“¡De ningún modo te sucederá eso, Señor!” (Mt 16,22)

La autocompasión parece ser algo muy humano pero, quizás, tiene poco de divino. Cuando el Señor habla a sus discípulos de lo que le va a ocurrir cuando suba a Jerusalén, que habrá de ser ajusticiado y morir en la cruz, el bienintencionado Pedro le reprende. Incluso, lleva al Maestro a un lugar aparte para intentar “razonarle” la locura que supone esa muerte anunciada. “¡Quítate de mi vista, Satanás!”, le responderá Jesús. Y será entonces cuando el Señor explique a los suyos que la única manera de seguirle es negarse a sí mismo y tomar la cruz.

¿Cómo puede ser que, poco antes de esta reprimenda, el Señor llamara a Pedro bienaventurado por reconocerle su divinidad y, ante un detalle por evitar una muerte infame al Hijo de Dios, sea comparado con el mismo Diablo? Por una sencilla razón: para que tú y yo nunca olvidemos que, ¡por muy “santas” que sean nuestras intenciones!, si nos apartan de la voluntad de Dios habremos dejado de lado a Cristo y habremos emprendido el seguimiento del padre de la mentira, Satanás.

¿Cómo descubrir la voluntad de Dios? Mira a María, junto a la Cruz de su Hijo, y deja de hacer más preguntas. Todas las respuestas están en ese abandono de Cristo en las manos, no de los hombres, sino de Dios Padre, que desde la eternidad ama al Hijo; de ambos procede, además, el amor del Espíritu Santo.

Si supiéramos explicar semejante misterio ya no estaríamos hablando del Amor de Dios sino de la palidez de cualquier sentimiento de autocompasión al que nos abrazamos. A ese fugaz sentimiento llamamos amor, porque somos incapaces de participar de la intimidad divina a la que hemos sido llamados: vivir el Amor abrazados a la Cruz de Cristo.

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