Archivos para febrero 2019

“¿Qué relación hay entre la justicia y la iniquidad?” (2 Co 6,14)

Uno de los temas que con más fuerza plantea san Pablo es el “misterio de iniquidad”. Cristo murió en la Cruz para nuestra salvación, sin embargo, aún conviven entre nosotros el pecado, el desorden, la maldad, la depravación, la injusticia… ¿Dónde ha vencido la gracia? Junto a la vida permanece la muerte, y este drama es el que hace a tantos caer en el desaliento.

Si el misterio del hombre sólo puede entenderse a la luz de Jesucristo, entonces ha de ser Él nuestro único referente. Nuestro Señor no escondió ninguna verdad, antes bien, nos dio a conocer nuestro destino aquí en la tierra: tristeza, pobreza, persecución… pero con una clara advertencia: “la recompensa la alcanzaréis en el Cielo, no en este mundo”. ¿Por qué esa demora? ¿Por qué seguir sufriendo hasta la muerte?

San Pablo nos dice: “Para esto se os ha llamado por medio del Evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo”. Esa gloria ha de pasar, ¡sólo y exclusivamente!, por la Cruz, también misterio de iniquidad, pues nuestro seguimiento de Cristo consiste en identificarnos con sus mismos sentimientos. Cristo murió en la cruz, nosotros hemos de ir muriendo cada día a nuestros pecados, abrazando nuestra propia cruz, para vivir en Él. Cristo resucitó, nosotros resucitaremos, en el último día, sólo si ponemos nuestra confianza en Él, no en nuestros voluntarismos. Te repites, una y otra vez, que supone mucha carga y mucho esfuerzo, ante tanta debilidad personal, llevar a cabo semejante camino. Recuerda las palabras del Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome, sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo”.

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La señal de la Cruz

La señal de la cruz debería ser un signo habitual en la vida de todo cristiano. Hacer la señal de la cruz al iniciar y acabar el día, al empezar nuestra oración diaria, cuando nos disponemos a trabajar o estudiar, al salir de casa, al bendecir la mesa o al terminar de comer, ayuda a ir poniendo a Dios en los momentos y circunstancias más destacadas de nuestra jornada.

En cada señal de la Cruz adora agradecido las manos traspasadas de Cristo, sus pies heridos, su cabeza cubierta de espinas, su costado abierto, su Corazón traspasado. Besa con el alma cada uno de esos sufrimientos del cuerpo y del alma de Cristo, pidiendo que esa salvación de la Cruz sea realmente eficaz en tu vida y en la de tus hermanos, los hombres. Marca con ese gesto de la cruz tu vida y tu persona, para que el misterio de Cristo crucificado vaya empapando cada uno de tus sentimientos y actitudes.

Si nos doliera el pecado de los hombres y la mediocridad que adormece a tantos cristianos, no nos importaría el rastro de todas esas heridas y sinsabores, que va dejando en el alma nuestra entrega apostólica. Cuánto sufrimiento se pierde en vano, sin llegar a tener alcance oblativo y redentor, porque lo vaciamos de Dios y no lo asociamos a la Cruz de Cristo.

Pero, nos repele la Cruz y huimos de ella, porque nos asusta e incomoda esa parte de nuestra fe cristiana que nos habla de una salvación a base de Calvario y Getsemaní. Diluimos el Evangelio en el agua de nuestras comodidades y tibiezas, reduciendo nuestra fe cristiana a una mera ideología del bienestar espiritual. Acostúmbrate a hacer a menudo la señal de la Cruz, para que no olvides nunca que fuiste y eres salvado en Cristo. Abrázate a ella, como se abrazó la Virgen Madre a ese bendito madero, mientras descolgaban de él a su Hijo ya muerto. Que ese signo de la Cruz sea, de verdad, el distintivo de tu vida.

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El termómetro de la fe

“La fe es confiar en lo que no se ve”. Dicho así, parecería que sólo unos memos, unos ingenuos, podrían creer. A lo anterior habría que añadir: “eso que no se ve, se nos ha dicho a través de alguien que nos merece toda la autoridad”.

La fe, por tanto, se mide por nuestro “ver” a Cristo como Salvador, que nos ha revelado, mediante el ejercicio de su autoridad divina, su intimidad con el Padre y con el Espíritu Santo. Perder de vista semejante acontecimiento, lo que Jesús dijo de sí mismo y de su divinidad, es ir a lo nuestro, es decir, caer en la rutina y, en definitiva, olvidarnos de la finalidad a la que estamos llamados: participar de la misma intimidad de Dios.

