Archivos para marzo 2019

Fue conducido al desierto

En la Biblia la temática del desierto tiene fuertes resonancias divinas. En el desierto celebró Israel su alianza con Dios, después del éxodo de Egipto, concluyendo así una etapa importante de su historia nómada. Los profetas cantarán al desierto como imagen del primer amor y e las primeras fidelidades de la amada Israel hacia su Dios Yahvé. En cambio, sus adulterios hacia Yahvé serán la causa de que Israel sea conducido al destierro, a ese otro desierto aún mucho más terrible que será la pagana Babilonia.     Isaías profetizará, para este Israel desterrado de su Dios, un nuevo desierto engalanado de flores y júbilo por el retorno a su Dios. Juan Bautista anunció en el desierto a Aquel que había de venir a traer un bautismo de conversión. Y Jesús, llegada la hora suprema del amor, prepara su entrega entrando en el corazón del desierto, volviendo a la intimidad y soledad de aquel primer amor de juventud con que enamoró a su amada Israel.

El desierto es el lugar y el modo del amor de Dios. Que tu alma sea un desierto en donde no crezca la vida del pecado o esas malas hierbas de las ambiciones humanas, de los egoísmos, de las excusas y las quejas, de las omisiones, de los defectos consentidos, de los caprichos, de las sensualidades. Haz de entrar por caminos de desierto, de renuncia a ti mismo, si quieres vivir con más lozanía y frescura aquel primer amor con que Dios entró en tu alma desde el bautismo. En esos momentos y situaciones de desierto, en los que parece que Dios se esconde y calla, cuando te sobrepasan los sufrimientos e incomprensiones, cuando no entiendes la voluntad de Dios en tu vida o parece que pierdes la ilusión y el sentido de todo, aprende a oír la voz de ese Dios amado que te invita a entrar en su intimidad y en la espesura de una mayor fidelidad.

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La verdadera alegría

¿Podemos imaginarnos a Cristo triste? Claro que no. Si hasta los niños deseaban estar junto a Él, es evidente que tendría un atractivo humano fuera de lo común. Su alegría sería sana, contagiosa e invitaría a tomar decisiones que llenarían los corazones de un entusiasmo más allá de cualquier consuelo humano.

La alegría, cuando viene de Dios, busca darse con generosidad para que otros participen de ese mismo gozo. No se trata de la alegría fácil, de ese buscar una distracción que nos haga olvidar lo mal que lo pasamos. ¡No!, se trata de aceptar y abrazar todo tipo de adversidades con que nos “regala” el día a día, y transformarlos en donación para Dios. Es un ofrecimiento permanente de lo que somos, tenemos y nos pasa, con la seguridad de que Cristo las ha llevado antes que nosotros. Las ha redimido para que tú y yo se las devolvamos en verdadero amor. No es un amor para salir del paso, sino la verdadera caridad cristiana que nos hace reconocer hasta qué punto Dios ha dado la vida por ti y por mi.

La alegría para el cristiano no tiene que ver nada con la satisfacción del que se encuentra a gusto sin más. Es la certeza de sentirse querido… un amor que ninguna criatura humana es capaz de darnos, si no es en el amor de Dios.

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La fuerza del perdón

Cuando Pedro preguntó al Señor cuántas veces tenía que perdonar al prójimo, Jesús le contestó: ¡siempre! (eso es lo que significa “setenta veces siete”). Esa actitud cristiana, tan difícil de llevar a cabo cuando nos hacen una injusticia, es la única que puede hacernos fuertes en la perseverancia de la caridad. Muchas veces decimos que hemos perdonado, pero en ocasiones sigue quedando en nuestro interior ese “resquemor” de aquel que no olvida.

Si hay una escuela del perdón por antonomasia no es otra que la de la Cruz. Desde ella, el Señor gritó a Dios Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. No se encontraba Jesús, humanamente hablando, en una situación ventajosa. Más bien, era un guiñapo indefenso ante la burla y la venganza de aquellos que le llevaron hasta aquel suplicio. Sin embargo, el amor hizo que Cristo perseverase hasta el final, porque su corazón limpio, enamorado de la condición humana, sólo entendía a Dios como aquel padre del “hijo pródigo”.

Cuando no perdonamos, nos transformamos en corazones necios e insensatos que sólo buscan la autosuficiencia personal. Desde ahí, sólo obtendremos tristeza y dureza de corazón. ¡Cuánta libertad alcanzamos cuando, perdonando, entramos a formar parte de la infinita misericordia de Dios!

