Casa del Verbo de Dios, ruega por nosotros

Narrando los inicios de Eva, el autor del Génesis no utiliza para ella el verbo crear, como hace para referirse a Adán, sino el verbo construir. Yahvé Dios construyó la mujer, como casa que había de albergar en sí la vida y la estirpe del hombre, pues el primer hogar de todo ser humano es el seno materno. La casa de Israel, la estirpe de David, la Jerusalén alabada como madre de todos los pueblos, no son sino ecos que prolongan en la historia el misterio de aquella maternidad física y espiritual de la Eva de los primordes.

Pensando en María, construyó Dios el misterio de aquella maternidad de la primera Eva. También Ella fue construida por Dios como casa y hogar de la verdadera vida divina, la del Verbo hecho carne, anticipando así lo que un día había de ser el seno de la Iglesia Madre, albergando en sí la vida eucarística del Verbo hecho pan y vino sobre el altar. La Iglesia es ahora la Esposa Madre que ofrece a los hombres aquella misma vida divina que se hizo carne en la carne y sangre de María. Algún día, en la verdadera y definitiva casa, en aquella Jerusalén celeste que es el verdadero seno virginal y fecundo que encierra desde siempre la vida y gloria divinas.

La maternidad de María es un signo, en la carne y en el alma, de aquel deseo eterno de Dios de poner su morada definitiva en el hombre. El Verbo hecho carne puso su morada en María para que el hombre pudiera entrar en esa misma morada a contemplar y encontrarse con la vida del Verbo.

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