Archivos para mayo 2019

Digna de toda alabanza, ruega por nosotros

Solemos dejarnos engañar por el espejismo de las alabanzas, lisonjas y honores. Nos creemos mejores, y hasta juzgamos que las cosas van más o menos bien, en la medida en que recibimos el reconocimiento o la descalificación de los demás. Cuántas veces actuamos buscando quedar bien y agradar a los demás, consintiendo el error, la injusticia o la mentira, si eso nos permite crecer y subir en el escalafón de la gloria humana. Nos importa tanto la opinión y la valoración ajena que somos capaces de pasar por encima de nuestra propia conciencia y de claudicar ante las exigencias del Evangelio, con tal de ganar ese poco de prestigio humano, que nos coloque en el montón de los afortunados. En cambio, los parámetros de Dios son desconcertantes, pues en el aparente fracaso humano, en la humillación ajena, en la incomprensión o en la infravaloración de los demás puede esconderse una ocasión de conversión, de santidad o de salvación, que pase inadvertida a los ojos engreídos de tantos hombres.

La maternidad divina de María, escondida en la simplicidad de una joven mujer de aldea, pasó inadvertida a los grandes de su época. Ella, que proclamó a su prima Isabel que todas las generaciones habían de llamarla Bienaventurada, sólo buscó la complacencia de esa mirada de Dios, que juzga y conoce lo íntimo y escondido. Ignorada de la gloria humana, mereció la alabanza del Padre, que se inclinó enamorado ante la belleza escondida de su alma de Madre y la proclamó “Llena de gracia”. Guarda para Ella tus más tiernas alabanzas, pues nadie como Ella merece todo tu reconocimiento y admiración. Aprende de Ella a valorar lo humano según la medida de Dios y no caigas en la tentación de hacer de la engañosa alabanza ajena el eje de tu vida.

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Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros

“Somos templos del Espíritu Santo”, dirá san Pablo. Santuario de predilección donde Dios hace morada. Lugar íntimo, en el que el diálogo discurre con suavidad y delicadeza, tratando todo aquello que tiene que ver con la aceptación del querer de Dios, en medio de los gozos, pero, también, en las grandes dificultades. Lo que el Apóstol de los gentiles vino a decirnos es que, en todo y para todo, somos de Él, y que las limitaciones de nuestra condición mortal no son obstáculo para que la gloria de Dios se recree en nuestro interior, siendo luz permanente a través de las sombras de una vida que, en ocasiones, nos resulta ardua y trabajosa.

¿Cómo sería esa recreación de Dios en la Virgen? Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Toda la Trinidad hizo de Ella su hogar aquí, en la tierra. Resulta estremecedor imaginar la enormidad de gracia de esa presencia tan original. Preparar la encarnación de Dios en el mundo era romper la distancia del infinito para asumir la historia de lo temporal. Suponía la entrada de lo eterno en el seno de una virgen, concebida sin pecado original, pero criatura humana al fin y al cabo. El anonadamiento de Dios exigía también la humildad de una mujer, dispuesta a ser esclava hasta las últimas consecuencias.

Ser templo de la gloria de Dios es hablar de docilidad y confianza. Es la disposición necesaria para que Dios realice en el mundo sus maravillas, es decir, el milagro de vivir, insertos en lo efímero, pero derrochando palpitaciones de lo divino a través de nuestros afectos y obras. No tengamos miedo a ser templos de la gracia de Dios, aunque la exigencia de abandonarnos en Él suponga morir a nuestras seguridades y egoísmos. María lo vivió así, y ahora es Reina de toda la Creación.

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Gloria del Hijo, ruega por nosotros

Mucho de su gloria divina nos reveló el Padre en la maternidad de María, con la que quedó irreversiblemente marcado el misterio de la divinidad de Dios. La carne del Verbo quedó para siempre adornada de la gloria del Padre y de la gloria de la Madre. Aquella gloria de Dios, que en los tiempos antiguos hacía taparse el rostro a los israelitas, muestra en María y en su Hijo su rostro más humano y accesible.

