Archivos para mayo 2019

Tú, que creyendo esperaste la resurrección, ruega por nosotros

María Magdalena la que se encontró con el sepulcro abierto el día de la Resurrección, cuando fue al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. El amor al Maestro sostenía aquella fidelidad de los últimos momentos, aunque todos, incluso sus más íntimos, habían huído de Él. Así son las cosas que nacen del verdadero cariño, y que sólo entienden los enamorados; cosas que no llegan a entenderse mientras se piense que, para querer a alguien, es necesario recibir algo a cambio.

El amor de la Virgen Madre a su Hijo es también cosa de enamorados. Ella, más que nadie, también en esos últimos momentos del Señor, “esperó contra toda esperanza”. El sostener al Hijo entre sus brazos, una vez lo descendieron de la Cruz, debió ser la mayor experiencia de un amor sufriente que pudiera soportar una madre. Incluso, en ese instante, María debió gritar en su interior al Padre Dios: “¡Muero de dolor, pero me fío de Ti!”. Ella cumplía aquella entrega del hijo que Abraham no completó. Era el cumplimiento definitivo del amor de Dios llevado hasta el culmen, donde sólo la “llena de gracia” podría soportar. 

Una piadosa tradición nos dice que la Virgen Madre fue la primera a quien se apareció el Señor resucitado. Cuesta creer que no fuera así, puesto que Ella llevó en su seno el signo del Verbo encarnado, anticipando en ese nacimiento el triunfo de Dios sobre la muerte y el pecado. ¡Cuánta justicia cumplida en ese abrazo del cuerpo resucitado de Cristo al de María, su Madre, que hizo de su fe también motivo para anticiparse a la gloria de Dios sobre el mundo! El “pequeño” universo de María, lejos de ser sepulcro cerrado, era el seno virginal de una madre que hizo donación de su Hijo para la salvación de la humanidad.

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Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Nos cuenta san Lucas que una mujer alzó la voz entre la gente para soltar semejante piropo al Señor. No tardó mucho Jesús en rectificar la intención de semejante finura de la susodicha señora, para recordarle que, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Ahora bien, lo que sí es cierto es que María, su Madre, debió amamantarle en las primeras semanas de su vida en la tierra. Perfecto Dios, pero perfecto también en la humanidad. Y de esta normalidad en lo humano, gracias a Dios, Jesús no se privó en nada, excepto en el pecado como nos recordará san Pablo. Lejos de falsos escrúpulos que pueden hacernos una idea anormal y extraña, Dios abandonó a su Hijo a lo más cotidiano y exigente que puede suponerse el estar sometido a la condición humana. Así nos lo dice también san Lucas, cuando después de que Jesús fue encontrado en el Templo por sus padres, a la edad de doce años, nos recuerda que toda la vida oculta del Señor, cerca de treinta años, consistió en progresar en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres… es decir, en vivir con normalidad su crecimiento y educación, junto a María y a José.

Ahora sólo hace falta, que tú y yo nos fiemos más del Señor, confiando en que María renueve nuestra pureza de corazón. Que nuestra vocación beba del amor de Dios que, a su vez, se alimentó de ese virginal pecho de María, Madre de Dios y Madre nuestra

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Tú, que permaneciste intrépida junto al altar de la Cruz, ruega por nosotros

La valentía no es cuestión de voluntarismo. Demostrar lo que uno es capaz de llevar a cabo, sólo a fuerza de puños, no es argumento para que otros confíen en nosotros. Cuanto más creemos que nuestro arrojo y coraje son fruto del ejercicio de nuestra voluntad, más nos equivocamos y equivocamos a otros. En cambio, hay una valentía que está más allá de nuestros límites, humanamente inexplicable, porque la recibimos de Dios. Toda la vida de María fue una entrega confiada a la voluntad de Dios, no a la suya propia. Ahí está la paradoja: que, con su abandono a la gracia divina, María vivió como nadie esa libertad propia de los que viven en la intimidad de los hijos de Dios.