La finalidad última de nuestro ser criatura tiene su origen y su fin en Dios. Y, desde ahí, nuestra vida de fe adquiere un sentido verdaderamente peculiar. No andamos a tientas. Nuestro alimento es el mismo Dios, el Hijo hecho carne, que se nos da gratuitamente para que nuestra fe se robustezca.

¡Qué gran invento el de la Iglesia! Gracias a ella, Dios encuentra la mediación adecuada para que se nos garantice, hasta el fin de los tiempos, el no vivir en el desamparo o en la ceguera espiritual. La Iglesia, de esta manera, es el gran termómetro de nuestra fe, porque vemos a través de ella los grandes misterios de nuestra salvación, y en ella nos movemos, garantizándonos que nunca estaremos huérfanos. Cristo, Esposo de la Iglesia, la asiste permanentemente gracias a la donación del Espíritu Santo, que es el que nos hace recobrar la esperanza cada vez que somos presa de nuestra debilidad.

La fe, por tanto, nos hace fuertes, porque nuestra confianza está puesta en Aquel que nos ha dicho: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”… Y estas palabras permanecen en la memoria de la Iglesia, que a pesar de contener tantos pecados, los tuyos y los míos, es también Iglesia santa, porque nos confirma su amor virginal en esa fidelidad a Cristo hasta el fin de los siglos.

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Sigue al Señor con tu cruz

Cuando Jesús anima a sus discípulos a seguirle con la cruz, no habla de una cruz en abstracto, sino de la que a cada uno corresponde en cada momento de nuestra vida: tu cruz… mi cruz. Evidentemente, que no se trata de ningún adorno que llevamos en el pecho, o de ese objeto piadoso que tenemos en nuestra habitación. Se trata de abrazar el sinsabor de cada día, el fracaso inesperado, la desilusión ante ese plan no realizado, la crítica que nos asalta, esa pasión desordenada que nos agobia, esa enfermedad que nos postra, una ironía que nos humilla…

Son tantos los momentos que en cada jornada experimentamos la pequeñez de lo que somos, que sólo hay dos salidas: emplear el voluntarismo de nuestro orgullo, o la aceptación interior. La primera, nos lleva a estar permanentemente a la defensiva, en guardia, buscando recursos para afirmar nuestro ego, llegando incluso a fórmulas donde la mentira y el engaño son nuestros aliados. La segunda, la aceptación interior, es acompañar a Cristo en ese camino del Calvario, donde nos unimos a una entrega que no mide los condicionamientos, sino que se da hasta inmolarse por amor. Esta última sólo es posible llevarla a cabo cuando, más allá de la resignación, nos abandonamos en las manos de Dios, con la confianza filial de quien sabe estar correspondiendo a un amor más grande que la suficiencia personal.

La cruz, la tuya y la mía, es vivir cara a Dios nuestra condición de hijos suyos, es decir, con la generosidad del que está desprendido absolutamente de todo lo que le pertenece. Esa cruz es también la que nos hace responder con caridad cristiana nuestra relación con los demás, empleando la paciencia, los detalles de cariño, empezando por los más próximos, tu familia, tus amigos, tus compañeros. La cruz, en definitiva, es saber que sólo la ternura es capaz de romper el hielo de la desconfianza cuando nos damos a otros sin esperar nada a cambio.

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“¿Qué queréis darme y yo os lo entregaré?” (Mt 26,15)

A veces, el comportamiento de personas de la Iglesia nos puede escandalizar. No podemos imaginar que puedan tener una vida que no sea coherente con su estado eclesial. Y, sin embargo, todos cuantos formamos la Iglesia somos limitados y pecadores. Gracias a Dios, se trata de situaciones excepcionales, pues a lo largo de la historia son mayoría aquellos que con generosidad y entrega han ido gastando su vida en bien de las almas.

Lo que ocurre es que esa manera de vivir, en todo el mundo, siempre se ha producido de manera silenciosa y escondida, sin esperar, en la mayoría de las ocasiones, el reconocimiento y el aplauso de los demás. Cuántas personas entregan su vida a Dios en situaciones quizá desconocidas para ti y que nunca serán noticia. Cuántos detalles de bien habrás recibido y han pasado inadvertidos a tus ojos. Cuántos cristianos dedicados a mitigar el dolor y el sufrimiento de los hombres, sólo porque descubren en cada uno de sus rostros el mismo rostro de Cristo Jesús, no el de la compensación humana, o el del triunfalismo mundano.

