de su Padre. Y así, cumpliendo aquello que sólo el Padre conocía, iba El realizando la obra de la redención de los hombres.

Tu pequeña fidelidad diaria es la ocasión concreta que el Señor te ofrece para corredimir con El y asociarte a la grandiosa obra de su Cruz. Fidelidad a tus deberes de estado, en las responsabilidades propias de tu profesión, en eso que no entiendes o no te apetece, en eso que tanto te cuesta, en ese pequeña renuncia o vencimiento, en ese acto interior que sólo Dios llega a saber. Fidelidad, sobre todo, al Señor, en los pequeños compromisos diarios que sostienen y alimentan tu vida cristiana. Pero no se trata sólo de la fidelidad que nace de un mero deber de justicia para con Dios y que puede instalarte en el cumplimiento de un cristianismo de mínimos. Es, sobre todo, esa fidelidad, quizá monótona y muy escondida, que quiere ser expresión de una finura y delicadeza de amor únicas para con Aquel que se te da todo. La mayor y más fecunda fidelidad de Dios está en la cruz; ahí también debe estar la tuya. En esa fidelidad pequeña de tu día a día, sostenida por la gracia, tu alma se hace grande, a la medida de ese Cristo crucificado que selló su fidelidad con un corazón traspasado por ti.

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El cántaro olvidado

Aquella mujer samaritana, como otros días, cogió su cántaro para ir a buscar agua al pozo de Siquem. Escogió, como otras veces, el momento del día en que, con toda seguridad, no se encontraría con las vecinas. Evitaba así toparse con la mirada acusadora de quienes comentaban de boca en boca su desordenada vida, llena de escándalo y de pecado. Era el momento del día en que apretaba más el calor, pero se agarraba fuertemente a aquel cántaro con el que todos los días saciaba un poco la sed de sus mediodías. Así llevaba también el corazón: ardiente, vacío, deseoso de encontrar un poco de amor que saciara la tremenda sed de su alma. Y, aunque todos los días intentaba llenar su corazón de barro con el agua de su pecado, siempre acababa vacío, como aquel cántaro que tanto sabía de sed, de soledades, de ardores y desencantos.

Aquel día, a pesar de los escandalizados discípulos, la sed de su pecado se encontró por fin con el amor infinito de Dios. Ella misma se convirtió en agua que corría por las calles anunciando que el Señor estaba entre ellos. Aquel día muchos samaritanos creyeron en El y hasta le rogaron que se quedara con ellos unos días. La mujer dejó atrás su pasado. Y allí, junto al brocal del pozo de Siquem, dejó olvidado el cántaro de sus pecados, tan vacío como siempre y ya sin valor. ¿Tendremos tu y yo la valentía de esta mujer? ¿Por qué te empeñas en saciar la sed de tu alma con ese pequeño cántaro de cada día que vas llenando de vanidades, de orgullos, de egoísmos, de comodidades, de omisiones, de excusas y justificaciones? ¿Cuántos rodeos darás hasta que te entregues de verdad al Señor y decidas acercar tu boca sedienta al agua de su intimidad? No te canses, en tu oración diaria, de acercar tu cántaro una y otra vez a este manantial de vida que es el amor infinito de Dios. 

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El dedo y la arena

Hay que ponerse en la situación de aquella mujer sorprendida en adulterio para captar algo de lo que supuso para ella sentirse perdonada de aquella manera. Los fariseos la condujeron ante Jesús, entre empujones, bromas y sarcasmos, y la dejaron allí en medio, postrada en la arena y hundida por la vergüenza y la humillación. En realidad, estaban utilizando su pecado para alardear de esa autoridad postiza que todos les reconocían y esconder detrás de ella un pecado aún mayor. Y el Señor, una vez más, calla. Era el único que podía acusar con autoridad y, sin embargo, une su silencio al de aquella mujer aplastada por su pecado y por la hipocresía de los demás.

Sólo su dedo habló, escribiendo en la arena. Ese dedo de Dios había creado los cielos y la tierra. Con ese dedo modeló Dios al ser humano que ahora se volvía contra Él y alardeaba ante su dueño de ser una pobre criatura. Y aquel dedo de Dios tocó la arena, aquella en la que yacía el pecado de la mujer, para mostrar en el perdón y la misericordia un poder divino aún mayor. Aquella arena tocada por la mano de Dios salió perdonada mientras que el barro orgulloso de los acusadores huyó abochornado con su propio pecado. Nunca juzgues ni acuses a otros cuando tu mismo yaces postrado en esa misma arena de pecado. No te dejes arrastrar tampoco por las críticas y juicios ajenos ni te creas las adulaciones de otros que pretenden enredarte y hacerte cómplice de su propio pecado. Detrás de tu dedo acusador escondes siempre la justificación de tus propias faltas y pecados. Ponte siempre del lado del perdón y la misericordia, porque la medida que uses tu con otros la usarán contigo.