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Lo que falta a la pasión de Cristo

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). A muchos les han parecido enigmáticas estas palabras del apóstol San Pablo. ¿Cómo puede faltar algo a la Pasión de Cristo? ¿No tienen carácter de infinitud los méritos de Jesús? Entonces, ¿qué hemos de completar que falte a los sufrimientos de nuestro Señor? Sólo hay una respuesta a este misterio: la Encarnación. El Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se ha hecho carne, uno de nosotros. Dios ha entrado en la historia asumiendo cada una de nuestras limitaciones, por supuesto sin dejar de lado su divinidad… pero, apropiándose de toda, absolutamente toda, nuestra humanidad. Y si Cristo inventó la Iglesia fue, precisamente, para dar continuidad en la historia a ese plan de salvación que Dios dispuso desde la eternidad.

Entrar en el mundo es arrogarse todo lo que de condicionado tiene después del pecado original: sufrimiento, dolor, hambre, trabajo, muerte… y eso fue lo que Cristo redimió desde la Cruz, pero no desde fuera, desde lejos, como alguien ajeno, sino haciéndose El mismo pecado, dolor y muerte. Un padre de la Iglesia decía: “Dios no hace milagros… nos da su gracia”. Y la gracia es la que hemos alcanzado por los meritos de Cristo, muerto y resucitado. ¿Para qué? Para que tu y yo, en nuestra propia historia personal, en el afán cotidiano de nuestro día a día, como corredentores, demos continuidad a ese plan de salvación de Dios en el mundo concreto en que nos toca vivir. San Pablo, en esas “tribulaciones de Cristo a favor de la Iglesia”, nos está revelando nuestra propia vocación personal: corresponder al amor de Dios con nuestra entrega, generosidad y renuncia personal y, así, seguir edificando su Iglesia.

No se trata de hacer cosas difíciles o complicadas. ¡Todo lo contrario! Se trata de que tu y yo, con la mayor normalidad y naturalidad, sepamos responder a la voluntad de Dios en todo momento: una sonrisa, un gesto amable, una pequeña renuncia para hacer el bien al que tengo a mi lado, un saber callar ante la acusación injusta, un poner al servicio de Dios mi imaginación y mis pasiones, un escuchar con atención al que me resulta insoportable, no dejarme aprisionar por el tiempo y el activismo, responder con agradecimiento a la ayuda que se me presta, no atropellarme con críticas o juicios innecesarios hacia otros, saber perdonar y olvidar, dejar de lado el pesimismo y actuar siempre con visión esperanzadora en esos acontecimientos que me rodean… En definitiva, vivir cada una de las Bienaventuranzas con la certeza de que me estoy uniendo a los mismos sentimientos de Cristo Jesús y, en especial, a sus tribulaciones… Lo demás, deja que te lo diga, no sirve para mucho más que para vivir en la permanente queja, desilusión o frustración personal.

La Virgen María es la corredentora por excelencia. Ella fue la primera en completar en su propia carne, junto a la Cruz de su Hijo, lo que faltaba a la pasión de Cristo. Por eso, Ella es Madre de Dios y Madre de la Iglesia. 

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“Dí a esta piedra que se convierta en pan” (Lc 4,3)

Las piedras son minerales cuyo valor está a merced del criterio arbitrario de los hombres. Una piedra que a nosotros nos resulta preciosa, o que dicen que es útil para la construcción, quizá no tiene tanto valor fuera de ese pequeño mundo en donde es tan apreciada, porque ha de medirse con objetos de una valía mucho más elevada y noble que la que aporta el simple valor material.

Cuántas veces nos resulta agobiante y pesado nuestro día a día porque nos empeñamos en vivirlo cargando a las espaldas con un fardo repleto de piedras y piedras que, en nuestro pequeño mundo, tienen un valor casi absoluto. Las piedras de tantas obligaciones y compromisos que asumimos sólo por quedar bien ante los demás, la losa pesada de esos deberes laborales que cumplimos sin responsabilidad ni dedicación, o nuestro cristianismo cumplidor y mediocre que convertimos en un duro y desabrido pedernal. La tentación está en querer convertir todas esas rocas en ese poco de pan tierno y sabroso que el mundo valora y con el que sacia, sólo momentáneamente, las hambres más profundas del alma.

Querer un cristianismo de mínimos, correcto y cumplidor, capaz de saciar al hombre sin el esfuerzo y fracaso de la cruz, es vivir en la constante tentación de la mediocridad acomodaticia que pone una vela a Dios y otra al diablo. No pretendas vivir tu vida cristiana alimentada sólo con el pan de tus criterios, ambiciones y egoísmos, porque nunca verás plenamente saciada tu hambre de felicidad. Tampoco llenes tu alma de piedras inútiles y pesadas que te hacen caer bajo el peso de tantos activismos estériles y de agobios inútiles o de conveniencia.

