Aquella por quien el Hijo realizó el primero de sus signos, ruega por nosotros

En las Bodas de Caná el Señor hizo el primero de sus milagros. María, su Madre, es invitada a esa celebración, quizás por ser un pariente cercano o una persona allegada. Jesús la acompaña con algunos de sus discípulos. En medio de la celebración, el maestresala avisa que se han quedado sin vino, y esto debería de ser un verdadero drama, pues era la bebida por antonomasia con la que se celebraban semejantes banquetes. La Virgen acude a su hijo: “Se han quedado sin vino”. Jesús responde: “Mujer, qué nos va a ti y a mi esto… aún no ha llegado mi hora”. Sorprende la naturalidad del trato entre madre e  hijo. Como si el Señor adivinara las intenciones de la Virgen. Entonces se produce el milagro. Sabiendo María que el tiempo de Jesús aún no era el que se esperaba para que mostrara los signos de su poder, comprometió la voluntad de Dios para que su Hijo realizara la conversión del agua en vino.

Ser conscientes del poder mediador de la Virgen es algo que debería alegrarnos, además de buscar su intercesión permanentemente. Ella, como Madre, sabe de las necesidades de sus hijos, y de la manera en que su Hijo intervendrá para operar esa gracia eficaz en nuestras vidas. ¿Qué hemos de hacer? ¡Rezar!, acudir a Ella, en primer lugar, y decirle que el vino de nuestra vida interior está agostado y caduco. Necesitamos que acuda a la infinita misericordia de su Hijo, y que su corazón, humano y divino, realice el prodigio de transformar nuestra débil condición en fidelidad a su seguimiento… La alegría de escuchar de labios de María: “Haced lo que Él os diga”, llenará de paz y serenidad nuestra pobre tinaja interior, agrietada y llena de lañas, para seguir hacia delante, con un corazón repleto del más aromático de los vinos: el del amor de Dios.

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