“Guardaos de la levadura de los fariseos” (Mt 16,6)

La mala levadura del evangelio es la hipocresía. Jesús avisa a sus discípulos de esta sutil tentación que puede hacer fermentar esa pequeña masa que es nuestro yo miserable hasta convertirla en una masa inservible. Tendemos fácilmente a convertir nuestra vida cristiana en un universo complejo de devociones, normas, cumplimientos, compromisos y obligaciones que nos hacen creer que ya somos buenos, incluso mejores que los demás, y que vamos adquiriendo ante Dios ciertos derechos de salvación. Y cuando oímos la palabra “conversión” la ponemos en práctica aumentando todo eso con lo que creemos comprar el cielo y la fama de santidad.

Sin embargo, esa conversión tan superficial que se queda sólo en la superficie de unas prácticas religiosas y que no llega a la raíz de nuestro ser puede convertirse, aun sin mala intención, en una mera hipocresía que nos hace vivir en la mentira de nosotros mismos. Conversión significa, primeramente, reconocer que en nosotros hay zonas oscuras, profundas, a las que nos da miedo acceder por temor a toparnos cara a cara con la bajeza de nuestra realidad. Y conversión significa, además, estar dispuestos a dejar que la gracia de Dios entre hasta lo más profundo de esos abismos interiores de nada y de pecado que nos da miedo recorrer.

La gracia de Dios ha de ser la buena levadura que haga fermentar esa enorme masa de pecado que anida en tu alma y la convierta en masa de santidad, aunque sea más cómodo vivir en las seguridades humanas de una religión hipócrita.

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