Archivos para julio 2019

Ser lañas

Hasta no hace mucho tiempo, existía el oficio de los lañadores, dedicados a unir con lañas, o grapas, objetos de barro y loza, rotos y agrietados por el uso diario. Por fuera, las vasijas lañadas muestran la fragilidad de un barro quebradizo, que necesita de la rudeza de las lañas, para seguir siendo útil. Por dentro, las grietas y fisuras de la loza aparecen perfectamente ensambladas y unidas, sin que apenas parezca que ese barro estuvo antes roto. Somos también nosotros frágiles vasijas de barro, que nos rompemos a menudo con el roce de las cosas, del activismo, de las prisas y agobios del día a día. Vivimos, a veces, con el alma tan rota por el pecado y el desorden, que se nos vierte en nada ese poco de Dios, que apenas cabe dentro. Se nos desparrama esa vida interior por muchas grietas, sólo porque no dejamos que este Lañador divino nos recomponga con las lañas de su gracia.

Tu alma lañada, tantas veces rota por el pecado y tantas veces reparada por la gracia, te enseña a valorar la ruda belleza de las lañas. No importa si la vasija está rota, si las lañas son toscas y duras. Importa que esas lañas te enseñan tu vocación. Has de ser laña y lañador para muchos hermanos tuyos, que buscan a Dios entre los trozos y la broza de un alma vacía de felicidad. Somos barro, y en ese barro aprendemos a vivir lo que somos. Pero, tu alma lañada por la gracia resplandece de una belleza infinita, que transforma tu pobre barro en un reflejo de la gloria divina. Serás buen lañador para otros, si aprendes a ponerte en las manos de este Alfarero divino, que te modela a su imagen en el torno de tu día a día. La belleza de las lañas resplandece sólo allí done el alma se rompe. Tus grietas, tus fisuras, tus caídas, tus pecados son ocasión para que las lañas de la misericordia divina embellezcan más tu alma.

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De la ambición de disponer de mi propio tiempo, líbrame Jesús

La ambición de acaparar nuestro tiempo, de ir ganando minutos a nuestro día, va erosionando nuestra capacidad de contemplación y de entrar dentro de uno mismo. Nos cuesta escuchar con calma, sin dar sensación de prisa o desinterés, asumiendo como mía la preocupación del otro, porque siempre tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo. La ambición de aprovechar el tiempo, para dedicarlo a nuestras cosas, nos hace vivir en la telaraña del activismo, supeditando lo urgente a lo esencial e importante, las personas a las cosas. Detrás de esa ambición por tener tiempo se esconde el círculo vicioso de la propia soberbia, que necesita afianzar el propio «yo», haciéndolo dueño y gestor del propio espacio. Pero, ese tiempo, ambicionado con desorden y avaricia, se convierte precisamente en nuestra mayor esclavitud.

El tiempo de Dios nada sabe de nuestras prisas y carreras. Mucha salvación puede encerrarse en un minuto de tu vida, en el que todo se te pone, de repente, patas arriba. ¿Crees que el Señor no tenía prisa e impaciencia por cumplir esa redención del hombre, que el Padre le había encomendado? Y, sin embargo, dejó que la historia humana corriera, y que transcurrieran los años de los hombres, cuando pasó la mayor parte de su vida escondido en una casa de Nazareth, dedicándose a hacer, aparentemente, nada. Así es el modo y el transcurrir de Dios, no el tuyo, que anda estragado entre los mil pasatiempos de esta vida. Aprovecha tu tiempo para lo verdaderamente esencial: tu salvación y tu santidad. Es la tarea fundamental de tu vida. Este tiempo, que ahora ambicionas, se te irá de las manos para siempre, con la misma rapidez con que ahora lo ves deslizarse entre tus dedos. No ambiciones lo que no es tuyo, pues sólo Dios es el dueño y señor de tu historia.

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San Joaquín y santa Ana, santidad conyugal y familiar

Nada dicen los evangelios sobre los padres de la Virgen María. No sabemos, siquiera, si vivían cuando nació Jesús. Joaquín y Ana son reconocidos por la tradición como padres de la Madre de Dios, y, además, considerados santos. La santidad no queda reducida a gentes que realizaron grandes prodigios ante los ojos atónitos de multitudes, sino que Dios se sigue deleitando en la sencillez de corazones generosos, que gastaron su vida con dedicación y entrega. La discreción es una nota distintiva de las cosas de Dios, una manera de significar que lo esencial sigue siendo invisible a tanta torpeza humana, sin volúmenes de análisis, dialécticas o razonamientos grandilocuentes. María, la hija de Joaquín y de Ana, había de ser la llena de gracia. Sólo en la lógica de Dios podemos entender esa predisposición que depositaría Él en los corazones de sus padres. En el silencio de sus días, ellos gastaron su tiempo y sus esfuerzos en educar, formar y amar a la que sería Madre de Dios. No sabemos si tuvieron revelaciones privadas, o anticipos de aquello que Dios quería para su hija María. En lo cotidiano, en lo más ordinario de sus vidas, Joaquín y Ana fueron descubriendo esa sombra de la divinidad, que iba apoderándose del corazón de la Virgen.

