Corazón de Jesús, predilecto del Padre, ruega por nosotros

Aquel día en el Jordán, mientras salías del agua y se abrían los cielos, el Padre proclamó que, desde siempre, Tú eras su Hijo amado, aquel en quién Él tiene todas sus complacencias. Corazón de Hijo amado, en cuya eterna predilección también el Espíritu se recrea. Corazón predilecto, que asocias a tu eterno misterio la nada y la pequeñez de mi vida, amadas desde siempre con dilección única y exclusiva. ¡Cómo no amarte a Ti, y sólo a Ti, en todo y en todos, aunque brillen espejismos de tantos otros amorcejos, que cargan de lastre inútil el verdadero amor! Cuánto cansan las criaturas, cuando no te ofrezco la indiferencia, la incomprensión, la ingratitud, el olvido, el egoísmo o la soberbia repletas de un amor único y exclusivo a Ti, sólo a Ti. Cómo se va enfriando mi correspondencia cuando dejo que el pecado, la mediocridad, la tibieza o la comodidad empañen ese amor que te debo a Ti, por encima de todas las cosas. Y cómo reclama el corazón aquello más suyo y más íntimo, tu amor de predilección, cuando se derrumba vacío ante las cosas y las personas que no llenan.

Yo también soy tu hijo predilecto. Así me amas y aceptas, como aquel que me tiene tanto amor que da la vida por mi. Así debería yo amar a todos, como hijos predilectos de ese Padre de los cielos, que tiene en ellos todas sus complacencias. Tu predilección de Padre colma todos esos deseos recónditos que alberga el alma. Corazón predilecto de Jesús, que tienes en mi todas tus complacencias, por encima de tanta limitación y pecado. Dáme ese sentir de hijo, que busca evitar todo aquello que ofusque y empañe tanto amor de Padre. Que en ese Corazón tan amado busque yo toda mi complacencia y mi descanso, buscando darle toda mi correspondencia.

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