La Virgen estuvo junto a la Cruz de su Hijo. No de manera hierática, o como un convidado de piedra. Su sufrimiento y su dolor no eran óbice para permanecer con una fidelidad inimaginable ante la muerte de su Hijo. La valentía de la Virgen, fruto de la gracia de Dios que inundaba su alma, hizo que su amor se anticipara a cualquier condicionamiento humano. Ella estaba allí, y el Espíritu Santo, como a Aquel que permanecía en el ara del suplicio, llenaba su alma de una fortaleza que sólo provenía de Dios.

Cuántas veces nos cuesta dar testimonio de nuestra fe, porque nos acomplejamos por la opinión de la mayoría, por el qué dirán, por los respetos humanos. Pero, más allá de esas circunstancias que tanto nos condicionan al actuar, poseemos el don de la fuerza del Espíritu Santo, que nos da la valentía sobrenatural necesaria para testimoniar a Dios allí donde estemos. Fiarnos de Él es actuar con la certeza de que el Señor ha depositado en nuestros corazones una valentía que no es fruto de nuestros esfuerzos, sino del amor que nos tiene.

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Aquella por quien los discípulos creyeron en el Maestro, ruega por nosotros

Al ver el milagro de las Bodas de Caná, los discípulos de Jesús se asombrarían de la poderosa intercesión de la Virgen. Nos dice de san Juan que “sus discípulos creyeron en Él”. La intervención de la Virgen fue la mediación necesaria para impulsar la fe primeriza de los que seguían a Jesús. Pocos son los momentos del Evangelio en que aparece la figura de María, pero, en todos ellos, su presencia escondida y oculta encierra una eficacia sobrenatural que se nos escapa. Se trata de la eficiencia, fruto de un corazón que vive con sencillez su relación con Dios, que mira siempre en el interior. Ese ponderar en el corazón la gracia del Espíritu Santo, es no dejarse llevar por la notoriedad de lo externo, sino vivir con una confianza absoluta en ese don, invisible a los ojos de los hombres, que es una comunión permanente con el Amor del Padre, una entrega sin límites al cuidado del Hijo, y la fidelidad al Esposo, Espíritu Santo, que la hacía a María vivir en esa tensión espiritual, lejos del agobio o la ansiedad, “simplemente” abandonada a Él.

Cuesta entender que los apóstoles fueran tardos en creer, habiendo acompañado tanto tiempo al Señor y habiendo visto sus obras y prodigios. María, en cambio, más que buscar explicaciones, simplemente aceptaba todo lo que acontecía en su vida, en los momentos de gozo o de dolor, de alegría o de sufrimiento. Buscar la unidad de vida en cada una de esas situaciones, mirándonos en el espejo de la providencia divina, ayuda a vivir sin el sobresalto de nuestras limitaciones, o sin la contradicción de esos detalles de cada jornada. Todo nos habla de Dios cuando estamos enamorados de Él. Cada rosa esconde una espina para recordarnos a quien hemos de entregar nuestro corazón, porque sólo la Cruz desprende el verdadero aroma de una vida entregada.

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Aquella por quien el Hijo realizó el primero de sus signos, ruega por nosotros

En las Bodas de Caná el Señor hizo el primero de sus milagros. María, su Madre, es invitada a esa celebración, quizás por ser un pariente cercano o una persona allegada. Jesús la acompaña con algunos de sus discípulos. En medio de la celebración, el maestresala avisa que se han quedado sin vino, y esto debería de ser un verdadero drama, pues era la bebida por antonomasia con la que se celebraban semejantes banquetes. La Virgen acude a su hijo: “Se han quedado sin vino”. Jesús responde: “Mujer, qué nos va a ti y a mi esto… aún no ha llegado mi hora”. Sorprende la naturalidad del trato entre madre e  hijo. Como si el Señor adivinara las intenciones de la Virgen. Entonces se produce el milagro. Sabiendo María que el tiempo de Jesús aún no era el que se esperaba para que mostrara los signos de su poder, comprometió la voluntad de Dios para que su Hijo realizara la conversión del agua en vino.

