Archivos para 19 febrero, 2019

“A la orilla del mar de Galilea” (Lc 5,1)

En tiempos de Jesús, Nazaret era una pequeñísima aldea agrícola, situada al sur de la región de Galilea. Rodeado de colinas y de paisaje adusto, Jesús creció en esta zona del interior, acostumbrado al trabajo artesanal y agrícola que abastecía su ciudad natal. No pocas veces, acompañando a su Madre, oiría a las vecinas y a las gentes de la aldea comentar pequeñas noticias que llegaban desde Tiberíades, ciudad a la orilla del hermoso mar de Galilea. Desde aquel mar, por el oeste, salía el camino que conducía a su ciudad de Nazaret.

Quizá más de una vez el Señor tuvo ocasión de acompañar a algún vecino mercante de Nazaret hasta aquella ciudad, encrucijada importante para la actividad económica de la región. La emoción y delicia de ver el mar por primera vez, el atractivo de aquellas aguas que tocaban el cielo allá en el horizonte, la curiosidad y extrañeza ante aquellas gentes pescadoras que remendaban las redes y lavaban su pescado. Ningún detalle se escapaba de la mirada apacible de aquel divino forastero.

Sentado a la orilla de aquel mar de Galilea, ¡cuántos ratos de íntima oración hablando con el Padre! Sí, sus apóstoles debían ser como aquellos pescadores. Hombres acostumbrados a no cansarse ante el trabajo duro e ingrato, a trabajar en la oscuridad de largas y frías noches, amigos de la soledad y del silencio que tantas veces envuelve el trabajo de altamar, que no reparan en la pobreza de sus propias redes, remendadas y recosidas cada día, al terminar el trabajo de la noche. Hombres acostumbrados a vivir con la incertidumbre de depender del trabajo y de la pesca de cada día. Aquellas gentes entenderían muy bien al Señor cuando les llamara a ser pescadores de hombres, cuando les hablara de su Padre providente, de la necesidad de orar en el silencio y en la soledad del propio corazón, de la necesidad de tomar su cruz cada día.

Aquellas olas del mar de Galilea, que acudían incansables a la orilla buscando tocar los pies descalzos del Maestro, fueron, quizá, las primeras compañeras y confidentes de los secretos del Reino que llenaban el corazón de aquel joven Jesús.  

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