Del deseo de estar informado para alimentar mi curiosidad, líbrame Jesús

Uno de los grandes éxitos de esta era de las comunicaciones es la inmediatez en la información, que nos puede llegar en tiempo real. Lo curioso, sin embargo, es que con ello no hemos conseguido el esperado avance en la calidad humana. Todo lo contrario, en muchas ocasiones esos medios de comunicación son excusa para difamar el honor de otros, o para filtrar sus propias ideologías. Pero más allá de la crítica a las nuevas tecnologías, una de las secuelas del pecado original es el afán por fisgonear en todo. Se dice que aquel que está más informado tiene más posibilidades de ejercer el poder. Sin embargo, cuando no existe verdadera rectitud de intención, entonces, ese control sobre todo lo que se sabe, puede estar orientado, no precisamente para hacer el bien, sino ser aprovechado en beneficio propio sin obrar con justicia.

Atajar ese deseo de información por simple curioseo, por el afán de rumorear sobre otros, no significa vivir en la inopia, sino educar nuestras ambiciones de cara al bien común. La curiosidad, ese meternos en cosas que no nos incumben, se puede convertir en una excusa fácil para arremeter contra la fama y el honor de otros y, de esta manera, justificar nuestros defectos. Muchas cosas podía haber preguntado la Virgen ante la presencia de Gabriel, y quizás se encontraba en su perfecto derecho; pero, ante semejante misterio, lo más importante era descubrir que Dios esperaba de ella un consentimiento que trasformaría la historia de la humanidad. Eso sólo puede ser ponderado cuando somos almas de oración. Allí, en ese trato íntimo con Dios, Él siempre nos dará la «información» necesaria para nuestra santificación.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es

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