A pesar del tiempo, mucho de María pervivió y permaneció para siempre en el Hijo, como también mucho del Hijo permaneció para siempre en la Virgen Madre. Este vínculo materno-filial entre el Hijo y la Madre era, en realidad, un signo en la carne que anunciaba ese otro misterio mucho más inefable de la relación paterno-filial entre el Hijo y el Padre: “Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11). El Verbo estuvo en María y quedó para siempre en Ella; María quedó también para siempre como Madre en el misterio del Hijo. A la luz de esta relación materna, Cristo pudo decir a sus discípulos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4).

Aquella gloria del rostro del Padre, que Cristo no podía contemplar en la noche oscura del abandono de la Cruz, pudo verla en el rostro de María, compadeciente con Él al pie de la Cruz. Allí, fue Ella reflejo de esa gloria divina que anunciaba ya los primeros destellos de la resurrección. Gloria divina y espiritual, que pasó inadvertida a los ojos de los hombres, acostumbrados al brillo cegador y al espejismo de la gloria del mundo. No sea así tu gloria, aparente y transitoria, para que cuantos vean tu vida den gloria al Padre que está en los cielos.

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Primicia de la nueva creación, ruega por nosotros

Eva, nuestra madre primigenia, fue tentada para “intentar” desbaratar la hermosa obra creadora de Dios. La humanidad, Adán y Eva, parecía sucumbir ante un proyecto impresionante. La misma imagen de Dios en el mundo, puesta en la creación para llevar a término la gloría del Altísimo, quedaba emborronada a causa del pecado.

¿Quién podría recobrar semejante orden perdido? Dios, una vez que Adán le da a conocer su desnudez, da comienzo su gran plan de salvación. Después de condenar a la serpiente a ese arrastrarse sobre la tierra, bendice a la mujer para ser la portadora de la nueva condición humana. Vemos en ella a María, la que también será perseguida por el dragón en el Apocalipsis. Sin embargo, será la crónica de una muerte anunciada, porque el mal ya no tendrá cabida en ese nuevo orden.

La Virgen es la Nueva Eva. En Ella, da comienzo la nueva creación. Lleva en su vientre el destino de toda la humanidad. El fruto en María, ya no es la manzana de aquel Paraíso perdido, sino el mismo Dios hecho carne. Ese mismo misterio de la Encarnación será, una vez más, entregado a todos los hombres para que sea el alimento definitivo. Por eso, vemos también en la Virgen el origen de la Eucaristía. A través de esa entrega sin condiciones, la Madre de Dios tuvo en su seno ese primer Sagrario, fruto de un amor total al Padre, y que hizo, en esa donación al Espíritu Santo, ser portadora de la única salvación posible para todos. Jesucristo, asumiendo la radicalidad de su condición humana, se hace comida y bebida para alcanzarnos la vida eterna… ¡Es de la misma sangre de María!, la Nueva Eva por la que obtenemos las primicias de la nueva creación.

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Casa del Verbo de Dios, ruega por nosotros

Narrando los inicios de Eva, el autor del Génesis no utiliza para ella el verbo crear, como hace para referirse a Adán, sino el verbo construir. Yahvé Dios construyó la mujer, como casa que había de albergar en sí la vida y la estirpe del hombre, pues el primer hogar de todo ser humano es el seno materno. La casa de Israel, la estirpe de David, la Jerusalén alabada como madre de todos los pueblos, no son sino ecos que prolongan en la historia el misterio de aquella maternidad física y espiritual de la Eva de los primordes.

Pensando en María, construyó Dios el misterio de aquella maternidad de la primera Eva. También Ella fue construida por Dios como casa y hogar de la verdadera vida divina, la del Verbo hecho carne, anticipando así lo que un día había de ser el seno de la Iglesia Madre, albergando en sí la vida eucarística del Verbo hecho pan y vino sobre el altar. La Iglesia es ahora la Esposa Madre que ofrece a los hombres aquella misma vida divina que se hizo carne en la carne y sangre de María. Algún día, en la verdadera y definitiva casa, en aquella Jerusalén celeste que es el verdadero seno virginal y fecundo que encierra desde siempre la vida y gloria divinas.

La maternidad de María es un signo, en la carne y en el alma, de aquel deseo eterno de Dios de poner su morada definitiva en el hombre. El Verbo hecho carne puso su morada en María para que el hombre pudiera entrar en esa misma morada a contemplar y encontrarse con la vida del Verbo.

