Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Nos cuenta san Lucas que una mujer alzó la voz entre la gente para soltar semejante piropo al Señor. No tardó mucho Jesús en rectificar la intención de semejante finura de la susodicha señora, para recordarle que, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Ahora bien, lo que sí es cierto es que María, su Madre, debió amamantarle en las primeras semanas de su vida en la tierra. Perfecto Dios, pero perfecto también en la humanidad. Y de esta normalidad en lo humano, gracias a Dios, Jesús no se privó en nada, excepto en el pecado como nos recordará san Pablo. Lejos de falsos escrúpulos que pueden hacernos una idea anormal y extraña, Dios abandonó a su Hijo a lo más cotidiano y exigente que puede suponerse el estar sometido a la condición humana. Así nos lo dice también san Lucas, cuando después de que Jesús fue encontrado en el Templo por sus padres, a la edad de doce años, nos recuerda que toda la vida oculta del Señor, cerca de treinta años, consistió en progresar en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres… es decir, en vivir con normalidad su crecimiento y educación, junto a María y a José.

Ahora sólo hace falta, que tú y yo nos fiemos más del Señor, confiando en que María renueve nuestra pureza de corazón. Que nuestra vocación beba del amor de Dios que, a su vez, se alimentó de ese virginal pecho de María, Madre de Dios y Madre nuestra

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