Ser conscientes del poder mediador de la Virgen es algo que debería alegrarnos, además de buscar su intercesión permanentemente. Ella, como Madre, sabe de las necesidades de sus hijos, y de la manera en que su Hijo intervendrá para operar esa gracia eficaz en nuestras vidas. ¿Qué hemos de hacer? ¡Rezar!, acudir a Ella, en primer lugar, y decirle que el vino de nuestra vida interior está agostado y caduco. Necesitamos que acuda a la infinita misericordia de su Hijo, y que su corazón, humano y divino, realice el prodigio de transformar nuestra débil condición en fidelidad a su seguimiento… La alegría de escuchar de labios de María: “Haced lo que Él os diga”, llenará de paz y serenidad nuestra pobre tinaja interior, agrietada y llena de lañas, para seguir hacia delante, con un corazón repleto del más aromático de los vinos: el del amor de Dios.

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Mujer nueva, ruega por nosotros

Lo nuevo no se opone a lo antiguo sino a lo viejo.  Lo viejo es lo que se deteriora y pierde valor con el tiempo; lo antiguo, en cambio, con el tiempo se va haciendo más valioso. Pero, el tiempo de las cosas es implacable y no perdona el deterioro de lo antiguo y de lo viejo. En el tiempo salvífico de Dios, la redención de Cristo lo viejo pasa y se hace nuevo todo lo antiguo. Es el tiempo de la nueva creación, de la nueva alianza, del mandamiento nuevo, de la nueva Jerusalén, de los nuevos cielos y la nueva tierra.

La maternidad es expresión de una continua novedad, pues en ella se comunica la vida con un rostro de hijo siempre nuevo y diferente. No hay dos rostros iguales, aun habiendo nacido ambos del mismo seno materno. La maternidad de María es nueva, no porque engendre muchos hijos sino porque engendra a Cristo, en quien se hace carne la eterna novedad de Dios. En Él se nos ha dado , una forma absolutamente nueva y para siempre, toda la vida del Padre. Una nueva y definitiva maternidad define a esta Mujer, en quien la novedad de una vida nueva que nace es también absoluta y definitiva. En su seno materno se esconde todo el tiempo salvífico de Dios, ése que hace nuevas y definitivas todas las cosas antiguas. La antigua maternidad de Eva, llamada a albergar en su seno muchos hijos, terminó engendrando vida envejecida y deteriorada por el tiempo del pecado. Era necesaria una nueva maternidad, expresión de una nueva feminidad, que engendrase aquella gracia y gloria que perdimos por el pecado.

Cuida que de tu alma no nazcan obras muertas por el pecado, aunque tengan la apariencia de obras buenas. Sólo la gracia te renueva y te introduce en la eterna novedad del tiempo de Dios, en el que todo habla de resurrección y de vida nueva.

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Defensa de la Iglesia, ruega por nosotros

Todo el misterio de Cristo gravita sobre la fe de la Virgen como la palanca sobre la roca. Ella creyó en el anuncio del ángel de parte de Dios, y el Verbo pudo hacerse carne. Porque creía en su Hijo Dios, en Caná María adelantó la Hora de Cristo dando inicio al tiempo de los signos. Porque sabía que el Verbo había sido concebido virginalmente, María creyó y permaneció firme al pie de la Cruz, sosteniendo allí la fe y el sacerdocio de toda la Iglesia. Porque creyó en la resurrección, Ella sostuvo aquella oración de los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén que suplicaba el don pascual del Espíritu.

Porque María es mujer de fe, la Iglesia peregrina ahora apoyando en Ella su camino hacia la casa del Padre. Porque fue Madre de Cristo y defendió en su seno la vida divina del Verbo, Ella es ahora Madre de toda la Iglesia, a la que defiende cobijándola en su seno virginal y materno. Esa maternidad de María es defensa y cobijo en cuyo seno queda abrigada la piedra angular de Cristo y la roca de Pedro.

Mientras Ella sea la Madre gestante que lleva en su seno a todos los hijos de la Iglesia peregrina, su seno virginal y materno será siempre defensa y cobijo en el que nunca vencerá el poder del maligno. Has de dejarte llevar siempre en el regazo de esta Madre si no quieres sucumbir ante los embates del mal y del pecado que amenazan con hundir la barquilla de tu fe. 