No veamos, ante cada llamada de Dios, un capricho o una amenaza a nuestra libertad. Sólo Dios sabe lo que más necesitamos, y lo que puede hacernos más felices. Si con Él alcanzamos la plenitud de la dicha, ¿por qué resistirnos a su gracia? En la santidad de Joaquín y de Ana, abuelos de Jesús, hemos de ver la conformidad con los planes de Dios, adelantándonos, como ellos lo hicieron, en el amor. Tal vez, san Joaquín y santa Ana, enseñaron a su hija, entresacándolo de algún salmo de la Escritura, aquello que dijo la Virgen en Nazaret: “Hágase en mí según tu Palabra”.

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Santiago el Mayor, el apóstol que bebió el cáliz del Señor

Desanimado debió encontrarse el Apóstol Santiago en la ribera del Ebro cuando empezó su evangelización. Según la tradición, llegado de tierras tarraconenses, anunció a Jesucristo a un grupo de lugareños, rudos y de difícil trato, en la zona de Cesaraugusta, la actual Zaragoza. Dejándose llevar del desánimo, quiso abandonar ese lugar y fue entonces cuando la Virgen se le apareció en carne mortal para animarle a seguir anunciando el Evangelio.

Es consolador y tremendamente eficaz el papel de la Virgen junto a los apóstoles de su Hijo. Con su oración, su mediación y su ánimo, empapó de gracias a aquellos que, en nombre de Jesucristo, dieron la vida por ser testigos de la Verdad. Santiago el Mayor, hermano de Juan, llamados «hijos del Trueno», llevaron hasta su fiel cumplimiento esa promesa que hicieron a Jesús: “Seremos capaces de beber el cáliz que tú has de beber”. De hecho, al volver de Hispania, Santiago fue inmediatamente ajusticiado en Jerusalén.

Santiago el Mayor llevó la fe de Cristo hasta lo que entonces era el fin del mundo, Finisterre, la actual Galicia. Y esa misma tradición nos dice que, una vez decapitado en Jerusalén, sus discípulos devolvieron su cuerpo a ese último lugar de la tierra que evangelizó, Compostela (“Campo de Estrellas”), donde reposan ahora sus restos. Es el premio de los que aman el deseo de anunciar a Dios, tal y como pidió Cristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Pedimos al Apóstol, patrono de España, que vivamos también con generosidad, sin miedos y sin respetos humanos, nuestro apostolado, allí donde nos toca estar: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos… Dios siempre bendice al “siervo bueno y fiel”, y nos conducirá a su gloria para siempre.

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Del miedo a la ineficacia de lo absurdo, líbrame Jesús

Solemos creer que nuestra lógica humana, cuanto más racional es, más eficaz se muestra. Nos cuesta no meter a Dios en la lata de nuestros criterios humanos y, por eso, nos desconcierta su modo de hacer las cosas. Como su lógica dista mucho de la nuestra, fácilmente asociamos la ineficacia con el fracaso, o la falta de medios con la inoperancia divina. Pero, a poco que conozcas el Evangelio, verás que está cuajado de absurdos. Una Virgen que es Madre sin intervención de varón, y que da a luz un hijo que es Dios. Un Dios que, para revelarnos su omnipotencia, se nos hace niño en un pesebre. Una familia que, por voluntad de Dios, ha de huir refugiándose en un país extranjero. Un Hijo que, siendo Dios, pasa treinta años de su vida en una aldea perdida del mundo, dedicándose a tareas aparentemente inútiles. Un Dios que redime al hombre en el fracaso de la Cruz. Una Iglesia fundada en hombres pecadores.

Todo eso lo escogió Dios para confundir la sabiduría de este mundo. Lo absurdo puede revestir una gran eficacia sobrenatural, si responde a los planes de Dios. Porque su acción divina no está limitada ni condicionada a tu corta lógica humana, es capaz de encerrar todo su misterio en la forma y apariencia de lo humanamente absurdo. Cuántos disgustos te ahorrarías si tu fe en el poder de Dios sobrevolara las limitaciones y formas de hacer de los hombres, que tantas veces resultan equivocadas por apoyarse sólo en su autosuficiencia. No temas los absurdos que vienen de Dios, no te rebeles ante las situaciones que no entiendes. El Evangelio te enseña a creer a contrapelo, a vivir contracorriente, doblegando a la lógica de Dios tu criterio y esa forma de hacer las cosas, que a ti te parece tan sensata y prudente. La lógica del absurdo de Dios debería ser la regla y norma de todas tus lógicas.

