Archivos para octubre 2019

¿Qué importancia das a la Palabra de Dios?

“Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” (Jr 15,16). El profeta Jeremías, quizá sin darse cuenta, ponía ya acentos eucarísticos en su lectura de la Palabra de Dios. Si en cada Eucaristía te alimentas de la Palabra hecha cuerpo eucarístico, ¿cómo no prolongar a lo largo del día el regusto y el sabor a Dios que te ha dejado esa comunión? Deberíamos sazonar cada una de nuestras jornadas con un poco más de Sagrada Escritura. Deberíamos alimentar más nuestra vida espiritual con esa fuerza y eficacia que posee la Palabra de Dios. No dejes que acabe el día sin haber considerado algún versículo o capítulo de la Biblia, sin haber releído las lecturas de la Eucaristía de ese día, sin haber empezado o acabado tu tiempo de oración acompañado de algún pasaje del evangelio.

¿Crees, acaso, que la Virgen podría pasar algún día sin escuchar la voz y la palabra de su Hijo? Ella, la Madre que dio carne y vida a la Palabra de Dios, pasó toda su vida en diálogo constante con la Palabra hecha carne en Ella y de Ella. Has de hacer carne en tu propia vida esa Palabra de Dios que contemplas en la Escritura y saboreas en tu comunión diaria. Has de dar vida a esa Palabra de Dios en el alma de muchos, con el mismo espíritu materno con que María engendró en su seno al Verbo, la Palabra, el Logos. En tus propias palabras, en tu vida interior, en tu trabajo, en tu apostolado, en las relaciones con los demás, deja que Cristo, Palabra del Padre, vuelva a hacerse carne en ti.

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La curiosidad: esa caja de Pandora

La curiosidad sirve para muy poco en la vida espiritual y es más lo malo que acarrea que lo bueno. Cuanto más vacía de amor de Dios tengas el alma más fuerte será la inclinación a llenarla de cosas innecesarias e inútiles, de distracciones, que te hacen creer que estás lleno de algo cuando, en realidad, estás sólo satisfecho de mucho ruido espiritual. El curioseo inútil y vano es puerta que abre la casa desbordante de la imaginación, esa caja de Pandora de la que salen todo tipo de vientos de dímes y diretes. Y así, sin que te des cuenta, se te va llenando la cabeza, y sobre todo el corazón, de chismes, fantasías, sospechas e imaginaciones que convierten tu espíritu en un cuarto trastero. Es muestra de fina elegancia espiritual no ceder al afán de la curiosidad ni entretenerte en los devaneos y chismorreos insípidos que van y vienen en boca de muchos.

Qué más te da lo que piensen de ti, lo que se comente o se deje de comentar, lo que le pasó el otro día a no sé quién, lo que está planeando hacer el de más allá, qué se dijo de ti en aquella reunión en la que no estabas, por qué se hizo eso así y no de otra manera… ¿Te ayuda todo eso a amar más a Dios? ¿O simplemente te sirve para alimentar ese cierto morbo del cotilleo que anima tantas conversaciones superficiales y criticonas? ¿Te imaginas a Nuestro Señor curioseando con sus discípulos sobre lo que se comentaba de él entre los fariseos o entre las autoridades romanas? ¿Te imaginas a Nuestra Madre hurgando en los cotilleos y chismes de las vecinas de Nazaret? Sé dueño de lo que entra y sale por las ventanas de tu espíritu, no sea que, sin darte cuenta, se te meta el ladrón a dormir dentro de tu propia casa. 

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La humildad nos pone en nuestro sitio

El pecado original sigue actuando en nosotros como una poderosa fuerza centrípeta: continuamente nos arrastra hacia un egocentrismo que, si no sabemos desenmascarar a tiempo, termina por convertirse en el eje que va desequilibrando nuestra vida interior y hasta nuestra psicología o nuestra afectividad. Tendemos a engrandecer y sobrevalorar todo lo nuestro, con lo que nos hacemos engreídos, soberbios, vanidosos y orgullosos, y terminamos viviendo subidos en el pedestal del propio ego, soñando en el mundo ideal de un yo ficticio e irreal. Tendemos también a infravalorarnos, llegando incluso hasta el autodesprecio, creyendo quizá que así somos más humildes ante los demás, sin darnos cuenta de que detrás de esa autocompasión, de esa no aceptación de uno mismo, de esa visión negativa, pesimista y autodestructiva, seguimos encaramados en el mismo pedestal de nuestro ego y alimentando la misma imagen ficticia e irreal de nosotros mismos.