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La fe de los silenciosos

Hay en el Evangelio muchos personajes que pasan desapercibidos por su aparente insignificancia. Aquel desconocido muchacho, perdido entre la multitud, que llevaba en su zurrón cinco panes y dos peces, ese poco que el Señor necesitaba en ese momento para hacer el portentoso signo de la multiplicación de los panes. Aquel hombre cargado con su cántaro de agua, que los discípulos encontraron a la entrada de Jerusalén y que les llevó hasta el dueño del Cenáculo donde había de celebrarse la Última Cena. Los niños que, jugueteando con alboroto por allí cerca, fueron puestos como modelo y ejemplo ante la mirada atónita y sorprendida de sus discípulos. Los amigos del paralítico que, por conseguir su curación, fueron capaces de subirle al tejado, hacer un boquete y descolgarlo con esfuerzo, ante la espectacular sorpresa de tantos fariseos y maestros de la Ley que escuchaban al Señor. Los cambistas y vendedores de palomas que, como todos los días, intentaban hacer su pequeño negocio con el turismo religioso del Templo. Las mujeres que acompañaron con sus lágrimas y lamentos el camino de Jesús hacia el Calvario. El hortelano a quien María Magdalena echó la culpa de que se hubieran llevado del sepulcro al Señor. Las multitudes aún más anónimas que siguieron al Señor y de las que el Evangelio no ha recogido detalle alguno.

La Iglesia, como el Evangelio, se apoya en esas entregas ocultas y escondidas, incontables, que sólo la mirada del Padre conoce. Cuánta contemplación callada, cuanto escondimiento hay detrás de los milagros de Jesús, de sus predicaciones, de su pasión, de su Cruz. Cuánta fecundidad apostólica tiene esa fe silenciosa que acompaña al Señor en lo pequeño y ordinario del día a día y en ese sitio que pasa desapercibido a los ojos de todos. 

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Doce canastos llenos

A juzgar por los trozos de pan que sobraron, el milagro de la multiplicación de los cinco panes de cebada y los dos peces debió ser, ciertamente, espectacular. Los cuatro evangelistas coinciden en señalar con asombro que fueron doce los cestos que se llenaron con el pan sobrante, después de haber saciado a más de cinco mil personas. Debieron ser grandes, muy grandes, aquellos canastos que el Señor llenó de pan. Es de suponer que serían de urdimbre tosca, de material rudo y basto, quizá incluso deteriorados por el uso que a diario les daban sus dueños. Habrían servido para transportar la carga y los enseres de aquella gente que, por escuchar al Maestro, habían hecho más de una jornada de viaje. No importa cómo fueran. Importa que estaban vacíos y, por eso, disponibles para el milagro. Si hubieran estado llenos de otras cosas no hubieran servido para acoger la acción y el poder de Dios. Quizá por eso fueron esos canastos, y no otros, los que eligió el Señor para hacer en ellos un signo portentoso y espectacular.

¿Crees que al Señor le importó la rudeza de aquellos cestos? ¿Crees que se fijó en su pobre y destartalada forma? Pues si no lo hizo ni siquiera con aquellos canastos, ¿por qué te empeñas en creer que tus defectos de carácter, tus limitaciones, tus miserias, son obstáculos para la acción de Dios? Basta que te pongas ante El vacío, disponible para el milagro, aunque no te consideres digno de ello. ¿Crees que el Señor no puede llenarte de pan con una abundancia insospechada y saciar contigo a más de cinco mil hombres? Tu no te canses de darle una y otra vez tu canasto vacío y verás cómo El nunca se cansará de multiplicar en ti tus cinco panes y tus dos peces.    

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Santo en tu pequeño día a día

No pienses que la santidad no es para ti, ni creas que es algo utópico e inalcanzable, algo extraordinario para gente extraordinaria. Estás llamado y capacitado para ella en el sitio y ambiente donde el Señor te ha puesto, con ese carácter y forma de ser que Dios ha querido para ti y no otro, aunque tengas que reformarlo. Es verdad que se alimenta de una rica vida interior, pero tu santidad ha de forjarse en tu vida cotidiana, en tu pequeño día a día. Si la buscas fuera de ahí entonces sí que la santidad se te hace inalcanzable y utópica.

