Del temor a que otros hablen mal de mí, líbrame Jesús

Cuando la crítica no nace de una sincera caridad suele ser dañina, para quien la hace y para quien la recibe. Incluso se convierte en arma de doble filo, pues lo que tú rumoreas de otro termina, tarde o temprano, volviéndose contra ti mismo. Dependemos mucho de la opinión y estimación de los demás, aun sabiendo que nadie puede tener todos los elementos de juicio necesarios para hacer una valoración justa. Y solemos creer que, cuando todos nos apoyan y alaban, las cosas funcionan bien, haciendo de la opinión ajena la medida de la realidad.

Así funciona, quizá, la lógica del mundo, pero no la de Dios. El Evangelio está cuajado de críticas e incomprensiones hacia el Señor, incluso de parte de los más íntimos, aquellos Apóstoles a los que Él eligió y llamó de forma tan personal. Motivos humanos siempre habrá para abrir un resquicio a la queja. Pero, solemos despacharnos a gusto con la mota de polvo de los demás, con tal de no mover un palmo de conversión en esa viga que tenemos en nuestro ojo. Has de medir la debilidad y el pecado de los demás con la medida de la caridad de Cristo. No calles la verdad, por miedo a quedar mal; tampoco la utilices, si con ello miras más a tu propia fama y complacencia que a la caridad y buena fama del otro. Alégrate cuando las críticas e incomprensiones te vengan caídas de la boca engreída y farisea de los que se creen más buenos y mejores que tú, porque te dan la ocasión de poner tu asidero y complacencia sólo en el corazón de Dios. El bien que hagas será tanto más incomprendido cuanto más se ajuste a los criterios del Evangelio. Piensa que, si Cristo hubiera hecho depender tu salvación de la opinión de sus contemporáneos, hoy estaríamos todos a merced de nuestra propia condenación.

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