Del temor a ser considerado raro y exagerado, líbrame Jesús

La lógica acomodaticia del mundo nos acostumbra a entender y vivir un cristianismo enlatado en las formas de un mero protocolo social, que tiene más de mediocridad que de prudencia humana. Convertimos nuestra fe en un medicamento genérico, que sólo tomamos cuando nos pasa algo, o cuando tenemos que aliviar los síntomas de algún mal, aunque la enfermedad crónica y grave del pecado siga anidando en las células de nuestra alma. El miedo al ridículo y a la mala fama, el temor a ser pasto de los chismorreos y corrillos de los propios cristianos tibios y mediocres, la crítica y la incomprensión de aquellos a los que molesta la coherencia de vida y la radicalidad en la entrega a Dios, pueden esclavizarnos hasta el punto de hacernos creer que, en el fondo, se vive mejor sin Dios y creyendo en un Evangelio a medias, o que es suficiente para salvarse una fe sin esfuerzo.

Nada de eso encontrarás en el Evangelio. Entre aquellas multitudes que escuchaban al Maestro, o que vieron realizar sus milagros, habría, sin duda, muchos mediocres y tibios, que, acostumbrados a las medias tintas, no quisieron complicarse la vida ni pasar por raros o exagerados. Por ellos, y por tantos cristianos acomodados e instalados, que no conocen a Dios, quiso el Señor pasar por loco y exagerado, llevando la lógica del absurdo divino hasta el extremo de la Cruz. No quieras tú andar trapicheando con el mundo y con Dios, porque quien pretende contentar a la vez a estos dos señores, termina por contentarse a sí mismo y hacer de su mediocridad comodona e instalada la dueña y señora de su vida. Cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más grande será el contraste con la mentalidad y la opinión del mundo. Piensa que tu mediocridad aleja de Dios a muchos que dudan y vacilan en su fe.

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