La humildad es el contrapeso que equilibra esta fuerza egocéntrica. Es la virtud que atempera el voluntarismo, que modera los sentimentalismos, que doblega la razón y nos coloca ajustadamente en nuestro sitio, ante Dios y ante los demás. Humildad es vivir serenamente en la realidad de lo que somos, sin ocultar ni aparentar lo contrario, sin huir de nuestra propia condición, carácter o forma de ser, sin ñoñerías ni falsos rebuscamientos. No midas tu propia talla con la medida que te ponen los demás, ni tampoco con la que tu te pones a ti mismo; tu verdadera medida te la da el amor sin medida de Dios, para quien siempre serás hijo predilecto en el Hijo. 

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Aquella bendita toalla

Cuando san Juan relata el lavatorio de los pies se detiene por dos veces en la toalla que utilizó el Señor. Primero la tomó y se la ciñó; luego, una vez que fue lavando los pies a los discípulos, se los fue secando con esa misma toalla que llevaba ceñida consigo (cf. Jn 13,4-5). No importa tanto si aquella toalla era de fino lino o tosca y áspera, si era grande o pequeña, si estaba limpia o no, si era o no la más adecuada y digna para ser utilizada en ocasión tan única y excepcional. Sí importa que fue esa, y no otra, la que tuvo la suerte de abrazar tan ceñidamente el cuerpo de Cristo, la que el Señor cogió en sus manos y con la que pudo cumplir aquel gesto tan servil que tanto decía de sí mismo a sus apóstoles. Gracias a aquella toalla, que se dejó manejar con tanta docilidad por aquellas benditas manos, el Señor pudo encomendarnos el mandato de lavarnos los pies unos a otros como Él acababa de hacerlo.

Cuando escuchas sin prisas, cuando acompañas el dolor de los que sufren, cuando rezas por aquellos que te piden y necesitan de tu oración, cuando callas y perdonas, cuando llevas sobre ti las cargas de otros, cuando reconfortas y consuelas, cuando hablas de Dios… estás lavando los pies de tantas almas como aquella toalla lo hizo en las manos de Cristo. Agradécele al Señor que quiera servirse así de ti y, sobre todo, pídele que aprendas a abrazarle y ceñirle fuertemente cada vez que le recibas en la Eucaristía, como aquella bendita toalla supo hacerlo. 

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No te quejes

Mirándolo objetivamente, nunca tenemos motivos para quejarnos de nada ni de nadie. Mira a tu alrededor y encontrarás siempre situaciones mucho más difíciles, más dignas de lástima y compasión que las tuyas. Detrás de la queja fácil, de nuestros desahogos, muchas veces se esconde una sutil soberbia que nos hace engrandecer y dignificar tanto nuestro yo que todo, entonces, se nos vuelve un agravio intolerante, una injusticia infundada, una falta de reconocimiento a nuestra valía, un desprecio. Y, así, surge con facilidad la exigencia, la reivindicación y la queja, muy bien justificadas, incluso adornadas con careta cristiana de bien, de virtud y de gloria a Dios. Y no nos paramos a pensar que, en el fondo, nuestras palabras quejumbrosas y lastimeras van contra Dios, y que es a Él a quien estamos echando en cara que, pudiendo, no hace las cosas según nuestros gustos, nuestra medida, nuestro parecer, nuestro criterio.

La queja viene muchas veces acompañada de su hermana la crítica. Ambas nacen, a veces, de un imperceptible egocentrismo que desplaza y margina a Dios, o a lo sumo, le reclama y exige el servilismo de su omnipotencia. Evita esa queja que busca la compasión de los demás hacia ti mismo. Es una saludable forma de mortificar y dominar nuestro hablar, a veces tan ocioso y superficial. No entregues a cualquiera los desahogos y confidencias de tu corazón. Lleva tus quejas a la oración, ponlas al pie de la Cruz y verás cómo la contemplación de las heridas y dolores de Cristo calman los ardores de tu soberbia y tu afán de comodidad. 