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Modelo de la Iglesia orante, ruega por nosotros

A la Virgen se la denomina Esposa de Dios Espíritu Santo, ya que ella es la “llena de gracia”. Sin embargo, esos desposorios alcanzaron su cénit cuando, junto a la Cruz de Jesús, fue testigo de predilección de ese manar sangre y agua del costado de Cristo. La tradición nos dice que ese hecho singular significaba el nacimiento de la Iglesia. María, unida a los méritos de su Hijo, engendró en su seno la semilla de todos aquellos que serían devueltos a la vida de la gracia. Ella, la nueva Eva, ya es la Madre de la Iglesia, donde cada uno de nosotros, renacidos por el agua y el Espíritu, vamos experimentando la fuerza sobrenatural que nos alcanza en virtud de su maternidad.

María, con su perseverante oración, sostuvo la incredulidad de aquellos discípulos que, en el cenáculo, aguardaban la llegada del Paráclito. Esas lenguas de fuego que impregnaron los corazones de los apóstoles con la fuerza y el poder de Dios, sólo fueron posibles gracias a la medicación de María, Esposa del Espíritu Santo, Madre y modelo de la Iglesia.

La Iglesia, Esposa de Cristo, tiene firme su mirada en María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella es modelo de fe, esperanza y caridad para cada uno de los hijos de la Iglesia, y en Ella alcanzamos el beneplácito de Dios, porque intercede por nosotros hasta el fin de los tiempos. La Virgen es fuente de la misericordia de Dios, por eso, la ternura de Dios es tan asequible al corazón más sufriente. Acude a Ella en todo momento, y volverás a respirar la paz que sólo puede provenir de un alma que confía en su maternidad omnipotente.

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Madre de la luz, ruega por nosotros

La noche de la Vigilia Pascual, alrededor de un fuego, el pueblo de Dios espera expectante que el cirio, significando a Cristo, quede prendido por la llama de su Resurrección. Cristo es la Luz del mundo, la que agosta las tinieblas del pecado y de la muerte, devolviendo al Padre la claridad de la reconciliación definitiva.

La Virgen María, Madre de Dios, es, por tanto, también la Madre de la Luz. Cuando un alma está en gracia todo es luz y resplandor. Todas las cosas quedan irradiadas con la fuerza de lo que no tiene nada que esconder, pues la verdad de su luminosidad hace que todo sea atraído hacia esa luz como el imán más poderoso. María, como una estrella en la noche, ilumina nuestros naufragios cotidianos. Hace que Cristo sea el faro de nuestro desaliento, para retomar, una vez más, desde el seno materno de la Virgen, nuestro regreso a la casa del Padre.

Sellada con el beso de Dios, la maternidad de María, es también luz para los que, huérfanos y atribulados, y acosados por nuestros pecados, buscamos un rayo de ese sol que nos haga recomenzar, con denodada esperanza, nuestra filiación divina. Somos pecadores, sí, pero María ilumina nuestra oscuridad para ser refugio donde descansar ese día a día que, entre cansancios y fracasos, nos abre su maternidad, y así experimentar, ya para siempre, la Luz de ese Cristo que lleva en sus entrañas. Vuelve tu mirada al rostro de María, y cada acontecimiento de tu vida será luz que alumbre a tantas almas necesitadas de la claridad de Cristo.

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Madre de Jesús, orando con los apóstoles, ruega por nosotros

La imagen de la Madre de Dios, orando junto a los apóstoles, a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés, se ha retratado multitud de veces. Antes, desde la oración en el Gólgota hasta la espera de la Resurrección de Jesús, debieron ser horas de una gran tensión interior. Toda una vida de entrega al plan de Dios, todas las potencias del entendimiento y la voluntad puestas a disposición de la providencia divina. Esa disponibilidad era la que necesitaba Dios para realizar su obra redentora. Jesús, una vez resucitado, se manifiesta a los suyos en cuerpo glorioso, y le pueden ver y tocar. Fueron días de gozo, de expansión interior, y de confirmar la autenticidad de sus palabras y obras. Sin embargo, llega la hora de la despedida. El Señor asciende al Cielo, prometiéndoles la venida del Paráclito, el Consolador que habría de confirmarles en la fe para llevar a cabo la evangelización de su obra al mundo entero.

