“José hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1,24)

Pocas veces se habla de san José en los Evangelios. Se nos dice que era un hombre justo, y que se planteó repudiar en secreto a su mujer María cuando supo que esta encinta. Sin embargo, a pesar de las dudas y posibles temores, José es obediente a lo que Dios le sugiere… y se pone en marcha. Deja atrás todo lo que humanamente exigiría una explicación, porque por encima de sus seguridades se encuentra la voluntad de Dios.

José es maestro de docilidad, pero también es experto en el amor. El respeto hacía la Virgen nunca fue escrupuloso, sino de un alma profundamente enamorada. Nunca me he imaginado a san José como un anciano, sino como un joven fuerte y de buena presencia, dispuesto a entregar toda su vida por esa mujer de la que quedó rendido. No es que Dios se cruzara en su camino a modo de estorbo, sino que le invitó a llevar ese amor hasta el extremo. Y esa vida a la que estaba dispuesto a entregar, ahora se llena de un sentido más hondo: prestar su paternidad al Hijo de Dios.

Por último, José es modelo de silencio. ¡Cuánto hablamos para no decir nada! Aprendamos del esposo de la Virgen a llenar nuestra vida de los silencios de Dios, que son los únicos que pueden acallar los gritos de un mundo que ha olvidado dónde hallar descanso y paz.

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