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Sé optimista

Mientras exista el pecado, siempre encontrarás a tu alrededor motivos de queja y de lamentación. Hay un optimismo meramente humano ante las cosas, acontecimientos y personas que, confundido con la buena educación, termina por no infundir esperanza en el ánimo de los que sufren. Esa esperanza meramente humana tarde o temprano se deshoja, como todo lo humano, ahogada por el cansancio ante el mal y la injusticia. Tu fe debe hacerte vivir ese otro optimismo humano que nace de la esperanza sobrenatural y que no tiene nada de iluso o irreal.

Esa actitud optimista y positiva ante la vida, aun en medio de sufrimientos y pruebas, nace de tu confianza ciega en la providencia de Dios y se convierte en un inagotable manantial de fuerza y de firmeza para sobrellevar las contrariedades de la vida con ánimo sobrenatural. Sé optimista al juzgar y valorar personas y acontecimientos, contagia a tu alrededor una visión positiva de las cosas, no te dejes vencer por el desánimo cuando el mal, la injusticia, la mediocridad o el pecado parezcan campar a sus anchas en el ambiente que te rodea. Piensa en la fuerza de la Cruz, con la que Cristo ya ha vencido toda muerte y todo mal. Asómate, como los niños, por encima de la tapia de este pequeño mundo que te ha tocado vivir, y descubrirás la inmensidad de una eternidad que late viva en cada acontecimiento de tu vida y de tu historia. Que nada, ni siquiera tu estado de ánimo, logre ensombrecer y arrugar tu semblante sereno y suavemente alegre con el que el amor de Dios, a través tuya, sonríe a los hombres. 

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Luchar, luchar y luchar

Si no vives tu cristianismo con mucho espíritu de lucha es que, quizá, no lo vives a fondo. En griego, la palabra “ascesis” significa precisamente esfuerzo, lucha. No hay peor enemigo que tu mismo cuando pactas con tus defectos y pecados. No los justifiques, no los compadezcas, no los consientas, no te perdones ni dejes pasar una mínima ocasión de luchar contra tus defectos de carácter, manías, tendencias, debilidades. Porque lo que ahora es todavía pequeño y remediable, quizá mañana sea ya demasiado crónico y hasta irreversible.

Es verdad que la gracia pule aristas y saca brillo al diamante de tu alma, pero sólo si tu quieres. La obra de la gracia, capaz de esculpir filigranas en el más duro granito, necesita también del rudo trabajo de tu esfuerzo, de tu levantarte una y otra vez, de tu no desanimarte por no ver frutos, de tu constancia. Sé fiel a los propósitos que el Señor te inspire en el examen de conciencia o en la confesión. Pídele al Espíritu Santo el don de la firmeza y la constancia en el bien. Agárrate con jaculatorias a la Virgen cuando te falten las fuerzas. Pon todos los medios naturales y sobrenaturales que haga falta con tal de no parar de luchar. Pero, lucha. No con las armas del soberbio voluntarismo sino con las armas del niño: esforzándote por levantar el pie una y otra vez, las veces que sean necesarias, siempre, y verás cómo, sin que te hayas dado cuenta, habrás llegado un día al final de la escalera.

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“No les quedaba tiempo ni para comer” (Mc 6,31)

El detalle que anota el evangelista nos da idea de la intensa actividad que tenían el Maestro y sus discípulos. Marcos lo recoge explicando con ello el por qué de la invitación del Maestro a sus apóstoles a apartarse a un lugar solitario a descansar: “Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer”.

A día de hoy, cualquiera de nosotros podríamos decir lo mismo. Cuántas veces acabamos nuestras jornadas con la impresión de haberlas pasado echando agua por un colador. Cuántos ratos diarios de oración, cuántas Eucaristías diarias a las que no hemos asistido, cuántas oportunidades para hacer el bien, cuántos plantones hemos dado a Dios y a los demás dejado pasar ocasiones y justificando nuestra omisión con el activismo desordenado y estéril que nos provoca el trabajo o las obligaciones que nos buscamos. Con frecuencia solemos dejar para después las cosas de Dios, que aparentemente son las menos urgentes, con el riesgo de convertirse en “para mañana” o “para nunca” lo que empezó siendo un “para después”.