Sorprendemos a estos discípulos de Jesús reunidos, una vez más, en el cenáculo. En medio de ellos, como una fuerza arrebatadora, se encuentra la Virgen orante. Pío XII, con motivo de la proclamación del dogma de la Asunción, dirá que la poderosa oración de María avivó la fuerza de esa Iglesia naciente, pues su intercesión fue necesaria para fortalecer la fe de los apóstoles. Ella, Esposa del Espíritu Santo, oraba e imploraba la llegada del fuego del amor de Dios para que, aquellos que debían ser portadores de la Palabra de Cristo ante el mundo, inundara sus tibios corazones con la certeza de que nunca ya fueran abatidos. Tú y yo, que somos hijos de Dios, llamados también a ser sus apóstoles, ¿vamos a sucumbir ante el ambiente o la mediocridad de nuestra vida, cuando también estamos fortalecidos con aquella misma oración de María que favoreció el poder de la Iglesia?

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Tú, que creyendo esperaste la resurrección, ruega por nosotros

María Magdalena la que se encontró con el sepulcro abierto el día de la Resurrección, cuando fue al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. El amor al Maestro sostenía aquella fidelidad de los últimos momentos, aunque todos, incluso sus más íntimos, habían huído de Él. Así son las cosas que nacen del verdadero cariño, y que sólo entienden los enamorados; cosas que no llegan a entenderse mientras se piense que, para querer a alguien, es necesario recibir algo a cambio.

El amor de la Virgen Madre a su Hijo es también cosa de enamorados. Ella, más que nadie, también en esos últimos momentos del Señor, “esperó contra toda esperanza”. El sostener al Hijo entre sus brazos, una vez lo descendieron de la Cruz, debió ser la mayor experiencia de un amor sufriente que pudiera soportar una madre. Incluso, en ese instante, María debió gritar en su interior al Padre Dios: “¡Muero de dolor, pero me fío de Ti!”. Ella cumplía aquella entrega del hijo que Abraham no completó. Era el cumplimiento definitivo del amor de Dios llevado hasta el culmen, donde sólo la “llena de gracia” podría soportar. 

Una piadosa tradición nos dice que la Virgen Madre fue la primera a quien se apareció el Señor resucitado. Cuesta creer que no fuera así, puesto que Ella llevó en su seno el signo del Verbo encarnado, anticipando en ese nacimiento el triunfo de Dios sobre la muerte y el pecado. ¡Cuánta justicia cumplida en ese abrazo del cuerpo resucitado de Cristo al de María, su Madre, que hizo de su fe también motivo para anticiparse a la gloria de Dios sobre el mundo! El “pequeño” universo de María, lejos de ser sepulcro cerrado, era el seno virginal de una madre que hizo donación de su Hijo para la salvación de la humanidad.

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Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Nos cuenta san Lucas que una mujer alzó la voz entre la gente para soltar semejante piropo al Señor. No tardó mucho Jesús en rectificar la intención de semejante finura de la susodicha señora, para recordarle que, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Ahora bien, lo que sí es cierto es que María, su Madre, debió amamantarle en las primeras semanas de su vida en la tierra. Perfecto Dios, pero perfecto también en la humanidad. Y de esta normalidad en lo humano, gracias a Dios, Jesús no se privó en nada, excepto en el pecado como nos recordará san Pablo. Lejos de falsos escrúpulos que pueden hacernos una idea anormal y extraña, Dios abandonó a su Hijo a lo más cotidiano y exigente que puede suponerse el estar sometido a la condición humana. Así nos lo dice también san Lucas, cuando después de que Jesús fue encontrado en el Templo por sus padres, a la edad de doce años, nos recuerda que toda la vida oculta del Señor, cerca de treinta años, consistió en progresar en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres… es decir, en vivir con normalidad su crecimiento y educación, junto a María y a José.

Ahora sólo hace falta, que tú y yo nos fiemos más del Señor, confiando en que María renueve nuestra pureza de corazón. Que nuestra vocación beba del amor de Dios que, a su vez, se alimentó de ese virginal pecho de María, Madre de Dios y Madre nuestra

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