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Tú, que nos diste al pan de la vida, ruega por nosotros

María es mujer eucarística por ser mujer, porque en Ella todo lo biológico es eucarístico. En su maternidad se unen el pan y la vida como se unió la divinidad del Verbo a la terrosa y quebradiza naturaleza humana. De su seno toma el Verbo esa carne virginal que había de convertirse, ya en el seno de la Iglesia, en pan eucarístico. Y a esa carne humana, precaria y material, hecha para albergar la gloria, une el Verbo toda la vida divina que late escondida en el seno Trinitario.

Madre que nos dio al Verbo hecho carne como el sacerdote nos da a Cristo hecho pan. Madre que dio vida humana al Verbo en la carne para que la vida divina de Dios llegase a nosotros en esa otra carne de sacramento que es la Eucaristía. Madre eucarística, porque dio su cuerpo y su sangre al Verbo encarnado para comunicar una vida nueva al mundo, como Cristo Sacerdote nos da su cuerpo y su sangre para comunicar su misma vida divina al mundo.

Así es la Eucaristía, como ese seno de María Virgen y Madre donde se encarna sacramentalmente, en la pobre materialidad de un pan, todo el misterio salvífico de Cristo. Que María nos enseñe a gustar de ese pan eucarístico que sabe a gloria de Cristo, para que se transfigure en la carne de nuestra vida, y hagamos de nuestro día a día el pan que Cristo ofrece al Padre desde el altar.

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Tú, que complaciste al Padre por tu virginidad, ruega por nosotros

María entregó su vida enteramente a Dios. La procreación (“creced y multiplicaos”) era la manera con la que Israel reconocía su identidad como pueblo elegido por Dios. Sin embargo, ya a lo largo del Antiguo Testamento descubrimos personajes, llamados por Dios, que vivieron su consagración de manera célibe. Sacados de su propio ambiente, son devueltos al mundo para mostrar con su entrega que es posible una fecundidad en el espíritu. No se trataba de un desprecio a la carne, sino de otra manera de vivir, para manifestar al mundo el rostro invisible de Dios que, más que sacrificios y holocaustos, demandaba la entrega de un corazón libre y sin condicionamientos.

En la Virgen María su vocación nos revela una nueva paradoja. Desde el espíritu, Dios es capaz de generar la carne definitiva para nuestra salvación: su propio Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad. Pero para ello, Dios requería de la docilidad de una virgen, capaz de asumir, en su espíritu y en su carne, el querer del Padre. María, con su “sí”, no sólo hizo honor a su Inmaculada Concepción, sino que se transformó en la única criatura de complacer el amor infinito de Dios en su alma. Ella se vació de sí misma para ser la “Llena de gracia” y, de esta manera, ser Madre del Verbo encarnado.

¡Nos cuesta tanto dar nuestro tiempo o nuestras ganas a los demás!… Aprendamos de la virginidad de María a vivir con rectitud de intención, con pureza de corazón, ese olvido de nosotros para ganar almas para Dios.

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Formada por el Espíritu Santo como nueva criatura, ruega por nosotros

A la Virgen María se la denomina la “nueva Eva”. Recordemos que el pecado original supuso el mayor desorden para toda la creación. La libertad con la que contaban nuestros primeros padres les hizo vivir en el engaño de que podían alcanzar una semejanza de Dios superior a la que tenían. Esa mentira, esa falta de confianza, les produjo una muerte que también nos alcanzó a nosotros: morir a la amistad con Dios.

Pero el Espíritu Santo obró el milagro en las entrañas de María. La “llena de gracia” nos hizo recuperar esa intimidad divina perdida. Fue el cauce elegido por Dios para mostrarnos el amor sin límites que tiene por cada uno de nosotros.

“Nueva Eva”, que significa una nueva maternidad de Dios para nosotros. La distancia del pecado ha quedado ahora anulada por la entrega de María. No sólo Ella se entregó a Dios, sino que la entrega de su Hijo se extiende al mundo entero. Lo que Eva no pudo llevar a cabo, la Virgen lo realiza en su maternidad, dándonos a Cristo como viático, Ella que lo alimentó con la sangre de su seno.

El Espíritu Santo, esposo de María, hizo de la Virgen esa nueva creatura, para que tú y yo muramos al hombre viejo, y en esa nueva humanidad recuperemos la amistad con Dios que nunca ya habremos de perder.

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