Nuestra caja de herramientas

Podemos convertir nuestra fe en una caja de herramientas donde guardamos toda clase de oraciones, ritualidades, devociones, costumbres, esquemas, opiniones, dogmas o explicaciones, con las que vamos arreglando situaciones imprevistas, problemas que nos acucian o necesidades que nos preocupan. Creemos que Dios es una especie de bombero todopoderoso que está obligado a apagar todos nuestros fuegos, cuando nosotros digamos, como nosotros pensemos, y a cambio de lo que nosotros decidamos darle.

En el fondo, el mecanicismo con que podemos vivir nuestra fe nos proporciona esa cierta seguridad de que, cuanto más cumplimos con nuestros deberes religiosos, más contento tenemos a Dios y, a cambio, se verá obligado a no amargarnos mucho la existencia. En definitiva, podemos cumplir y cumplir milimétricamente con los mínimos más mínimos de nuestra fe, podemos incluso hacer y dar ejemplarmente, pero vivir reservándonos para nosotros mismos ese reducto más íntimo y personal de nuestro yo que nunca terminamos de dar totalmente a Dios.

El joven rico, que desde pequeño había entregado a Dios el cumplimiento fiel de la Ley hasta en su más insignificante mandamiento, se alejó del Señor lleno de tristeza porque, en el fondo, no quería entregar aquello que consideraba su mayor riqueza: su corazón, él mismo. Esa misma tristeza es la que inunda el alma de los que viven su entrega a Dios con la avaricia de sus propias seguridades y criterios humanos.

Nada entregas a Dios si no le entregas tu vida, tu corazón y toda tu persona. Porque no quiere el Señor sacrificios y holocaustos de carneros y toros, ni ritualidades huecas y vacías, ni una fe protocolaria y de compromiso. Nada hay más lamentable que un cristianismo mediocremente vivido, que se arrastra con lástima tras las propias ambiciones egoístas, sin atreverse nunca a encontrarse de frente con el rostro más íntimo de Dios.

 

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