Modelo de la Iglesia orante, ruega por nosotros

A la Virgen se la denomina Esposa de Dios Espíritu Santo, ya que ella es la “llena de gracia”. Sin embargo, esos desposorios alcanzaron su cénit cuando, junto a la Cruz de Jesús, fue testigo de predilección de ese manar sangre y agua del costado de Cristo. La tradición nos dice que ese hecho singular significaba el nacimiento de la Iglesia. María, unida a los méritos de su Hijo, engendró en su seno la semilla de todos aquellos que serían devueltos a la vida de la gracia. Ella, la nueva Eva, ya es la Madre de la Iglesia, donde cada uno de nosotros, renacidos por el agua y el Espíritu, vamos experimentando la fuerza sobrenatural que nos alcanza en virtud de su maternidad.

María, con su perseverante oración, sostuvo la incredulidad de aquellos discípulos que, en el cenáculo, aguardaban la llegada del Paráclito. Esas lenguas de fuego que impregnaron los corazones de los apóstoles con la fuerza y el poder de Dios, sólo fueron posibles gracias a la medicación de María, Esposa del Espíritu Santo, Madre y modelo de la Iglesia.

La Iglesia, Esposa de Cristo, tiene firme su mirada en María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella es modelo de fe, esperanza y caridad para cada uno de los hijos de la Iglesia, y en Ella alcanzamos el beneplácito de Dios, porque intercede por nosotros hasta el fin de los tiempos. La Virgen es fuente de la misericordia de Dios, por eso, la ternura de Dios es tan asequible al corazón más sufriente. Acude a Ella en todo momento, y volverás a respirar la paz que sólo puede provenir de un alma que confía en su maternidad omnipotente.

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