En ese cansancio que has de vencer al despertarte, en esa contestación brusca que te callas, en ese pensamiento de vanidad, de rencor, de impureza que te viene de repente, en ese volver a empezar cuando te has enfadado con alguien, en ese pequeño servicio que quitas a otros, en esa corrección que debes hacer a tus hijos y que tanto te cuesta, en ese capricho que no te compras, en ese aceptar sin molestarte las limitaciones, defectos o manías de aquellos con los que convives, en ese saber perdonar todo y siempre, en ese atasco imprevisto, en esa llamada de teléfono… Ahí, en tu día a día, y así, tejida de esas minucias, es tu santidad. Y no quieras otra más extraordinaria si Dios no la quiere para ti. La grandeza de lo sencillo y pequeño ha sido siempre el estilo de Dios. No quieras ir tu por otro camino que no sea ese, pequeño pero muy seguro, de la santidad de cada día.  

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Ser puntuales

Que no te caracterice la impuntualidad. Es síntoma de desorden, de falta de previsión, y puede serlo de desinterés y hasta de una caridad poco fina en detalles. Podemos echar la culpa a los medios de transporte, a los atascos, a los imprevistos de todo tipo, pero con eso sólo logras, quizá, quedar bien por un momento ante la persona que ha tenido que esperarte. La impuntualidad reiterada necesita ser educada. Quizá nace de la costumbre de dejar las cosas para el último momento, o de ambicionar tu tiempo, apurando hasta el final esa actividad que te gusta y que no sabes cortar, con desprendimiento y libertad.

La impuntualidad sólo te aporta prisas y enfados y, lo que es peor: además de hacerte perder a ti el tiempo, haces perder el tiempo a los demás, un tiempo del que tu no eres dueño. Hay que estar en el sitio que Dios quiere que estemos y a la hora y en el momento que Él quiere, no cuando tu quieras. ¿Te has fijado con qué exquisito cuidado habla Jesús de su Hora? Esa Hora tenía su momento, el que había fijado el Padre, ni antes ni después. Sólo María se atrevió a adelantar esa Hora de Dios en aquellas bodas de Caná. Cada hora, cada momento, de tu vida y de las demás son horas y momentos de Dios. En cada uno de ellos, si quieres, tienes una cita con El. No llegues tarde, no le hagas esperar en esa cita de todos los momentos del día, en la que Dios espera incansable y paciente que tú te unas a Él. 

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La voluntad de Dios

Si aprendiéramos a centrar nuestra vida espiritual en el único deseo de hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra, habría más santos en la Iglesia. El mayor y único deseo de Cristo, el centro de su vida, su mayor aspiración, el sentido de todo, fue siempre cumplir la voluntad de su Padre. Una forma sencilla y asequible  de hacer la voluntad de Dios, sin salir de tu día a día, es el cumplimiento de los deberes propios de tu estado, de tu profesión, de tu vida cristiana y de tu relación con Dios. Lo que Dios quiere de ti te lo hace ver y te lo pide en el lugar y circunstancias en las que te ha puesto, con esas personas concretas y no otras, en esas responsabilidades que debes desempeñar por trabajo, vocación o estado de vida. También es cierta y segura la voluntad de Dios en lo que te sobreviene sin esperarlo ni imaginarlo: un fracaso, una enfermedad, un inoportuno atasco, un esguince de tobillo o el premio de una lotería. Son esos “pequeños milagros” que a veces nos sorprenden como guiños de Dios, esas carambolas de la providencia de las que alcanzamos a conocer sólo la superficie, sin atisbar toda la misteriosa profundidad de bienes y de gracia que conllevan.

Dios te habla con voz firme y segura cuando las circunstancias te sobrepasan y no está en tu mano gobernarlas ni entenderlas. Por eso, lo absurdo, lo inútil, lo que no entiendes, es de una extraordinaria fecundidad espiritual, si sabes vivirlo abandonado en la aceptación oscura y difícil de una voluntad, la de Dios, que no coincide con la tuya. Tu oración diaria, la dirección espiritual, la Palabra de Dios, los sacramentos, son también medios para ir atisbando esa voluntad de Dios sobre tu vida. Aprende a simplificar tu vida espiritual apuntando, sin rodeos, a la voluntad de Dios, entregándole una y otra vez la tuya.

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