Has de aprender a llevar en tu vida esa misma carga ligera que llevó Cristo hasta la Cruz: el pecado de tu vida y de la vida de todos los hombres sobrellevado por el amor infinito hacia el Padre. En el saco vacío de nuestra oración han de caber sólo tantas y tantas inquietudes, agobios y preocupaciones que pesan sobre la vida de nuestros hermanos, los hombres. 

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¡Ahora… o nunca!

Ningún minuto de tu tiempo vuelve jamás a repetirse. Pero hay encuentros, conversaciones, llamadas de teléfono, circunstancias y situaciones que, porque sabes que tienen un valor especialmente único, intentas vivir con la mayor intensidad posible y hasta grabarlas en tu memoria para poder recordarlas con detalle.

Cuántas veces te has encontrado con una persona a la que hacía años que no veías, has recibido un correo electrónico de alguien de quien habías perdido el contacto o te han llamado por teléfono después de tanto tiempo, y todo sin que lo hayas previsto ni esperado. Cómo valoramos, entonces, esos momentos que sabemos puede que no vuelvan a repetirse quizá nunca más. Piensa que, en el orden del bien, todas y cada una de las oportunidades y situaciones son aún más valiosas y únicas.

Quién sabe si la conversión o la entrega a Dios de una persona depende de ese pequeño bien que has hecho en ese momento, no más tarde, o de esa pequeña entrega, esa renuncia, ese detalle que no dejaste pasar. No desaproveches ninguna ocasión de hacer el bien, porque quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad con esa persona o nunca vuelvan a darse esas circunstancias tan propicias.

Piensa que ese momento, cada momento, es el momento de Dios, no el tuyo, para hacer ese bien concreto que se te presenta delante. Cada persona es única, cada momento es único, la vida es sólo una. No la llenes de omisiones, de tiempos vacíos, de oportunidades perdidas, porque nunca sabes si el Señor te concederá el siguiente minuto de vida.  

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Fue conducido al desierto

La temática del desierto en la Biblia tiene fuertes resonancias divinas. En el desierto celebró Israel su alianza con Dios, después del éxodo de Egipto, cerrando así una etapa importante de su historia nómada. Los profetas cantarán al desierto como imagen del primer amor y las primeras fidelidades de la amada Israel hacia su Dios Yahvé. En cambio, sus adulterios hacia Yahvé serán la causa de que Israel sea conducido al destierro, a ese desierto aún mucho más terrible que será la pagana Babilonia. Isaías profetizará, para este Israel desterrado de su Dios, un nuevo desierto engalanado de flores y júbilo por el retorno a su Dios. Juan Bautista anunció en el desierto a Aquel que había de venir a traer un bautismo de conversión.

Y Jesús, llegada la hora suprema del amor, prepara su entrega entrando en el corazón del desierto, volviendo a la intimidad y soledad de aquel primer amor de juventud con que enamoró a su amada Israel. El desierto es el lugar y el modo del amor de Dios. Que tu alma sea un desierto en donde no crezca la vida del pecado o esas malas hierbas de las ambiciones humanas, de los egoísmos, de las excusas y las quejas, de las omisiones, de los defectos consentidos, de los caprichos, de las sensualidades.

Has de entrar por caminos de desierto, de renuncia a ti mismo, si quieres vivir con más lozanía y frescura aquel primer amor con que Dios entró en tu alma desde el bautismo. En esos momentos y situaciones de desierto, en los que parece que Dios se esconde y calla, cuando te sobrepasan los sufrimientos e incomprensiones, cuando no entiendes la voluntad de Dios en tu vida o parece que pierdes la ilusión y el sentido de todo, aprende a oír la voz de ese Dios amado que te invita a entrar en su intimidad y en la espesura de una mayor fidelidad. 

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“Ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches” (Mt 4,2)

Una tendencia erróneamente dualista de la antropología moderna quiere hacernos creer que somos distintos de nuestro cuerpo. Una cosa es el cuerpo (se dice), que no es sino mera materia biológica, y otra diferente es la persona, que con su cuerpo puede hacer lo que quiera. En un cuerpo materializado, que ha perdido su carácter personal, sólo cabe una concepción también materialista del alma, que queda así reducida a un mero conglomerado de mecanismos neurológicos del cerebro.

Pero no entenderíamos nada del cristianismo, si tuviéramos que explicar el Evangelio o el misterio de Cristo partiendo del principio “yo no soy mi cuerpo”. El cuerpo humano es sacramento de la persona y su lenguaje puede ser también lenguaje de oración. El ayuno, además de su valor corredentor, es también la oración del cuerpo. Sentir hambre en el cuerpo es recordar y actualizar nuestra condición de hijo pródigo, que no logra saciar su hambre de Dios con ninguna de las algarrobas que ofrece el mundo.

