Madre de la luz, ruega por nosotros

La noche de la Vigilia Pascual, alrededor de un fuego, el pueblo de Dios espera expectante que el cirio, significando a Cristo, quede prendido por la llama de su Resurrección. Cristo es la Luz del mundo, la que agosta las tinieblas del pecado y de la muerte, devolviendo al Padre la claridad de la reconciliación definitiva.

La Virgen María, Madre de Dios, es, por tanto, también la Madre de la Luz. Cuando un alma está en gracia todo es luz y resplandor. Todas las cosas quedan irradiadas con la fuerza de lo que no tiene nada que esconder, pues la verdad de su luminosidad hace que todo sea atraído hacia esa luz como el imán más poderoso. María, como una estrella en la noche, ilumina nuestros naufragios cotidianos. Hace que Cristo sea el faro de nuestro desaliento, para retomar, una vez más, desde el seno materno de la Virgen, nuestro regreso a la casa del Padre.

Sellada con el beso de Dios, la maternidad de María, es también luz para los que, huérfanos y atribulados, y acosados por nuestros pecados, buscamos un rayo de ese sol que nos haga recomenzar, con denodada esperanza, nuestra filiación divina. Somos pecadores, sí, pero María ilumina nuestra oscuridad para ser refugio donde descansar ese día a día que, entre cansancios y fracasos, nos abre su maternidad, y así experimentar, ya para siempre, la Luz de ese Cristo que lleva en sus entrañas. Vuelve tu mirada al rostro de María, y cada acontecimiento de tu vida será luz que alumbre a tantas almas necesitadas de la claridad de Cristo.

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