No caigas en el puritanismo de pensar que todos los que tienen alguna responsabilidad en la Iglesia, no deberían pecar. Judas acompañó al Señor hasta que lo entregó en Getsemaní por un puñado de monedas. Jesús lo sabía desde el principio y nunca lo denunció públicamente, sino que en todo momento esperó el arrepentimiento de aquel que le traicionó. ¿Seremos tú y yo más que el Hijo de Dios para juzgar o condenar a otros? Tocas, ahí, el misterio de la libertad. El Señor espera de ti tu oración y entrega personal. Lo demás, incluso la tentación de convertir la excepción en la norma de «todos son iguales», es dar pábulo para que el escándalo sea instrumento del diablo y no de la misericordia.

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Ser un personaje más

¡Cuántas veces nos hubiera gustado ser uno de esos personajes que tuvieron un encuentro personal con Jesús! Pues bien, es posible hacerlo. Leer el Evangelio no es sólo rememorar algunos hechos que ocurrieron hace siglos. Se trata de una invitación a entrar de lleno en el corazón de Cristo.

Vivir el Evangelio es ser un personaje más, que se “cuela” entre aquellos que le dieron vítores a la entrada de Jerusalén; que se pasma ante la multiplicación de los panes y los peces; que da gracias a Dios siendo testigo de la resurrección de Lázaro; que reza, junto a los apóstoles, ese primer Padrenuestro; que se atreve también a tocar el borde de su vestido como la hemorroísa; que le consuela junto al ángel en Getsemaní; le acompaña, camino del Calvario, al lado de Simon de Cirene, llevando también su Cruz; que abraza y llena de besos, junto a María, su cuerpo yacente…

Todas estas situaciones están traídas para que tú y yo las actualicemos cada día, “trajinándolas” desde el corazón a la práctica constante en cada uno de nuestros ambientes, sea el que sea (tu familia, tu trabajo, tus amigos…). Esto es lo que significa tratar al Señor: despertar en nosotros, mediante la lectura y meditación del Evangelio, esa bendita ansia por recorrer cada jornada junto a Él, siendo un personaje más de la misma vida de Cristo.


“Te daré las llaves del Reino” (Mt 16,19)

Sabemos, por la tradición, que Pedro estableció su sede primero en Antioquía y después en Roma. Allí, las primeras comunidades de cristianos veneraron siempre con especial piedad todo lo que se refería a la persona y al ministerio apostólico de Pedro. Fue Bernini quien, en el s. XVII, construyó el majestuoso baldaquino que custodia la tumba del apóstol y el altar de la confesión, coronados por detrás con la magnífica vidriera del Espíritu Santo.

La Cátedra de san Pedro es la Santa Sede, pero la fiesta litúrgica celebra y conmemora el momento en que Cristo entrega al apóstol “las llaves del Reino” y le constituye piedra sobre la que fundamentar todo el edificio de la Iglesia. De esa piedra depende tu fe y en ella has de apoyar siempre tu comunión con la Iglesia, a pesar de los vientos de modas y opiniones que zarandean de acá para allá, con sus criterios demasiado políticos y mundanos, la barca de Pedro.

Reza cada día por el Papa. No dejes de leer y conocer su magisterio, pues siempre encontrarás en él criterio cierto y seguro que iluminará las confusiones y errores que otros te cuentan. Defiéndelo siempre, porque defenderle a él es defender a Cristo. Y no dejes de creer en la promesa de Cristo: que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra la Iglesia, por más que parezca que, a fuerza de navegar contracorriente, la barca de Pedro se hunde.

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El verdadero progreso

Muchas voces se alzan en nuestros días pidiendo a la Iglesia que relaje su conducta. Se le acusa de involucionista y de ir contra el progreso de nuestra sociedad. Hay cosas que cambian, es verdad. Se descubren nuevas tecnologías, nos admiramos ante el arte en todas sus formas. También, transcurren los días, envejecemos. Todas estas situaciones, de una manera u otra, son cambios.