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María Magdalena, conocedora del perdón y del amor de Dios

Pocos personajes hay en el Evangelio que hayan tenido una experiencia del Señor misericordioso como esta mujer. Su corazón, tan apasionado como insatisfecho, fue tocado por aquel otro corazón de Dios, que conocía bien la delicadeza y finura de alma de aquella mujer pecadora. En la ciudad de Magdala se chismorreaba a gusto sobre sus andanzas de pecado, con la complicidad de quien justifica en la miseria ajena la propia mediocridad de vida. Y, mientras los demás vecinos prefirieron vivir satisfechos en la miseria e insatisfacción de su tibieza, aquella mujer fue elevada a la cumbre de una intimidad con el Señor, que sólo un corazón tan sediento de amor como el suyo era capaz de alcanzar.

No te acomodes en esa falsa insatisfacción de tantos cristianos que reducen el Evangelio a ser buenas personas, a cumplir con ciertas prácticas religiosas, a ser educados y cumplidores en el bien, al apostolado por horas o por momentos. Cuánto fariseísmo en muchas de tus actitudes, cuantos criterios que se asemejan más a los del mundo que a los del Evangelio, cuántas excusas y justificaciones para no reformar tu mal carácter o no esforzarte más en el bien, cuántos pecados de omisión que han hecho que otros se aparten más de Dios o se hundan más en su propia miseria espiritual. Muchos de aquellos vecinos de Magdala eran buenos y fieles cumplidores de sus prácticas religiosas judías y, sin embargo, nunca se habían movido a compasión hacia aquella mujer. Si quieres amar a Dios de verdad, conoce primero cuánto te ha perdonado y cuánto te ha amado Él primero. Porque, el amor más tierno y entrañable nace del perdón. Y el perdón más sincero nace sólo allí donde hay mucho conocimiento de nuestra nada y miseria frente a la grandeza de Dios.

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Del afán de poseer y de crearme necesidades, líbrame Jesús

Nos creamos necesidades como consecuencia de frustraciones personales, que no logramos colmar. Nos agarramos a la aparente seguridad de tener cosas, esas que envidiamos a otros, sólo porque creemos compensar así tantas carencias interiores que no sabemos, o no queremos, llenar de Dios. Acostumbrados como estamos a lo caduco y a lo material, sustituimos a Dios, a quien no podemos ver ni tocar, por esos otros sucedáneos, que nos dan un poco de comodidad y bienestar, aunque sepamos que se acabarán pronto. Y, de la misma forma que, en el orden material, almacenamos y necesitamos cosas, así también creemos que, en el orden de lo espiritual, nuestra santidad está en proporción a nuestros méritos y esfuerzos.

Sólo en la medida en que vayas haciendo de Dios tu única y mayor necesidad, sabrás usar y calibrar las cosas y actividades del mundo con la libertad que pide tu vocación cristiana. Si no necesitas de Dios para vivir, es que aún no has encontrado la verdadera vida. Y, si lo que necesitas es vivir sin Dios, es que aún no has empezado a conocerle, aunque lleves, quizá, mucho tiempo cumpliendo con tu cristianismo ramplón. El Verbo se hizo carne porque quería necesitar del Padre. En su corazón humano y divino abrazó la pobreza radical de nuestra condición, que, siendo tremendamente menesterosa y necesitante, no sabe colmar su carencia sino con la propia ambición de nuestro «yo». Cuánta libertad en ese corazón de Cristo, que sólo buscaba al Padre. No quieras ambicionar lo que, un día, habrás de dejar aquí en la tierra. Ambiciona sólo ese amor de Dios, capaz de llenar y saciar los rincones más necesitados de tu alma. Dios no tiene necesidad de ti, pero quiere ser tu única posesión.

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De la frivolidad en el hablar, líbrame Jesús

Cuánta superficialidad en nuestro hablar. Cuánta apariencia, y hasta mentira, escondemos, a veces, detrás de la amabilidad de nuestras palabras o de la cortesía en nuestro trato. No es cuestión de buena educación; es, sobre todo, cuestión de cuidar la caridad con el otro en aquello que decimos, opinamos o pensamos de él, por respeto a su dignidad y por amor a Cristo, que está presente en él. No tenemos reparo en desplumar la gallina, en dejar títere sin cabeza, en indagar en la vida del otro hasta llegar a su primera papilla, con tal de dar cuerda al desorden de la curiosidad. Podemos convertir nuestros ambientes de trabajo, de apostolado, de parroquia, en patios de corralas, en los que todos saben todo de todos. Parece que, en nombre del Evangelio, tenemos derecho a saber y contar la última novedad en cotilleo y en chismes, por el cierto prestigio que eso parece darnos ante los demás.