Tenemos el peligro de hacer de la carcoma del activismo desordenado, las prisas o la dispersión no ya un defecto puntual y transitorio sino todo un estilo de vida, incluso justificado y hasta exigido en nombre del servicio al Evangelio. La diferencia entre nuestro activismo y el de los apóstoles es que a ellos no les impedía estar con el Señor; es más, toda su intensa actividad tenía como centro y modelo al Señor. Pero, incluso en un activismo lleno de Dios, se hace también necesaria la respuesta a la invitación del Señor para descansar con El en algún lugar solitario y apartado. Has de aprender a ordenar tu tiempo, tu horario, tus actividades del día a día en función de tu único centro de gravedad que ha de ser tu Eucaristía diaria y tu oración. Has de comer del verdadero pan y alimentarte de intimidad con Dios si quieres encontrar en el amor a Dios el verdadero descanso de todos tus trabajos. 

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El rezo del Ángelus

En aquel momento de la encarnación sólo Dios y los ángeles pudieron estremecerse de emoción. ¡Con qué unción entraría el Espíritu Santo en el seno materno de María! ¡Qué escandaloso anonadamiento el del Verbo, desapareciendo en la carne virginal de su Madre! ¡Cuánta complacencia en el Padre, que entregaba su Hijo a la humana naturaleza caída! ¡Qué silencio sobrecogedor en el ánimo de todos aquellos ángeles, testigos privilegiados de un prodigio único e irrepetible! ¡Cuánta ternura y emoción contenida en aquel corazón vacío de María que tanto enamoró a los Tres!

El tiempo y la historia debieron contener su deseo al acoger en su seno, como aquella Madre, la carne del Verbo de Dios. Silencio sobrecogedor el de aquel instante que pasó desapercibido a los ojos del mundo. No dejes pasar ni uno sólo de tus días sin rezar la oración del Ángelus y unirte a aquella emoción divina que rodeó la encarnación del Verbo. Esfuérzate cada día por inclinar el corazón ante esta Madre que tanto enamoró el corazón de Dios, y adora en silencio la humildad de aquel Verbo anonadado en la carne por ti y para ti. En ese rezo diario del Ángelus vuelca tu amor agradecido al sí de aquella Madre virginal, que dio inicio a tu salvación. Para tu actividad, tus preocupaciones, tus afanes, tus estados de ánimo, tu alma, para inclinarte en adoración ante esa maternidad de María que tantos bienes nos ha traído.

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Hacer examen de conciencia

Para amar a Dios es indispensable conocerse a sí mismo. Por eso, si quieres tomarte en serio tu entrega a Dios, desde tu estado de vida propio, es imprescindible acostumbrarte a la práctica diaria del examen de conciencia. Porque, donde no hay conciencia de pecado no hay conciencia de Dios, y tampoco puede haber conciencia de sus dones y gracias.

Ponte en la presencia de Dios y pídele la luz y la ayuda de su Espíritu para querer ver tu jornada como Dios la ve. Después detente despacio en ese trípode que debe sustentar tu examen: tu relación con Dios, con los demás, contigo mismo. Pondera despacio qué has hecho bien, qué has hecho mal, qué debe-rías haber hecho que no hiciste, qué deberías haber hecho mejor… Da gracias a Dios, porque todo el bien que hay en ti y que has hecho a los demás es obra suya. Pídele perdón de tus faltas y pecados, abrazando interiormente ese corazón de Padre que recibe siempre, una y otra vez, al hijo pródigo. Pídele ayuda para vivir mañana un propósito concreto. Y todo mirando a la Virgen, Ella que tantas veces abrazó en su Hijo el pecado de toda la humanidad. Sé fiel a este examen diario, aunque estés cansado, dormido o sea ya muy tarde, pues en esa fidelidad te juegas mucho. Conocerse a sí mismo a la luz del amor de Dios es, sin duda, uno de los más grandes bienes que nos podemos hacer…

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