El ayuno, además, tiene un profundo significado eucarístico. El ayuno de Cristo en el desierto era hambre de amor y de entrega, hambre de quien sólo tiene como alimento hacer la voluntad del Padre. Aquel cuerpo de Cristo, que había de hacerse Eucaristía, quiso hacer suya el hambre interior de tantos hombres que viven saciados sólo de sí mismos. Aquel Cristo débil y hambriento, que no dudó en multiplicar los panes y los peces para saciar a las multitudes hambrientas que le seguían, se hizo hambriento y sediento para saciar sobre todo el hambre y la sed de tu alma.

Tu ayuno ha de ser, sobre todo, expresión de ese hambre de Dios que sólo se sacia con la oración. Tú también estás llamado a hacerte pan para tantos hombres que viven pendientes de las migajas que caen de la mesa de este mundo.  

RECOMENDAMOS: Carmen Álvarez Alonso, Teología del cuerpo y Eucaristía. PEDIDOS A MATER DEI.

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Nuestra caja de herramientas

Podemos convertir nuestra fe en una caja de herramientas donde guardamos toda clase de oraciones, ritualidades, devociones, costumbres, esquemas, opiniones, dogmas o explicaciones, con las que vamos arreglando situaciones imprevistas, problemas que nos acucian o necesidades que nos preocupan. Creemos que Dios es una especie de bombero todopoderoso que está obligado a apagar todos nuestros fuegos, cuando nosotros digamos, como nosotros pensemos, y a cambio de lo que nosotros decidamos darle.

En el fondo, el mecanicismo con que podemos vivir nuestra fe nos proporciona esa cierta seguridad de que, cuanto más cumplimos con nuestros deberes religiosos, más contento tenemos a Dios y, a cambio, se verá obligado a no amargarnos mucho la existencia. En definitiva, podemos cumplir y cumplir milimétricamente con los mínimos más mínimos de nuestra fe, podemos incluso hacer y dar ejemplarmente, pero vivir reservándonos para nosotros mismos ese reducto más íntimo y personal de nuestro yo que nunca terminamos de dar totalmente a Dios.

El joven rico, que desde pequeño había entregado a Dios el cumplimiento fiel de la Ley hasta en su más insignificante mandamiento, se alejó del Señor lleno de tristeza porque, en el fondo, no quería entregar aquello que consideraba su mayor riqueza: su corazón, él mismo. Esa misma tristeza es la que inunda el alma de los que viven su entrega a Dios con la avaricia de sus propias seguridades y criterios humanos.

Nada entregas a Dios si no le entregas tu vida, tu corazón y toda tu persona. Porque no quiere el Señor sacrificios y holocaustos de carneros y toros, ni ritualidades huecas y vacías, ni una fe protocolaria y de compromiso. Nada hay más lamentable que un cristianismo mediocremente vivido, que se arrastra con lástima tras las propias ambiciones egoístas, sin atreverse nunca a encontrarse de frente con el rostro más íntimo de Dios.

 

El vicio de la queja

Solemos vivir con una permanente queja en los labios. Nos quejamos del cansancio, del trabajo, de las tareas diarias, de la forma de ser de los demás, de las cosas que no salen como habíamos planeado o como nos gustaría que salieran, de nuestros achaques físicos.

A veces es síntoma de nuestra tendencia al pesimismo y nos quejamos porque tendemos a valorar más lo negativo que lo positivo de las cosas y personas. Otras veces nuestras quejas son sólo un mecanismo sutil y casi inconsciente para atraer la atención de los demás y conseguir, aunque sea por un momento, ser el centro de la conversación o de la situación. A veces la queja es sólo un desahogo demasiado espontáneo del que luego solemos arrepentirnos por la ligereza con que solemos quejarnos.

En cualquier caso, con la queja no aliviamos nuestro pesar y sólo conseguimos dar una imagen pesimista y apesadumbrada de la vida e incluso de Dios. Nuestras quejas tienen mucho de egoísmo y de superficialidad en el hablar y nada que ver con la aceptación de uno mismo y del modo de actuar de Dios. En el fondo de nuestras quejas se esconde, bajo la apariencia de bien, mucho de nuestro soberbio ‘yo’ y pueden convertirse en un modo sutil e injusto de echarle en cara a Dios muchas cosas.

Relee el Evangelio y verás que jamás salió de los labios de Cristo una mínima tilde quejumbrosa y lastimera contra los designios del Padre, contra su modo de hacer las cosas, contra la injusticia de la Cruz. Tampoco el corazón de María albergó ningún atisbo de queja aun cuando las circunstancias en que se iban realizando los planes de Dios eran humanamente tan absurdas, difíciles y contrarias. Llévale tus quejas sólo a Dios y verás que las convertirá en amor y entrega a Él. 

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