Sin embargo, a veces olvidamos que el verdadero progreso está al servicio del ser humano y que hay cosas que permanecen para que la dignidad del hombre, pase lo que pase, sea considerada como lo que es: la manera de recordarnos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Puede la Iglesia cambiar eso que garantiza lo más sagrado del hombre? La Iglesia nunca actuará por consensos, o por lo más conveniente para intereses o ideologías temporales. Es depositaria de un tesoro que, además, está inscrito en el corazón de cada hombre y mujer en el mundo. Pero, ese tesoro no es temporal sino que es lo que nos garantiza que el Reino de los Cielos que inauguró Cristo en la tierra siga el “progreso” de la gracia…

¡Sí! Cuanta más gracia obtengamos, más “permaneceremos” en el amor de Dios… y nadie tiene el derecho (por muy progresista que sea) de cambiar en la Iglesia el objeto de su fidelidad para alcanzar la verdadera felicidad del ser humano.

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“Guardaos de la levadura de los fariseos” (Mt 16,6)

La mala levadura del evangelio es la hipocresía. Jesús avisa a sus discípulos de esta sutil tentación que puede hacer fermentar esa pequeña masa que es nuestro yo miserable hasta convertirla en una masa inservible. Tendemos fácilmente a convertir nuestra vida cristiana en un universo complejo de devociones, normas, cumplimientos, compromisos y obligaciones que nos hacen creer que ya somos buenos, incluso mejores que los demás, y que vamos adquiriendo ante Dios ciertos derechos de salvación. Y cuando oímos la palabra “conversión” la ponemos en práctica aumentando todo eso con lo que creemos comprar el cielo y la fama de santidad.

Sin embargo, esa conversión tan superficial que se queda sólo en la superficie de unas prácticas religiosas y que no llega a la raíz de nuestro ser puede convertirse, aun sin mala intención, en una mera hipocresía que nos hace vivir en la mentira de nosotros mismos. Conversión significa, primeramente, reconocer que en nosotros hay zonas oscuras, profundas, a las que nos da miedo acceder por temor a toparnos cara a cara con la bajeza de nuestra realidad. Y conversión significa, además, estar dispuestos a dejar que la gracia de Dios entre hasta lo más profundo de esos abismos interiores de nada y de pecado que nos da miedo recorrer.

La gracia de Dios ha de ser la buena levadura que haga fermentar esa enorme masa de pecado que anida en tu alma y la convierta en masa de santidad, aunque sea más cómodo vivir en las seguridades humanas de una religión hipócrita.

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“A la orilla del mar de Galilea” (Lc 5,1)

En tiempos de Jesús, Nazaret era una pequeñísima aldea agrícola, situada al sur de la región de Galilea. Rodeado de colinas y de paisaje adusto, Jesús creció en esta zona del interior, acostumbrado al trabajo artesanal y agrícola que abastecía su ciudad natal. No pocas veces, acompañando a su Madre, oiría a las vecinas y a las gentes de la aldea comentar pequeñas noticias que llegaban desde Tiberíades, ciudad a la orilla del hermoso mar de Galilea. Desde aquel mar, por el oeste, salía el camino que conducía a su ciudad de Nazaret.

Quizá más de una vez el Señor tuvo ocasión de acompañar a algún vecino mercante de Nazaret hasta aquella ciudad, encrucijada importante para la actividad económica de la región. La emoción y delicia de ver el mar por primera vez, el atractivo de aquellas aguas que tocaban el cielo allá en el horizonte, la curiosidad y extrañeza ante aquellas gentes pescadoras que remendaban las redes y lavaban su pescado. Ningún detalle se escapaba de la mirada apacible de aquel divino forastero.

Sentado a la orilla de aquel mar de Galilea, ¡cuántos ratos de íntima oración hablando con el Padre! Sí, sus apóstoles debían ser como aquellos pescadores. Hombres acostumbrados a no cansarse ante el trabajo duro e ingrato, a trabajar en la oscuridad de largas y frías noches, amigos de la soledad y del silencio que tantas veces envuelve el trabajo de altamar, que no reparan en la pobreza de sus propias redes, remendadas y recosidas cada día, al terminar el trabajo de la noche. Hombres acostumbrados a vivir con la incertidumbre de depender del trabajo y de la pesca de cada día. Aquellas gentes entenderían muy bien al Señor cuando les llamara a ser pescadores de hombres, cuando les hablara de su Padre providente, de la necesidad de orar en el silencio y en la soledad del propio corazón, de la necesidad de tomar su cruz cada día.

Aquellas olas del mar de Galilea, que acudían incansables a la orilla buscando tocar los pies descalzos del Maestro, fueron, quizá, las primeras compañeras y confidentes de los secretos del Reino que llenaban el corazón de aquel joven Jesús.  

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