Hemos de contemplar más el silencio de Jesús. Silencio de la Palabra hecha carne en Belén. Silencio en los largos años de la vida oculta de Nazaret. Silencio, sobre todo, en la Cruz, en donde sólo habló su amor al Padre y a todos los hombres. Pero hemos de contemplar también su modo de hablar. Algo había en su palabra que atraía irresistiblemente a las multitudes. Aquel trato tan exquisito en detalles de caridad, aquella cercanía tan respetuosa con todos, aquella mirada tan veraz y sincera, que envolvía a los que se le acercaban, hacía creíble su mensaje de misericordia incondicional a todo hombre. No quieras ser tú de los que entretienen su entrega a Dios con el trajín de dímes y diretes que a todos gusta. No caigas en la sutil tentación de halagar inútilmente tu curiosidad con el ruido de los chismes y cotilleos que otros te cuentan, porque cualquier día recogerás tú las plumas que otro te quitó.

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Del deseo de ambicionar puestos y cargos mayores, líbrame Jesús

La competencia profesional, los cargos y puestos de responsabilidad en el ámbito civil o eclesial, pueden ser un arma de doble filo. Puestos al servicio del Evangelio y de Dios, dan mayor eficacia al apostolado y ayudan a producir buenos frutos en el campo de las almas. Sin embargo, puestos al servicio del propio interés, se convierten en agua sucia que estropea y esteriliza la vida de los mejores campos. Nadie está libre de la tentación de poder. Nos agarramos a los cargos, puestos u oficios, aunque sean pequeños, con la avaricia y la ambición de quien se agarra a sus vestidos para cubrir la propia desnudez. Y, cuando esa ambición se adorna y se camufla con el servicio en nombre de Dios, cuando la tentación de poder lleva a subir y trepar hacia lo más alto de la escala de las dignidades humanas, ese mismo servicio a Dios se convierte en una profunda fuente de insatisfacción y frustración personal, que no hace feliz a nadie y apenas deja huella de Dios en las almas.

Hace falta mucho desprendimiento de uno mismo para ocuparse con libertad de las cosas de Dios, sin hacer de ellas un instrumento al servicio del propio «yo». Hace falta mucha contemplación de la Cruz, para sacudirse ese polvo de honra humana que constantemente se nos pega en los zapatos. No pienses que la lógica del poder y los parámetros de la eficacia humana explican la encarnación del Verbo o el misterio de la Cruz. El poder de Dios está, precisamente, en la fuerza de la debilidad, en lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, no experimentarás en ti esa fuerza de Dios mientras sigas dejándote deslumbrar por los avalorios y espejismos que te ofrece el poder del mundo y la honra de los hombres. No hay mayor poder en este mundo que el de la Cruz. Y, mientras no te lo creas, seguirás esclavo de la falsa eficacia humana.

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Nuestra Señora del Monte Carmelo

El Monte Carmelo era conocido en Israel por la fecundidad de sus tierras, muy apropiadas para los buenos viñedos. Quizá por eso el nombre del Carmelo se ha asociado fácilmente a la figura de María, esa tierra virgen, fecundada por la acción del Espíritu, de la que había de nacer el vino de la nueva y definitiva Alianza. Cuántas semejanzas entre el edén del Principio y el corazón de esta Madre, que es delicia y paraíso de Dios. Aquel jardín del Génesis, coronado en su centro por el árbol de la vida, anunciaba ya este otro paraíso virginal y materno, en cuyo seno había de nacer el verdadero árbol y fruto de inmortalidad. Jardín que recrea el corazón de Dios, es la advocación mariana del Carmen.

Pídele a la Virgen Madre del Carmen que en la tierra de tu alma anide la buena semilla de la virtud y de la continua conversión. Que el Espíritu Santo, como buen hortelano de tu alma, cuide esos brotes de vida divina y de santidad, que apuntan, quizá, entre las rocas y espinas de tu mediocridad y pecado. Deja que Cristo, como buen grano de trigo, se entierre en lo profundo de tu alma y pueda producir en ti frutos de una mayor y más sincera entrega a Dios. No dejes que tu mediocridad, tus excusas, tus comodidades, tus egoísmos, tus autosuficiencias, tus miedos y dudas, conviertan tu vida cristiana en un páramo árido, estéril e infértil. La rutina en las caídas, el descuido de los detalles aparentemente insignificantes, las pequeñas infidelidades de cada día, la desgana y apatía para las cosas de Dios, esas ocultas vanidades consentidas y, quizá, buscadas, pueden ahogar y secar los árboles más frondosos y los frutos más granados. Si tú quieres, la Virgen del Carmen cuidará siempre ese jardín de tu alma, en donde Dios quiere darte a gustar los frutos de una más sabrosa intimidad.

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