Archivos para 5 julio, 2019

De la vanidad de hablar de mí mismo y de mis cosas, líbrame Jesús

La vanidad, fruto de la soberbia, hace del hombre vivir en una autosuficiencia engañosa. Hay muchas maneras de manifestarse, pero existe una que incide en nuestro comportamiento hacia los demás. Se trata de ponernos como centro de atención, buscando el halago o la compasión.

Uno de los grandes males de nuestra época es precisamente el no saber escuchar. Vivimos de manera precipitada los acontecimientos de cada día. Nos surgen urgencias e imprevistos que calibramos como necesarios, y eso hace mella en el orden y en la serenidad de nuestro actuar. Nos gastamos en asuntos accidentales, dejando para la última hora lo que sí es importante, y, por tanto, el desequilibrio afectivo, por no saber poner el corazón en aquello que le pertenece, busca compensaciones constantemente.

Ante esta ola de actuaciones precipitadas, la jactancia se impone como excusa en ese desorden interior. Hablamos de nosotros, proyectando el malestar por el carácter o juicio de otros, cuando en realidad el problema está en no poner atención a las necesidades o sufrimientos de los que criticamos, por ejemplo. Buscar la conmiseración del interlocutor hacia uno mismo, o justificar nuestras carencias, materiales o emocionales, nos sitúa en una permanente falta de la presencia de Dios, pidiendo al ambiente el aplauso a nuestras debilidades que, en definitiva, nos hace caer en un ridículo aplastante.

Contra la vanidad lo mejor es aceptar nuestra condición de que somos limitados, acudiendo al que sí conoce mi alma, un sacerdote o un confidente espiritual, ya que nos pondrá en el lugar que nos corresponde, es decir, en línea con la voluntad de Dios. Pidamos, por tanto, el auxilio de Aquel que se presentó manso y humilde ante la humanidad, Jesucristo. Sólo así, rescataremos almas para la gloria de Dios.

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Semántica del cuerpo y de la diferencia sexual. PEDIDOS A materdei@archimadrid.es