Gloria del Hijo, ruega por nosotros

Mucho de su gloria divina nos reveló el Padre en la maternidad de María, con la que quedó irreversiblemente marcado el misterio de la divinidad de Dios. La carne del Verbo quedó para siempre adornada de la gloria del Padre y de la gloria de la Madre. Aquella gloria de Dios, que en los tiempos antiguos hacía taparse el rostro a los israelitas, muestra en María y en su Hijo su rostro más humano y accesible.

A pesar del tiempo, mucho de María pervivió y permaneció para siempre en el Hijo, como también mucho del Hijo permaneció para siempre en la Virgen Madre. Este vínculo materno-filial entre el Hijo y la Madre era, en realidad, un signo en la carne que anunciaba ese otro misterio mucho más inefable de la relación paterno-filial entre el Hijo y el Padre: “Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11). El Verbo estuvo en María y quedó para siempre en Ella; María quedó también para siempre como Madre en el misterio del Hijo. A la luz de esta relación materna, Cristo pudo decir a sus discípulos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4).

Aquella gloria del rostro del Padre, que Cristo no podía contemplar en la noche oscura del abandono de la Cruz, pudo verla en el rostro de María, compadeciente con Él al pie de la Cruz. Allí, fue Ella reflejo de esa gloria divina que anunciaba ya los primeros destellos de la resurrección. Gloria divina y espiritual, que pasó inadvertida a los ojos de los hombres, acostumbrados al brillo cegador y al espejismo de la gloria del mundo. No sea así tu gloria, aparente y transitoria, para que cuantos vean tu vida den gloria al Padre que está en los cielos.

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