Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros

“Somos templos del Espíritu Santo”, dirá san Pablo. Santuario de predilección donde Dios hace morada. Lugar íntimo, en el que el diálogo discurre con suavidad y delicadeza, tratando todo aquello que tiene que ver con la aceptación del querer de Dios, en medio de los gozos, pero, también, en las grandes dificultades. Lo que el Apóstol de los gentiles vino a decirnos es que, en todo y para todo, somos de Él, y que las limitaciones de nuestra condición mortal no son obstáculo para que la gloria de Dios se recree en nuestro interior, siendo luz permanente a través de las sombras de una vida que, en ocasiones, nos resulta ardua y trabajosa.

¿Cómo sería esa recreación de Dios en la Virgen? Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Toda la Trinidad hizo de Ella su hogar aquí, en la tierra. Resulta estremecedor imaginar la enormidad de gracia de esa presencia tan original. Preparar la encarnación de Dios en el mundo era romper la distancia del infinito para asumir la historia de lo temporal. Suponía la entrada de lo eterno en el seno de una virgen, concebida sin pecado original, pero criatura humana al fin y al cabo. El anonadamiento de Dios exigía también la humildad de una mujer, dispuesta a ser esclava hasta las últimas consecuencias.

Ser templo de la gloria de Dios es hablar de docilidad y confianza. Es la disposición necesaria para que Dios realice en el mundo sus maravillas, es decir, el milagro de vivir, insertos en lo efímero, pero derrochando palpitaciones de lo divino a través de nuestros afectos y obras. No tengamos miedo a ser templos de la gracia de Dios, aunque la exigencia de abandonarnos en Él suponga morir a nuestras seguridades y egoísmos. María lo vivió así, y ahora es Reina de toda la Creación.

Si quieres ayudar a Mater Dei, entra en nuestro grupo Teaming, aportando 1 € al mes: https://www.teaming.net/asociacionpublicadefielesmaterdei-grupo

Deja tu opinión

*