“A la orilla del mar de Galilea” (Lc 5,1)

En tiempos de Jesús, Nazaret era una pequeñísima aldea agrícola, situada al sur de la región de Galilea. Rodeado de colinas y de paisaje adusto, Jesús creció en esta zona del interior, acostumbrado al trabajo artesanal y agrícola que abastecía su ciudad natal. No pocas veces, acompañando a su Madre, oiría a las vecinas y a las gentes de la aldea comentar pequeñas noticias que llegaban desde Tiberíades, ciudad a la orilla del hermoso mar de Galilea. Desde aquel mar, por el oeste, salía el camino que conducía a su ciudad de Nazaret.

Quizá más de una vez el Señor tuvo ocasión de acompañar a algún vecino mercante de Nazaret hasta aquella ciudad, encrucijada importante para la actividad económica de la región. La emoción y delicia de ver el mar por primera vez, el atractivo de aquellas aguas que tocaban el cielo allá en el horizonte, la curiosidad y extrañeza ante aquellas gentes pescadoras que remendaban las redes y lavaban su pescado. Ningún detalle se escapaba de la mirada apacible de aquel divino forastero.

Sentado a la orilla de aquel mar de Galilea, ¡cuántos ratos de íntima oración hablando con el Padre! Sí, sus apóstoles debían ser como aquellos pescadores. Hombres acostumbrados a no cansarse ante el trabajo duro e ingrato, a trabajar en la oscuridad de largas y frías noches, amigos de la soledad y del silencio que tantas veces envuelve el trabajo de altamar, que no reparan en la pobreza de sus propias redes, remendadas y recosidas cada día, al terminar el trabajo de la noche. Hombres acostumbrados a vivir con la incertidumbre de depender del trabajo y de la pesca de cada día. Aquellas gentes entenderían muy bien al Señor cuando les llamara a ser pescadores de hombres, cuando les hablara de su Padre providente, de la necesidad de orar en el silencio y en la soledad del propio corazón, de la necesidad de tomar su cruz cada día.

Aquellas olas del mar de Galilea, que acudían incansables a la orilla buscando tocar los pies descalzos del Maestro, fueron, quizá, las primeras compañeras y confidentes de los secretos del Reino que llenaban el corazón de aquel joven Jesús.  

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